Bye bye URSS: la disolución de la vida soviética

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Unos operarios limpian la estatua de Vladímir Lenin en Krasnoyarsk, Rusia, 2017. Fotografía: Ilya Naymushin / Cordon Press.

No he aterrizado nunca en la Plaza Roja como Mathias Rust. Supongo que es algo que seré capaz de perdonarme. Tampoco he vivido la caída de la Unión Soviética, nací un poco tarde para llegar a ese evento con el interés y la posibilidad de deambular por Moscú en los noventa. Por suerte puedo leer las famosas aventuras de Lolito Cohete y, tras diez años de aquí para allá por el abandonado universo paralelo soviético, todavía he podido conocer algunos de sus restos, que cuentan los días para desaparecer definitivamente.

La primera vez que pisé Ucrania me trasladé a Lvov en uno de esos trenes, yo los considero indestructibles, que llevan años cruzando el país, retando a la nieve, con vagones decorados con alfombras dignas del Medievo. Aquella noche estuvimos en el bar del tren, que es el vagón en el que están las historias, y al regresar a los compartimentos un amigo se encontró su cama ocupada por un borrachín. Cosas que pasan. A partir de determinada hora intempestiva nocturna, el tren, ordenado casi siempre por una señora con cara agria, pasa a convertirse en un espacio con un concepto de la libertad paradójico.

Paseando por Lvov me acerqué a comprar una limonada. Me encontré una máquina con dos botones, uno para limón y otro para kvas, una bebida fermentada que nunca he soportado, una ranura para las monedas y un vaso de plástico atado con una cadena. No sé si me extrañó más que alguien quisiera robar el vaso o que hubiera que beber siempre del mismo. Una señora a mi lado empezó un estribillo de carcajadas al verme investigando aquel extraño invento. Me enseñó a limpiarlo, había que apoyarlo al revés contra la parte inferior y unos pequeños chorros de agua lo enjuagaban. De dónde salía el agua fue algo que no recordé preguntar. Pagué, tomé mi primer kvas, di un abrazo a la mujer y estuve allí de pie, atado a mi vaso, pensando dónde tirar aquel líquido sin que me viera nadie. Debo reconocer que me pareció romántica aquella idea de compartir el vaso, de dar por supuesto que cualquiera podía necesitarlo, que era justo lavarlo y dejarlo en su sitio para que otro pudiera usarlo. Esas máquinas, por supuesto, hace tiempo que desaparecieron de las grandes ciudades de la antigua Unión Soviética. A día de hoy me sorprende que a veces algunos no roben la máquina entera de refrescos. 

En mis visitas a Ucrania me enamoré de aquella abulia generalizada por detalles bastante triviales. Ir a comprar tabaco a una gasolinera en un pueblo y encontrar los surtidores rodeados de patos que estaban de paseo. Tomar una cerveza en un vagón de tren, reconvertido en bar, que estaba bajo unos árboles en un pueblo por el que nunca había pasado ninguna vía de tren. Los Zhigulis, soviéticos Seat 125, de los que más tarde sería usuario asiduo. O las marshrutkas, furgonetas que hacían el servicio de autobús rápido, en las que todos los usuarios íbamos apretados, para bajar debías vociferar como un bárbaro y, en caso de accidente, siempre podías fijar tu mirada en el rosario que colgaba de un retrovisor que no reflejaba absolutamente nada.

Volgogrado, 2014. Fotografía: Vasily Fedosenko / Cordon Press.

En San Petersburgo me habitué a los medios de transporte rutinarios. Con las marshrutkas reconozco que siempre tuve un problema estúpido, timidez a la hora de gritar. Entiendo lo útil que es advertir con un berrido al conductor, siempre de algún país terminado en -án, que mi destino está cercano. Pero nunca he asociado un grito con una amable manera de pedir las cosas. A pesar de que la experiencia en la furgoneta consistía en apretujarte, escuchar improperios y constantes gritos al conductor, yo no podía acostumbrarme. Es por esto por lo que, durante dos años, me bajaba normalmente donde se bajara alguien a una distancia que yo considerara no muy lejana de la mía. En ocasiones esta espera azarosa me llevaba, como un perfecto imbécil, a ver pasar mi casa y seguir hasta que alguien levantara la voz y solicitara al conductor una rápida parada digna de los boxes de la Fórmula 1. No puedo negar que ahora que hay pocas —en el caso de Moscú están desapareciendo, pero el toque de gracia llegó con el control del número de gente que podía entrar— las añoro. Porque en pleno invierno es mejor entrar en una saturada lata de gente que solicita parar allí donde lo necesita y que prefiere unos minutos de incomodidad antes que la pérdida de tiempo que conllevan las buenas costumbres. Ahora puedes esperar, entrar si hay asientos libres, porque si no deberás esperar a la siguiente marshrutka, y bajar cuando el conductor se detenga según un recorrido establecido. Que es muy ordenado, pero no práctico si tu casa está entre dos paradas. Mientras pisas el hielo, esquivas charcos o caminas en aceras peraltadas te preguntas si no era mejor un grito a tiempo.

Por las noches las marshrutkas dejaban de funcionar, de manera que en San Petersburgo optabas por los taxis. No hay que olvidar que San Petersburgo tiene además una locura especial que consiste en que cuando se abren los puentes quedas aprisionado durante la noche en el centro de la ciudad. Es obligatorio (intentar) divertirse. Cuando no había aplicaciones y los taxis oficiales eran caros, entrabas en un divertido juego que animaba la noche de la ciudad. De pie en cualquier lugar levantabas la mano y esperabas. Algunos coches, casi siempre Zhigulis, paraban. Entonces negociabas el destino y el precio. Si el coche no era un Zhiguli, yo, por lo general, desistía y esperaba al siguiente. Esos coches populares de la época soviética que hoy causan risa entre muchos rusos amantes de lo moderno eran los más baratos y los que más encanto tenían. Yo los he encontrado con luces de neón, bolas de discoteca, casi siempre alfombras en la parte trasera… Siempre te tenías que sentar en el lugar del copiloto, porque estaba mal visto ir atrás, y parte del viaje consistía en la conversación que tenías con el buen hombre de turno. De dónde eres, el fútbol, la vida, cuatro bromas, conozco un puticlub, no, gracias, pues en mi país esto, pues en el mío lo otro… Ponerte el cinturón de seguridad era otra costumbre que allí chocaba con tiempos pasados. La primera vez que me lo puse, gracias a la táctica infalible de la DGT de llenar tu vida de multas si no lo haces, el conductor me miró y me preguntó qué me pasaba. Pronto entendí que se refería al cinturón. Era una falta de respeto peculiar, una muestra de desconfianza.

Nunca tuve ningún accidente, y el airbag por supuesto era un invento occidental que no tenía cabida en aquel coche calculado al milímetro. De todos modos, estoy convencido de que antes se hubiera roto un monumento que el interior del coche. En Armenia, años más tarde, viví una experiencia similar. Un conductor en febrero, con ruedas de verano, y tras un largo regateo, cruzó la ciudad de Ereván dibujando en las calles nevadas no ya eses, sino un abecedario completo. Íbamos varias personas, aplaudiendo por supuesto la habilidad del conductor, y nadie se atrevió a tocar el cinturón de seguridad. Semejante ofensa no tenía cabida en aquel momento. Mi último recuerdo de los Zhigulis, antes de que las aplicaciones y los coches modernos baratos, de una calidad infame, terminaran con su primacía, se remonta a un día de lluvia. El curioso coche tenía un charco que solo estaba en la zona del copiloto. No llegué a entender aquella perfección en la filtración de agua por más que busqué motivos. 

En lo referente al metro, que en Moscú es lo único que a mi modo de ver funciona y es el museo con más obras de arte ignoradas, recuerdo que en una de las líneas en San Petersburgo había una parada especialmente larga. El metro se detenía en una estación en la que, además de las puertas del propio vagón, unas puertas de metal de la estación tenían que abrirse. Un día me explicaron el motivo. Al discurrir la línea cruzando el río existía la posibilidad, muy remota, de que la presión del agua reventara el túnel. Alguien previsor propuso entonces que los andenes en la estación estuvieran cerrados de manera que, en caso de que el río Neva se rebelara contra el hormigón soviético, por lo menos solo fallecieran los que estuvieran en el tren. Cada uno que lo mire como quiera, pero yo lo encuentro lógico.

En el metro de Moscú se da una paradoja que siempre me ha fascinado. Todo el mundo tiene prisa y los cambios de estación son lugares estratégicos en los que el vagón en el que viajes va a ser clave en el tiempo empleado en hacer un transbordo. Las primeras veces que haces esos cambios miras hacia el techo, ves lámparas propias de palacios del siglo XIX, mosaicos maravillosos que llenan las paredes con detalles y, a veces, inscripciones que te explican el motivo del dibujo. No en vano el metro de Moscú se construyó como el «palacio de los trabajadores». Si hoy te paras a ver algunas de sus maravillas, recibirás miradas de odio de los moscovitas que llegan tarde a algún sitio. Precioso museo en el que mirar genera el caos. Hoy en día el Ayuntamiento, abriéndose al turismo, ha creado puntos especiales en los que hacer fotos. Técnicamente, se ha creado un espacio nuevo que ha robado un pedazo de cada estación. 

Cuando llegué a Moscú me apresuré a visitar las riumochnayas. Eran pequeños bares donde los obreros acudían después de trabajar a tomar alguna tapa y unos gramos de vodka. Normalmente no tenían sillas, solo taburetes, ya que el objetivo era que la gente no pasara demasiado tiempo allí o que, si el alcohol causaba estragos, sirviera como excusa para recordar al cliente que el aire fresco de la calle era el mejor tratamiento. La riumochnaya más clásica de Moscú se llamaba Второе Дыхание (Btoroe Dijanie). Era un auténtico tugurio, se entraba bajando unas escaleras en las que tropezar era sinónimo de contusión cerebral, se llegaba a una sala cuadrada con una nube de humo más espesa que muchas nieblas y gente de pie charlando, normalmente personas que vivían o trabajaban en el barrio. El lavabo era una prueba de fuego que te recordaba que estabas en un lugar donde pasar mucho tiempo no estaba bien visto.

Allí conocí a personas de todo tipo, rusos que habían estado en Cuba, historias de la Segunda Guerra Mundial, propuestas suicidas para repetir los encuentros a diario. Casi todas las propuestas me las hizo gente que nunca recordaría no ya haberlas pronunciado, sino ni siquiera mi cara. Curiosamente, allí compartir era algo habitual. Los cigarros volaban de unas manos a otras y la ayuda a los que ya estaban afectados por el exceso de bebida era totalmente natural. En una ocasión tres tipos gigantes, cazadores vestidos de militar, con tres rifles, estaban bebiendo. Al intentar salir por aquella escalera rimbaudiana, que en realidad más bien parecía un ascenso a los infiernos, el primero tropezó una vez y se hizo daño en la pierna. Conseguimos ayudarle entre todos. El segundo, envalentonado, cogió carrerilla. Tropezó igualmente, pero con el resultado de una herida sangrienta en su frente, que se mezclaba con el barro del suelo. Finalmente, entre todos conseguimos que salieran a la calle. Media hora más tarde salí yo. A la derecha, a cuarenta metros de la puerta del local, estaban los tres tumbados, sobre la nieve, con sus rifles a un lado. Uno de ellos fumaba, mientras los otros dos dormían agotados. Hoy en día ese lugar no existe. Supongo que daba mala impresión. Lo que a nadie le generaba mala impresión era que para mucha gente aquel fuera el único sitio accesible para comer algo. Desde que cerraron el local han desaparecido todos los lugareños.

Leningrado, 1984. Fotografía: Arnold Drapkin / Cordon Press.

En Ereván, en el mercadillo de los fines de semana, un lugar lleno de cosas inútiles, cuadros horrendos y cualquier tipo de cosa imaginable, se reúne bastante gente. A mitad del mercadillo, en un lateral, hay una stolovaya, los comedores soviéticos en los que sí que había mesas y se podía comer a precios módicos. Muchos fines de semana entraba allí, lugar atractivo porque no tenía ni letrero. Todos los pintores del mercado comían allí. Entrabas y una abuela —las abuelas soviéticas son todavía más indestructibles que los trenes— manejaba toda las comandas. Un cuadro de un torero colgaba junto a uno de los pocos farolillos que iluminaban el local. Pedías la comida, el vodka en gramos, todo muy básico. A la hora de pagar, la agradable abuela empezaba a mover el ábaco, esa calculadora rutinaria de los comercios soviéticos, y finalmente te daba un precio. Jamás entendí ninguno de sus movimientos. Pero siempre estuve convencido de que esa mujer no me engañaba y de que, si lo hiciera, sería para perder ella porque me habría dado una ración pequeña o mala calidad. Las stolovayas están en decadencia porque ahora comer sushi, pizza o alguna hamburguesa occidental está de moda. Las que quedan se modernizan, hacen reformas perdiendo todo el encanto ambiental de la época soviética, y se convierten en lugares sin alma. Todavía quedan algunas stolovayas y riumochnayas verdaderas en Moscú. No sé si durarán mucho. Me sorprendería. 

Después de muchos años yo ya no regateo muchos precios, encuentro locales para comer variados pero apáticos, el transporte funciona como un reloj, aunque se renuevan trenes que ponen precios altísimos y clausuran algunos recorridos míticos. Nunca viajo de San Petersburgo a Moscú de día. Lo hago de noche en el platzkart. Un conjunto de vagones con espacios como ataúdes en los que duermo como un bebé. Antes un tren unía Madrid y Barcelona por la noche en una ruta interminable. Si no estoy equivocado, ya desapareció. De igual modo, los detalles de la vida en la Unión Soviética, los que se veían en el día a día y no tenían nada que ver con política, poco a poco van muriendo. Confío en los pueblos como último resquicio para aquellos que a veces sentimos que nos hemos equivocado de época.

De todos modos, en los últimos tiempos: encontré un hacha en mi cocina; he dado vueltas interminables para pagar un soborno y no lo he solucionado porque hay que hacerlo a través de un banco; hace poco me sacaron sangre y me pusieron un vendaje de medio metro, como si estuviera en la guerra. Me lo tenía que quitar en diez minutos, pero lo paseé varias horas. Mi lavadora soviética baila cuando centrifuga y las neveras congelan en lugar de enfriar. No me quejo, en una etapa de mi vida me calentaba con el horno abierto. 

El wifi y el Mundial del fútbol son dos símbolos del irreversible nuevo Moscú. Yo viví los últimos coletazos de maneras de hacer que cada vez resultan más excéntricas, por poco habituales. Solo me consuela que, en Europa del Este, cuando menos lo esperas, brilla de nuevo uno de esos anacronismos que te recuerdan por qué estar aquí tiene, a veces, magia.

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3 comentarios

  1. ¡Qué artículo! Lo envidio, señor, poder andar por esos parajes que nuestra cultura nos acostumbró a considerarlos exóticos y a veces hostiles. Con boleto y sin preconceptos para el próximo viaje, que si falta el air bag o el cinturón, pues nada, que hay que estirar la pata al fin y al cabo, y no hay nada mejor que dejar muestras de que todo lo nuevo no es mejor de lo que fue, que una abuela rusa con el ábaco es más simpática y veraz que una piba rígida del Burger Chef, donde hay vagones sin vías para que los niños sueñen que son fogoneros y que viajan, que todavía hay valores aun en las borracheras, y que reflexionemos de frente al Lenin de bronce que merece el exilio, y al infierno sus seguidores, pero antes agradecerle por el gran sueño que no cuajó. Gracias por la excelente lectura.

  2. Constantino

    A mi me encanta su prosa. Lamento que no se prodigue más.

  3. Genial artículo.
    Me recordó por un momento los libros de Colin Thubron tras la caída de la URSS, por Siberia y las repúblicas de Asia Central

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