Arte y Letras Literatura

El día que Hemingway se encontró con la mar

Hemingway se encontró con la mar

Siempre lo llamaba «la mar», en femenino, que en español es como tienen a bien llamarlo aquellos que lo aman.

(El viejo y el mar, Ernest Hemingway).

Suele decirse de los grandes clásicos de la literatura que con ellos ya no cabe el spoiler, y yo estoy de acuerdo: si usted, querido lector, no conoce ya el desenlace de esta novela es que no se la merece. En cualquier caso, sirva como aviso: a lo largo de estos párrafos se hablará del final de aquel cuento, El viejo y el mar, y del final de su creador, Ernest Hemingway… si es que ambos finales no son el mismo.

El viejo

Hemingway llegó a la madurez tras haber vivido ya muchas vidas. Casi tantas como las que sumaban los gatos que pululaban por su finca de Cuba, en caótica y servil manada. Muchos años antes, la madre intentó colocar al pequeño Ernest en la senda musical que había seguido todo el parentesco. Sin embargo, nunca respetó el orden pentatónico de la vida familiar, y la pausa musical de la ascendencia solo se vio reflejada en el extraordinario ritmo de su prosa. Entre el pequeño niño que tocaba el chelo y el maduro «Papa Hem» al que todo el mundo adoraba no encuentra este que les escribe armonía y afinación, sino ruido y estridencia. Hay autores que viven quizá del talento innato, quizá de esculpir el estilo, quizá de remar agotadoramente en el oficio. No era el caso de Hemingway: su literatura subsistía gracias a las vivencias salvajes que salpican su biografía. Una literatura que se alimenta de la existencia truculenta de un viejo aventurero que no conoció el miedo hasta los días lejanos de la vejez. 

Durante la Primera Guerra Mundial, conduce ambulancias. En Italia es herido con metralla. De aquella experiencia surge Adiós a las armas, para muchos la mejor obra del novelista norteamericano. Resuelta la Gran Guerra y acomodado en París junto al resto de la generación perdida, el autor se enamora de España. Allí sigue su idilio con la muerte: primero, con los sanfermines y las corridas de toros, pasión que desembocará en una novela majestuosa: Fiesta; y después con la guerra civil, conflicto que vivirá de primera mano, y cuyos resortes harán surgir otra obra no menos portentosa: Por quién doblan las campanas. Más allá de la península, continúan sus viajes. En África, entre accidentes y safaris, se originan relatos tan maravillosos como Las nieves del Kilimanjaro. Se dice que ejerció como espía en China y Birmania; que ayudó a que la revolución germinase en Cuba. Como se puede ver, es la vida, la experiencia, la encargada de escribir sus novelas.

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