Arte y Letras Literatura

Una noche en el Café Pombo

La tertulia del Café Pombo, de José Gutiérrez Solana. Imagen: Museo Reina Sofía.
La tertulia del Café Pombo, de José Gutiérrez Solana. Imagen: Museo Reina Sofía.

Madrid era entonces una ciudad pequeña, provinciana, taciturna. Quizá lo siga siendo hoy, aunque nos dejemos engañar por el brillo de los semáforos, la modernidad y el cosmopolitismo. Desde la nebulosa de lo no vivido, la ciudad se me aparece sembrada de tranvías. Tranvías como venas que recorren las calles con las catenarias dibujando cuadrículas en el cielo. Los faroles de gas, las llaves de los serenos sonando en la madrugada, los vendedores ambulantes, los primeros coches a motor, los autobuses de dos pisos… Pasa el carro del lechero tirado por un caballo, que pisa con sus cascos el suelo recién mojado por el chorro de las mangueras. Caminan por las aceras de la Gran Vía los trasnochadores, hombres y mujeres de una elegancia sutil, parisina, difícil de igualar en otros tiempos. Las artistas de variedades coquetean en las barras de los bares con los viejos calaveras, que se dejan lustrar el charol por los limpiabotas. También está la miseria amontonada junto al río, los mendigos revoloteando en la puerta de una iglesia, la ropa tendida al viento en las corralas. 

Hablamos de los años 20, o quizá un margen un poco más amplio, del 12 al 36, la fecha en que Ramón Gómez de la Serna inauguró la tertulia del Café Pombo, como un parque temático de la felicidad, y el año en que todo cambió y nada volvió a ser lo mismo por culpa de la guerra. He dicho pequeña, provinciana y taciturna como podría haber dicho cualquier otra cosa. Así es la ignorancia nostálgica de lo que no hay memoria en uno. Lo de provinciana, me parece, es un hecho, pues Madrid siempre ha tenido alma de pueblo, y la sigue teniendo a poco que se rasque en la superficie, pese a su declarada y demostrada apertura al mundo. Lo de taciturna, en cambio, es simple artificio de la nostalgia: uno siempre se quiere más feliz de lo que fue y menos desdichado de lo que será (o viceversa, por hacer un poco de literatura). Y lo del tamaño es relativo, como todo lo que es comparable. Depende de con qué.

Pero Madrid años 20 es para mí, sobre todo, una ciudad de cafés. Cafés con tertulia literaria, anisetes, toses roncas y almendras siesas. El lugar donde la literatura se recogía al anochecer para huir de la miseria y el frío. Refugios para almas pobres y tristes, o así se las imagina uno, con esa severa melancolía de quien nunca termina de alcanzar sus sueños ni cree poder lograrlos enteramente. Se me aparecen los escritores de entonces como señores grises, cariacontecidos, algo fúnebres, de ojos espantados, con la humedad y el frío metidos en los huesos (el frío como parte inseparable de su ser), con pinta de funcionarios pero sin oficina, traje estrecho y corbata deshilachada, maltratados por la vida: unos, solitarios que malviven en pensiones heladas y tristes; otros, fracasados que fundan hogares de familias numerosas a las que no pueden dar de comer. El café era el amparo, el auxilio, ante tanta desdicha. Allí, por unas horas, el ser doliente se sumergía en volutas de humo y alcohol y discusiones y risas y se olvidaba de todo, envuelto en una fraternidad polémica que tanto abriga. 

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4 comentarios

  1. Qué belleza de artículo. Siento que estuve allí. Confieso mi ignorancia respecto al autor, pero esta es la prosa de un poeta. Señor Baltar, si usted me lo cuenta así, me creo todo lo que me diga.

  2. Qué buen artículo, un viaje en el tiempo.

  3. Pingback: Miradas de María Blanchard - Jot Down Cultural Magazine

  4. Siempre que un mediocre empieza a hablar de Madrid ,se le da la vuelta al manubrio y salen como chorizos los adjetivos : provinciana, pequeña,etc. Y que nadie pretenda salvarla ni demostrar cómo ha evolucionado y crecido… no, no : sigue siendolo hoy en día ( no como Barcelona, quizá?)
    Es curioso que encarguemoa hablar de Madrid a quien la odia , p. ej. una Historia de Madrid por Santos Juliá… otro mediocre,

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