
A esa hora en la que los chicos salen de la escuela, las calles del barrio porteño de Belgrano se parecen a un pueblo manso, como de otra época. Son las cinco de la tarde y nos espera Eduardo Álvarez Tuñón (Buenos Aires, 1957) en su casa. Nos muestra la sala, el lugar donde escribe, las caricaturas que hacía su abuelo, la biblioteca con incunables: una vieja edición de la Divina comedia en su idioma original, las obras completas de Proust en francés, el sector de Borges, manuscritos enmarcados, una carta con estampilla de Flaubert. Es el territorio de un lector con fetiches y de un escritor con una libreta con vista al patio.
Eduardo ejerce una amabilidad no estudiada, espontánea. Habla como si estuviera escribiendo y no puede resistirse a contar historias: las de su vida, las de sus cuentos, las que le contaron. Tiene un apellido cargado de literatura, el de su tío abuelo Raúl González Tuñón —«el poeta de Buenos Aires»—, una vocación temprana por la escritura y una carrera en la justicia para ganarse la vida.
Lo que sigue es una charla serena en el patio de una casa familiar.
Si alguien busca en Google tu nombre, cualquier resultado de la búsqueda comienza con una doble caracterización: abogado y escritor. ¿Cómo conversan esas dos profesiones en vos?
En realidad, cómo han conversado, porque en realidad soy abogado, pero he estado siempre en la justicia. He sido funcionario judicial, juez, juez de primera instancia, fiscal de cámara y me acabo de retirar. ¿Cómo empezó todo? Vengo de una familia que no tenía mucho dinero; mi madre era viuda y maestra, y empecé a darme cuenta de que para poder participar de la fiesta de la vida y sustentar lo que a mí me gustaba —la literatura, comprarme libros y viajar— tenía que tener alguna profesión que el universo valorara. Entonces buscaba una profesión que me financiara eso porque nunca creí en la financiación por medio de la palabra. Ya tenía una sensación de que la palabra que yo escribiera debía ser sagrada. No quería financiarme con la palabra, no quería hacer, por ejemplo, periodismo. Igual en mi casa, en ese momento, me hablaban del periodismo como una carrera famélica, muy mal pagada, de noches extenuantes, y yo quería otra vida. Entonces lo más cercano era ser abogado. Un poco como la famosa frase: «Serás lo que debas ser y, si no, serás abogado».
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