La vida en la oscuridad según la ciencia ficción

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La vida en la oscuridad
Blindness. Imagen: Vértice Cine.

Desde tiempos inmemoriales los seres humanos tememos la oscuridad. No es extraño, porque en ausencia de luz perdemos el más poderoso de nuestros sentidos, quedamos ciegos, y somos vulnerables frente a criaturas mejor dotadas para las tinieblas. Por eso la caída de la noche fue siempre el momento de buscar refugio, alumbrar un fuego miserable y esperar el amanecer, sintiendo que afuera la noche daba cobijo a todos y cada uno de nuestros temores.

Al tiempo, la luz fue también esencial para protegernos los unos de los otros, dada su utilidad a la hora de articular la vida social. De hecho, hasta la introducción de la iluminación de gas, en pleno siglo XIX, el mundo nocturno se sustraía al control social. Durante la noche el orden establecido se subvertía; los marginados y delincuentes del día ocupaban las calles y los caminos, mientras la ley y la vigilancia —cuya precondición esencial es la iluminación— quedaban en suspenso hasta el alba. Los pueblos y aldeas se convertían en islas de orden relativo separadas por vastas extensiones sobre las que reinaba la oscuridad y donde el Estado no se hacía presente. Por razones evidentes, el Leviatán hobbesiano y el contrato social resultan menos operativos en la oscuridad. Imaginen, por ejemplo, que enfrentan una figura extraña a mitad de un camino mal iluminado y entenderán rápidamente que cooperar es más difícil, que la violencia preventiva es una tentación mayor, y que en ausencia de testigos la amenaza de la ley se torna menos creíble. Quizás por eso la civilización ha avanzado al paso de las tecnologías antioscuridad: primero el fuego, luego los combustibles precarios —turba, algas o estiércol—, más tarde el gas, y por fin, la luz eléctrica.

La civilización se construyó sobre la luz y cuando esta nos falta la civilización se resiente. Eso es lo que nos enseña la historia y también la experiencia de cada noche. Pero, ¿cómo sería la vida en constante oscuridad? ¿se vendría abajo el mundo si quedásemos todos ciegos o podríamos vivir felices en tinieblas?

Y cuando quedaron ciegos, sobrevino el Apocalipsis

La ceguera también es esto, vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza. 

(José Saramago)

Imaginen que se despiertan un día que saben que es miércoles escuchando los sonidos propios de un domingo: nada de tráfico, nadie en la calle, solo el rumor de algunos pájaros. Así arranca El día de los trífidos, un clásico de la literatura postapocalíptica que se arma sobre la pregunta de qué ocurriría si una noche maldita todas las personas quedasen ciegas.

Bill Masen, su protagonista, recupera la consciencia en la cama de un hospital, con los ojos vendados, aturdido e inquieto porque nadie acude con su desayuno. No lo sabe aún, pero es uno de los pocos que todavía puede ver; los demás se han quedado ciegos tras contemplar un fenómeno en el cielo. Lo descubre poco después, cuando se asoma al vestíbulo y observa aterrado como cientos de ciegos se agolpan, empujándose, tanteando con las manos, y gritando desesperados. Mientras dormía la sociedad se ha desmadejado. Aquel artefacto sofisticado —la suma de contratos, acuerdos tácitos e incentivos bien dispuestos— ya no existe. En su lugar resta un tumulto de hombres y mujeres solos en su propia oscuridad.

Siguiendo los pasos de Masen y su grupo seremos testigos del desplome de la civilización. A través de sus ojos veremos cómo un hombre ciego maniata a una mujer para usarla, a la fuerza, como lazarillo. Veremos a los más nobles supervivientes renunciando a ayudar a la masa de ciegos, y cómo rápidamente se forman bandas violentas dedicadas al pillaje. El mundo se retrae a un anárquico estado de la naturaleza y los protagonistas son arrastrados a una lucha solitaria para sobrevivir. En ese proceso sientan las bases para el «manual de supervivencia frente al Apocalipsis» que después ha devenido en tópico —pero recuerden que hablamos de una novela de 1951—: primero, actuar como náufragos y recolectar comida, armas, medicinas y demás despojos del pasado; después buscar refugio y protegerse con determinación y astucia; finalmente, construir una comunidad autosuficiente, diminuta, pero dispuesta a preservar lo mejor del mundo de ayer.

Como el resto de la ficción postapocalíptica, el mensaje que subyace a El día de los trífidos es que la sociedad se sostiene en un equilibrio precario y que basta un empujón para derribarla. Ese empujón puede ser un virus, la falta de electricidad, una epidemia zombi, o la simple pérdida de la visión —al menos si coincide con la existencia de los trífidos, unos seres sobre las que he preferido no decir demasiado—.

Pero John Wyndham, autor de este libro, no es el único pesimista en caso de ceguera general y sobrevenida. Varias décadas después se publicó otro relato que partía de la misma premisa y que es aún más terrorífico: la célebre novela de José Saramago, Ensayo sobre la ceguera.

El relato de Saramago arranca cuando una extraña epidemia de ceguera azota cierto país. Temiendo el contagio, el gobierno recluye a los ciegos en asilos masificados y desatendidos, donde el orden, la higiene y la moral se degradan rápidamente. En la oscuridad se cometen crímenes, se asalta sexualmente a las mujeres y una camarilla de hombres fuertes somete a los demás. Mientras tanto la sociedad más allá del asilo también se ha derrumbado: la ley, los servicios sociales, el gobierno, las escuelas… nada funciona. La gente vaga por las calles rebuscando algo de comer, mientras proliferan la enfermedad y la violencia.

Aunque el retrato de Saramago es mucho más triste que el de Wyndham, los dos coinciden en predecir que la sociedad no sobrevivirá a la pérdida de la visión. La gente corriente actuará egoístamente, al tiempo que emergerá lo peor de las peores personas. El altruismo y los lazos de solidaridad, si bien no desaparecen, se acortarán para reducirse al ámbito de la familia o el clan. Si la oscuridad nos sobreviene súbitamente, ambos anticipan el derrumbe de la civilización. Pero, ¿y si la ceguera fuese un proceso gradual o se produjese bajo control?

El país de los ciegos

En 1904, H. G. Wells imaginó un país aislado del resto del mundo cuyos habitantes eran todos ciegos. Fue su aportación a un subgénero propio de su época, el de los mundos perdidos, al que contribuyeron también Doyle, Verne o Derennes. El protagonista, de nombre Nuñez, es un escalador que, perdido en la cordillera andina, acaba encontrando el país de los ciegos: un valle inaccesible cuyos habitantes solo engendran bebes ciegos.

La fortuna del país de los ciegos es que su ceguera llegó de forma gradual y para cuando murió el último de sus habitantes capaz de ver, la comunidad ya se había adaptado a vivir en tinieblas. De ahí que lo que encontrase Nuñez, muchos años después, tuviese poco que ver con el caos que relatan Wyndham o Saramago. Los ciudadanos del país de los ciegos se han adaptado y son autosuficientes. Han construido caminos bien delimitados y surcos que les sirven de guía. Han acordado leyes y normas propias. Han desarrollado sus otros sentidos, hasta el punto de olvidar el significado de la palabra «ver».

Sin embargo, el mundo de ciegos imaginado por Wells está lejos de ser idílico. La vida allí es simple y bucólica, pero poco variada y más bien aburrida. Además, el trato que los ciegos deparan a los extraños deja bastante que desear. Los ciegos se muestran impacientes y poco amigables con Nuñez cuando este intenta hablarles de su capacidad para ver. Sus intentos de demostrarles la utilidad de ese don resultan infructuosos porque apenas le prestan atención. Los ciegos acaban por aceptar a Nuñez entre ellos, más o menos amigablemente, pero solo porque justifican sus rarezas como propias del enfermo mental que lo consideran.

Lo cierto es que los habitantes del país de los ciegos son gentes cerradas de mente e insulares hasta el punto de rozar la xenofobia. Quizás esa intransigencia se deba al hecho de que viven aislados entre montañas, pero también es posible que su ceguera, al obligarles a cerrar filas y castigar duramente los desvíos de las normas, contribuya a exacerbar ese conservadurismo suyo.

Sordos y ciegos: los maravillosos silencio y oscuridad

Vivimos en los maravillosos silencio y oscuridad.

 ( John Varley)

Debo reconocer que cuando planeé este viaje por la ciencia ficción sobre mundos de ciegos no pensé que el veredicto sería tan pesimista como está siendo y que descubrirlo me decepcionó un poco. Por eso he dejado el relato más optimista para el final. Un relato que paradójicamente también es el más radical de todos, ya que narra las vicisitudes de una comunidad cuyos habitantes son ciegos… y además sordos. Es la historia de La persistencia de la visión, la novela breve que John Varley escribió a finales de los años setenta.

En un futuro cercano pero indeterminado, un epidemia de rubéola provoca que cinco mil niños nazcan sordos y ciegos. El gobierno cuida de ellos con buenas intenciones, pero al mismo tiempo los condena a ser bichos raros y objeto de pena. Para evitarlo, unas pocas docenas de sordo-ciegos deciden levantar una comuna a su medida, donde ser ciego y sordo será la norma y no la excepción.

Primero afrontan los problemas prácticos, compran tierras, construyen un rancho y lo equipan para ser autosuficientes; pero una vez han resuelto esas labores de intendencia, se lanzan a experimentar para armarse de una cultura y unas normas sociales adaptadas a sus condiciones. Porque los sordo-ciegos han decidido no dar nada por sentado, ignorar las tradiciones que les son ajenas y perseguir un único objetivo: dar forma a la forma de vida que ellos prefieran. Su argumento es que «nada es moral siempre, y todo es moral bajo las circunstancias adecuadas».

Por ejemplo, los sordo-ciegos pronto sienten que el lenguaje de manos es muy limitado, una mala adaptación de la lengua oral, y se lanzan a inventar un lenguaje táctil más sofisticado. Uno que no se «habla» solo con las manos sino con todo el cuerpo. Parece razonable: si el tacto es tu único medio de expresión, ¿por qué no darle un uso intenso? ¿cómo no tocar a todos los demás? Obviamente, eso choca con las costumbres de los que podemos ver, con nuestra idea de espacio personal y hasta con la frontera entre la comunicación y el sexo. De ahí la sorpresa de un visitante de la comuna cuando descubre que los sordo-ciegos dedican las últimas horas del día a «hablar» todos con todos, en lo que a ojos del visitante solo puede describirse como una tremenda orgía.

Este y otros aspectos de La persistencia de la visión la convierten en arquetípica de la ciencia ficción de los setenta, cuando el género fantaseaba con otras formas de vida en sociedad, ya fuesen pueblos ecologistas, planetas sin propiedad privada, humanos despojados de género sexual, o comunas de sordo-ciegos que se tocan sin cesar. Eso explica que la novela sea también una reflexión sobre la vida bajo otros prismas sociales y un cuestionamiento del carácter relativo de nuestros tabúes.

De ahí también el sentir utópico que desprende la novela. Porque el mundo de sordo-ciegos de Varley es un verdadero mundo feliz: una comunidad amable, pacífica, solidaria, aparentemente bondadosa, y unida por lazos muy estrechos. Sus habitantes, incapaces de oír y ver, han desarrollado el tacto hasta lograr una expresividad para nosotros desconocida. Aún más, en ese proceso han encontrado un «lugar» trascendente de existencia superior —otro cliché de la época—, un lugar maravilloso al que solo es posible acceder si se camina en silencio y oscuridad. Un lugar que para nosotros es difuso, o no existe, o existe pero no podemos ver, saturados como estamos por el ruido que nos inunda ojos y oídos.

En definitiva, es probable que Saramago y Wyndham acierten al asumir que nuestra civilización sería incapaz de sobrevivir a la ceguera sobrevenida, pero eso no extingue la posibilidad de otros mundos felices entre tinieblas. Mundos como el de los sordo-mudos de Varley, cuyos hombres y mujeres viven gozosos en los maravillosos silencio y oscuridad.

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