
Me cago laburando de escritor tan al pedo como valientemente.
Eso escribió Stanislaw Lem. No con estas palabras, claro, lo escribió en polaco. Lo que más me interesa de Lem es la figura de un escritor de vanguardia que hizo toda su obra desde los márgenes de la literatura universal y por eso me parece un gesto de justicia poética acercarme a él a través de una biografía escrita por un polaco y en una traducción hecha también desde los márgenes.
Es por eso que este Lem podrá sonar un poco argentino.
Cuando escribió esa línea en una carta a un amigo, ya era el escritor más conocido de la República Popular de Polonia, Stalin llevaba unos años muerto y se estaban terminando los cincuenta. También los problemas financieros de Lem, que lo habían acompañado desde principios de la guerra. Ahora le pagan por adelantado: tiene tres contratos firmados para tres libros que todavía no empezó a escribir, ni siquiera se le cae una idea. Cuando los termine y publique, uno de ellos será Solaris, su obra más reconocida y llevada tres veces al cine.
Para Stanislaw Lem, algunos días, la mayoría de los días, nada tiene sentido.
Estamos sentados sobre un barril de pólvora enriquecido con hidrógeno, decía, y sobre el barril hay una mecha que lleva años encendida, a veces parece que se apaga pero sigue ahí. El barril, el hidrógeno y la mecha son el comunismo, el sistema que retiene las pruebas de galera de cada uno de sus libros y husmea palabra por palabra durante largos meses. «El libro sigue en la censura», dice en esos casos, porque de cosas como estas también están hechos los totalitarismos: acostumbramiento.
Lem sabe que el animal humano es tan elástico que se acostumbra a cualquier cosa —a la pólvora, a la mecha, a la arbitrariedad, al control— pero no deja de ver el sinsentido: «en mi profesión eso lo convierte a uno en un idiota».
Se cumplen ahora cien años del nacimiento de Stanislaw Lem, el escritor idiota que escribió sobre lo que pudo más que sobre lo que quiso, que lo hizo desde las entrañas del estalinismo y después en un deshielo eterno que nunca llegó a descongelar nada.
Había nacido en Leópolis, una ciudad que fue polaca y dejó de serlo después de la guerra. Cuando Stanislaw tenía dieciocho años, su familia no pasaba apuros económicos y a él le parecía que era la mejor ciudad para vivir. Hasta que un día entraron los nazis. Después de eso, la vida de Lem se fue acomodando a los límites de un mundo cada vez más estrecho. Abandonaron la casa y la vida que tenían con la esperanza de recuperarlas después de la guerra, pero ese después nunca llegó del modo en que lo imaginaban. Porque a los nazis le siguieron los estalinistas, su ciudad quedó destruida y se fueron con lo que encontraron a Cracovia. Polonia ya no es lo que era, ahora es la República Popular de Polonia y está a merced de Stalin.
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Intento entrar en contacto con Phillip Dick y este imagino conspiraciónes.
Pobre Lem. Único en su especie.
«No soy una buena lectora, ni de él ni de la ciencia ficción en general. El género me aleja.» Después de leer esto he estado a punto de dejar la lectura. Y debí haberlo hecho. Es imposible llegar a nada con alguien que habla de Lem sin haber leído sus «Diarios de las estrellas» o «Ciberíada». No digamos ya «Solaris»… Por favor, escriba sobre algo que sepa y deje de menospreciar a los pobres ignorantes que, como yo, disfrutamos con la fantasía y la ciencia ficción.
Me parece innoble el comentario anterior ; el artículo es fundamental como amante de la literatura y nos introduce en el horror de la creación en el totalitarismo .
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