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Españolizando nazis

Españolizando nazis
Cadetes españoles del bando sublevado recibiendo instrucción por un oficial alemán de la Legión Cóndor. (DP)

Hablamos no hace mucho de dos episodios del crepúsculo del III Reich. La suerte de sus jerarcas detenidos y juzgados en «Ahorcando nazis» y sobre el final de la II Guerra Mundial en España, que trajo consigo una tan obligada como oportunista desnazificación de Franco. Ahora toca enlazar el contenido de ambos con los nazis que se refugiaron en esa España. Fue una amplia colonia de nazis que logró escapar de la justicia y rehacer aquí sus vidas ¿Cómo fue esto posible en un país que trataba de borrar las huellas de su relación con esa ideología? En el libro A Nazi Past: Recasting German Identity in Postwar Europe (The University Press of Kentucky, 2015) de varios autores, encontramos un episodio de David A. Messenger que explica los argumentos y trucos que emplearon esos nazis instalados en España para eludir la extradición. 

Todo comenzó el 10 de septiembre de 1945, en Berlín, cuando el Consejo de Control Aliado de Alemania, integrado por Francia, Reino Unido, la Unión Soviética y Estados Unidos ordenó el regreso a Alemania a todos los alemanes que hubiesen sido funcionarios, diplomáticos o agentes de inteligencia del Reich y residieran en países neutrales durante la guerra para que se sometieran a los procesos de desnazificación. A esos países neutrales, entre los que se encontraba España, también se les obligó a deportar a estas personas. Fue el programa de repatriación forzosa «obnoxious Germans». 

España fue el país europeo en el que se identificaron más alemanes con pasado nazi susceptibles de ser extraditados. Franco, que había recibido una ayuda decisiva de los nazis para derrotar a la democracia en España y situarse como dictador, admitió el derecho de los aliados de solicitar las extradiciones, pero se reservó el de llevar a cabo sus propias investigaciones y decidir, con la legislación española, quién sería deportado. Estas solicitudes están en los archivos Ministerio de Asuntos Exteriores y el citado historiador accedió a ellos. 

La colonia alemana en España durante los años 30 estaba teledirigida desde Berlín a través de sus organizaciones religiosas, educativas, asistenciales, musicales, deportivas, etc. Se expulsó de ellas a los hijos de izquierdistas o judíos y a todas llegaron docentes de la Nueva Alemania o de la Alemania del Nuevo Orden. Cuando fracasó el golpe de Estado del 18 de julio y, como consecuencia de la inmediata intervención nazi y el fascismo italiano, se produjo la guerra civil, también llegaron, además de efectivos militares, como la Legión Cóndor, múltiples operativos de inteligencia. A mediados de los años 40, la colonia alemana en España ya era de veinte mil personas. 

Los servicios de inteligencia alemanes eran, desde la República de Weimar, la Abwehr. Recientemente, el libro Blowing Up Iberia: British, German and Italian Sabotage in Spain and Portugal coordinado por Bernard O’Connor (Lulu.com, 2020) ha revelado los detalles de la misión más importante que llevaron a cabo, la KO-Spanien, una de las de mayor envergadura desplegada por los nazis. La red estaba integrada por doscientos agentes fijos y cerca de dos mil colaboradores por toda España y contaba con cien millones de pesetas de presupuesto. Desde la península ibérica se vigilaba la flota británica en Gibraltar y, además, se abastecía a los submarinos alemanes. 

La organización estuvo dirigida primero por Gustav Leisser y luego por Arno Kleyensteuber. Realizaban labores de contrainteligencia a los aliados, recopilaban información relacionada con el Marruecos francés, la aviación aliada y Canarias, además de realizar sabotajes en el norte de África organizados desde España. El Sicherheitsdienst (SD), la inteligencia de las SS, también estuvo aquí, su responsable fue Paul Winzera, y llegó a entrar en conflicto o competencia con la Abwehr hasta que Hitler unificó el mando de todos estos cuerpos y se lo dio a Himmler

Los aliados, conscientes de la estrecha colaboración del gobierno de Franco con esta red, pusieron en marcha la Operación Mincemeat, en la que simularon un accidente de avión en Huelva y arrojaron al mar el cadáver de un vagabundo vestido de oficial con un maletín encadenado a la mano. Dentro, estaban unos supuestos planes del desembarco para la invasión aliada por el sur de Europa. Decía que iban a ser en Grecia y Cerdeña, aunque se iba a hacer creer a los nazis que sería en Sicilia. Las redes de espionaje nazi en connivencia con el gobierno español funcionaron a la perfección y la información llegó a Berlín en el acto. De modo que Mincemeat también funcionó, Hitler reforzó Córcega y Cerdeña y envió a Rommel a Atenas junto a dos divisiones Panzer sacadas del frente soviético poco antes de la batalla del Kursk. Como es sabido, los aliados desembarcaron en Sicilia. 

Al término de la guerra, los estadounidenses estaban preocupados por el papel que podía jugar la extensa colonia bien nazificada que aún quedaba en España. En Alemania, aunque se estaban llevando a cabo políticas de reeducación, una elite superviviente del régimen derrotado trataba de minar todo este trabajo para mantener las esencias de la que ellos consideraban que era la verdadera identidad alemana. Ese peligro en España era igual o peor. Como explicó Jeffrey Herf en Multiple Restorations: German Political Traditions and the Interpretation of Nazism, 1945-1946, el propio Adenauer, antes de que comenzaran los interrogatorios de Nuremberg y se escrutase la responsabilidad de todo la estructura nazi en los crímenes contra la humanidad que habían cometido y el Holocausto, ya estaba rogando que se detuviera la persecución de antiguos nazis. De hecho, los de baja graduación ya podían convertirse en militantes de la CDU. Se llegó a quejar expresamente: «Si uno castiga a los seguidores y soldados inofensivos que creyeron que estaban cumpliendo con su deber, porque así lo hicieron, se va a fomentar un nacionalismo extremo y creciente». 

La embajada estadounidense en España, inicialmente, elaboró una lista de mil seiscientos alemanes que debían ser deportados, todos ellos personal militar, espías y alemanes con cargos en empresas fuertemente vinculadas al régimen nazi. En total, fueron deportados doscientos sesenta y cinco, y doscientos siete volvieron voluntariamente. Entre todos ellos, de los que estaban relacionados con actividades de inteligencia había pocos. Impacientados, británicos y estadounidenses elaboraron una segunda lista menos ambiciosa, solo de ciento cuatro, pero de nazis muy peligrosos. De estos, ninguno fue deportado. 

El régimen franquista, siguiendo las instrucciones de los aliados a su manera, publicó anuncios en la prensa invitando a los alemanes a volver a su país voluntariamente, pero rara vez se les obligó a irse. Cuando en las Naciones Unidas se debatió sobre la protección que España brindaba a los nazis, se empezó a monitorizarles con la policía. Los que estaban incluidos en las listas tenían que presentarse semanalmente a la policía y, en algunos casos, pasaron una temporada internados en el balneario de Caldas de Malavellacerca en Girona. La primera consecuencia fue que los nazis no vieron ningún peligro por seguir siéndolo y la cultura nacionalsocialista siguió presente en la colonia alemana española, explica el historiador. 

Johannes Bernhardt, director de Sofindus, la empresa nazi que gestionaba el comercio entre España y Alemania durante la II Guerra Mundial, y de ROWAK, la sociedad que llevaba las inversiones alemanas en España, era miembro de la Auslandorganization (Organización del NSDAP en el extranjero). Lógicamente, todas sus actividades estaban orientadas a enviar suministros al ejército alemán y proporcionar cobertura a los agentes de inteligencia. Además, antes había sido el enlace que había facilitado inmediatamente a Franco la ayuda nazi en julio del 36. Cuando acabó la guerra, tenía rango de Oberführer de las SS. Era de máxima prioridad para los aliados, que finalmente lograron reunirse con él, y Bernhardt les sorprendió diciéndoles que no reconocía al gobierno aliado en Alemania como legítimo y que, por tanto, se consideraba un apátrida y no debía ser deportado. Así de protegido se sentía. 

Más llamativos fueron los argumentos de defensa de los que fueron detrás de él. Empezaron a recurrir a la memoria histórica, pero a la de antes, a la construcción propagandística y autojustificativa que hizo el franquismo de la guerra que había provocado. Los exnazis consideraban que la guerra civil fue la salvación de España del caos y del comunismo y que ellos habían dado su apoyo altruistamente a Franco para tan noble causa, de tal manera que ahora su arraigo estaba en España. Era este al país al que habían prestado sus servicios en la Legión Cóndor, aludían, no a Alemania. 

Max Nutz, que había trabajado en la embajada alemana, vivía en Alicante y se había afiliado al NSDAP en 1934. Hizo la guerra civil en la Legión Cóndor, pero a los aliados les dijo que su motivación había sido «luchar por España» en la «guerra de liberación». Otro veterano de ese cuerpo que bombardeó las ciudades españolas, Alfred Giese, adujo que España era su «segundo país» y no entendía por qué le habían llevado ante las autoridades aliadas dado su «servicio a España». 

Meino von Eitzen, espía nazi, ingresado en Caldas de Mallavella, estaba muy involucrado para salvarlo, a juicio del ministro de Exteriores José Lequerica, que le consideraba un «caso demasiado político». Sin embargo, fue liberado inmediatamente del centro de internamiento al mostrar las credenciales de su servicio en la Legión Cóndor, su carné de militante de Falange, una carta de recomendación del gobierno civil de Vigo y otra del propio Franco que confirmaba el servicio que había prestado a España. 

Alfred Genserowsky, identificado por la OSS (la pre-CIA) como el agente más importante de la Abwehr en San Sebastián, en su defensa argumentó que era «un excombatiente de la Cruzada». El general Martínez de Campos salió en su ayuda confirmando que había sido herido y que se trataba de un «mutilado de guerra». Genserowsky al final dejó que le deportasen, pero en España nunca le detuvieron. De hecho, regresó a Segovia en 1948. También destacado por sus actividades pronazis en el País Vasco, Otto Hinrichsen, tras su paso por la Legión Cóndor, tuvo un puesto importante en el Ejército español. Por eso, directamente el Ministerio de Exteriores se quejó de que su inclusión en la lista era «una injusticia». 

El segundo capítulo fue presentar ese «servicio a España» como parte de la «cruzada contra el comunismo internacional». Ya antes de que terminara la II Guerra Mundial, Franco presentaba su régimen ante los estadounidenses como anticomunista. En marzo del 45, le dijo al embajador Norman Armour que aceptaba la derrota del nazismo, pero que no podía «permanecer indiferente ante los peligros que representaba el comunismo en la Europa de la posguerra». También le había escrito una carta a Churchill confesando su temor a que «aumentara el poder del bolchevismo», sobre todo en Francia e Italia. A estos nuevos matices del régimen franquista, que en realidad contra lo que se había sublevado era contra la democracia, los exnazis no tardaron en adherirse. 

Friedhelm Burbach, excónsul general de Alemania en Bilbao, argumentó que ellos no se estaban inmiscuyendo en los asuntos de otro país al participar en la guerra civil española, sino luchando «del lado de la civilización contra el comunismo». Sus labores en el País Vasco las calificó como «labor humanitaria» para salvar a los condenados a muerte por el bando comunista-republicano. Otro miembro del cuerpo diplomático, Kurt Meyer-Doehner, agregado naval de la Legión Cóndor, presumió de haberse traído a su familia a vivir a España ya en 1938 y se defendió diciendo que si tenía que volver a Alemania le tocaba hacerlo a la zona soviética, lo que le expondría a él y a sus hijos «a un gobierno y un sistema educativo de izquierda». También expresó su deseo de bautizar a sus hijos y, en tales circunstancias, eso solo podía realizarlo en España. Su compañero Richard Enge explicó que su casa fue saqueada en el Madrid del 36 y, si le hacían volver ahora a otra zona roja, le tocaría sufrir el mismo destino dos veces. Alfred Menzell, por su parte, se refirió a lo vivido en la Barcelona republicana del 36 para justificar su posterior enrolamiento en la Legión Cóndor. 

Además de «salvar» a España y del ferviente anticomunismo, por último, entró en liza la religión. En su defensa, Walter Leutner no solo dijo que se sentía más cómodo con el uniforme militar español —era instructor en el ejército tras su paso por la Legión Cóndor—, también que nunca había participado ni en las SS o la Gestapo y que era un «buen católico». No exento de un gran sentido del humor, añadió que militar en el NSDAP hubiese sido incompatible con su religión. 

Jose Lipperheide Henke eludió cualquier acusación de militancia nazi escudándose en que era «católico de nacimiento y convicción». Joaquim von Knoblach, el cónsul honorario de Alemania en Alicante, fue protegido por el mismísimo Carrero Blanco, que consideraba que sus actividades fueron un «gran servicio a España», no a Alemania, puesto que un católico era incompatible con los nazis y, por el contrario, demostraba lealtad al régimen de Franco por ese motivo. Como detalle pintoresco para evitar la extradición, el argumento de Max Ludwig Muller-Bohm fue que sus hijos habían sido bautizados en la Sagrada Familia de Barcelona. 

Estos casos fueron muy habituales. De hecho, el arzobispo de Toledo, el cardenal catalán Enrique Pla y Deniel, le hizo una contralista al gobierno español de exnazis que debían ser protegidos por sus ideas católicas. El paraguas que les protegió fue la Asociación de Católicos Alemanes en España, que al principio su función era comunitaria, pero luego pasó a tener un fin instrumental para eludir la justicia de los aliados. Federico Lipperheide, hermano del anterior del mismo apellido, era su presidente, pero tenía estrechos lazos con agentes de la propaganda nazi y durante la II Guerra Mundial se había dedicado a traer películas proalemanas a España. Sin embargo, a través de esta organización religiosa se recogieron fondos para poder mantener a estos exnazis en España, bajo la protección de una Iglesia que les consideraba «defensores del catolicismo frente al bolchevismo». En Italia el papel de la Iglesia fue igualmente muy parecido. Allí muchos exnazis se convirtieron al catolicismo para ocultarse, algo que no contempla el Derecho Canónico, y no menos sacerdotes estuvieron involucrados en la ocultación de criminales de guerra en monasterios y otros inmuebles de los religiosos. 

Al final, los aliados llegaron a desistir. El castellano con acento alemán de estos personajes se podía escuchar en los locales exclusivos de Madrid, como Chicote o Pasapoga, durante años. En la década de los 90, el periodista de investigación José María Irujo de El País también tuvo acceso a esos archivos del Ministerio de Exteriores. Se fijó en el caso de Franz Liesau Zacharias, que murió en el 52 de la calle Alcalá en 1992, a los ochenta y cuatro años. En la hoja de extradición que habían remitido los aliados a Franco decía: «Este hombre se hace llamar doctor. En realidad fue agente del servicio de contraespionaje involucrado en la compra de animales del Marruecos español y de la Guinea española para fines experimentales en Alemania, entre ellos la propagación de horribles enfermedades, como la peste, en los campos de concentración».

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8 Comentarios

  1. Nazi tiene una connotación negativa hoy únicamente por un motivo

    • ¿Por querer exterminar y discriminar a gran parte de los seres humanos por motivos étnicos? ¿Por ser asesinos por principio? ¿Porque la mayoría de los secuaces tienen las neuronas justas para controlar las funciones fisiológicas básicas?

    • No tienen ninguna positiva precisamente por un único motivo. Por ser nazis.

    • Totalitarismo? Racismo llevado a sus últimas consecuencias? Sumir al mundo en una guerra Mundial con 50.000.000 de muertos? exterminar cualquier debate o disidencia?

      De verdad solo encuentra un motivo? O es que no se piensa lo que se dice?

    • Jose Antonio Fernández

      ¿Porqué tú lo eres, quizás?

  2. Sr Borràs

    Pues ni el uniforme ni la estrella de alférez ni la cara me parecen muy de la Legión Cóndor nazi malísima, pero ok.

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