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Seguir soñando: ‘La sirenita’, de Rob Marshall

La sirenita (2023). Imagen Walt Disney Pictures.
La sirenita (2023). Imagen: Walt Disney Pictures.

«Pero una sirena no tiene lágrimas y, por tanto, sufre mucho más…». Poco quedaba del cuento «original» de Hans Christian Andersen cuando se estrenó en 1989 La sirenita, la película que marcó un hito en la historia de la Disney iniciando una de sus épocas doradas (y a la que seguiría una avalancha anual de clásicos animados que son ya patrimonio de la infancia universal). Y no se trataba únicamente de cambios cosméticos: poco trastocaba a la versión literaria que la criatura marina mutara aquí de rubia a pelirroja, o que recibiera nombre propio (Ariel) cuando originalmente carecía de identidad alguna. Lo que había detrás era, a todas luces, una transformación más relacionada con el tono y el discurso. Vamos, lo que viene siendo la especialidad de la casa del ratón: edulcorar realidades. Así, el componente sádico y perturbador que tenía en el cuento la metamorfosis de la sirena en humana (con la descripción detallada del dolor físico y agudo que sentía la joven en sus nuevos miembros) era eliminado de un relato que desviaba la atención de su dimensión carnal y sus implicaciones morales hacia la relación amorosa entre Ariel y el príncipe Eric. Al fin y al cabo, por muy empoderadas que dibujasen a estas heroínas, sus historias no dejaban de seguir un itinerario romántico condicionado al encuentro del amor verdadero.

Pero lo más relevante de este hecho no es que durante décadas Disney contribuyera a legitimar ese peligroso y dañino imaginario (tan arraigado en la cultura, en la sociedad y en el arte) donde el sentido último de la existencia femenina fuese el encuentro de un amor heteronormativo. Que también. Pero igual de lamentable es que por el camino (por ese misterioso sendero que recorren las obras al ser adaptadas) se perdiese el verdadero sentido con el que surgen los cuentos, olvidando su esencia, y su función última que debía trascender al mero entretenimiento. Porque los cuentos, uno de los géneros literarios más antiguos que se conocen, intentaban dar explicación al mundo de una forma sencilla pero albergando, a la vez, valiosas enseñanzas morales, evolutivas… en definitiva, otorgando las advertencias necesarias para sobrevivir con dignidad en la vida. A través de su lectura, y en el plano de lo simbólico, los niños y niñas podían enfrentarse a distintos miedos o angustias vitales, anticipando soluciones a posibles conflictos o confrontando aquello que la vida, tarde o temprano, les pondría delante. Así, cuando Andersen concibió la historia de una sirena que renuncia a todo lo que es (una renuncia literal: a su físico, su familia, su entorno, sus amigos y su futuro) por el amor de un hombre al que apenas conoce, el resultado no podía ser halagüeño: él termina con otra, y ella convertida en espuma de mar. No hay (ni podía haber) final feliz para esta pareja. Pero a cambio, la fábula ofrecía una valiosa moraleja que tiene que ver con el sacrificio y la renuncia como los más peligrosos anuncios de un amor tóxico en ciernes.

Más de tres décadas después, Disney, embarcada en su titánica aventura de mutar a imagen ¿real? sus personajes animados, rescata de las profundidades a la joven Ariel, uno de sus personajes más icónicos. La película de Rob Marshall, no exenta de polémica (recuerden: no profanar el canon sirena), se presenta como una actualización del clásico en cuanto al aspecto visual pero intentando mantenerse fiel al espíritu de la cinta del 89. Quizá sea en esa difícil maniobra entre la actualización y el mito donde La sirenita no termine de encontrase como pez en el agua, y quizá por eso el resultado es una particular y extraña pieza medio reconocible, medio kitsch, donde celebrar lo nuevo y, paradójicamente, extrañar los cambios.

Percusión, cuerdas, viento, letra

Entonces, decíamos que celebrábamos lo nuevo. Y se impone, por tanto, hablar de la figura de Lin-Manuel Miranda. La colaboración entre Miranda y Disney viene de lejos: en 2014, el compositor y letrista escribió la música de Moana (Vaiana en nuestro país), cinta que tuvo su estreno a finales de 2016. Para entonces ya se había estrenado Star Wars: El despertar de la Fuerza (2015), cuya banda sonora contaba con una pieza compuesta por el propio Miranda. En 2019, en El ascenso de Skywalker, también dentro de la saga Star Wars, el compositor escribió una nueva canción (además de participar con un cameo como soldado de la Resistencia). Y en 2021 compuso las canciones para Encanto, convirtiendo a su «We Don’t Talk About Bruno» en uno de los mayores éxitos musicales de la compañía (la segunda canción de una cinta animada de Disney en encabezar el Billboard Hot 100, después del «A Whole New World» de Aladdín). El film de Rob Marshall podría entenderse entonces como la puesta de largo de una relación que se remonta incluso más allá de Moana, hasta un niño apasionado de la música y los musicales que sentía devoción por el trabajo que Alan Menken y Howard Ashman realizaron en La sirenita de 1989. Con absoluto respeto y admiración, Miranda se une a Menken (Ashman falleció en 1991) para componer nuevos temas en esta nueva versión en la que, fiel a aquella devoción infantil, busca mimetizarse con las melodías originales en una línea continuista capaz de hermanar el pasado y el presente a través de la música. Puede que sea ahí, en ese punto en el que se conjugan ambos tiempos, donde la película alcanza sus momentos más valiosos: al darle una personalidad y algo de carácter al príncipe Eric (que se concreta en la nueva «Wild Uncharted Waters»); al ampliar y dimensionar el cambio que siente Ariel al convertirse en humana (y que se materializa en «For the First Time», una maravillosa canción que hace las veces de monólogo interior); o al incluir en el apartado musical a la gaviota Scuttle (a la que da voz una carismática Awkwafina, con uno de los números musicales más estimulantes del film donde aflora la afinidad de Miranda por el rap). 

Bien es cierto que uno de los grandes atractivos de La sirenita de 1989 estaba en su partitura, en la que, además de la mítica «Bajo el mar», se cristalizaba uno de los más icónicos temas ‘I Want’ (esas canciones aspiracionales que entonan en un momento u otro todas las princesas Disney): «Part of Your World», o «Parte de él» en su versión española. Halle Bailey es ahora la encargada de ponerle voz en su papel de Ariel; una elección que, visto el resultado, es uno de los grandes hallazgos de la cinta. Y es que por muy inevitables que sean las comparaciones de ojos nostálgicos que buscan reconocerse en cada fotograma de la nueva versión, por momentos uno es capaz de perderse en este hermoso y a la vez algo hortera mundo subacuático de luz tenue y neón (y, quizá, algo falto de dinamismo en lo que animales marinos se refiere) de la mano de la joven actriz. Por eso, al hacer balance y cuestionarse el porqué de una nueva versión de carne y hueso de uno de los grandes clásicos de Disney, no hay duda de que entre los argumentos a favor se encuentra la interpretación de Bailey, quien aporta altas cotas de verosimilitud a un relato que parece perderla a base de indecisiones. Otros esgrimirán que las nuevas generaciones también tienen derecho a crecer con versiones de los clásicos adaptadas a los nuevos tiempos, un razonamiento válido al que poco hay que objetar. Pero quizá el argumento más valioso a favor del film sea el de tener la oportunidad de seguir atesorando en 2023 lo que muchos experimentamos de niños en las butacas de un cine hace más de tres décadas: recuperar parte de aquella experiencia inocente, inmaculada, que sumergía al espectador en un universo tan improbable y fantástico como el océano en el que residían las sirenas. Al fin y al cabo, es ahí, en la butaca de la sala oscura, donde uno puede formar parte de ese otro mundo, y donde todavía está permitido seguir soñando.

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