
Desde los años cincuenta y a lo largo de varias décadas, la voz de William B. Williams comandó el show radiofónico neoyorquino Make Believe Ballroom. El locutor y DJ era una auténtica celebridad, enemigo del desmelenado rock and roll y colega de gente como Lena Horne, Nat King Cole y un Frank Sinatra a quien otorgó el famoso apodo de Jefe del Negocio. En las ondas, Williams se presentaba como Guillermo B. Guillermo o Wolfgang B. Wolfgang, y siempre iniciaba su programa dirigiéndose a millones de oyentes con la misma frase: Hello world! Años más tarde, otro tipo de programas, que requerían de menos micrófonos y más silicio, utilizarían el mismo saludo para certificar que la subespecie de ser humano conocida como informático era capaz de establecer un diálogo con las máquinas.
Prehistoria tecnológica
Hoy en día estamos acostumbrados a que la tecnología forme parte activa de nuestro tiempo de ocio: redes sociales para amontonar amigos falsos, streaming para quemar horas repasando el catálogo sin saber qué ver, Tinder para la pesca de arrastre o revistas culturales digitales con espléndidas ediciones en papel. Pero los inicios informáticos fueron tiempos más ariscos donde los seres humanos se las veían para conseguir comunicarse con las máquinas. En 1786, el militar e inventor alemán Johann Helfrich von Müller ideó la máquina diferencial, una aparatosa calculadora mecánica de funciones polinómicas que en aquella época no podía ensamblarse. A principios del siglo XIX, el matemático Charles Babbage perfeccionó esa máquina diferencial, pero fue incapaz de ensamblarla porque se le salía del presupuesto y, a la altura de 1837, decidió que molaría mucho más crear una máquina analítica, la tatarabuela de los ordenadores modernos. Un computador con el que el usuario debería comunicarse a través de tarjetas perforadas y que devolvería la información tirando de impresora, un equipo de dibujo y una campana, los tres pilares de la comunicación. Babbage falleció en 1871, antes de finalizar la construcción de su criatura, y la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, tras ojear los apuntes del inventor, calificó la máquina como una maravilla carísima que no estaba dispuesta a financiar.
Lo destacable es que Babbage ideó máquinas con las que era posible comunicarse de un modo primigenio para ordenarles cosillas, estableciendo las bases de la carrera técnica predilecta de quienes poseen interés en llegar vírgenes a la tercera edad: la informática. Los primeros ordenadores, como el Colossus de los años cuarenta, se programaron de manera física, a través de su circuitería o manipulando interruptores y enchufes en plan científico loco, pero pronto se ideó un lenguaje con el que lidiar con aquellos trastos: el código máquina. Un idioma estrictamente numérico, cifrado y, por tanto, ininteligible para los cerebros mortales, que funcionaba introduciendo cascadas de dígitos en la sesera de la máquina mediante tiras de papel, fichas agujereadas, cintas magnéticas o toqueteando palanquitas. Estos huraños lenguajes de código máquina se denominaron lenguajes de primera generación.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Genial como aquellos a los que rindes homenaje, desconocía todos esos lenguajes locos de los que hablas y que demuestran que los informáticos tienen mucho tiempo libre y pocos ligues. Gracias por compartir esa sabiduría
Maravilloso.
Me ha recordado lo que dice un amigo mío, también del gremio:
– ¿ Has estado enamorado alguna vez?
– No, yo siempre he sido informático
Pingback: Enlaces Recomendados de la Semana (N°731) – NeoTeo