Temed a Slender Man

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Fotografía: City of Stirling Libraries.

Hace cierto tiempo, lo de recitar combinados alcohólicos con reverb delante del espejo era el Tinder de lo paranormal y siempre aseguraba acompañante para la noche, aunque fuera por la poco elegante vía de la invocación inmediata. También las jóvenes autoestopistas sin equipaje y con predilección por combinar la ropa en colores blancos abundaban más en las carreteras solitarias de las épocas pasadas, aquellas rutas donde cualquier conductor agradecía la compañía y los consejos sobre seguridad vial de una viajera que parecía estar demasiado al tanto de las curvas donde patinaba más la rueda.

Pero, desgraciadamente, toda esa fértil tradición de pesadillas sobrenaturales acabaría perdiendo terreno durante la era moderna al ahogarse sus mitos entre otro tipo de leyendas orales que apuntaban a un nuevo tipo de terror: relatos de programas televisivos donde una adolescente con un bote de mermelada, mascota canina y una interpretación inusual de la hora de la merienda enclaustraba en un armario a estrellas de la pachanga ligera, historias sobre camellos con un extraño sentido del negocio que regalaban calcomanías barnizadas en LSD en la puerta de los colegios o anécdotas sobre cantantes famosos ingresando en el hospital convertidos en contenedores humanos de semen y con un siete rasgado en la puerta trasera. La tradición oral del folclore del miedo, que desde tiempos medievales había gozado de una salud envidiable, sufría una crisis de identidad y comenzaba a ser fagocitada por otro tipo de leyenda urbana más casposa y menos sangrienta que monopolizaba el boca a boca como principal vía de expansión. Exceptuando el notable caso de una cinta de VHS japonesa, que incluía a una niña de melena guerrera, las fábulas de espantos no supieron en un primer momento adaptarse a las nuevas tecnologías y apenas lograban captar la atención de una audiencia cada vez más distraída por las nuevas pantallas. 

Hasta que llegó Slender Man.

El terror

Entre las estanterías de la biblioteca de la californiana urbe de Stirling City se localizaron un par de sospechosas fotografías en blanco y negro fechadas en la década de los ochenta. Aquellos documentos sometidos a una ojeada en diagonal tenían pinta de ser solamente un par de instantáneas comunes y sin demasiada importancia, pero ambos venían acompañados de unas leyendas que invitaban a un segundo vistazo y convertían las imágenes en pequeños relatos de terror. Uno de los textos utilizaba una inquietante primera persona del plural: «No queríamos ir, no queríamos matarlos, pero su persistente silencio y los brazos abiertos nos horrorizaban y reconfortaban al mismo tiempo», una afirmación que se volvía bastante alarmante al asociarla a aquella foto, que mostraba una tropa de chavales entre los que asomaba un gesto furioso en primer plano, caminando hacia la cámara. El escrito adjunto a la segunda instantánea, que inmortalizaba a un un grupo de niños divirtiéndose en unos columpios, aseguraba que la foto había sido tomada el mismo día que desaparecerían catorce infantes por culpa de algo llamado «The Slender Man». Observar con detenimiento las dos imágenes revelaba un detalle escalofriante que había pasado desapercibido inicialmente: una figura alta, sin rostro visible, con traje y unos brazos que parecían desplegarse como tentáculos, acechaba sin disimulo a los niños de ambas fotos desde el fondo de la imagen. Las notas adjuntas insinuaban que las personas que habían realizado las instantáneas estaban desaparecidas y muy posiblemente reconvertidas en un macetero humano de malvas. La biblioteca de Stirling City sufriría un incendio una semana después de que las dos imágenes y su contenido se hiciesen públicos.

Al descubrimiento de aquel hombre delgado y fantasmagórico de las fotografías le seguiría una oleada de recortes de periódicos, declaraciones de testigos, decenas de nuevas instantáneas en las que el engendro hacía photobombing desde la distancia y dibujos de niños retratando el aspecto de ese Slender Man que tenía pinta de ser un Jack Skellington en formato Hacendado. Aunque lo cierto es que los diversos testimonios no llegarían a ponerse de acuerdo sobre el auténtico aspecto del ente: en algunos casos, se afirmaba que la criatura carecía de rostro alguno y, en otros, que se servía de una cara mutante capaz de reflejar en sus facciones los peores miedos del espectador; del mismo modo, tan pronto se mencionaban sus múltiples tentáculos, como unos brazos esqueléticos o la ausencia total de extremidades. Ni siquiera existía un consenso sobre su origen: algunas historias apuntaban al antiguo Egipto, otras a tétricos bosques alemanes y otras cuantas a la Europa del este. Lo único que estaba claro era que sus intenciones eran malvadas y que podía hacer uso de ciertos poderes sobrenaturales: tenía la capacidad de teletransportarse, su cercanía inducía en las personas una paranoica sensación de incomodidad, y podía dominar los actos de terceros ejerciendo de titiritero y obligando a matar en su nombre. Pero quizás el detalle más preocupante de ese Slender Man era que parecía sentir un interés especial en llevarse por delante a aquellos que investigaban o se informaban sobre su existencia, algo que significaría que todo lector de estas líneas está convirtiéndose ahora mismo en una futura víctima.

El mundo real

La realidad es que el origen de todo aquello se localizaba en las tripas de Something Awful, un emplazamiento digital que lleva en línea desde que se enchufó internet y sirve como punto de peregrinación para fans de chistes fáciles y artículos idiotas sobre videojuegos, Dungeons & Dragons, tebeos de superhéroes, Star Wars, discusiones sobre el significado de la cabecera de Expediente X  y todo eso que en cantidades copiosas hace que la virginidad vuelva a crecer con fuerza. En lo profundo de aquellos dominios durante 2009 un chico llamado Eric Knudsen participaba, oculto tras el nick Victor Surge, en un concurso de destreza con el Photoshop donde el objetivo era agarrar una fotografía cotidiana y editarla digitalmente para convertirla en algo mucho más paranormal. La propuesta de este usuario para el certamen sería aquel par de fotos en blanco y negro que acabaron acunando a la tétrica criatura trajeada conocida como Slender Man, y el chico aseguraría a lo largo de varias entrevistas que se había inspirado en Lovecraft, Stephen King, las películas de Phantasma, Zack Parsons y la obra de William S. Burroughs durante las contracciones previas al parto, algo que a lo mejor era hacerse demasiado el interesante para alguien que solo había planchado una silueta borrosa sobre un par de fotos viejunas. En realidad, el auténtico logro de Knudsen sería rematar el golpe de efecto con cuatro líneas de texto que redefinían las estampas como historias de horror. Porque dicha prosa escasa avivaría las musas de los múltiples usuarios del sitio web, y entre todos generarían una brainstorming salvaje de ideas y material sobre el monstruo recién nacido que se prolongaría durante meses y se convertiría en el auténtico caldo de cultivo de la mitología del personaje. 

La historia del hombre delgado era una muestra de lo que el mundo virtual había comenzado a denominar creepypasta, una etiqueta extraña que tenía poco que ver con italianos inquietantes amasando sémola de trigo y mucho con haber mutado a partir del concepto de copy paste. La creepypasta era el término bajo el que embolsar en el mismo saco todas aquellas leyendas de horror que se transmitían por internet tirando de la magia del portapapeles, una evolución de la tradición oral hacia la declaración edificada a golpe de parejas de dedos bailando entre el Ctrl+C y el Ctrl+V. Por la propia naturaleza del medio, aquellos nuevos terrores no solo apuntaban a los esquemas clásicos de casas encantadas, engendros desfigurados con mucho rencor hirviendo por dentro y cementerios de arrendatarios inquietos, sino que además incorporaban la tecnología y el imaginario pop moderno como vehículo para el miedo: algunas de las historias más exitosas del movimiento incluían mensajes en el buzón de voz firmados por fallecidos, videojuegos comprados en mercadillos en los que Mario o Sonic deambulaban por mundos siniestros y desolados, cartuchos de The Legend of Zelda poseídos por el alma de su antiguo dueño o incluso rumores tan chiflados como la existencia de un capítulo de Bob Esponja adobado con imágenes grotescas de niños muertos y una escena extremadamente gráfica donde Calamardo acababa suicidándose tras masticar el cañón de una escopeta. El alcance de este tipo de fábulas siniestras llegaría a ser tan desmedido que en Nickelodeon tendrían que salir a desmentir oficialmente que uno de los habitantes de Fondo de Bikini hubiese decidido repintar las paredes del número 122 de la calle Concha con sus propios sesos.

Slender Man es un horror sazonado gracias al crowdfunding creativo, una mitología de código abierto. Su propia gestación tenía esa curiosa paternidad múltiple que proponía sustituir la hoguera clásica de campamento por el brillo de un monitor en las madrugadas insomnes. Un universo que se permitía el lujo de adoptar como canon oficial todo aquello que la propia comunidad imaginaba, independientemente de su lugar de origen: la pesadilla se amasaba utilizando desde testimonios alojados en ese tipo de webs que se enmarcan con llamativos anuncios sobre los hábitos migratorios de las maduras insatisfechas por tu zona, hasta los vídeos de aspecto sospechosamente amateur que anunciaban evidencias irrefutables en los callejones de YouTube. Las ramas de la leyenda se extenderían orgánicamente a lo largo de diferentes tipos de medios: la red acogería centenares de páginas que acumulaban relatos basados en Slender Man, series online como Marble Hornets, EverymanHYBRID o TribeTwelve tomarían como punto de partida sus mitos e incluso se producirían videojuegos (Slender: The Eight Pages o Slender: The Arrival) centrados en el susto gratuito como razón de ser. El monstruo moderno en el fondo seguía ciertos patrones clásicos inevitables: si en la antigüedad los relatos se valían de las reinterpretaciones de los oradores para mantenerse vivos, en la actualidad la salud del ente diabólico dependería por completo de la cantidad de nuevos remixes de la historia que fuese capaz de producir el resto del mundo. El meme se había acabado divorciando de sus orígenes y convirtiendo en una auténtica leyenda de terror.

El terror en el mundo real

En mayo de 2014 en Waukesha, Wisconsin, dos chicas de doce años llamadas Morgan Geyser y Anissa Weier planearon asesinar a una amiga mutua durante una fiesta de pijamas celebrada en la casa de una de ellas. Tras un par de intentos fallidos de consumar el crimen, decidieron arrastrar a su compañera hasta el bosque con la excusa de jugar al escondite entre los árboles y la apuñalaron diecinueve veces en las piernas, brazos y torso para a continuación huir del lugar anunciando que iban en busca de ayuda. Afortunadamente, la víctima logró arrastrarse hasta una carretera cercana donde un ciclista la socorrería. Más tarde, y ya en manos de los médicos, se descubriría que la joven víctima había salvado la vida de puro milagro: una de las puñaladas asestadas se había clavado a milímetros de distancia de una arteria principal. Cuando las agresoras fueron detenidas declararon que su principal razón para cometer el homicidio tenía mucho que ver con el fenómeno creepypasta: ambas querían convertirse en instrumentos de un personaje legendario llamado Slender Man para formar parte de su ejército de siervos y residir junto a él en su mansión diabólica. Las chicas eran seguidoras de la moderna leyenda urbana y devoraban frecuentemente los centenares de fanfictions que se publicaban en internet sobre el monstruo delgado. En el juicio al que serán sometidas se enfrentarán a penas que podrían implicarles decenas de años atrapadas entre rejas.

En 2016, Irene Taylor Brodsky, una directora que había sido nominada al Óscar por el corto documental The Final Inch, presentaba un nuevo trabajo en el festival South by Southwest de Austin. Se trataba de Beware The Slenderman, un reportaje que intentaba esclarecer los motivos del brutal apuñalamiento por parte de las niñas a base de investigaciones y entrevistas a las familias de las implicadas. Una cinta que se pregunta hasta qué punto y cómo puede influir sobre las mentes más jóvenes la actual sobresaturación de información. 

Al final, el auténtico terror se encontraba en el mundo real, aquel lugar donde un par de crías parecían incapaces de distinguir entre ficción y realidad. Y, aunque para aquellas dos cabronas psicópatas Slender Man hubiese servido como excusa («Yo solo sé lo que internet me ha dicho», declararía una de ellas durante su interrogatorio), difícilmente podrían justificarlo como detonador real de sus actos asesinos cuando los síntomas de locura tenían pinta de venirles de lejos: Morgan, la más pequeña de las dos homicidas, afirmaba que Slender Man le hablaba directamente mediante una línea directa a su cerebro. Aunque lo más probable es que en su cabeza la esquizofrenia estuviese en proceso de ebullición constante, porque la chavala también aseguraba que habitualmente mantenía conversaciones coherentes con otros personajes ilustres: Lord Voldemort y las Tortugas Ninja.

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