
Este artículo es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down nº 42 «Babel»
«Esto no era un curso, era algo más: un diálogo, un contacto»
En 2103 se publicó la transcripción de las Clases de literatura, Berkeley, 1980, de Julio Cortázar (Bruselas, 1914 – París, 1984), con edición de Carles Álvarez Garriga, cuyo trabajo en conjunción con Aurora Bernárdez ha sido calificado a menudo de «providencial».
Cortázar había rehusado anteriores invitaciones, como la de la Universidad de Columbia en 1969, censurando la fuga de cerebros latinoamericanos y el imperialismo subyacente en la política de reclutamiento de significados intelectuales por el establishment académico estadounidense. Sí había aceptado puntualmente durante los años setenta dar conferencias.
En 1980 acepta las atrayentes condiciones de la Universidad de Berkeley, California, tan significada en la vanguardia de la contracultura de los años sesenta y setenta. El mundo atravesaba, desde 1973, la que se conoce como primera gran crisis del petróleo. Gobernaba desde 1974 en Francia —Cortázar llevaba décadas residiendo en París—, el conservador Valéry Giscard d’Estaing, cuyo gobierno se ahogaba por entonces en el llamado escándalo de los diamantes de Bokassa. En Estados Unidos gobernaba desde enero de 1977 el presidente Carter, del Partido Demócrata, detalle que pudo influir en el cambio de postura del autor de Rayuela, pese a que en esos años, los últimos de su mandato, el país norteamericano estaba atrapado en la estanflación resultante de la complicada gestión de la crisis mundial del petróleo. Los especialistas en Cortázar califican este periodo como el definitivo, refiriéndose con ello a que el escritor estaba exclusivamente centrado en lo literario. Atrás quedaba la controversia por el caso Padilla, que sin embargo reaparecerá también en estas clases, al igual que el ostracismo con que se castigó a varios grandes de la literatura cubana, como Lezama Lima. Cuando algún alumno pregunta sobre el famoso caso, Cortázar intenta la equidistancia sin ahorrar un comentario sarcástico a cuenta del término autocrítica, muy utilizado en los ambientes marxistas y emblemático de lo peor de la persecución a los disidentes en el régimen cubano, con Padilla como ejemplo de ese retorcimiento del significado. Cortázar deja esta perla: «Una autocrítica con una pistola apuntando desde lejos no es una autocrítica». En la mucha distancia queda, parece, el Cortázar del cuento «Reunión», donde el narrador se pone en la piel del Che Guevara que desembarca de noche con un número indeterminado de compañeros para reunirse con el líder en la Sierra, un Luis que sabemos es Fidel, sorteando la persecución de los esbirros del «babuino» (el general Batista) desde helicópteros y la escasez de todo. Un relato admirable en cuanto a la técnica narrativa que consigue transmitir la atmósfera de riesgo e incertidumbre sobre la supervivencia del líder con una concentrada intensidad que se echa en falta en los diarios del Che, publicados junto con las notas de Raúl Castro con el título Diarios de guerra.
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Excelente el artículo… trazando casi todos los elementos del escritor CORTÁZAR. Dando un panorama realista de la literatura en general.
Se antoja leer el libro de sus clases en Berkeley
¡Muchas gracias! Lo recomiendo, me sorprendió lo bien que le ha sentado el tiempo a esa recopilación… y luego a picotear lo relatos y demás. Saludos.