Vladímir Putin, el zar de un imperio imposible (y 2)

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Un grafiti de Putin en Lviv, Ucrania. Foto Cordon Press.
Un grafiti de Putin en Lviv, Ucrania. Foto: Cordon Press.

Viene de «Putin, el zar de un imperio imposible (1)»

El jefe de los espías

El trasiego político y económico de Vladímir Putin vive una escalada asombrosa al llegar a Moscú y acceder hasta la jefatura del FSB (Servicio Federal de Seguridad, el antiguo KGB). En ese salto, siendo él un joven jefe, universitario, con un traje, una chaqueta y una corbata diferenciada de la vieja nomenklatura, uno de sus oficiales, convencido demócrata, le detalla la escandalosa corrupción del centro y las relaciones de miembros del servicio con la mafia. La respuesta de Putin fue echar al oficial que pensó que con su llegada las cosas iban a cambiar. Su nombre era Aleksandr Válterovich Litvinenko, la primera persona que se atrevió a describir el gobierno de Putin como «Estado mafioso», y que murió por envenenamiento en noviembre 2006. Postrado en la cama de la unidad de cuidados intensivos del Hospital Universitario de Londres, sin pelo a causa de la radiación de polonio y al borde la muerte, Litvinenko pidió que le hicieran una foto para aparecer en todos los medios de comunicación del mundo y acusar al entorno de su exjefe del FSB de su desgracia.

Serguéi Skripal, otro exespía ruso, jefe del GRU (la agencia de inteligencia militar rusa), acusado de trabajar para los servicios secretos americanos, estuvo también a punto de morir envenenado junto con su hija Yulia en Salisbury, en Reino Unido.

«En las últimas dos décadas ha habido una mortalidad sospechosamente alta de personas que se han opuesto al régimen de Putin: periodistas, activistas proderechos, personalidades políticas y de la sociedad rusa», explica en Putin. De espía a presidente, un documental de la BBC el periodista Vladímir Kará-Murzá. Como Skripal, como el disidente Alekséi Navalni, Kará-Murzá ha sufrido intentos de envenenamiento. A lo largo del mandato de Putin muchos otros opositores han acabado en prisión, como el jefe de la petrolera Yukos, Mijaíl Jodorkovski, o han muerto en extrañas circunstancias como el mismo Litvinenko: el magnate Borís Berezovski, las periodistas Anastasia Babúrova y Anna Politkóvskaya —y el abogado de su família Serguéi Markélov el empresario Nikolai Glushkov, el diputado Serguéi Yushenkov, la activista proderechos humanos Natalia Estemírova o el exministro y líder opositor Borís Nemtsov.

La lista es larga, quizás porque la ideología de Putin es antigua, de aquellas que desprecian la vida humana. No es demócrata, no es comunista ni capitalista: su motor ideológico es el dinero, el poder y la nostalgia de un imperio inexistente. En ese camino, viejo y polvoriento como el mundo, aparta a los que le hacen sombra, a los que denuncian sus movimientos o a los que le conocen demasiado. El jefe de los espías que llegará a ser primer ministro y presidente de todas las Rusias vivirá atrapado en lo que fue su sueño de juventud: la vida bajo el molde de hierro de un agente secreto soviético.

Kalashnikovs en las escuelas

En 1999 Yeltsin nombra a Putin su sucesor. El 31 de diciembre de ese año, mientras medio mundo festeja la llegada del siglo XXI y la frase «todo va a salir bien» —de cuño inequívocamente estadounidense— está en la mente de casi todos, en un mensaje televisado Putin se erige en la figura pétrea que con los años perfeccionará hasta la enajenación al advertir: «Hoy se me han asignado las funciones de jefe de Estado. Quiero subrayar que ni por un minuto en el país ha habido ni habrá un vacío de poder y las autoridades cortarán de raíz cualquier intento de quebrantar la legislación y la Constitución de Rusia». Uno de sus primeros decretos será reinstaurar la formación militar en las escuelas, como cuando en tiempos soviéticos niñas y niños podían montar un Kalashnikov en menos de diez segundos. 

Sus primera crisis como jefe máximo de Rusia fue el hundimiento del submarino nuclear Kursk, joya militar de la era postsoviética, en el mar de Barents. El gobierno de Putin dijo que todos los ciento dieciocho tripulantes murieron en menos de tres minutos, pero una investigación que recogieron los medios evidenció que veintitrés de ellos habían logrado sobrevivir un tiempo a las explosiones que causaron el hundimiento. La respuesta de Putin al descubrirse el descalabro fue recortar la libertad de prensa.

Ante las dificultades, Putin responde ampliando su poder y cincelando su figura de autócrata. En los sucesivos años una ola de atentados salvajes —en el metro de Moscú, en teatros y festivales de rock, en estaciones de tren, en carreras de caballos, en cafeterías, en mercados, en aviones— acaban sumando más de un millar de muertos y centenares de heridos. Ante ellos, la respuesta de Putin es de una dureza granítica. Está, por ejemplo, la masacre de la escuela de Beslán, en Osetia del Norte, tomada por separatistas chechenos, ocurrida en septiembre de 2004, donde el intento de rescate dejó trescientos treintamuertos, la mitad de ellos niñas y niños. En la sucesión de tragedias Putin no usa la ley, sino que utiliza la fuerza de la aniquilación. Ante el terrorismo responde con recortes de derechos y libertades hasta cambiar el democrático curso político y transformarlo en dictadura.

El rencor y el resentimiento 

La Constitución a la que solemnemente Putin apeló en su primera elección prohíbe un tercer mandato y en 2008 el elegido es Dmitri Medvédev. Putin pasa a ser la segunda figura política del país, pero por poco tiempo. Tres años después el candidato a presidente en las elecciones de 2012 será él. «Somos una nación de ganadores», gritará en uno de sus mítines. Efectivamente, el 4 de marzo 2012 se presentó como ganador entre denuncias de fraude, horas después del cierre del último colegio electoral en un país de diecisiete millones de kilómetros cuadrados y ciento cuarenta y cinco millones de habitantes. Apareció en televisión con lágrimas en los ojos, proclamando que las elecciones habían sido honestas y agradeciendo a los que habían dicho «sí a la Gran Rusia». En 2018 volvió a ganar las elecciones —el mandato presidencial había pasado de cuatro a seis años— y en 2020 impulsó una reforma en la Constitución que le permite mantenerse en el poder hasta 2036. 

En ese camino, en sus sucesivos discursos y acciones, Putin promete devolver el esplendor al país mientras lee atentamente Rusia. Revolución conservadora, de Aleksandr Dugin, un filósofo cuya tesis es que el mundo vive entregado al nihilismo y que alienta una fusión ideológica que aúne conservadurismo cristiano, patriotismo antioccidental y totalitarismo bolchevique.

Putin va adquiriendo cada vez más poder y riqueza, y en entrevistas y artículos se comprueba cómo va engrandeciendo su figura ante sus propios ojos. Tacha a Europa y a Estados Unidos de democracias hipócritas y arrogantes, y reclama respeto mientras usa ejércitos de trols y bots en internet para manipular elecciones y referéndums fuera de sus fronteras y utiliza el chantaje como forma de relación política.

Vive en un laberinto de resentimiento que se nutre de los libros de historia. En sus discursos denuncia el nulo reconocimiento del papel de la Unión Soviética en la victoria sobre los nazis en la Segunda Guerra Mundial, el juego sucio americano en la Guerra Fría, el desprecio al papel de Rusia como interlocutor de categoría en la guerra de Yugoslavia en los años 90, las sucesivas guerras imperialistas americanas en Afganistán o Irak, o la invitación de la OTAN a Georgia y Ucrania a unirse a sus filas. Según el analista Orville Schell, en sus actos oscuros y en sus palabras de rencor Putin busca un imposible: derribar el orden occidental y, a su vez, ser objeto de su estima.

La venganza y fuerza del vodka Koprotkin

Más allá de la fuerza del gas y el petróleo como fórmula de negociación, un gesto que busca ese regreso al tablero internacional de primera línea —utilizando el denominado soft power— son los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, en 2014. Putin se vuelca en los preparativos de este acontecimiento global con el que pretende devolver a Rusia su estatus de superpotencia. Pero todo se torcerá. En invierno de 2013 miles de personas se manifiestan en la plaza de la Independencia de Kiev a favor del ingreso de Ucrania en la Unión Europea. El mandatario no perdona ese despecho de lo considerado propio, porque esa es la peor de las traiciones. Hace más de mil años, cuando Moscú era apenas una aldea, el Rus de Kiev —una federación de grupos eslavos— dio origen a la identidad rusa. Ucrania es la madre de Rusia, y es también el hermano pequeño integrado en la URSS. El rechazo ucraniano es una tragedia para Putin, y el enfrentamiento es feroz.

Se suceden los muertos y los heridos en Kiev, en una incursión relámpago el ejército ruso se apodera de Crimea y hay enfrentamientos armados en la región ucraniana de Donbás. En las televisiones internacionales se pudo ver cómo miles de moscovitas se echaron a la calle gritando que aquella no era su guerra. Ya lo advirtieron en 2011 la banda de activistas punk Pussy Riot en su canción «Kropotkin Vodka»: siempre se puede ocupar la ciudad y manifestarte contra los oligarcas del Kremlin mientras tomas un buen trago de vodka. Esas marchas son una nueva ofensa a ojos de Putin y la mano de hierro se extiende más y más. El 27 de febrero 2015, a Boris Nemtsov, líder de la oposición rusa que encabezaba las protestas, le pegaron cuatro tiros en el puente Bolshoi Moskvoretski a menos de doscientos metros de Kremlin, una de las zonas más vigiladas de Europa.

Putin promueve el discurso de grandeza y seguridad pero siembra la destrucción. Ahora, siete años después de la doble humillación sufrida en las plazas de Kiev y en las calles de Moscú, tras un discurso plagado de alusiones a las guerras napoleónicas, a la Segunda Guerra Mundial, a Josef Stalin y al desmembramiento de la URSS, Putin ha decidido invadir Ucrania y bombardear civiles a las puertas de la Unión Europea. En los despachos de Bruselas, de Washington, de Pekín, de Nairobi, de Buenos Aires o Canberra, en la mayoría de hogares del mundo, estupefactos ante las pantallas, nadie sabe si nos enfrentamos a una guerra de corto aliento o a los inicios de la Guerra Mundial Z. 

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11 Comentarios

  1. Hay un factor que no estamos teniendo en cuenta, y es lo mucho que detesta el estamento militar de carrera al camarada presidente. No me refiero a los oficiales que se han beneficiado en los últimos años de sus corruptelas, sino a los que tuvieron que mirar estupefactos cómo Putin dejaba morir a los marineros supervivientes del Kursk antes que arriesgarse a que los rescataran barcos de la OTAN. En su mente paranoica la posibilidad de que los equipos de rescate se pasearan libremente por un submarino de la marina rusa y accedieran a su tecnología secreta era un riesgo que no valía veintitrés vidas humanas. Llevamos años alimentando a la bestia, y ahora nos sorprende que muerda.

    • En Occidente existe esa especie de mito alimentado por el propio Putin que lo presenta como el gran maestro de espías, el estratega paciente y calculador, cuando en realidad no es más que un matón de baja estofa y con pocas luces que ascendió al poder siguiendo la misma estrategia que el mafioso típico en una peli de Scorsese. En la KGB empezó siendo el chico que le llevaba los cafés al jefe de la oficina de Dresde y sabe de estrategia militar lo mismo que Hitler cuando tomaba su medicación: bombardear, bombardear y en caso de duda bombardear otra vez. En cuanto una fuerza mínimamente organizada les planta cara, los soldados del Ejército Rojo son incapaces de tomar un puesto de perritos calientes. Véase lo que pasó en Afganistán.

      • Otra vez la noche donde los gatos comunistas, soviéticos y rusos son todos pardos.
        ¿Ejército Rojo?
        Desapareció hace mucho y se trajinó a los nazis.
        Lo que hay ahora son las Fuerzas Armadas rusas y alguna cosa han hecho bien en Siria.

        Y si hablamos de Afganistán, esos cabreros sí que les dieron para el pelo, como a británicos antes y a estadounidenses y aliados después. Lo feo feo de Afganistán es que EEUU comenzó allí y entonces el idilio con los yihadistas que tan buenos momentos nos ha traído a Occidente.

        • En Siria no tiene mucho de que presumir. Si acaso de mantener en el poder a la opción menos mala (Asad será malo pero los otros….) Lo que se les atravesó a los americanos en Irak y Afganistán fue la ocupación. Lo que es la guerra la ganaron en un suspiro en ambos casos. Y no parece que ahora esté pasando lo mismo.
          Y la verdad duele que pudiendo elegir caminos más constructivos para influir en sus vecinos, y en toda Europa, haya escogido el del matonismo y la demolición sistemática de ciudades. Eso sin contar los miles de jóvenes rusos que está enviando al matadero por nada.

  2. Putin se esfuerza en dar la talla como supervillano y hay que reconocerle su dedicación. Un respeto.

  3. Todas las guerras son una vergüenza para la humanidad, todas hechas desde los albores del hombre por machos cabríos. Putin no es la Rusia, el país del sueño socialista, uno de los ejes del mal según Reagan, para quien el estado era un estorbo y la palabra socialismo una vergüenza o un agravio, ignorando que está a la base de nuestro ser más profundo. Contra ella alzan la palabra libertad, pero la individual, no la colectiva, que lleva al sometimiento del otro en la búsqueda desenfrenada de la riqueza, el motivo por el cual nos estamos cargando el planeta. EEUU estuvo a punto de desencadenar la guerra atómica cuando descubrió las ojivas nucleares en Cuba, ¿Por qué Rusia no tendría que oponerse a que Ucrania, atraido por la opulencia decadente de Occidente entre en la Otan, a pocos kilómetros de Moscú? Que Ucrania sea la patria de la Rusia no sirve para demostrar lo malo que son los rusos. ¿Qué tendríamos que decir entonces sobre la guerra de secesión de EEUU (y sus secuelas que todavía duran) y de todos los movimientos nacionalilstas o separatistas? Existen y existirán, lamentablemente. Los muertos que está causando este hombre, según la prensa occidental, creo que son menores a los muertos que causó EEUU en tiempos pasados. Pensamos y sentimos como occidentales, desde el Pacífico hasta los Urales, pero más allá hay otra realidad que desconocemos y a veces despreciamos.

    • Suscribo tu primera frase, todas las guerras son una vergüenza para la humanidad. Lo que sigue, de relativizar la maldad de los dirigentes, ya no me parece tan necesario. Yo quisiera saber cuántas guerras menos habría si los que las inician tuvieran que estar en primera línea de batalla y no apoltronados en sus despachos.

      • No fue mi intención relativizar la maldad de los dirigentes. Los horrores que vimos y vemos no lo permite. Asi como no se puede relativizar la esclavitud que existió, o que fuimos a la Luna o el sometimiento de la mujer, o que la Tierra es redonda. Son verdades, que nos duelan o no. Están todavía ahí, en el pasado. No es que este machazo de Putin un día se despertó con la intención de invadir la Ucrania. Hay todo un pasado que bien conocemos, y él es el hombre equivocado en el momento justo. El opulento occidente tendrá que entender que no puede hacer lo que se le antoja, amenazando o exportando “su” democracia y bombas.

        • Las guerras de Irak y Afganistán fueron también terribles, graves errores con consecuencias nefastas. Pero en mi opinión este error es superior, catastrófico, con unas consecuencias a una escala superior a las anteriores. Y creo que desgraciadamente perdurarán más. Me gusta la expresión “el hombre equivocado en el momento justo”.

  4. Yo creo que casi todos los europeos hemos estado haciendo la vista gorda a los desmanes de Putin desde hace 20 años, tanto la Izquierda como la Derecha.

    La Izquierda está obsesionada con la expansión de la OTAN hasta las fonteras de Rusia, obviando el hecho primordial que es que son los propios paises vecinos de Rusia que se han empeñado en adherirse y no sin razón dado su historia. Polonia, por ejemplo, dejó de existir como pais desde finales del siglo XVIII hasta 1919, durante más de un siglo desapareció del todo, dividido entre rusos y alemanes / prusianos, cosa que vuelve a producirse en el verano de 39 con el pacto entre Hitler y Stalin.

    La Derecha por su parte ha estado en lo suyo, eso es, contando los billetes sin miramientos para con el dictador ruso que ha ido desmantelando la democracia rusa desde el primer día que llega al poder hasta terminar de todo con cualquier oposición estas semanas. De hecho, tras solo 4 días como presidente, ya había mandado fuerzas militares a cerrar la cadena de televisión privada más grande de Rusia, metiendo en la carcel su dueño, a quien al final sueltan a cambio de acceder a la nacionalización de aquella cadena.

    La situación es muy peligrosa, Putin es un señor tan de otra época que ni siquiera utiliza el internet. Lo peligroso es que él cree que Occidente ya ha declarado la guerra a Rusia, ya que cree que las fuerzas a favor de la adhesión de Ukrania a la UE están pagados por el CIA… Y es capaz de cualquier cosa, visto lo visto…

    Tuve un sueño / pesadilla la otra noche que todos los oligarcas aquellos son en realidad espias de Putin… todos con el veneno / armas quimicas y relaciones personales suficientes para acabar con suficientes politicos de Occidente en el mismo día para dejar todos los Estados en nuestro entorno en el caos más total…

    …una pesadillia que tiene algo de verdad, porque nuestros políticos y empresarios, la más alta esfera de la sociedad en general – y sobre todo en el caso de Londres – están pringadisimo de dinero ruso… es tal asi que hay quien lo llama Londongrad…

  5. Realmente crees que Rusia pudo manipular una elección electrónicamente en algún sitio, pero no te refieres a las de enas de veces que USA y la OTAN han quitado presidentes a gusto u organizado guerras para justificar remover a gobernantes no afines a sus intereses. La OTAN y la UE siempre han mentido y son los que no cumplieron nunca en sus intenciones geopolíticas con Rusia y se la quieren cargar ¿pero el loco es Putin (o más bien la Asam lea Rusa, porque es muy de pasquín occidental atribuir este tipo de decisiones a algún “loco” caudillo que a el enojo de todo un pueblo al que joden y amenazan)? Ustdes, la cipaya y maloliente Europa occidental so el problema. Ustedes que dejaron que su “socio -propietario” (Estados Unidos), arengara una guerra en los ucranianos para después dejarlos solos, porque jamás pensaron que Rusia no iba a dejarse vapulear una vez mas. Ahora bien, cuando imaginaron los confites cayendo sobre sus bonitas ciudades y los campos de su. ierds de paises constriudos robando -primero militarmente y después con sus inmindas multimacionales-, la riqueza de Africa y América, se arrugaron como papel viejo y dejaron a Ucrania en soledad. Y, todavia hablan, critican y quieren tener razon en 1/2 cosaa. Ustedes, gobernantes y ciudadanos de Europa Occidental en acuerdo con esta locura estratégica en favor de su alianza caduca: ¡NO TIENEN VERGÜENZA!

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