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The Batman: el detective y la máscara

The Batman. Imagen: Warner Bros.
The Batman. Imagen: Warner Bros.

En mayo de 1939, aparecía en los quioscos estadounidenses el número 27 del tebeo Detective Comics, publicado por la editorial homónima. Contenía en su interior, como era costumbre en la época, un puñado de historias cortas vinculadas entre sí únicamente por el tema especificado en su cabecera, en este caso el género detectivesco, generalmente con un toque noir e inevitablemente pulp. Por ejemplo, entre la decena de aventuras que componían aquel número, se podía encontrar la undécima entrega de un serial sobre Fu Manchú, un caso para el sabueso privado Sam Bradley y la primera aparición de una figura curiosa, un tipo que se disfrazaba de murciélago para perseguir y combatir a los más variopintos criminales. Surgido de la pluma del nunca suficientemente reconocido Bill Finger y de los lápices de Bob Kane, Batman pronto se convirtió en la estrella de la revista Detective Comics, cuya editorial pronto sería conocida tan solo por sus iniciales.

Toca recordar esto porque, entre las muchas versiones, visiones y reescrituras del Hombre Murciélago —la gran mayoría perfectamente válidas e interesantes, no me malinterpreten—, a menudo tiende a olvidarse ese origen policíaco de un superhéroe que, al menos en las viñetas, suele ser descrito por sus amigos y enemigos como «el mejor detective del mundo», Holmes nos perdone. Y no es solo una cuestión de oscuridad, como muchos se aprestan a reclamar a cualquier nueva adaptación del héroe enmascarado, sino, por encima de todo, de procedimiento: el del personaje y el de quien se sienta tras la cámara. El Batman detective es aquel que trabaja con su cerebro antes que con sus puños y batcachivaches, y de eso hemos visto muy poco hasta ahora en el cine; apenas unos instantes en la primera cinta de Tim Burton nos mostraban a Bruce Wayne desentrañando la mortal trampa químico-cosmética del Joker interpretado por Jack Nicholson. En el cómic, por suerte, hemos visto aflorar esa faceta mucho más a menudo, en alguna etapa particularmente afortunada como la escrita por Greg Rucka a principios de este siglo, y que tuvo una cierta continuidad espiritual en el spin-off Gotham Central, donde Rucka y otra pluma afín al género negro, Ed Brubaker, se dedicaron a contar el día a día del departamento de policía de Gotham City liderado por el comisario Gordon.

The Batman. Imagen: Warner Bros.
The Batman. Imagen: Warner Bros.

Y se diría que son aquellos números los que anidaban en la cabeza de Matt Reeves a la hora de concebir su mastodóntica visión del Caballero Oscuro. Porque The Batman es, ante todo y por encima de todo, un monumental film noir donde el estilo policíaco de Rucka y Brubaker sirve para plantear una historia de caza al asesino más cercana tonalmente a los thrillers de David Fincher que a los Burton, Schumacher (¡gracias a Dios!), Nolan o Snyder (ídem) que han desfilado tras la cámara en las películas previas del murciélago. Aquí no hay batplano, batarang ni bat-repelente de tiburones. Por no haber, apenas hay batcueva ni batmóvil: el coche que utiliza el héroe es más funcional que vistoso y, salvo por su turbina trasera, no desentonaría en cualquier garaje. Y, hasta que el tramo final la cinta acaba por ceder a las convenciones del género (y aun así consigue elevarse por encima de estas gracias a un puñado de ideas visuales y argumentales), tampoco hay una sobredimensión innecesaria del relato de misterio.

Pero lo más sorprendente de todo es la forma en que Reeves consigue hacer que convivan una extremada estilización visual —la plasticidad de la luz y el color de algunas escenas es arrebatadora— y un insólito poso realista, que es probablemente el mayor y más improbable rasgo distintivo de la cinta. Es un verismo que tiene que ver en parte con el guion y en parte con el diseño de producción, pero también, y esto es más interesante, con el trabajo de cámara. Porque el cineasta filma a su Batman no como un dios —Snyder—, ni siquiera como un superhéroe —Burton y Nolan—, sino sencillamente como un hombre. Un hombre que camina entre los policías como uno más, que no se eleva en la composición del plano por encima de nadie, que llama a las puertas y camina por las estancias sin aspavientos. A la vista de esta película, parece como si todos los directores previos hubieran eludido mostrar las acciones más prosaicas del personaje para incidir en su dimensión mítica, mientras que Reeves se recrea en filmar su parte mundana. Y así, a fuerza de encuadrar, uno casi llega a creerse la existencia de este tipo disfrazado, no especialmente corpulento, ni siquiera demasiado alto, que colabora con un inspector de policía para resolver un caso de asesinato. Batman vuelve a ser, sin más, un detective.

Y en este enfoque novedoso (¡resulta que tal cosa era posible, incluso con un personaje tan trillado!) el director no se olvida de lo que verdaderamente le importa: ahondar en las implicaciones que alguien como el Hombre Murciélago tendría si existiera en una sociedad de carne y hueso. Nolan ya lo apuntó en su trilogía, y Frank Miller lo plasmó mucho antes en la viñeta: es delicado, por no decir cuestionable, lo de convertirse en modelo de conducta cuando uno va por ahí disfrazado de rata voladora tomándose la justicia por su mano. Quizá por eso la película no se corta a la hora de trazar una geometría variable de paralelismos, visuales y narrativos, entre el protagonista y muchos de sus personajes: Batman y Enigma, Batman y Catwoman, Batman y un casi inexistente Bruce Wayne.

Porque esta es, además, la primera película que no habla apenas sobre el multimillonario huérfano, sino de forma casi exclusiva sobre su alter ego nocturno. Robert Pattinson domina la función en todo momento, pero apenas le vemos sin máscara unos pocos minutos de entre las tres horas de metraje. Lo deja muy claro él mismo, por medio de una voz en off, en los compases iniciales del film: tras dos años como vigilante y justiciero, el hombre ha sido engullido por el murciélago, y es a este último a quien vemos y acompañamos. Y eso, que podría haber sido una de las mayores debilidades de la película —¿alguien se imagina a un Spider-Man sin su correspondiente Peter Parker?—, es lo que acaba por redondear la apuesta de un director que ha entendido que, en lugar de tratar a las dos caras del héroe como entidades separadas, era más interesante entenderlas como un solo ser, y ahondar en las emociones del hombre que se esconde tras la máscara… o que quizá, después de tanto tiempo, ya resulta indistinguible de ella.

The Batman. Imagen: Warner Bros.
The Batman. Imagen: Warner Bros.

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6 Comentarios

  1. Vamos, que es buena la peli

  2. Como siempre, es un placer, las críticas de películas, y series, de Jot Down. Me gusto mucho este Batman. Creo que por primera vez se hace justicia con el personaje y sus defectos.

  3. Tonalmente, no. Tiene plagios descarados de FIncher. Enigma es un okupa en el piso de John Doe, sin ir más lejos.

  4. En profundo desacuerdo, Juanma.

  5. Mad Jack

    SPOILER ALERT!!!!!

    Corregidme, pero al final la aportación de Batman en la trama cual es? Salvar a unas cientos de personas de muchos miles? Vamos, que una donacionprevia de la fundacion wayne al parque de bomberos hubiera sido mucho más util.

  6. Pingback: ¿Cuál es el mejor Batman que ha pasado por nuestras pantallas? – Jot Down – Ultima Palabra

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