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Liudmila Ulítskaya: «Siempre me ha gustado leer y he pagado un alto precio por ello»

Liudmila Ulítskaya para Jot Down

Esta entrevista se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº 40 «El arte del engaño».

Liudmila Ulítskaya enciende el primero de los cuatro o cinco cigarrillos que consumirá a lo largo de la conversación. El entrevistador no alcanza a leer la marca grabada en la cajetilla, pero el olor del humo, que pronto se expande por la habitación, es grato. Una intérprete lleva sus palabras del ruso al inglés. Afuera, un tranquilo patio de vecinos ajardinado en pleno centro de Berlín, su ciudad de acogida tras decidir exiliarse a raíz de la invasión de Ucrania por parte de su país.  

Nacida en Dablekánovo, en la república rusa de Baskortostán, creció y se educó en Moscú, donde desarrollaría su vocación literaria al tiempo que completaba sus estudios de Biología, en concreto poniendo el foco en la genética. Entre sus libros traducidos al español destacan Daniel Stein, intérprete; Sóniechka —que mereció el Premio Médicis—; Sinceramente suyo, Shúrik —premio a la mejor novela del año en Rusia en 2004—, y Mentiras de mujeres. Recientemente le ha sido concedido el Premio Formentor, que recibirá en septiembre y que ha supuesto un consuelo para su situación actual.

Rodeada por los pinceles de su marido, el pintor Andrej Krasulin, y con apenas un puñado de libros en las estanterías —entre los que se distinguen algunas traducciones de sus obras—, Ulítskaya no puede ocultar la provisionalidad en la que se encuentra mientras rehace su vida a mil ochocientos kilómetros de su adorado Moscú. Y, aunque detesta las entrevistas, mientras consume su tabaco, demuestra no haber perdido en el camino ni la memoria ni el sentido del humor.

Usted ha trabajado en el campo de la genética. ¿Ha visto alguna vez al microscopio eso que llaman el alma eslava?

Es una cuestión muy compleja e interesante. Bueno, sabemos que la genética no estudia el alma, sino el cuerpo, la corporeidad. Sin embargo, en la última década, se empezó a estudiar algo llamado paquetes de genes: una colección, una característica nacional de nuestros genes. Se cree que es posible decir algo sobre la frecuencia genética de una determinada nacionalidad. Solíamos pensar, por ejemplo, que los eslavos son de pelo rubio y ojos azules, y que las personas de raza africana son de piel oscura y ojos negros. Pero, del mismo modo, existen muchos otros rasgos hereditarios y no todos han sido estudiados hasta la fecha. La elección de convertirme en genetista cuando era joven vino determinada por algo que me interesaba de una forma loca: la composición del hombre. Si hoy tuviera que volver a elegir mi profesión, creo que me inclinaría por la antropología, sin descuidar ese apartado llamado genética humana. 

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