«Estoy harto de Onetti»

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Juan Carlos Onetti en su domicilio de Madrid ca. 1985. Fotografía: Dolly Onetti / Casa de América.
Juan Carlos Onetti en su domicilio de Madrid ca. 1985. Fotografía: Dolly Onetti / Casa de América.

Me senté en la cama de Juan Carlos Onetti cuando nadie me observaba, y me pareció que aún había en ella mucho insomnio impregnado. Me mullí brevemente y se levantó un silencio viejo que me hizo creer que su literatura se escondía aún en aquella cama, expuesta durante siete semanas en la Casa de América. Todo lo que necesitaba Onetti, incluso lo que le sobraba, estaba en su habitación, desde la que contadas veces se asomó a la ventana. No había exteriores en Juan Carlos. «Empezó a estar encerrado desde niño», admitía hace poco su viuda, Dolly Onetti, pero el retiro solo se volvió rotundo y feliz después de llegar a Madrid en 1975 e instalarse en la avenida de América 31, piso 8.º, apartamento 3. Para lo que había que decir, bastaba el silencio, y para lo que había que conocer, bastaba la cama, afirmaba a menudo el propio escritor.

Todo lo importante tiende hacia dentro, como si huyese de las corrientes de aire. En El pozo, el narrador presagia ya algo que se cumplirá, a semejanza de una promesa hecha por el frío, en el resto de la obra onettiana: «Que cada uno busque dentro de sí mismo, que es el único lugar donde puede encontrarse la verdad y todo ese montón de cosas cuya persecución, fracasada siempre, produce la obra de arte. Fuera de nosotros no hay nada». Y es que tampoco sus novelas se muestran demasiado interesadas en los exteriores.

Existía una coherencia tenaz entre cómo era Onetti y de qué modo transcurrían los acontecimientos en sus libros, inmersos en un mundo pequeño, acorralados en espacios a menudo cerrados, con protagonistas herméticos y hoscos. Él tenía una cosmovisión, y su cosmovisión regía su narrativa y su vida, cercadas por paredes y humo. A falta de horizontes, sus novelas están plagadas de gestos, como apurar un trago, fregarse los ojos o encender un cigarrillo. No es accidental que Onetti fume mucho y que fumen sin parar sus personajes. Gary Haldeman estableció que en La vida breve se fumaba treinta y nueve veces, en Para esta noche treinta y seis y en Tierra de nadie cuarenta y cinco. En los días enclenques, cuando Juan Carlos ya se encontraba muy mal de salud, prendía un cigarro y miraba cómo echaba humo. Solo miraba, no fumaba. «Tú no sabes lo que es un vicio», le decía a su mujer, como si las viejas alegrías lo pusiesen triste.

Onetti es un escritor de interiores. Cuesta evocar un paisaje en sus novelas. Las atmósferas siempre desembocan en bares, dormitorios, oficinas, habitaciones de hotel, boliches, estaciones de tren… «A mí me basta y me sobra una habitación —decía—. Graham Greene habla de una cierta repugnancia por las descripciones de paisajes, son inútiles. Lo que me interesa verdaderamente son las personas», sostenía, para después conducirlas al límite, donde su suerte está ya echada. «Se puede estar al borde del abismo incluso en una cama», defendía.

Fue un movimiento natural que acabase igual que uno más de sus personajes, encerrado y taciturno, aferrado a la tranquilidad de sus objetos cercanos. Le proporcionaban una vaga compañía sin rasguñar sus silencios, tan amados. En una nota a sus obras completas, Dolly recuerda que el escritor «elegía de acuerdo con su gusto o capricho a los visitantes. En esto me tocaba a mí la misión delicada: la de, por un lado, alejar con tacto a ciertas personas, y también la de convencer a Juan del interés de ciertas visitas que él, de buenas a primeras, se había negado a recibir». En Montevideo era frecuente que el matrimonio dejase un papel pegado a la puerta que rezaba «No estamos, no insistir». Ya en Madrid, el autor bruñó aún más la sutileza. Cuenta Eduardo Galeano que una vez «envié a dos jóvenes amigos a ver a Juan Carlos. Llamaron y llamaron a la puerta hasta que al fin se deslizó un papelito con la letra inconfundible de Onetti por debajo de la puerta, que explicaba: «Onetti no está»».

Si resultaba perentorio que el escritor saliese a la calle, salía Dolly en su lugar, como el día que tocó renovar su pasaporte. Dolly tendió una sábana blanca en la pared, Juan Carlos se sentó al borde de la cama, y ella lo retrató. «La habitación era todo su mundo», sostiene Claudio Pérez, amigo de la familia y coordinador del Centro de Arte Moderno de Madrid donde se custodia parte del archivo de Onetti. «No le gustaba el mundo tal como lo conocía, y se sentía escéptico sobre la posibilidad de cambiarlo, así que construyó el suyo propio». Disponía de su cama, sus novelas policiales, sus cigarros, su papelera, sus gafas, las pastillas DRF que le traían de Argentina, la campana que usaba para llamar a Dolly, la mano de madera para rascarse, la lámpara que le regaló Jaime Salinas, la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro… y por supuesto los mecheros. Había mecheros por todas partes. Jesús Marchamalo relata en Las bibliotecas perdidas que el día de su entierro —el entierro de Onetti— una de las nietas repartió entre las amistades que acudieron a ofrecerles el pésame los encendedores que el escritor acumulaba en casa.

A Onetti le gustaba disponer de todo a su alcance. El mundo debía ser tan grande y vasto que pudiese contemplarlo al microscopio desde el cabezal de la cama. Fueron recordadas aquellas Navidades que su hijo y su mujer aparecieron en casa con un globo terráqueo. Se trataba de un regalo largamente deseado. Onetti suspiraba por hacerlo girar y viajar a su manera doméstica, sin desplazamientos que lo agotasen, en una especie de aventura estática. Fue una decepción enorme para él «cuando vio que el globo no cabía en la mesilla de noche y tuvimos que depositarlo encima de un armario, lejos de la cama». Dolly recuerda que Juan perdió inmediatamente todo el interés por el globo terráqueo. Lo quería a su alcance y no pudo ser.

Fumar, beber, escribir

El novelista comía en la cama, y fumaba, y bebía, y recibía a las visitas tumbado. En la cama se pasaba la vida leyendo. Escribía —en la cama— en hojas sueltas, papeles inservibles o cuadernos, y a cualquier hora imprevista y rota, cuando lo asaltaba la idea, la ocurrencia, la duda. Muchas veces en medio de la noche, por insomnio o sobresalto, si tenía algo que salvar del olvido. «En realidad —escribió Dolly para el «Preámbulo» de las obras completas—, no debería decir que Juan permanecía acostado, sino recostado, puesto que para leer y escribir mantenía un increíble equilibrio sobre su codo derecho, maltrecho al cabo de tantos años de emplear esa postura».

Juan Carlos Onetti. Fotografía: Dolly Onetti / Casa de América.

Trabajaba sin la menor disciplina, despreciando los gestos de amor al reloj. Nunca iba hacia la literatura. Eso era claudicar. Solo era cuestión de paciencia que la literatura, desesperada, lo buscase a él. «Escribía a mano, y lento; le daba tiempo a pensar y eso le evitaba corregir», recuerda Dolly a los veinte años de su muerte. «Él escribía y chau». Nunca más regresaba sobre lo escrito. Qué pensaba Onetti cuando volvía a leer a Onetti, le preguntó en una ocasión una periodista. «Jamás leí a Onetti», respondió el escritor uruguayo. Si le preguntabas cómo era eso posible, te recordaba que «el perro nunca vuelve a su vómito». Su actitud contradecía el veredicto de Ernest Hemingway, para quien «la primera versión de cualquier cosa es una mierda».

Solo durante una temporada se sometió a algo parecido a la disciplina. Fue en Montevideo. Dolly la recuerda como una época de felicidad casi irreal. Habían empezado a citarse. Ella era una joven con inquietudes, de familia culta, y él un tipo que llevaba tres matrimonios a la espalda, en forma de cicatrices. Durante la semana, Juan trabajaba en la agencia de publicidad Ímpeto, y el resto del tiempo leía o se veía con Dolly, a la manera de dos amantes de contrabando. «Pero los viernes por la noche eran sagrados. Ya antes de que se encerrara en su casa a escribir estaba como ausente, atrapado, lejos de la realidad, en su mundo imaginario. Sentía el gozo anticipado de las horas tan anheladas. «Estás noveleando«, le decía yo». Y así escribió parte de La vida breve y Juntacadáveres, tomando una pastillita y vino con agua, para llegar hasta la mañana. Alguien le preguntó una vez por el momento más hermoso de su pasado, y él respondió: «Yo detendría el reloj de mi vida en aquellos viernes».

Poco a poco se acostumbró a escribir intempestivamente, como si en un instante inopinado descubriese siempre que quería ser escritor por primera vez. Y escribía. Le gustaba enfrentar su caos cultivado a la armonía horaria de Mario Vargas Llosa, que es un gran escritor de tal hora a tal hora. En una ocasión, le reprochó el propio Onetti: «Mira, lo que pasa es que tú tienes un amor conyugal con la literatura, estás obligado a cumplir con tu señora esposa, y lo mío es un amor de pasión, absolutamente no conyugal, y por eso hago el amor cuando me da la gana y cuando tengo ganas. De la misma manera, escribo cuando me da la gana. Yo no podría escribir de tal a tal hora, no, yo escribo, simplemente; a veces estoy leyendo un bodrio policial y de pronto me viene el ataque, y agarro y escribo». Evoca el diálogo Juan Cruz en Egos revueltos.

Onetti escribía sin pautas, sin calendario, pero cuando escribía, iba hasta el fondo. Progresaba con dinamita hacia la inmunda alma de los hombres. Existió un instante en el que llegó a aconsejar a los jóvenes escritores: «No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y que no podemos engañar». Juan Cruz subraya que Onetti creía que la labor del escritor «no es pontificar fuera de casa sobre esto y aquello; creía que la labor creativa era casi secreta». No había que escribir más que pensando en uno mismo, enfrentado a su espejo, aunque convenía «tener una mano que le golpeara a uno el brazo cada vez que fuera a escribir un tópico».

Su llegada a España pudo significar el aldabonazo definitivo a su obra, pero prefirió echarse en la cama a volverse una celebridad. «Nunca le interesó ejercer de escritor, sino simplemente escribir y leer. Por eso su figura se acrecienta en tiempos en los que el escritor es parte del aparato de promoción de su obra, y la literatura está mercantilizada. Hay que dar entrevistas, conferenciar, firmar libros. Él abandonó totalmente su obra», sostiene Claudio Pérez. Asumía esa derrota con tranquilidad, como si ya todo fuese inevitable, igual que en sus novelas. «Ni siquiera corregía las pruebas de sus libros». Onetti escribía y chau. No regresaba al vómito bajo ningún concepto. Un vómito, cuando es auténtico, se abandona para siempre, sin mirar atrás. Onetti no deseaba saber nada de Onetti. «Estoy harto de Onetti», le decía a algunas visitas que acudían a entrevistarlo, ávidas de conocer cosas de él.

Juan Carlos Onetti y Jorge Luis Borges en Barcelona, 1978. Fotografía: Dolly Onetti / Casa de América.

En la entrevista que concedió a Ramón Chao para un documental de la televisión francesa, este le preguntó si una vez que le entraba el deseo de escribir le costaba empezar, y si cuidaba la prosa: «En absoluto. Y no corrijo. Tengo de testigo a Dolly, que se encarga de marcarme las palabras repetidas y de que no queden consonancias. Los «ente» con «ente», etcétera. Esta es su misión; después lo pasa a máquina, se lo manda a mi agente literaria Carmen Balcells y al fin, a esperar el cheque. Esa es mi vida».

Encerrado en su habitación, construyó una ficción y se dedicó a vivir feliz en ella, aunque a veces estuviese triste. Hasta recalar en Madrid, ejerció como director de biblioteca, y antes periodista en Reuters, Marcha, Acción, y eso implicaba ponerse unos pantalones desgastados, mojarse la cara y salir a la calle. Entonces, «salía con frecuencia, caminaba, iba del diario a las librerías, de los bares a las editoriales, nadaba, llevaba una vida muy activa. Pero cuando se dedicaba a leer, ya lo hacía tumbado en la cama […] Otros miembros de la familia compartían la misma preferencia, y yo misma me dejé arrastrar por ella», confesaba Dolly. El encierro se recrudece en España, cuando por primera vez vive de su literatura, sus libros, sus artículos para la Agencia EFE, encargados por Luis María Anson

Descubrir el hogar perfecto, que funcionase como una ficción, que no lo obligase a salir y detener un taxi, representó una tarea compleja. El día que llegan a Barajas los están esperando Félix Grande y Francisca Aguirre. En ese momento empieza una odisea de semanas en busca de la casa en la que Onetti construya un universo pequeño, que no se agote jamás, del que pueda decir aquello de John Ford sobre sus películas: «Todo es ficción, pero todo es verdad».

Primero vivieron durante un mes en el Hotel Cuzco. Él odiaba los hoteles. A veces se tendía en la cama sin aflojar siquiera la corbata, por si se presentaba la ocasión de huir en cuestión de minutos. Después se alojaron unos días en los apartamentos Galileo, y todavía en una vivienda atroz de la calle Ríos Rosas. «Fue una alegría desatada que Dolly encontrase el piso de la avenida de América, pues Juan Carlos no era precisamente un hombre de acción», acepta Claudio. Dolly admite que después de encontrar el piso, aún debió convencer a la casera, doña Carmen. «Ella quería firmar el contrato con el jefe de familia, pero Onetti no quería ver a nadie». Estaba encerrado en el piso de Ríos Rosa, leyendo y fumando sin parar sobre la cama. «El único modo de demostrar que había jefe del hogar —cuenta Dolly— fue acudir junto a doña Carmen con el «ladrillo», que es como Onetti llamaba al grueso volumen que Cuadernos Hispanoamericanos le había dedicado». Solo así la convencieron de que Onetti existía y era alguien importante, y de fiar.

A semejanza de una novela sobre las ruinas humanas, empezó a construir su ficción objeto a objeto, desde las cassettes de Gardel, a las reproducciones de Van Gogh, el eterno cenicero de coñac Larsen, o el revólver de juguete con el que apuntaba a las visitas que eran bienvenidas. «La psicología de los sujetos onettianos se expresa menos en la conciencia que en sus cosas destartaladas, sus profesiones vencidas, su ropa absurda. Como Edward Hopper, encierra la tristeza en cuatro paredes y perfecciona la significación de una media raída, un cenicero que nadie limpia, una alfombra donde las manchas fueron hechas por otras personas», ha escrito alguna vez Juan Villoro.

La cama o la patria

Lentamente, la cama adoptó aspecto de patria duradera y cómoda. En la mentalidad de Onetti, la patria significa algo lo suficientemente pequeño como para que puedas dormir encima, y taparte con la colcha y que no se te enfríen los pies. Hablamos de una cama individual, de madera, con adornos en forma de arcos ojivales, y colchón de un metro de ancho, que acabó adoptando la forma de Onetti, incluidos sus escepticismos. Solo cuando su salud empeoró la reemplazó por una cama ortopédica, pero la patria seguía incólume, como si fuesen recuerdos imborrables del instituto. En ella escribe Dejemos hablar al viento, Cuando entonces y Cuando ya no importe. Le exigió tiempo encontrarse cómodo. «Ahora —escribía Francisco Umbral en diciembre de 1980 en El País, tras el fallo del Premio Cervantes— me parece que, por fin, hemos conseguido que se encuentre a gusto entre nosotros, mire un poco la televisión, beba el vino despacio y escriba como él escribe, despacito y buena letra, pero gozosamente, dejando que el botón del puño de la camisa roce la superficie de la cuartilla, en un contacto levísimo y deslizado que quizá es todo el hedonismo del escribir. Por cosas así de tontas escribe uno, ¿verdad, Juan?».

José Manuel Caballero Bonald, que lo frecuentaba cuando ya Onetti se había pasado del vino tinto al whisky por prescripción facultativa, según decía, cuenta que solo en tres ocasiones lo vio levantado. Una de ellas fue en 1979. El escritor aceptaba pocas invitaciones para acudir a eventos, y cuando lo hacía, se arrepentía enseguida. Ocurrió con motivo del I Congreso Internacional de Escritores en Lengua Española, celebrado en Las Palmas de Gran Canaria. Era el presidente del evento, y según detalla una de las especialistas en su obra, Hortensia Campanella, «al poco de llegar, y tras saludar a Juan Rulfo y otros amigos, se encerró en su habitación a leer, fumar y beber whisky. «El presidente ausente» fue el mote simpático que le pusieron los congresistas». Las mejores fotos de Onetti en ese evento lo retratan en traje y corbata sobre la cama, y bebiendo whisky con Rulfo en el bar del hotel. El autor mexicano, que había abandonado el alcohol, se acompañaba de infatigables coca-colas. «Yo le decía: «¿Qué tal, Juan?» —comentaba Onetti años después—. «Aquí andamos, Juan». «¿Hay Cordillera, Juan?», (por el libro que entonces estaba escribiendo) y él me contestaba: «No hay Cordillera». Y nada más. Compartíamos silencios mientras él tomaba una gaseosa porque ya el cuerpo no podía soportar el alcohol».

En 1981, como ganador del Premio Cervantes, tampoco tuvo Onetti más remedio que salir de casa para recogerlo. De vísperas, le confesó a la periodista Olga Álvarez en las páginas de El País: «¿Sabes, querida, lo que me gustaría hacer el jueves por la mañana? Confundirme entre la multitud, esconderme y que nadie me encuentre». Acabada la ceremonia en la Universidad de Alcalá de Henares, confesaba hace poco Dolly, «le dijo a la reina que él no iba a la fiesta posterior, que estaba cansado». Aguantó a duras penas los minutos que siguieron al acto gracias al tabaco. Cuando sacó el primer cigarro, palpó los bolsillos del chaqué y no encontró el mechero. Tenía al rey Juan Carlos al lado, y le preguntó: «¿Tienes fuego?». «No», dijo el monarca, y Onetti le dio la espalda y se fue en busca de mechero.

Juan Carlos Onetti y Gabriel García Márquez, Barcelona ca. 1980. Fotografía: Dolly Onetti / Casa de América.

Solo en casa se encuentra a gusto, «leyendo novelas policíacas para desintoxicarme un poco. No importa que sean malas; las leo todas». El día de su muerte tenía sobre la mesilla, al lado de la cama, varios títulos de James Hadley Chase, como Atropello y fuga, Las fotografías de la muerte o Aquí está su corona fúnebre, además del libro de memorias de Vittorio Gassman, Un gran porvenir a la espalda. En uno de los capítulos, el actor dice que admira, entre otros, a su jardinero y al novelista Juan Carlos Onetti. A este le gustó tanto que lo nombrara junto al jardinero, que siempre guardaba varias fotocopias de ese pasaje dentro del libro para regalar a los amigos.

Sus ambiciones siempre eran modestas. Cuando Olga Álvarez le propuso gastar todo el dinero del premio en lugar de depositarlo a plazo fijo, como si el mundo fuese a durar solo cuarenta y ocho horas más, Onetti comentó: «¡Ah, sí! Pero verás, querida: mi única aspiración es tener una casa pequeña en el campo, con un pequeño jardín también, y un perro». El perro era fundamental. «Pero un perro que converse, claro», matizó. «¿Para qué voy a tener conversaciones con un perro si no me contesta? Eso sería un monólogo con un perro». Fogonazos así desmentían que Onetti resultase una persona huraña, malhumorada, o depresiva. En otra entrevista con María Esther Gilio, de AFP, el autor profundizaba en su persona y admitía: «Ni siquiera soy el alcoholista mujeriego de que habla el capítulo segundo de la leyenda (…) La leyenda, en lo fundamental: calumnias. Ignorancia, desconocimiento de los hechos. Yo sigo viviendo y la leyenda crece».

Pocos testimonios sobre el verdadero Onetti, a veinte años de su muerte, poseen el valor del que aporta Ramón Chao. El realizador José María Berzosa se había desplazo dos veces desde París a Madrid para entrevistar al novelista uruguayo, y ni siquiera lo había recibido. Le pidió a Chao que intercediese, y este telefoneó a Juan Carlos. «Contestaba siempre su esposa Dolly, pero ese día descolgó él. Yo: «Quisiera hablar con el señor Onetti, por favor»; «¿El señor qué? ¡Aquí no hay ningún señor! ¡Hay un Onetti, y soy yo! ¿Qué desea usted?». Mientras me caía el chaparrón, yo imaginaba una estrategia, aunque fuera en menoscabo de un gran amigo: «Para la TV francesa: queremos popularizarlo como a un García Márquez cualquiera»; «Pues les va a ser muy difícil»; «¿Significa eso que lo vamos a intentar?», le pregunté. «Bueno, ahí le paso a Dolly». Encantadora, Dolly me marcó tal día a tal hora: «Llamen desde el bar de la esquina»». Onetti acabó recibiéndolos; en la cama, naturalmente. Fue un golpe de fortuna. A veces entrabas al piso, pero te quedabas lejos de franquear la última puerta, aunque estuvieses a veinte centímetros. Había gente amiga de Dolly que estuvo en casa y nunca vio a Juan, pues no pasaban del salón. Chao y el equipo de grabación alcanzaron el cuartel general, incluida Mariana, una de las asistentas del rodaje. Era tan amable que Onetti dijo que había que llamarla Solícita. En un momento dado, cuando el escritor la sorprendió mirándolo atentamente, le preguntó: «¿Me mira usted porque tengo un solo diente? Pues le advierto que yo tengo una dentadura perfecta, pero se la he prestado a Vargas Llosa».

La relación de Chao con Onetti fue una de las mas intensas que mantuvo el autor de La vida breve. Cuenta el periodista gallego que cuando la vida del uruguayo se apagaba, sus jefes en Le Monde le pidieron que fuera preparando el obituario. «Lo escribí, pero no podía entregarlo sin que Onetti me diera el visto bueno». Viajó a Madrid. Su amigo lo esperaba en la cama, pero no dejó que se lo leyera. «Lo que hayas escrito lo habré vivido yo», le dijo. «¿Entonces, Juan, permites que lo firmemos juntos: «Ramón Chao, con la aprobación del finado»?». Por parte de Onetti no hubo objeciones, pero a los responsables del periódico les faltó sentido del humor y lo impidieron. Una pena.

Juan Carlos Onetti ca. 1993. Fotografía: Dolly Onetti / Casa de América.
Juan Carlos Onetti ca. 1993. Fotografía: Dolly Onetti / Casa de América.

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16 comentarios

  1. Pingback: «Estoy harto de Onetti» (Jot Down) | Libréame

  2. Estupendo acercamiento a todo un personaje. Gracias Xoan.
    Este Ramón Chao que mencionas es el padre de Manu, no?

  3. viruela

    entrañable Onetti a través de su escritura, señor Tallón, hacía semanas que no me fascinaba así con la lectura de JotDown… le espero ansioso la próxima

  4. Si de un autor se puede aprender, Onetti enseña muy poco. Su literatura y todo él destilan nihilismo. Murió como vivió, como un murciélago borracho, en su lecho madrileño de sábanas inmundas y con la pobre Dolly sirviéndolo como no se merecía. Poe, entre muchos otros escritores, vivía pegado a la botella. Pero entre él y este uruguayo media el talento creativo de Edgar Allan, ante el cual, el sombrío charrúa no existe. A menudo se sobrevalora a ciertos escritores por la cantidad de lectores que se parecen a ellos. Eso y el márqueting de editores y astutos agentes como Balcells, fabrican ídolos de barro. La nota del señor Tallón es ponderante, como las de Juan Cruz, potenciando gigantes con pies de barro que venden. Puro humo…

    • cronopio

      Un día que yo tenga tiempo me explicas a cuento de qué vienen aquí Poe, el alcohol, el nihilismo, lo según tú se supone que deben enseñar los escritores (¡¡??) y la relación que mantienen con sus parejas.
      El tono insultante de tu comentario ya te califica, pero permíteme que te diga que me parece una vileza echar toda esa mierda sobre un hombre muerto que no puede defenderse.
      Por cierto, no me queda claro si tú viste con tus propios ojos las sábanas inmundas de las que hablas o precisamente estás resentido porque eres una de esas personas a las que (veo que acertadamente, de ser ese el caso) Onetti nunca le abrió la puerta.
      En cuanto a Dorothea Muhr, mujer de cabeza bien amueblada y sólida formación musical (que le hubiera permitido tener una vida independiente lejos de ese monstruo que según tú fue Onetti) me imagino que habrá elegido libremente. Respetémosla también a ella.

    • Atticus

      Vaya, eres todo un tipo miserable y mezquino.

    • sentido como un

      Benavent, cuánto veneno.
      Obviaré que Onetti es un enorme autor para incidir en tu ataque gratuito basado en lo personal hacia alguien a quien no trataste y en la comparación nada menos que con Poe ¿? muy poco acertada, con todo el respeto.
      Estoy de acuerdo con cronopio. Más aún con Atticus.

    • No sé si sabe, señor Benavent, que la creciente fama de Onetti se debe, entre otras cosas, al reconocimiento de su obra que realizó Roberto Bolaño. Podría usted argumentar que Bolaño también es un bluf, pero no creo que muchos lectores le secunden. En todo caso, no parece que Bolaño ni ningún escritor contemporáneo destacado, que son quienes al final mantienen viva la llama de la literatura y el interés en ciertos autores, le reivindiquen ni a usted ni a su obra.

    • Lo de «charrúa» ya basta para denotar una ignorancia importante. Lo vociferante redunda.
      Después, se podrá discrepar o no con la nota y con Onetti, claro. Pero en internet somos todos cowboys, claro.

  5. Pingback: «Estoy harto de Onetti» | Palabra Ilustrada

  6. Pingback: Juan Carlos Onetti en Jot down | Seeking U

  7. Despues de leer esto me gan ganas de meterme en cama como hizo Onetti…(para lo que hay que ver fuera…)o por lo menos adentrarme en su literatura…si me llevo un chasco con su obra prometo meterme en la cama para siempre …en su honor ! ajajaj :P

    Gran articulo

    Un saludo

    • Ruthus Keller

      Onetti escribía bien y no ha dicho nada nuevo. Sus libros son afascinantes y depresivos. Intercalados con otras lecturas se toleran, pero leerlo todo de golpe te puede contagiar. A propósito de Bolaño, también exuda un olor enfermizo. Pero escribía bien y nos acompaña en esos momentos nihilistas que tenemos todos.
      Si el mundo no ofrece mucho para ver, hay que salir para cambiarlo con acciones.

  8. Eytan Lasca

    Mucho se podrá hablar sobre sus hábitos y el proverbial escepticismo uruguayo que J.C. Onetti abrazaba con tanta naturalidad, pero lo que verdaderamente importa son sus obras. Los cuentos cortos y «El Pozo» pueden leerse de un tirón pero las novelas hay que descubrirlas de a poco, como quien bebe por primera vez unos sorbos de cierto tipo de licor fuerte y seco que pocos suelen pedir en los bares. En mi caso, fui descubriendo sus obras tras varias lecturas parciales e intentos infructuosos. Solo así es posible adentrarse en el mundo de Onetti.

  9. Julio Díaz

    Mario Vargas Llosa dijo alguna vez que Onetti era un escritor verborreico, que utilizaba muchas palabras, demasiadas, para decir algo. Es cierto, utiliza muchas palabras, pero eso le permite describir algo de una manera diferente y personal que transporta al lector enganchado a otra dimensión. A veces sus descripciones llegan a ser casi cinematográficas. Onetti fascina.

  10. Molt bon article sobre un exquisit escriptor.

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