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Hijas de Indiana Jones (1)

Indiana jones
Imagen: Disney.

Indiana Jones y el nacimiento del héroe

En busca del arca perdida (1981) fue la hostia en soneto. La creación del aventurero definitivo: intrépido, guapo, ágil, simpático, listo, y equipado con un outfit molón que incluía un látigo a modo de exótico complemento multiusos. Un personaje ideado por George Lucas y Steven Spielberg mientras ambos construían castillitos de arena en una playa hawaiana, y cuyas tropelías fílmicas se encargaría de dirigir el segundo. En busca del arca perdida otorgó a Indiana Jones (Harrison Ford) una de las mejores secuencias de presentación de un personaje en la pantalla grande y a partir de ese momento todo fue a más. Porque cinco minutos después de dar la cara, el arqueólogo ya se encontraba esquivando trampas indígenas inexplicablemente ingeniosas, sustrayendo ídolos fabulosos, corriendo delante de un piedrolo gigante y huyendo de una tribu de locales agresivos. Y así se perpetró la película perfecta de aventuras, encadenando escenas icónicas sin parar: el templo en Sudamérica, Marion Ravenwood (Karen Allen) a chupitos en Nepal, nazis siendo muy nazis, el foso de las serpientes, la pelea contra un hombre armario (Pat Roach) entre las aspas de un avión, la hostias en un camión en marcha, el fugaz duelo contra un espadachín vacilón y un desenlace que incluía fantasmas y nacionalsocialistas alemanes convirtiéndose en polos de carne al solete. En busca del arca perdida supuso el estreno más taquillero de 1981, recolectó cinco Óscar (de nueve nominaciones, entre las que se encontraba una a mejor película que finalmente ganaría Carros de fuego), e ingresó en el selecto National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, el club donde se apilan las obras más importantes de la historia del cine norteamericano para que ningún indeseable les ponga las manazas encima.

Indiana jones
En busca del arca perdida. Imagen: Disney.

La precuela Indiana Jones y el templo maldito (1984) fue recibida inicialmente con más de un ceño fruncido por culpa de poseer un tono más oscuro, un MacGuffin menos espectacular y unos compañeros de aventuras más cargantes para la audiencia: Tapón (la versión infante de ese Ke Huy Quan que desde que ganó el Óscar está todo el tiempo en todas partes a la vez) y un estereotipo de rubia gritona llamado Willie (Kate Capshaw). A diferencia de lo que ocurrió con su predecesora, la película dividió notablemente a la crítica: Rogert Ebert le encasquetó una puntuación perfecta afirmando que estaba al mismo nivel que la primera entrega, pero Dave Kehr aseguró en el Chicago Tribune que «la película no tiene ningún impulso humano más elevado que el de un niño de diez años intentando asquear a su hermanita poniéndole un gusano muerto en la cara», mientras Ralph Novak escribía en la revista People que «ningún padre debería permitir que un niño pequeño vea esta película traumática, sería una forma cinematográfica de abuso infantil […] No hay héroes relacionados con la película, solo dos villanos, y sus nombres son Steven Spielberg y George Lucas».

Con el tiempo, la opinión popular de la película mejoró bastante, porque en el fondo es difícil no pillarle cariño a una cinta que contiene una merendola exquisita que ya quisieran en DiverXO, que instauró el recuperar el sombrero en el último momento como ingrediente para una buena escapada y que afianzó las carreras en vagonetas como elemento indispensable de cualquier aventura. Aunque también es verdad que algunos de los implicados más importantes en el largometraje nunca han estado muy contentos con el resultado. A Capshaw le cabreaba que su papel se limitase a pedir ayuda y pegar gritos (setenta y un chillidos, para ser exactos) y Spielberg, quien considera En busca del arca perdida una obra redonda de la que no cambiaría nada, reconoció que El templo maldito era demasiado oscura y subterránea, apuntando que «no hay ni un gramo de mis sentimientos personales en ella». Según él, lo mejor que sacó del rodaje fue conocer a Capshaw, con quien se casaría años más tarde. Otros, en cambio, la tienen en elevada estima, como ocurre con un Quentin Tarantino que la considera su película favorita de Spielberg por detrás de Tiburón: «Esa peli es tan la puta hostia que obligó a la MPA a crear una nueva calificación por edades, algo que ni siquiera Brian De Palma ha logrado a pesar de intentarlo con ganas». En la India, por alguna razón, la película no se estrenó en cines. Entendiendo como «alguna razón» el que la pantalla presentase a la comunidad india devorando cerebros de mono como si fuesen petit suisses, sacrificando a peña a base de cirugía creativa y chapuzones en lava, o reverenciando a una diosa Kali, con cara de ser el Eddie de Iron Maiden pasando una mala tarde, que no se parecía a su homóloga en el mundo real ni en el número de brazos. 

Indiana Jones
Indiana Jones y el templo maldito. Imagen: Disney.

Ante las quejas recibidas por El templo maldito, Lucas y Spielberg acordaron aflojar el tono para la tercera gesta de Indy y comenzaron a barajar diferentes conceptos y guiones. Ocurrencias entre las que se encontraban relatos de casas encantadas, pigmeos de doscientos años, fantasmas escoceses con muy mala gaita, partidas mortales de ajedrez, un sargento nazi con un brazo mecánico, la máscara mortuoria de Moctezuma, un villano con gorilas como mascotas, demonios furiosos o jardines repletos de melocotones chinos que concedían la inmortalidad a quien fuese puro de corazón y se atreviera a pegarles un muerdo. Tras un desfile de guionistas realizando numerosas reescrituras, un libreto centrado en la búsqueda del Santo Grial recibió el visto bueno. Indiana Jones y la última cruzada se estrenó en 1989, y su vuelta a las salas llegó acompañada del retorno de ciertos elementos de El arca perdida que buscaban recuperar el espíritu de aquella: nazis como antagonistas, una reliquia cristiana legendaria con poderes ocultos y los personajes de Marcus Brody (Denholm Elliott) y Sallah (John Rhys-Davies), que no fueron invitados en su momento a la visita al templo maldito. También se presentó al padre de Indy, Henry Jones Sr. (Sean Connery), como acompañante del héroe, facilitando que los críticos pudiesen decir que Spielberg había madurado mucho al decidir abordar las relaciones paternofiliales.

La última cruzada era mucho más amable y cómica que su predecesora, pero ante todo era divertidísima, y aquello fue celebrado por la prensa al mismo tiempo que el público la aupaba al trono de la taquilla del año. En la pantalla, la relación entre Indiana y su arisco progenitor funcionaba como un tiro mientras la trama engarzaba secuencias molonas: un prólogo protagonizado por un joven Indy boy scout (River Phoenix) huyendo de maleantes entre los vagones de un tren de circo, una persecución de lanchas en Venecia, un duelo aéreo entre biplanos, una huida en sidecar, un meeting inesperado con Adolf Hitler, y una colección de pruebas mortales a superar en el templo del Santo Grial para hacerse con el copazo. En el mundo real, el Tesoro de Petra en Jordania, la localización donde se rodaron los exteriores del tramo final de la cinta, pasó de tener unos cuantos cientos de visitantes al año a recibir a un millón de curiosos con ganas de hacerse la foto montando a caballo, como Indiana y compañía, por el desfiladero. En los alrededores, las tiendas de regalos y los hoteles se vistieron con el nombre y la imagen del aventurero. En aquel 1989, el ser humano que firma este mismo artículo asistió a un pase de la película cuando apenas tenía uso de razón y se pasó toda la proyección pegando botes en la butaca.

Indiana Jones
Indiana Jones y la última cruzada. Imagen: Disney.

Diecinueve años después de La última cruzada, cuando pocos esperaban volver a ver a Ford calzándose la fedora, Spielberg se la coló a todo el mundo con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. En los adelantos la cosa no pintaba nada mal, porque se anunciaba el retorno de Karen Allen, el fichaje de John Hurt, la incorporación de Cate Blanchett vistiendo uniforme y la promesa de que la película iba a tener el regusto de sus antecesoras sosteniéndose en efectos prácticos y utilizando el CGI solo cuando fuese estrictamente necesario. Hasta que el estreno de El reino de la calavera de cristal azotó la primera en la frente presentándose con un plano inicial de un perrito de las praderas en CGI que presagiaba desgracias. De ahí en adelante, unos cuantos despropósitos: Indy sobreviviendo a una explosión nuclear refugiado en una nevera (y acuñando la expresión nuking the fridge como sustituta de la famosa jumping the shark), Shia LaBeouf en modo Marlon Brando marca blanca como hijo del héroe, Sean Connery solo en formato foto, set pieces y misterios arqueológicos sin el alma de los otros Indianas, Shia LaBeouf haciendo el Tarzán entre monos con tupé, efectos digitales cantosos, y marcianos con la nave al ralentí. La novedad, además es que ahora los malos no eran los nazis, sino el ejército soviético, o una de las cosas que más teme el norteamericano medio por detrás de Hitler y las palabras «No nos queda el menú extra grande» en el McDonalds.

Lo cierto es que los críticos no se cebaron con la cinta tanto como la audiencia, que la consideró directamente una blasfemia, y si uno la observa con condescendencia puede pensar que a lo mejor no fue tan mala. En el fondo, su problema no era realmente el electrodoméstico antibombas o los extraterrestres de cristal, porque ambos formaban parte de un universo donde ya había fantasmas chungos envasados en una caja y un notas que extirpaba corazones vivos con sus manos desnudas. El verdadero drama era que la aventura no parecía digna de la saga por culpa de su fallido empaque, algo impropio de un Spielberg que decidió rodarla en celuloide, en lugar de en digital como era tendencia, y que también aseguró que los FX utilizados solo contenían trazas digitales en una proporción del treinta por ciento. Ocurría que en el resultado final todo chirriaba, y eso es una catástrofe cuando te vas a Hawái a rodar una persecución de coches en medio de la jungla, como fue el caso, pero la secuencia resultante, tras invertir millones en postproducción, parece filmada sobre un croma. Un problema que la cinta arrastraba durante todo el metraje con escenas sosas, o ridículas, donde los personajes y la acción carecían de verdadera presencia física por culpa de tanto retoque digital y tanta idea genérica. Las anteriores tropelías de Indy lograban que el corretear entre templos de cartón piedra resultase real y emocionante. El reino de la calavera de cristal no lo conseguía con ciento ochenta y cinco millones de dólares de 2008 (el presupuesto más caro con el que ha lidiado Spielberg). Pero no era tan mala, era otra cosa, parecía una de las hijas tardías de Indiana Jones de los dos mil. Indiana Jones se había transformado en La momia.

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Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Imagen: Disney.

La nota media de la crítica profesional obtenida por El reino de la calavera de cristal en realidad es más que digna, un setenta y siete sobre cien en la web de los tomates podridos, pero los fans continuarían hablando de la saga como una trilogía en años venideros y silbando muy fuerte cuando alguien insinuaba no se qué sobre encuentros en la tercera fase. En South Park, un episodio dibujaría una sutil metáfora sobre la polémica popular al mostrar a Indiana Jones siendo violado por unos salvajes Lucas y Spielberg. Entretanto, los implicados en la producción se dedicarían a soltar declaraciones divertidas tras la tormenta: Spielberg reconocería que nunca le agradó el MacGuffin de la historia ideado por Lucas, la dichosa calavera y los marcianitos, pero también que como ambos creadores eran Best Friends Forever optó por no rebatirlo y rodar el film igualmente, porque le gustaba ver sonreír al papá de Star Wars. LaBeouf explicaría sin cortarse mucho que el film fue un patinazo gordo: «Creo que metimos la pata con un legado que la gente amaba y celebraba […] Ahí están los monos en las lianas y esas cosas, y puedes culpar de ello al guionista y a Steven. […] Spielberg me dijo que hay ocasiones en las que tienes que ser humano y tener una opinión, y otras en las que tienes que vender coches. Aquello me liberó, pero también me decepcionó en el alma porque él era un tío al que yo consideraba un sensei». Al escuchar las quejas de su compañero de reparto, Harrison Ford aprovechó para hacer unas hermosas declaraciones sobre LaBeouf: «Creo que es un puto idiota». El mismo Ford también aseguró durante 2008 estar dispuesto a vestir en el futuro esas bonitas chaquetas de cuero para una quinta gesta, siempre y cuando la cosa no se demorase otros veinte años de nuevo. Tuvo buen ojo, porque la posterior película de la franquicia solo tardaría quince añitos de nada en tomar forma. 

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Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Imagen: Disney.

En 2023, Indiana Jones y el dial del destino recupera al aventurero definitivo para una entrega final, cumpliendo de rebote el plan primigenio, fraguado en En busca del arca perdida, de sacar cinco largometrajes sobre el personaje. Lo interesante es que a estas alturas el asunto ha cambiado bastante. Spielberg ha cedido la batuta de la dirección a James Mangold y el guion ya no viene firmado por Steve y su compadre George, sino por el nuevo director junto a otros tres escritores, David Koepp, Jez Butterworth y John-Henry Butterworth. Y todo eso en lugar de ser señal de alarma se ha convertido en motivo de esperanza tras lo ocurrido con la anterior entrega. El reparto rescata al personaje de John Rhys-Davies, incluye una versión rejuvenecida, vía FX y metraje antiguo, de Harrison Ford, e incorpora a la saga las caras de Phoebe Waller-Bridge, Antonio Banderas, Thomas Kretschmann, Toby Jones, Shaunette Renée Wilson o Mads Mikkelsen. Entretanto, las asociaciones de amigos de la fedora conservan la ilusión por esta nueva entrada agarrándose a la ley de calidad establecida por los films de Star Trek, aquella afirmación que reza que en una franquicia las pelis buenas son siempre las impares. 

Las hijas de Indiana Jones y el ejército de los ochenta

El éxito de En busca del arca perdida disparó la producción de una ristra de clones que intentaron replicar la creación de un aventurero rentable. Duelo en las profundidades (1982) se presentó con Charlton Heston y Kim Basinger en el reparto, Jake Speed: la aventura de África (1986) tenía héroe pulp con nombre estúpido y a John Hurt como villano, Nate and Hayes (Los piratas de las islas salvajes) (1983) supuso uno de los primeros papeles protagonistas de Tommy Lee Jones, la italiana Los aventureros del tesoro perdido (1983) fue un divertimento simpático de videoclub y La gran ruta hacia China (1983) tenía al frente a ese Tom Selleck que, como todo el mundo sabe porque es el dato más repetido de la historia del cine, casi interpretó a Indiana Jones. El tesoro de las cuatro coronas (1983) se anunció como una proyección en «Supervisión 3D» (o lo que realmente eran las gafas bicolores para el tresdé añejo de toda vida) y plagió con tanto descaro a Indy como para poner al un desgraciado a correr delante de una bola en llamas. Pero su verdadero logro fue atesorar en su reparto las sentidas interpretaciones de dos leyendas de nuestro cine: Ana Obregón y Francisco Umbral. Sky Pirates (1986) demostró morro de acero al anunciarse con la frase promocional «The ark has been raided and the stone romanced. Now, let the REAL ADVENTURE begin».

Indiana Jones.
Portadas de Jake Speed: la aventura de África, El tesoro de las cuatro coronas, Los aventureros del tesoro perdido y Sky pirates.

La bilogía formada por Las minas del rey Salomón (1985) y Allan Quatermain y la ciudad perdida del oro (1986) conforman dos bestias de videoclub aparte. Fueron rodadas a la vez para su estreno en salas, pero la segunda aterrizó directamente en la caja de los VHS en ciertos países después de que la primera se comiera los mocos en taquilla. Anidando en aquellas estanterías de videoclub, estas dos películas, que tampoco eran gran cosa, adquirieron más fama que las otras Indyxploitations ya mentadas. Pero lo verdaderamente hermoso de ambas es que tras su realización se apiló una montañita de despropósitos. A Richard Chamberlain lo engañaron para que aceptase el papel principal de Allan Quatermain asegurándole que aquello sería una gran superproducción, pero el hombre al llegar se encontró que no tenían ni para pipas, ni mucho menos para costear dobles de acción. John Rhys-Davies flipó al descubrir que las medidas de seguridad en el plató se basaban en que cada uno hiciera lo posible por no morirse. El director, J. Lee Thompson, ya estaba muy mayor y muy jodido para esos trotes. Y Sharon Stone se mostró tan arisca y tan encabronada durante el rodaje como para que los miembros del equipo decidieran orinar en su bañera a modo de venganza. ¿Las películas? Pues en su versión original no hay un solo secundario que pronuncie bien el nombre «Quatermain», ese es el nivel.

Indiana Jones
A pesar de lo que ponga en su DNI, este caballero se llama QuaRtermain según el resto del reparto.

La que sí mereció la pena en aquellos ochenta fue Tras el corazón verde (1984), dirigida por Robert Zemeckis y protagonizada por Kathleen Turner junto a Michael Douglas y Danny De Vito. O las desventuras de una escritora de novelas románticas enredada en la selva colombiana en busca de su hermana secuestrada, con un mapa del tesoro bajo el brazo y en compañía de un prototipo de aventurero novelesco. Un inesperado éxito de taquilla que generó una secuela con el mismo trío protagonista, pero muchísimo menos inspirada al no tener a Zemeckis al mando: La joya del Nilo (1985). Dicha segunda parte recaudó un pastizal, pero fue tan vapuleada por la crítica como para que se cancelase una posible tercera entrega. En el fondo, quizás el verdadero logro de Tras el corazón verde haya sido provocar que el DeLorean más famoso de todos los tiempos se pusiera en marcha: Los pases previos de la película ante los productores causaron tan mala impresión como para que aquellos señores retirasen a Zemeckis de la silla de dirección de Cocoon, a la que estaba previamente asignado, y lo apuntasen en la lista negra de realizadores en los que no confiar jamás. Hasta que los dineros comenzaron a llover durante las exhibiciones oficiales y todos intuyeron que ese tío podría ser una máquina de imprimir billetes. El año posterior al estreno de Tras el corazón verde, Zemeckis presentó en los cines una cosilla llamada Regreso al futuro.

Indiana Jones
Tras el Corazón verde. Imagen: MGM.

(Continúa aquí)

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12 Comentarios

  1. Solo apuntar que en el artículo usan varias veces el femenino para referirse al sombreo de Indiana, lo correcto sería «el fedora».
    Un saludo

  2. Todos fuimos al cine a ver En busca del arca perdida. Todos a ver Las minas del rey Salomon. En pura lógica, todos fuimos a ver La costa de los mosquitos🤮.

  3. Noelia, ¿será por el lenguaje inclusivo?

    Bromas aparte, muy gracioso lo del menú XL

  4. Creo que la primera media hora de Indiana IV es bastante parecida al tono de las originales. Siempre me ha sorprendido que chirríe lo de la nevera y no lo de tirarse de un avión en una balsa hinchable sobre un río en el Templo Maldito. Mucho divertido, Doctor Jones!

    • O lo de bucear en petróleo mientras el mismo petróleo arde. O lo de encontrar escondite dentro de un submarino (!!!). O que un tanque de agua tenga bastante cantidad para llenar cientos de metros de galerías a presión. O todas las veces que no está claro cómo y cuándo el dichoso látigo se afloja de donde sea que esté enganchado.

      A ver claro que La Calavera de Cristal tiene fallos. Pero me parece claro que se llevó muchos más palos de los que se habría llevado de estrenarse exactamente igual en los ochenta. Somos así.

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  6. Ambituerto

    De hecho, lo mejor de Indy 4 es, precisamente, esa intro pasada de rosca. De ahí en adelante todo va cuesta abajo, hasta el deleznable final.

  7. Juan del Aguila

    Soy gran fan de las películas de Indiana Jones…solo apuntar – jocosamente – la mención que hace el personaje de Amy en un capitulo de ‘the big bang theory’ en donde menciona que, quitando a Indiana Jones del argumento, los nazis habrían terminado encontrando igualmente el Arca, la habrían llevado al mismo sitio, la habrían abierto y se habrían muerto. Es decir, sin Indy, el resultado final hubiera sido el mismo.

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  9. LUIS DE DIEGO

    El escritor Francisco Umbral? O el actor Paco Rabal quizas

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