Arte y Letras Cine y TV Historia

Guía para ver «La muerte de Stalin»

oie 201344565H7fEksb
La muerte de Stalin, 2017. Imagen: Avalon.

En cierta ocasión en la que Jrushchov y Mikoyán desempeñaban la función de acompañamiento obligado del líder en el sur, Stalin murmuró sin dirigirse a nadie en particular: «Estoy acabado. No me fío de nadie, ni siquiera de mí mismo».

Difícilmente había un director en el mundo más apropiado que Armando Iannucci para filmar una película de intrigas palaciegas en el Kremlin. Con The thick of it, miniserie en la que hacía un retrato corrosivo de la socialdemocracia light o Nueva Vía de Tony Blair, demostró conocer a la perfección el memento mori de la política actual tan bien provista de cerebros más oportunistas que oportunos.

Sin embargo, penetrar en el Politburó soviético de los años cincuenta es una obra de mayor envergadura que un Ministerio de Asuntos Sociales vaciado de contenido. Los altos funcionarios británicos de Blair vivían en un país tropical sorbiendo los cubatas en piñas si lo comparamos con lo que tuvo que pasar la nomenklatura de la URSS bajo el rígido, implacable y paranoico en no pocas ocasiones control de Stalin.

Quizá por el estrés acumulado durante la II Guerra Mundial, las facultades de Stalin se vieron muy mermadas al final de la contienda. Quienes trataban con él con frecuencia entre 1945 y 1948 pudieron apreciar el cambio lentamente. Para los diplomáticos que lo veían en periodos más largos, el cambio fue notable. Pasó de un hombre enérgico que daba órdenes y dirigía la guerra a un débil anciano enfermo en muy poco tiempo. Tuvo que reducirse la jornada laboral, dejar de presidir el Consejo de Ministros y aumentar las vacaciones. Entre agosto de 1950 y 1952 estuvo fuera de Moscú doce meses.

Según Sheila Fitzpatrick, autora de El equipo de Stalin (Crítica, 2016), el Politburó temió que todo fuese una treta para que se animasen a «formular comentarios subversivos». El grupo, que así se les conocía, no era homogéneo, pero sí que llegó en un momento dado a organizarse tácitamente por su mera supervivencia. Marcados por las purgas de los años treinta, entendían, sostiene la autora, que uno no ganaba gran cosa si era purgado más tarde que un compañero, pero purgado a fin de cuentas.

Según el hijo de Beria, citado en este libro:

En 1951, los miembros del Politburó, Bulganin, Malenkov, Jrushchov y mi padre, empezaron a comprender que todos estaban en el mismo barco y apenas era relevante si a alguno lo echaban por la borda unos días antes que a los demás. Quedaron unidos por un sentimiento de solidaridad, una vez hubieron afrontado el hecho de que ninguno de ellos sucedería a Stalin, pues este pretendía elegir a un heredero entre la generación más joven. Por lo tanto, acordaron no permitir que Stalin los volviera a unos contra otros; se informarían mutuamente, de inmediato, de todo lo que Stalin dijera sobre ellos, para frustrar sus manipulaciones. Rememoraron las intrigas pasadas y enterraron los viejos agravios.

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

4 comentarios

  1. Chris Kenny

    y la película, que?

  2. Hay una errata: Polina Zhemchúzhina no era esposa de Malenkov, sino de Molotov.

    La película me pareció regulera, bastante peor que el cómic. Y este no cuenta los hechos, sino que se inspira en los mismos. Como escriben los autores:

    «ADVERTENCIA:

    A pesar de estar inspirada en hechos reales,
    esta historia no resulta ser menos ficticia.
    Está libremente construida a partir de una documentación parcelaria,
    en ocasiones parcial y a menudo contradictoria…

    Los autores quieren dejar claro que, en cualquier caso,
    ellos apenas han tenido que forzar su imaginación,
    siendo incapaces de inventar nada remotamente parecido
    a la furiosa locura de Stalin y su entorno».

  3. Es una excelente, detallada reseña de los dīas finales en el entorno de un dictador que partió en dos el rumbo del siglo xx. La muerte de Stalin una miniserie que cosechará con amargura y jocosidad muchos comentarios, descubriendo al gran público las sombras de un gran personaje que gobernó a tantos millones basado en la insignificancia y el temor cultivado a los «poderosos» de antes y de ahora, de bigote o de peluquín, así como los calvos y barbi lampiños.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*