
Las palabras no son inocentes: aluden a contenidos semánticos que o son convenciones o son construcciones sociales. Si reprodujéramos el experimento lingüístico que George Lakoff aplica en sus ponencias al pedir a los asistentes que traten de no pensar en un elefante, ocurre que un elefante más inmenso que nunca se hace presente en sus imaginarios mentales, no falla. La tesis del lingüista está aplicada directamente al entorno de la política: el lenguaje del discurso político evoca ideas, ejemplos y comparaciones que activan referencias en el cerebro de las personas y generan acciones y emociones en los individuos y grupos sociales a los que va dirigido. Cambiando el elefante por la sirena, podríamos considerar la sirena un símbolo político, en tanto en cuanto es un marco de representación, la mujer, y una lectura de la realidad. Y así, sí cabría pensar que existe una histórica manipulación política en los modelos ideales de mujer.
Mejor, se me ocurre que empecemos de nuevo. Hagámoslo a la inversa del ejercicio de Lakoff para demostrar su tesis sobre la manipulación del lenguaje, pero, en este caso, reflexionemos sobre la manipulación de un mito. Voy a ponértelo aún más fácil: el resultado posiblemente sea el mismo, solo que sin elefantes. La premisa: por favor, piensa en una sirena. Qué imagen se te ha venido a la cabeza. Podrían haber sido varias. Pasemos rápido por esta parte, que lo interesante vendrá después. Valoremos las diferentes posibilidades que hayan podido surgir en tu imaginario:
1. La imagen que te ha asaltado es la de una o varias sirenitas de plástico de colores intensos, sinuosas, delgadas o rechonchas, sonrientes, una hilera de ellas iguales, vaciadas de sentido alguno. Merchandising barato tipo made in China.
2. Si has pensado en la sirenita de Disney, o tienes menos de doce años o más de cuarenta y eres de la generación que vivió el estreno de la película de animación en España con doblaje latino en 1990.
3. Digno de estudiar sería si las sirenas que te han regalado tus neuronas han sido las salidas de aquellas pinturas románticas de fin del siglo XIX: piel blanquecina, aguas turquesas, una mujer misteriosa, en calma, peinándose una melena larga y rojiza en una orilla apacible y transparente. Estamos hablando, por ejemplo, del cuadro de 1891 de John William Waterhouse. Desde luego, es la sirena que estaba en las inspiraciones de los estudios Disney para dibujar a la que hoy es, probablemente, la sirena más famosa del imaginario popular: no me negarás que el parecido no es razonable, salvo por el ridículo sostén que hemos aceptado que le sea impuesto a un ser que era, al menos en el momento romántico, la representación de la libertad y la naturaleza.
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Este… Qué ocurre si la sirena que se te ha venido a la cabeza es una versión en femenino del ‘Abe Sapiens’ de Hellboy?
Permíteme redondear este magnífico artículo con otras dos referencias. Una mucho más antigua: Orfeo, como Odiseo, en el libro IV de «El viaje de los argonautas» de Apolonio de Rodas encantando a las sirenas con la música de su lira y otra más cercana: El maravilloso José Luis Sampedro y su «Glauka» en su no menos fantástica novela «La vieja Sirena».
Saludos