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Invente una lengua

Invente una lengua
La confusion des langues, Gustave Doré, ca. 1865.

En un lugar desde el Oriente se establecieron en la llanura conocida como Senaar. Tras hacer ladrillos, se pusieron a edificar una torre cuyo techo fuese el cielo mismo. Estaban ensoberbecidos de esta construcción y de tener una lengua común para hacerlo más rápido. Entonces, Yavé bajó del cielo para ver aquel sindiós, y para boicotearlo, decidió repartir diferentes lenguajes entre los hijos de los hombres, para que no se finalizara aquel edificio y se tuvieran que dispersar por los diferentes puntos de la tierra. Y por eso se llamó Babel, porque Yavé los confundió. 

«La confusión de las lenguas» (Génesis, 11: 1-9)

Qué pensaría el escritor bíblico si viera ahora el catálogo de lenguas en la Clasificación Decimal Universal y se encontrara con ese grupo al final del todo, poco visitado y nada tenido en cuenta por la mayoría de lingüistas y estudiosos de los idiomas: el conjunto de los lenguajes inventados, un grupo numerosísimo, puesto que incluye más de novecientos. Extraño, ingenuo, creado en los últimos novecientos años, en este grupo podemos encontrar de todo. La primera lengua inventada (que conozcamos) fue descrita en el siglo XII por Hildegard von Bingen. Conocida como la lingua ignota, suponemos que fue creada como medio de canalización de las visiones espirituales de la monja, profetisa, científica, polímata y miles de cosas más. Se formularon otros lenguajes en esta vertiente —inspirados por potencias celestiales—, aunque no son mayoría, por supuesto. Recordemos, unos siglos después, a John Dee y el lenguaje de los ángeles

Bueno, pues, con el paso de los años, fueron muchos los idiomas que se inventaron para intentar dar respuesta a los problemas y las necesidades de cada época. Los creadores de estos lenguajes, hablando en general, fueron unos tipos estrafalarios que pensaban que con sus creaciones la vida de los seres humanos se inclinaría inmediatamente hacia el bien, el progreso y la paz. En cuanto estos idiomas no eran tenidos en cuenta por la humanidad; es más, cuando la humanidad pasaba olímpicamente de ellos, su tendencia hacia la bondad universal se transformaba en odio por sus congéneres, envuelto en un deseo de venganza a causa del desprecio y las bromas que (en el mejor de los casos) sus obras habían causado. Aunque, la verdad sea dicha, las biografías de estos personajes nos permiten entender estos cambios de humor.

John Wilkins dedicó una década a perfeccionar su lenguaje filosófico, un enorme y detallado idioma que sustituiría al latín en los libros de ciencia, por ejemplo. Lo tenía terminado por fin cuando el Gran Fuego de Londres se lo llevó por delante, junto con todo el Trinity College, en 1666. No crean que se quedó lamentándose. Dos años después ya había reconstruido su idioma en otro tocho de seiscientas páginas. ¿Y todo para qué? Para que el mundo académico lo recibiera muy bien, el rey inclusive afirmó que él mismo lo iba a aprender, los grandes físicos y matemáticos hablando maravillas… y, poco tiempo después, el lenguaje filosófico se acabó diluyendo como un azucarillo en las páginas de la historia. Hasta el siglo XX, cuando Jorge Luis Borges le dedicó un ensayo, El idioma analítico de John Wilkins, donde se queja de su no inclusión en la Enciclopedia Británica y lo ensalza como el deseo de crear un lenguaje universal, aunque lo considera cándido y, en algún punto, ridículo, pero no el intento, sino el resultado: el bueno y esforzado de Wilkins, como todos los estudiosos de su época, intentó ofrecer un lenguaje que fuese una traslación del significado del universo. Las palabras tenían su sentido, perfectamente clasificadas por categorías. Un ejemplo: la palabra gato sería el de la cabeza redondeada, en general. El problema es que no sabemos cuál es el último significado del universo y, al final, estos lenguajes se quedan en un conjunto de sinónimos y redundancias, cuando su autor lo que pretendía era dar un significado y un término únicos a cada cosa. Como sabemos, las clasificaciones del universo son arbitrarias y están llenas de conjeturas, y lo mismo les sucede a estos lenguajes absolutos. 

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4 comentarios

  1. José Antonio

    Tanto esfuerzo en crear una lengua para que luego se escriba en whatsapp: ¡ola, que ase!

  2. (El adunaico no es una lengua élfica, es una lengua humana de aire semítico, pariente de la lengua común de la Tierra Media.)

    Me sorprenden dos cosas del artículo. La primera es que el ido sea tan viejo, hace unos años conocí alguien que lo estudiaba y lo promocionaba. La segunda es el uso de «ideolengua», porque no es común usarlo, pero existió una lista de correos (!) de Yahoo (!!) en la década del 2000 que se llamaba así y reunía a muchos ideolingüistas. Destaco la ideolengua «castiellano padremoñal» o «español sen cuchesmos», que era un castellano solo con léxico patrimonial y con sus cultismos no introducidos alrededor del siglo XVI sino evolucionados en forma natural desde el latín. Es decir, no dictador y Géminis, sino dechador y Yembres…

    Intenté crear algunas. Recuerdo una que sonaba como polinesio, pero llena de sufijos de caso. Otra que sonaba celta y no llegó a ninguna parte. Y una evolución del inglés a una lengua (más) aislante, al estilo chino, no «does she speak English?» sino algo como «shi ta ing wang du», ahora creo que estuve cerca de inventar el tok pisin…

    Namarië!

  3. MacNaughton

    Gracias, Grace.

    Habría que añadir a Sir Thomas Urquhart of Cromarty, caballero escoces del turbulento siglo XVII, traductor de Rabelais, y autor de «Logopandecteision» una introducción al lenguaje universal.

    Partidario de los Estuardos, luchaba por su causa en «La guerra de las tres reinos» y durante una temporada fue preso en la torre de Londres. Al enterarse de la restauracion de estos en la figura de Carlos II, se murió de un ataque de risa literalmente. También nos dejo «The Jewel», una defensa de Escocia.

    Alasdair Gray, fallecido hace un par de años ya, tiene un cuento en «Tales Unlikely, Mostly» que ficcionaliza a Sir Thomas en la temible torre de Londres, lamentando haberse perdido los claves de su lenguaje universal en la batalla de Worcester en 1651…. Je je je….

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