Arte y Letras

No tenías derecho a ser tan bueno (y 2)

No tenías derecho a ser tan bueno
Tomàs Fuentes e Ignasi Taltavull.

(Viene de la primera parte)

Existe una melodía concebida para no molestar que no tenía derecho a colarse en nuestras cabezas. Existe un director amateur de terrores modernos que por su perfil no parecía tener derecho a ser tan eficaz. Existe un programa que no tenía derecho a ser tan divertido alimentándose de las desgracias ajenas. Existe un anuncio de juguetes en forma de película que no tenía derecho a ser tan entretenido. Todos ellos son artículos inusuales, que nos hacen pensar «de primeras no tenías derecho a ser tan bueno».

Los backrooms de Kane Pixels

Kane Parsons, conocido también por su alias Kane Pixels, es un chico que sube vídeos a internet. Y hasta aquí todo parece normal hoy en día. Pero Parsons-Pixels no es un youtuber al uso de los que se dedican a hacer playbacks gilipollas, a regalar Oreos rellenas de pasta de dientes a los sintecho, a corretear por Minecraft pegando gritos como un demente o a plagiar todo su contenido de otros y justificarse diciendo que ser del Opus Dei es lo que tiene. Parsons es otro tipo de youtuber, el bueno, aquel que utiliza la plataforma de vídeos para demostrar su talento. Porque Parsons es responsable de haber agarrado el mito moderno de los Backrooms para convertirlo en una experiencia visual aterradora.

Los Backrooms son un creepypasta, ese nuevo tipo de leyendas urbanas nacidas en la época actual, cuentos fantásticos que toman como base las nuevas tecnologías y las perspectivas modernas, historias retorcidas que saben expandirse rápidamente por internet a través de foros, webs, chats y redes sociales.

El origen de los Backrooms se encuentra en el lugar de donde sale todo lo turbio en estos días: la página de 4chan. En aquel tablón virtual, una tarde de 2019, un usuario invitó al resto a postear «imágenes de lugares inquietantes, donde algo pareciese estar fuera de lugar». Entre todas las estampas recibidas por la llamada, apareció una que parecía crear un profundo desasosiego a la mayoría de la gente: la imagen de un pasillo amarillento, enmoquetado, vacío, con luces fluorescentes encendidas y unas paredes recubiertas de estampados que no hacían juego entre sí.

Uno de los usuarios de 4chan no tardó en imaginar la historia qué existía detrás de aquella instantánea: según él, se trataba de una fotografía de los Backrooms, un lugar extraño e infinito en el que podías aparecer si tenías la desgracia de hacer noclip en alguna zona peligrosa de la realidad. Ese «noclip» era un término originado en el mundo de los videojuegos, una expresión que se popularizó bastante con el Doom del 93, y que para lo que nos compete se traduciría por algo así como salirse de los límites del mapa de juego.

Plantada la idea general de los Backrooms, internet hizo el resto y comenzó a adornarla con su propia mitología. En poco tiempo, dichos Backrooms se convirtieron en una especie de limbo aterrador al margen de nuestro mundo en el que podías quedar atrapado por error, un laberinto aleatorio con aspecto de oficina inhabitada, glitches en las paredes, luces parpadeantes, criaturas extrañas y aterradoras que vagaban por los pasillos en busca de víctimas y ninguna salida evidente.

La gente comenzó a escribir fanfics sobre el tema, a imaginar las historias de los supervivientes, a añadir monstruos al relato e idear nuevas estancias, oscuras e industriales, por las que los desgraciados visitantes de esos pasillos amarillentos vagaban sin rumbo. Y después de todo eso, cuando el tema ya no parecía dar mucho más de sí, llegó Kane Pixels.

No tenías derecho a ser tan bueno
The Backrooms (found footage). Imagen: Kane Pixels.

Pixels es un norteamericano que siendo niño comenzó a trastear con la edición de video y los efectos especiales por su propia cuenta, tirando de Adobe After Effects, Blender, Adobe Premiere y otras herramientas digitales. Tras subir sus vídeos a internet, comenzó a acumular un número de importante de seguidores gracias a una serie de cortometrajes animados basados en El ataque de los titanes, un manga y una serie anime que se ventilaba alegremente de crío. En 2021, Pixels anunció que dedicaría unos meses a rematar un proyecto en el que llevaba un par de años trabajando. Una producción que tenía planeado presentar de manera episódica para, más adelante, ensamblar las entregas y construir una película. El siete de enero de 2022, Pixels reapareció acunando una nueva creación, un cortometraje titulado The Backrooms (Found Footage) que subió a su cuenta de YouTube.

The Backrooms (Found Footage) presentaba la supuesta grabación, fechada en los años noventa, de un chaval que accidentalmente aterrizaba en los pasillos enmoquetados de los famosos Backrooms. Una visita a ese cuento de terror moderno registrada en imágenes por la cámara de video VHS que portaba el desdichado turista. Nueve minutos de pasillos eternos y estancias desasosegantes habitadas por seres extraños. El corto tenía una factura intachable, sobre todo para ser obra de un amateur y no tardó en convertirse en fenómeno viral y ser compartido por todo el globo. Una redactora de la web Dread Central, especializada en los horrores de ficción, lo calificó como «terrorífico» antes de confesar que lo había visto diez veces seguidas. Y en la emisora de radio WPST lo definieron como «el vídeo que da más miedo de todo internet». Hipérboles aparte, lo más sorprendente de The Backrooms estaba tras la cámara. Porque Kane Pixels tenía tan solo dieciséis años.

The Backrooms es una buena idea perfectamente ejecutada, adaptar un creepypasta cuando aún está de moda y fabricar sobre él una peliculilla de terror. Su empaque es fabuloso, aparenta una producción costosa cuando en realidad fue rodado sin presupuesto, utilizando un estupendo CGI casero cuyas imperfecciones quedan camufladas gracias a la excusa de la pobre calidad del formato VHS, un recurso que permitía a Parsons cubrir el metraje con filtros analógicos.

The Backrooms era un trabajo impecable que alguien etiquetó como «horror analógico», pero la cosa no se quedó en esos nueve minutos: durante los meses posteriores al estreno del corto, el realizador se dedicó a ampliar la mitología del mismo, publicando gradualmente nuevos vídeos donde se presentaba a una organización, la Async Foundation, que se adentraba en los blackrooms para explorarlos. La cuenta de Parsons aloja ya una buena colección de dichos clips, y con cada uno de ellos el chico está construyendo su propia historia de ciencia ficción y terror, en un formato moderno con el que los directores clásicos no saben lidiar: los vídeos breves hospedados en plataformas como YouTube, productos inesperados consumidos con rapidez y curiosidad. Es una jugada inteligentísima que Parsons tiene muy estudiada de antemano, porque presenta sus misteriosos clips sin dar explicaciones y cronológicamente desordenados, para que las divagaciones y ganas de investigar de los usuarios de internet sean las que unan las piezas del puzle.

No tenías derecho a ser tan bueno
Kane Parsons. Imagen: YouTube.

Y aun así, lo más sorprendente de Parsons es su propia persona. En un vídeo de 2021, cuando contaba con solo quince años, explicó a los seguidores de su canal su metodología de trabajo, su futura agenda de producciones, su formación autodidacta, las herramientas con las que creaba lo que se veía en pantalla, y su preferencia por el falso formato lo-fi como parche para tapar las carencias visuales de unas películas sin medios.

También aclaraba que, pese a la tremenda maña que demostraba con los efectos especiales, su verdadero objetivo era convertirse en director de cine, y que no tenía interés alguno en hacer carrera como artista de los FX. Pero asumía que para llegar a ser lo primero estaba obligado a ejercer de lo segundo si quería plasmar sus ideas en las pantallas. Era un adolescente, pero demostraba tener la cabeza muchísimo más amueblada, respecto a su trabajo y sus capacidades, que muchos de nosotros a los que aún nos hacían la cama a la edad a la que este chico ha logrado aterrorizar a todo internet. Kane Parsons no tenía derecho a ser tan joven, tan talentoso y tan bueno.

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Backrooms Informational Video. Imagen: Kane Pixels.

La ruina

La ruina es un podcast. Hay mil gritones de podcasts en internet actualmente, pero La ruina no se parece a ninguno. La ruina dura una hora y sus artífices son los cómicos Ignasi Taltavull y Tomás Fuentes. Ambos presentan y conducen el programa, pero durante esos sesenta minutos, a diferencia de lo que ocurre con el resto de podcasts, ellos son los que menos hablan. La ruina es (muy probablemente) el programa que contiene más miserias humanas de la historia de la radio, pero también es uno de los shows actuales más sinceros, sorprendentes, NSFW, pasados de rosca, y, sobre todo, descojonantes que existen.

La ruina basa su premisa en algo con lo que se puede identificar cualquier persona del planeta: la desgracia sufrida en primera persona, la vergüenza y la humillación propia. Taltavull y Fuentes definen como «ruina» a la peor experiencia/situación/desgracia/cagada que uno haya tenido en su vida, y su programa se centra exclusivamente en contar ruinas en público. Y aquí viene la jugada interesante: La ruina se graba ante una audiencia, gente que puede asistir al show pagando la entrada o de manera totalmente gratuita a cambio de aceptar ser candidatos para subir al escenario y contar su peor ruina personal.

Cada programa tiene un invitado especial, quien a modo de peaje cuenta una ruina personal, pero a partir de ahí el resto de anécdotas lamentables son narradas por miembros del público elegidos al azar, sacando su nombre de un bol con papelitos. Y es entonces cuando sucede la magia, porque las desgracias expuestas por los espectadores van desde la anécdota simpática hasta la locura más delirante. Relatos de acciones ridículas, cuestionables moralmente, escatológicas, humillantes, inocentes, estúpidas o directamente ilegales.

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Inasi Taltavull, Tomàs Fuentes y Júlia Cot. Imagen: La ruina.

En La ruina la gente se ha colocado ante los micrófonos para contar vivencias lamentables de todo tipo: el robo de las cenizas aún calientes del abuelo fallecido de una novia, un hurto que fue alentado por la familia y cometido en los lavabos del tanatorio, utilizando una bolsa de supermercado para transportar los restos del finado; un apretón de diarrea acontecido justo en el momento de encamarse con el chico deseado; una infancia conviviendo con poca paz y menos armonía con una mona alcohólica; un mal viaje con LSD sufrido por una persona que decidió que en ese estado la mejor idea era visitar la vivienda de los padres, de madrugada, en pijama, orinado, con un cuadro bajo el brazo, un dedo en alto y la cabeza en la luna; un viaje romántico a Auschwitz acompañada de un novio nazi; una visita al zoo siendo un niño fascinado por los leones que terminó con el chiquillo recibiendo una ducha de pis en la cara disparada a chorro por mismísimo el rey de la selva; la celebración de un funeral con el muerto equivocado; un jovenzuelo secuestrado por un taxista que lo llevaría de ruta por puticlubs antes de comenzar a lanzarle proposiciones sexuales indecentes; los problemas de pasar un control de seguridad con una colección de cuchillos o unas esposas para juegos sexuales en la maleta; la logística que supone coordinar a varios amantes para que ninguno se entere de la existencia de los demás; las dificultades de hacer de vientre cuando se está escalando una montaña; o la serie de catastróficas desdichas acontecidas en México que llevaron a una persona a ejercer de guardaespaldas de un narcotraficante para no pagar la cuenta de un bar.

Los famosos tampoco están exentos de ruinas delirantes: Berto Romero relató en La ruina que fue uno de los incómodos testigos del peor amenizador de cumpleaños posible, un hombre llamado Tigerman que hacía trucos de faquir con su pene y se masturbaba con dificultad ante sus espectadores; Ana Morgade rememoró el momento en el que vomitó sobre la cara de un caballero que se le estaba declarando; Valeria Ros compartió sus desventuras sexuales en una escapada loca por islas panameñas y su desastroso idilio con un antiguo míster Panamá que estaba borrachísimo y casadísimo; Marc Giró afirmó que la reina Letizia Ortiz se comió una flatulencia (republicana, según él) suya durante un viaje en ascensor; Òscar Dalmau narró su aventura para limpiar sus restos orgánicos, fruto de los roces adolescentes en una tienda de campaña, de una chaqueta ajena; y Estaban Navarro confesó delante de Xavi Daura, su compañero en Vengamonjas, que cuando ambos compartían piso llegó a elaborar un plan para masturbarse escuchando cómo Daura fornicaba con su exnovia, pero la cosa le salió regular. La anécdota que contó Modgi en el programa decimo séptimo incluía un polvo en la playa junto a su novia y a un niño inesperado como testigo sorpresa, y constituía una ruina tan bestia como para evitar entrar en dar más detalles aquí para que no nos cierren la revista.

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Ignasi Taltavull, Tòmas Fuentes y Berto Romero. Imagen: La ruina.

Los invitados y el público de La ruina son quienes hacen especial el programa, gente que a menudo han narrado las ruinas personales ante sus conocidos tantas veces como para pulirlas hasta componer un discurso tremendamente cómico, un monólogo de humor que estaba confinado en su círculo de amigos. Pero la labor de Taltavull y Fuentes no se limita a sentarse y verlas pasar, porque ambos son muy hábiles, y bastante ingeniosos, a la hora de improvisar y exprimir la parte más delirante de las anécdotas. Tampoco son finos, porque aquí tratamos con un humor asalvajado y sin rehenes que provocará rechazo entre los sensibles. Pero esto justamente lo que uno se espera de un podcast donde las ruinas sobre defecarse encima en los peores momentos resultaban tan frecuentes como para que sus responsables decidiesen limitar las anécdotas relacionadas con esfínteres y cacas a, como máximo, dos por episodio. Probablemente, La ruina tenga algo de terapia grupal, y uno de sus logros es saber crear el ambiente adecuado para que las risas sean a cuenta de la situación y no del protagonista de la misma.

Pero lo verdaderamente fascinante de La ruina no es el humor salvaje, sino algo mucho más interesante: la sanísima falta de reparos que demuestra su audiencia a la hora de exponer en público sus peores vergüenzas. Ese modo de desnudarse por completo y sin complejos, ante desconocidos que han dejado los prejuicios en casa, con el único y loable objetivo de invocar la risa. En un mundo donde Instagram y las redes sociales han convertido la perfección y el postureo en norma, resulta maravillosos descubrir que hay generaciones jóvenes (y no tan jóvenes) conscientes de que errar, hacer el ridículo, fracasar, meter la pata, perpetrar algo horrible, cagarla a lo grande o sufrir un trauma no solo es lo que nos hace más humanos, sino que además es algo de lo que es divertidísimo descojonarse a la larga. Porque resulta tranquilizador observar a tanta gente siendo consciente de que somos criaturas imperfectas y ridículas. Y de que no hay nada de malo en reconocerlo. Es una revelación profundamente hermosa que brota en el lugar más inusual: en un podcast donde un caballero explica cómo, tras la muerte de un familiar y una ruptura muy dolorosa, descubrió que había tocado fondo cuando decidió matar la tarde metiéndose el dildo de su exnovia por la trasera. La ruina no tenía derecho a ser tan buena porque las tragedias no tenían derecho a ser tan divertidas.

La Lego película

Durante los días previos al estreno de una película existen un número de conceptos que suelen funcionar como presagio de una desgracia audiovisual inminente, cosas como «remake de un clásico», «secuela tardía», Leo Harlem, las frase «De los productores de…» en el póster, la abundancia de CGI chapucero, «adaptación live action de una película animada», Adam Sandler, «reboot» o «Michael Bay sentado en la silla de dirección».

La Lego película también partía de entrada de una idea muy poco apetecible: una película basada en el mundo de los juguetes Lego, con personajes originales creados en exclusiva para el film. O lo que es lo mismo, lo que parecía un gigantesco anuncio publicitario diseñado para vender los productos de una marca popular, una compañía a la que la calidad de la cinta podría importarle bien poco mientras se vaciasen las estanterías de las jugueterías.

no tenáis derecho a ser tan bueno
La Lego película. Imagen: Warner Bros. pictures.

Lo curioso es que en los despachos la cosa comenzó sin muchas ganas. La Warner observó la cantidad de pasta que estaban facturando los videojuegos de Lego basados en franquicias cinematográficas, y razonó que podría ser buena idea hacer una película propia ambientada en el universo de los ladrillos de construcción daneses. Abocetaron una aventura ubicada en el mundo Lego y acudieron a las oficinas de la juguetera en Dinamarca. Pero la mayoría de los jefazos de dicha empresa no estaban muy interesados en el asunto, porque ya nadaban al estilo mariposa entre los billetes que les proporcionaban las ventas de videojuegos, y consideraban que para qué iban a meterse en nuevos jardines peliculeros. Ocurrió que el vicepresidente del asunto de las licencias, Jill Wilfert, la propuesta le despertó curiosidad y logró que Lego acabase aprobando el film. Philip Lord y Christopher Miller, responsables de la serie Clone High y la película Lluvia de albóndigas, se pusieron al volante firmando para escribir y dirigir la cinta. De la animación se encargó el equipo australiano Animal Logic, los mismos que habían dado vida a las criaturas de Happy Feet o Ga’Hoole: la leyenda de los guardianes.

El resultado fue La Lego película, una comedia divertidísima, repleta de gags que funcionan y detalles ingeniosos en segundo plano, protagonizada por un muñequito de Lego anodino y feliciano que resulta ser el Elegido para llevar a buen puerto una gran aventura. El guion de Lord y Miller era muy ágil encadenando coñas, y también exprimía bien a los personajes invitados de otros mundos gracias a las licencias que poseía Lego de DC Comics (Batman, Superman, Aquaman o Flash), Los Simpson, El Señor de los Anillos, Las tortugas ninja, Speed Racer, Harry Potter o Star Wars. Pero quizás el mayor acierto de la trama fue ejecutar con eficacia una treta estupenda: arrojar un potente plot twist, un shyamalazo que le decimos aquí, durante su acto final. Un giro de guion, certero y coherente dentro en el mundo con el que jugaba, que resultaba el doble de eficaz a la hora de pillar en bragas al espectador porque ¿quién iba a pensar que algo llamado La lego película tendría un plot twist gordo?

En lo artístico también era sorprendente, el estudio Animal Logic se encargó de realizar toda la animación por ordenador, pero lo hizo imitando el estilo y las formas de las llamadas brickfilms, esas grabaciones caseras de stop motion con muñequitos de Lego que medio mundo lleva filmando en el salón de su casa desde que existen las cámaras de video domésticas. En la pantalla, las piezas de Lego parecían engañosamente reales, su superficie incluso lucía los arañazos típicos de los juguetes con mucho uso, mientras que la dirección artística tenía ocurrencias estupendas para representar todo tipo de elementos a base de bloques y era muy consciente del legado pop de Lego: el personaje del astronauta ochentero aparecía con el casco roto porque el juguete equivalente solía quebrarse siempre de ese modo.

No tenías derecho a ser tan bueno
La Lego película. Imagen: Warner Bros. pictures.

El éxito de la cinta propicio una secuela titulada La Lego película 2, dirigida por Mike Mitchell a partir de otro guion de Lord y Miller, que no llegaba a la altura de la primera, porque eso estaba muy difícil, aunque seguía manteniendo un nivel notable. Una nueva aventura que contenía su propio plot twist, uno decente pero inevitablemente menos sorprendente que el de la original. La Lego película también generó un par de spin-offs fílmicos, La Lego Ninjago película y Batman: la lego película. Esta última, centrada en el hombre murciélago de Gotham, fue otra joya, pasadísima de vueltas y tremendamente disfrutable, que respetaba y asimilaba perfectamente toda la herencia de la figura de Batman e incluso se atrevía a lanzarse al crossover inesperado al incluir en el reparto personajes de diversas franquicias para elaborar una estupenda ensalada pop. Y todo esto nadie lo vio venir, porque un anuncio de juguetes de cien minutos no tenía derecho a ser tan bueno.

La música de la Wii

El término muzak engloba ese tipo de música ideada para ser oída pero no escuchada. Esas melodías de fondo, ambientales, relajadas y ligeras que habitan en los ascensores, pasillos de centros comerciales, hospitales, aeropuertos y salas de espera. Armonías emplazadas en lugares que la gente no visita para escuchar música. Son temas que quieren pasar desapercibidos y generar tranquilidad, aunque existan movimientos cono The Pipe Down Campaing for Freedom que se han opuesto a este tipo de música al considerarla desesperante.

Con el tiempo, la muzak se adaptó a los avances modernos, saltando de los ascensores a las líneas de teléfono y, recientemente, pariendo un nuevo subgénero muy exitoso al empaparse de bases de hip hop y mutar en una forma más amable y celebrada: el chillhop. Esas composiciones que ayudan a la gente a trabajar o estudiar y se presentan en YouTube acompañadas de estampas nostálgicas de zagalas repasando sus apuntes, paisajes idílicos o simpáticos mapaches trasnochadores. Un fenómeno tan interesante como para haber sido sometido a estudio en esta casa. En los últimos años las composiciones muzak han encontrado un nuevo hogar digital: las tiendas y los menús de las apps modernas, los nuevos pasillos de la compra para la sociedad.

Un earworm, o gusano del oído, es el nombre por el que se denomina a esas canciones que uno no se puede sacar de la cabeza durante toda la jornada. Las melodías que, por culpa de la memoria inconsciente, se alojan en el cerebro durante horas mucho tiempo después de haber sido escuchadas. Es un fenómeno tan llamativo como para haber sido objeto de numerosos estudios serios de gente como el psicoanalista Theodor Reik, discípulo de Freud, el neurólogo Oliver Stacks, o la psicóloga Diana Deutsch. Y algo tan común e irritante como para haber empapado la cultura en general: Mark Twain escribió allá por 1876 una historia corta titulada «A Literary Nightmare», donde una pegadiza canción atormentaba los pensamientos de las personas hasta que eran capaces de infectar a otro incauto con el ritmillo, en el cuento de Arthur C. Clarke titulado «The Ultimate Melody» se fabricaba un earworm tan poderoso como para volver catatónica a la gente, y uno de los mejores gags de la película Del revés era la irritante musiquilla de un anuncio de dentífrico que se alojaba eternamente entre los recuerdos de la protagonista. En 2003, el compositor y profesor en la Universidad de Cincinnati James Kellaris llevó a cabo un estudio sobre los gusanos del oído que proporcionó unos resultados llamativos. Concluyó que los earworms afectan al 98 % de la población, y que dentro de las melodías pegajosas un 72 % de las mismas eran temas con letras y un 8 % canciones instrumentales. Este último dato es importante para lo que trataremos aquí.

No tenías derecho a ser tan bueno
Hay un compositor que pasó de orquestar las aventuras de Zelda o Mario a crear la muzak para este menú. Y él es una leyenda. Imagen: Nintendo.

En 2006, Nintendo presentó en el mercado la consola Wii que, gracias a una campaña de publicidad brillante, arrasaría en ventas. Un hardware blanco y marciano culpable de hacer que muchas abuelas se dislocasen muñecas y rompiesen televisiones agitando un wiimote para encarrilar una bola de bolos. Con más de cien millones de consolas vendidas, la Wii no solo se coló en los hogares de medio mundo, sino también en sus cabezas gracias a su música ambiental.

Porque aquella consola llegó acompañada de unas melodías muy características que engalanaban sus menús. Una banda sonora nacida como muzak pero tremendamente invasiva: es imposible encontrar hoy en día a alguien que haya tenido una Wii y no se le hayan alojado en la cabeza temas como el del menú de creación de Miis, el de la cabecera del juego Wii Sports o, sobre todo, la tienda online de Nintendo, el Wii Shop Channel. Y este último es el caso que nos interesa, porque la música del Wii Shop Channel es algo insólito. Se trata, probablemente, de la única melodía nacida como muzak que, desafiando su propia definición y a pesar de ser un tema instrumental, se transformó en earworm. Porque la tonadilla de esa tienda online no tenía derecho a ser tan buena como para convertirse en un gusano del oído.

La culpa la tenía la exitosa estrategia sobre la que se concibió la consola como paquete amable para toda la familia, una treta para que no solo los jugadores hardcore pasasen por caja. Wii se diseñó como un producto blanco, tanto en su color como en su concepto, ideado para resultar acogedor y sencillo. Sensaciones que se extendían a los juegos de Nintendo, al número simplificado de botones, a la apariencia limpia y legible de los menús y, por supuesto, a su música. Por eso mismo, las melodías de los diferentes canales del menú de Wii y las pistas que podían escuchar en Wii Sports (el juego que acompañaba al cacharro) suenan como parte de una misma familia. No utilizaban la misma instrumentalización, ritmo, o melodías, pero compartían un estilo que las hermanaba. Una personalidad propia que provocó que resultase fácil reconocer algo con pinta de «música de Wii». Y la culpa la tuvo un hombre con voz de Yoshi.

Kamuzi Totaka es un compositor japonés cuyo trabajo está unido a la estirpe Nintendo. Él es el responsable de la música de Super Mario Land 2, Mario Paint, The Legend of Zelda: Link’s Awakening, Yoshi’s Story, la saga Luigi’s Mansion, Wii Sports o Animal Crossing entre muchos otros. Un músico que ha dedicado su carrera a dejar huella en la historia del videojuego. Y a divertirse mientras lo hacía: en la mayoría de producciones en las que ha trabajado con un rol importante, el hombre se ha dedicado a esconder, a modo de huevo de pascua, una cancioncilla propia de diecinueve notas que ha sido convenientemente bautizada por los jugadores como Canción de Totaka. Un guiño musical secreto que no suele ser fácil de localizar: fue descubierto de manera muy tardía y en la actualidad los fans aún exploran sus juegos en busca de la cantinela ninja (algunas de cuyas encarnaciones han sido recopiladas aquí). Totaka también se manifestó en los mundos digitales asumiendo otro tipo de formas al doblar a Yoshi en algunas de sus correrías, y al visitar Animal Crossing adoptando la forma de Totakeke, un perrillo músico que es un homenaje evidente a su persona.

no tenías derecho a ser tan bueno
Wii Cports. Imagen: Nintendo.

En un momento dado, sobre Totaka recayó la tarea fabricar melodías para los diferentes canales de la futura consola Wii. Musicalizar cosas como una pantalla de creación de monigotes virtuales o el canal del tiempo era una tarea inusual, sobre todo para alguien que había creado bandas sonoras para tantas aventuras clásicas, pero Totaka, un compositor virtuoso, cumplió con soltura.

Tanta como para convertir su obra en legado, y llamar la atención del gente como el pianista de jazz y youtuber Charles Cornell, que le dedicaría un interesante vídeo al tema titulado «El tema de Wii es bueno de manera no irónica». A Cornell le fascinaba la eficacia y elegancia de la partitura: «No suelo ver música escrita de la forma en la que la encuentro normalmente en el mundo del jazz […] Totaka utiliza nuestro vocabulario en la escritura y composición».

Existía una sofisticación innecesaria en aquella musiquilla de ambiente aunque, desgraciadamente, en Nintendo no fueron capaces de perpetuar su logro. La muzak de Wii U era agradable, pero no tan pegadiza, y la de la tienda online de Switch, bueno, a ver, se puede disfrutar en este estupendo clip «Nintendo Switch eShop Music. Main Theme (High Quality)» que contiene tres minutos de absolutamente nada (en alta calidad) porque en ese consiste la música de la tienda de Switch, en absolutamente nada.

Internet ha sido el medio que ha encumbrando la herencia musical de Wii. Porque ahí donde se han ensamblando vídeos de diez horas continuas con la muzak del canal de compras, clips en los que los oyentes del bucle afirman cosas como «Si esto no suena en mi funeral exigiré un reembolso de la vida», «La canción perfecta para escuchar mientras la gente pelea a tu alrededor», «Petición para que esto suene en todos los ascensores del mundo», «La banda sonora de no tengo nunca suficiente dinero para comprar juegos» o «Desearía que esto sonase cuando estoy de compras en el centro comercial».

Pero también fue internet el medio que convirtió la banda sonora de Wii en un meme incontestable: atención a Maytree interpretando la obra de Totaka a capela, a los chicos de Nivarna the Band the Show demostrando con un vídeo muy gracioso que a la música del Wii Shop Channel cualquier letra le sienta como un guante, o la absoluta genialidad de combinar la muzak de Wii con el tema «Hotline Bling» de Drake para descubrir que no solo pega de maravilla, sino que incluso Drake baila al ritmo de la Wii con una sincronización sorprendente. Totaka, no tenías derecho a ser tan bueno, pero has traído mucha alegría a este mundo.

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3 Comentarios

  1. Regalar Oreos con pasta de dientes a los sin techo. Ahí he dejado de leer.

    • Eso lo hizo un youtuber una vez, por eso se le está criticando en este artículo. Y por eso se menciona, para que entendamos que el youtuber del que habla el artículo NO es como ese youtuber de las oreos.
      Dios me libre de decirle a nadie cuándo dejar de leer un artículo, pero no entiendo por qué tú lo haces en ese momento precisamente.

  2. Oderus Urungus

    Venga, que nos despitamos.
    Chapter 3 de No teníais derecho a blablabla
    Richard Marx! «Hazard»
    Aun recuerdo intentar conectar con la rubia buenorra del instituto. A mi tambíen me gusta! Enorme la canción en la que es un asesino en serie! Y la ahoga en el rio! Y eso que sólo vi el capitulo 2!
    «Right here waiting… ¿Que»?

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