
Para quien tenga interés en creer, o para quien tenga interés, aunque no crea, hay un mito de origen: luego del diluvio universal, Noé bajó de su arca, vislumbró un pedazo de tierra —el monte Ararat, entre Armenia y Turquía— y plantó allí la primera viña. Pequeña, austera. De esa viña sacó el fruto, hizo vino, se emborrachó y quedó desnudo e inconsciente echado en el lugar. El relato sigue, toma otros rumbos bien bíblicos (hijos y nietos, castigos, maldiciones), pero el próximo hito en la historia del vino, ya por fuera de las sagradas escrituras, llegaría muchísimo después.
«Si vos trazás una línea de Armenia al mundo, así, vas a ver que te cruzás, a la misma altura, con Italia, España, Francia, California, grandes regiones de vino». Lo cuenta Juliana del Águila, presidenta de Bodegas del Fin del Mundo en Argentina y de la bodega Karas en Armenia, mientras recorre con el dedo, de manera horizontal, un mapa en una pantalla. Me interesa esta idea de la línea que en cierto modo vincula lugares, creo que puede traducirse en una historia. Al fin y al cabo, toda línea es la unión de sus puntos y toda historia la de sus momentos. El próximo gran hito, decía, salió a la luz en 2011: un equipo de arqueólogos estadounidenses descubrió en Areni (un monte de Armenia) la instalación más antigua y completa de producción de vino, de hace 6000 años. Esta cueva tenía ánforas, prensas, restos de pigmento vegetal, semillas, una gran tina de barro (donde, se presume, fermentaban las uvas que habían pisado) y estaba ubicada en el medio de lo que fue un cementerio, por lo que dedujeron que el vino formaba parte de rituales fúnebres.
Entonces, primero el hombre aprendió a usar la naturaleza: prender un fuego, hacer una cueva; luego a tallar piedra, moldear cerámica, cazar, se hizo pastor, agricultor y en algún punto, en toda su historia, creó el vino, se embriagó y luego se hizo bodeguero. Entonces hay un mito de origen y también una línea. Están la borrachera prístina y la bodega más antigua, aunque descubierta hace relativamente poco. Después se podría dar un salto arbitrario hacia la Bodega del Fin del Mundo, la más austral, que funciona en Neuquén, comercializa por toda Argentina y conversa, a la vez, con aquella de Armenia, según cuenta su encargada: ambos equipos van y vienen, intercambian saberes y tecnologías, se muestran procesos, se hacen crecer. Ese podría ser un electrocardiograma simple y deliberado del vino, uno que mostrara cómo todo sobre el tema parece partir de Armenia y volver allí. Como una especie de fuerza gravitatoria o como un pliegue en el tiempo. Armenia como un viejo nuevo mundo, que por sus fábulas y su clima parecía destinado a ser la patria del vino, pero recién en los últimos diez años empezó a hacerse ver como un punto de contacto en su mapa. Y si quisiera yo ponerme bíblica (es una idea con la que el siglo XXI en Occidente no simpatiza, pero es una idea tentadora) podría decir, por ejemplo, que Noé plantó una primera viña en Ararat, una primera uva de la que luego surgieron miles de variedades que de alguna manera son hijas de la original, y la diégesis del vino es de encuentro, de recuperación de todos esos hijos desperdigados por el mundo. Es posible que esto guarde relación con eso que escucha uno apenas aterriza allí: «Welcome to the motherland». La de esta región con el vino es una historia, quizá, arrebatada por la Historia.
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