Laca, pintalabios y heavy metal

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Twisted Sister Imagen Atlantic Records hair metal po
Twisted Sister. Imagen: Atlantic Records.

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A todo el que conocía en esa época, a los tíos de Poison y a los demás músicos que estaban tratando de abrirse camino en el Strip, le preguntaba: «¿De dónde eres?», y todos eran, no sé, de Ohio. No había nadie de Los Ángeles. (Don Dokken)

A pesar de mi actitud: «Sí, adoro a Bob Dylan. Tengo un gusto exquisito», bla, bla, bla, una cosa que siempre tuve clara es que el rock and roll debía ser divertido. (Peter Philbin, Elektra)

Aunque estaba sin blanca, Los Ángeles me encantaba porque aquí no me sentía como un bicho raro. Yo procedía de un pueblecito de Ohio en el que solo se escuchaba Bruce Springsteen. Era el marginado: llevaba pelo largo y un pendiente en la oreja, y a casi nadie de mi instituto le gustaba el mismo tipo de música que a mí. Así que cuando llegué a Los Ángeles, flipé. Aquí todo el mundo era como yo, todos habían huido de algún sitio. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto en un lugar. (Steven Sweet)

Es curioso, cuando era adolescente y los ochenta estaban recientes, el hair metal, glam rock o sleaze, como se le quiera llamar, no me hacía especial gracia. Al margen de Guns N’ Roses, a Def Leppard los escuchaba como un grupo clásico, aunque acababan de sacar Adrenalize. Twisted Sister no me parecían mal, WASP normalitos, de Mötley Crüe me gustaba la canción «Live Wire» y gracias, pero no mucho más. Sin duda me marcó que el Master of Puppets fuera el segundo disco que me compré en mi vida.

Sin embargo, cuando en la segunda mitad de los 90 me cansé del metal extremo me puse a escuchar rock de todas las épocas, vicio que sigue hasta hoy, y en esas fechas, si hubo un estilo que me encantó fue el hair metal. Primero, era fácil de conseguir, los elepés estaban regalados. Segundo, aberraba. Si a finales de los 90 te encontrabas con alguien al salir de una tienda de discos y veía que llevabas hair metal debajo del brazo, pensaba que estabas enajenado. En aquel momento, era la música más opuesta a todo el panorama musical. Tanto en estilo, como ética y, especialmente, en estética.

Por eso, escuchar hair metal en ese instante era como encerrase en un refugio nuclear. Luego hubo revivals e ironía hípster para reivindicar algunos grupos o canciones, pero antes del siglo XXI era de leprosos. La paradoja, o al menos como lo viví yo, es que en los 90 se vivió el contradictorio fenómeno de que lo alternativo era mainstream y lo que abundaba por fuerza mayor eran las coartadas artísticas e ideológicas. Por eso, de algún modo, que admito que igual no tiene sentido ninguno, la propuesta ultracomercial, frívola y banal del hair metal me resultaba pura transgresión. Poison sonaban esos días como abrir la ventana y que entrase el viento de la mañana de la montaña. Era todo salud y bienestar, como el asunto personal de Ramón de Pitis.

Tanto fue el cántaro a la fuente que al final el género me acabó encantando e incluso obsesionando. Tiré al completismo. De hecho, ahora mismo, con todo lo que ha pasado por mis tímpanos, que podría hacer vomitar a más de uno, creo que se podría realizar un gran recopilatorio tipo Nuggets. Aunque este estilo fuese de aspiraciones comerciales evidentes, la mayoría de los grupos fueron muy oscuros o breves. Era imposible que fuese de otra manera con la saturación del mercado que se produjo. Debieron ser tres años de tsunami con un cuello de botella inevitable.

Luego, generalmente, es difícil destacar más de una canción buena en esos discos perdidos de la mano de Dios, pero solo con una para mí ya va que chuta un elepé. Soy conformista. Anda y que no hay grupos en este mundo con cero canciones dignas. Además, este estilo, la rama góspel del heavy metal, estaba centrado en los estribillos. Era puro pop. La mentalidad era la misma y eso ha servido para que queden para la historia de las canciones que se resisten a morir o que no hay dios que las mate, que suelen ser las pegadizas y divertidas. Lo siento por los artistas torturados. Los géneros más introspectivos e intelectualoides en este aspecto lo tienen más complicado.

Dicho lo cual, este año se ha publicado en castellano Nöthin’ but a good time (Neo-Sounds, 2022) Una historia oral del periodo que merece realmente la pena. Es una montaña rusa. Un descojono cada tres páginas. También un compendio de machismo impresentable y de drogadicción compulsiva, pero curiosamente la inmensa mayoría de los artistas y productores que hablan lo tienen todo muy bien digerido. No hay orgullos y eso que se convirtieron de la noche a la mañana, como ellos dicen, en residuos nucleares durante muchos años. Hasta bien entrado el siglo XXI no pudieron volver a salir de gira dignamente.

En el libro, aunque haya cientos de anécdotas, no solo se trata de eso —que tampoco habría estado mal—, el valor del volumen está en su profundidad. Se realizan varios enfoques que oscilan entre lo social y lo comercial que explican muy bien el auge y caída de esta oleada de pelos cardados y rímel. Como ya comentamos tras leer las memorias de la descubridora de muchos de estos grupos, Vicky Hamilton, Appetite For Dysfunction y como indican las palabras de Don Dokken que encabezan este artículo, buena parte de este fenómeno se debió a los movimientos migratorios de un interior en proceso de desindustrialización hacia Los Ángeles, donde se tenía la esperanza de triunfar en el cine o en la música.

Este libro aporta un detalle más a este fenómeno migratorio. La inmensa mayoría de los grupos de heavy y hard rock de entonces se dedicaban a tocar en directo. En las salas les obligaban a hacer solo versiones, ni un solo tema propio. Eran el DJ, pero con música en directo. Los grupos se forjaban así, tocando casi todos los días de la semana, a veces varios pases al día. Ganaban dinero y eran felices, pero el problema llegó cuando se cambió la edad mínima para beber alcohol de los dieciocho a los veintuno. Eso dejó los conciertos con menos de la mitad del público. A quien quería ganarse la vida con la música no le quedaba más remedio o ilusión que irse a California a probar suerte. Eso es lo que llevó a tantos músicos a las calles de Los Ángeles.

Por otro lado, en esta obra también encontramos otro detalle clave muy bien explicado. Son los avances técnico-científicos. Tendemos a pensar que todo lo que ocurre es fruto de ideas revolucionarias, pero hay quien cree que nuestras sociedades son más hijas del progreso técnico y la innovación que de nuestras ideas sociales o políticas, que suelen venir después de los cambios tecnológicos y es entonces cuando suelen liarla bastante parda, pero ese es el orden de los acontecimientos. En el caso del rock y el pop, es conocido que su origen está en la aparición de la industria del disco, la posibilidad de fabricar cientos de miles. Un negocio que tenía como objetivo el dinero que por primera vez tenían los adolescentes, pues curraban o trabajaban mientras estudiaban, pero ya no eran enviados masivamente a la guerra. La de Corea acabó en el 53 y la de Vietnam se puso fea a mediados de los 60. De esa producción en masa de plásticos y de la citada relación entre oferta y demanda satisfecha surgió el rock, no de la revolución de nadie o no solo de la creatividad. En el caso del hair metal, la clave fue la MTV.

La televisión no era igual que la radio, había que vender una imagen, y en este caso a alguien se le ocurrió echar mano de unos desgraciados que tocaban en clubes y bares de mala muerte, pero que se curraban como nadie la puesta en escena. En aquel momento, a principios de los 80, la crítica y los medios estaban centrados en la new wave. Era muy complicado que un sello se fijase en grupos de hard rock jóvenes, por mucho que hubiese triunfado Van Halen, porque ya consideraban todo ese estilo periclitado. La NWOBHM todavía no había estallado en Estados Unidos y la atención estaba centrada en los nuevos sonidos y artistas que habían ido surgiendo del 77. A principios de los ochenta, mandaban los de las corbatillas.

Tocar heavy era cosa de la gente del interior que llegaba a Los Ángeles, es decir, peña más bien humilde y pasada de moda, que no estaba a la última, y en California los que estaban en este rollo tampoco sobrevivían en una situación boyante. Como dice Don Dokken: «Todos pasábamos hambre, trabajábamos por el día, ensayábamos por la noche e intentábamos conseguir bolos donde fuera». Lo de los fans de AC/DC, Judas Priest, Kiss, Led Zeppelin, Black Sabbath, también Van Halen y Aerosmith, en esos días era de todo menos cool. Kim Fowley ya había tratado de crear grupos recomendando que se pusieran leotardos, cuenta el gran Michael White, pero no terminaba de salirle. Twisted Sister, por su parte, estaban tan anticuados que trataban de ser la respuesta a New York Dolls todavía a esas alturas. Los grupos de guitarras eléctricas y melenas que empezaban estaban obligados a competir muy duro para captar la atención del público.

Sin embargo, en esa dura competencia, estaban unos tales WASP que se comían gusanos, jugaban con arañas y tiraban trozos de carne a las pocas decenas de personas que iban a verles; unos tales Mötley Crüe, con unas pintas imposibles, que hacían espectáculos pirotécnicos y se entregaban como si tuvieran delante a setenta mil personas en un estadio cuando solo eran setenta en un club. Todo era heredero del shock rock de los 70, de Alice Cooper y el glam, pero encontró su veta. La MTV tenía que programar algo eminentemente visual y cuando decidieron probar con esto, lo que tenían más a mano, fue una revolución que pilló a todo dios, sobre todo a los críticos, a contrapié.

Puede que la zona cero de la explosión fuese la elección de «Cum on Feel the Noize» como versión para Quiet Riot. Fue una idea de Spencer Proffer, que la escuchó en el coche por casualidad y de repente se dio cuenta de que todavía le quedaba vida por explotar al tema. A Proffer no le hicieron mucho caso en los sellos y el grupo se negaba a tocar canciones de otro. Cuando por fin surgió la oportunidad de grabar, hicieron sus temas, pero intentaron boicotear la versión y que se grabara mal. No solo fracasaron en su autoboicot, es que el tema se fue al número 5 en 1983 y el disco que la llevaba, Mental Health, acabó de número 1 en el Billboard cepillándose a Synchronicity de Police y vendiendo seis millones de copias. Hasta ese momento, en MTV solo reinaban Michael Jackson o Madonna. ¿Y qué ocurre cuando algo inesperado llega a lo alto de las listas? Pues que las discográficas se ponen a buscar a otros grupos similares. En este caso, los próximos Quiet Riot.

El grupo de un señor mayor que llevaba los zapatos pegados con cinta adhesiva y solo tenía como patrimonio una guitarra y un amplificador, Mick Mars, fue el que vino detrás. Con un trabajo de maquillaje y peluquería delirante y una actitud grupal de dar el cante jondo en un desfase ido de madre, el Shout at the Devil de Mötley Crüe también lo petó poco después. No hay que engañarse, había grupos de hard/heavy realmente buenos en esos años, como Y&T, pero su público era particular. Eran más mayores y, dicho mal y pronto, para sus fans los Mötley o los Twisted eran «maricones», dicho así. Sin embargo, el negocio y centro del huracán estuvo ahí, en «las nenazas».

Un aspecto revelador que trae este libro es el de las ideas de otro, no de los grupos, en los conceptos finales. El tema inaugural de la fiebre, «Cum on Feel the Noize», fue ocurrencia de un productor, tanto el sonido del debut de Poison como el de Guns N’ Roses fueron fruto de los productores, que interpretaron el potencial y la línea más adecuada para esos músicos. Guns, de otro modo, posiblemente habrían sonado demasiado heavy metal y Poison, rollo Kiss ochenteros, así lo cuenta el padre de su sonido, Ric Browde. Si uno es uno de los mejores discos de la historia, en clave hard rock/punk, y el otro una obra maestra del pop ochentero, es mérito del señor que se sentaba en la mesa cargado de infinita paciencia o del mánager. Para más señas, la entrevista que le hizo Popular 1 a Alan Niven, el representante de los primeros Guns, en noviembre de 2021 era muy aclaratoria. Habrá quien piense que esto es «poco artístico», pero a mí me gusta. El negocio del disco al final es siempre un trabajo colectivo y eso también tiene su belleza.

La cuestión es que estos grupos, muchos de ellos de emigrantes como se ha dicho, los formaban chavales que vivían por debajo del umbral de la pobreza. Axl Rose era homeless. Hay varias situaciones en las que queda patente. Dormía en el hueco de una escalera de un sitio donde trabajaba; a veces, en una camioneta. Cuenta Billy Rowe, de Jetboy, que West Arkeen le prestó una para llevar equipo a un bolo y en el segundo semáforo descubrió que debajo de una manta en el remolque estaba Axl durmiendo. Con poder ducharse les bastaba. Axl, concretamente, lo hacía en un gimnasio del que era socio, le salía eso más barato que pagar el alquiler de un piso. Aunque recuerdo yo, posiblemente del especial de Guns que escribió Félix Ortega hace treinta años, que Izzy decía que le gustaba no lavarse porque la grasilla en los dedos le iba bien para el sonido que sacaba de guitarra.

También es relevante en este aspecto que Poison vivían todos en una especie de sótano en un barrio conflictivo donde mandaban los traficantes. Como se pone de relieve en varias ocasiones, vivían amenazados, en situaciones de violencia extrema y no tenían ni para comer. Vivían de la caridad de las chicas con las que se acostaban. La ola que iniciaron Ratt, Mötley, WASP o Great White, que eran un poco mayores que ellos, les iba a sacar de la miseria más absoluta. Sin embargo, antes tuvieron que dar cientos de conciertos y empapelar las calles con flyers. La única forma de que les conociera alguien y llamar la atención es que la gente fuera a los conciertos y eso solo se podía lograr con un flyer o un cartel que molase y que durase unas horas, porque había tantos grupos que constantemente unos tapaban los de los otros y acababan peleándose. Parece que Duff dejaba amenazas en los contestadores automáticos de los números que ponían los grupos para que les contratasen.

El asunto de la estética, evidentemente, era para llamar la atención sin más pretensiones. Cuando la única opción que tenía el grupo que venía detrás era exagerar aún más el look pues se llegó a lo que se llegó. «Cifras de ventas mareantes e iconografía exagerada serían la nueva normalidad», escriben los autores. Es muy gracioso cuando Phil Lewis va desde Inglaterra a Los Ángeles a entrevistarse con Tracii Guns y solo llevaba una maletita con un secador de pelo dentro. No obstante, así vestidos, Poison lo que conseguían era llenar los conciertos de chicas. Eso luego atraía a los chicos y ya tenían un público. En el caso de Guns, más reacios al maquillaje, aunque alguna foto hay, lo mejor eran las pintas que se gastó Axl cuando le dio por ir con el culo fuera. En un personaje que normalmente ha protagonizado escenas patéticas, como cuando cuentan que intentó pegar a David Bowie en el Cathouse y este tuvo que salir por piernas, también hay algunas que le honran:

Mick Cripps: …van a tocar en una fiesta de una fraternidad de UCLA. Que era un lugar la hostia de ridículo para actuar. Así que fui y vi a Axl paseándose por ahí con unos zahones, con el culo al aire. Pensé: «Me parto». Había que tenerlos cuadrados para hacer eso.

Marc Canter: Axl tenía muchos huevos. Y cuando digo esto quiero decir que los tenía bien puestos. ¿Salir con esas pintas ante un público como aquel? Yo no hubiera sido capaz. Pero Axl sí. Y lo hacía a menudo. En una fiesta universitaria o donde fuera.

Mick Cripps: Recuerdo que en la fraternidad había un piano de cola y que Axl llevaba unos zahones sin nada debajo, salvo una especie de coquilla. Se sentó al piano y empezó a tocar una primera versión de «November Rain», creo. Imagínate a todos aquellos deportistas de la fraternidad: lo miraban con los ojos inyectados en sangre. Pero a Axl se la soplaba. Ese tipo de gente le daba igual.

Las páginas relativas al éxito son más predecibles y bien conocidas. Se traducen en sexo, sexo y sexo. Los grupos llegaba un momento en el que eran idolatrados de una manera que seleccionaban a chicas del público como en un bufé libre. Esto siempre se ha hecho en la historia del rock, pero no sé si en esta magnitud, porque se las llevaban por decenas. La única parte en la que se rompe el tópico es cuando se habla de los locales. A Cathouse cuentan que iban mujeres de profesiones liberales con dinero, pero que por lo que fuera las noches de los fines de semana les gustaba ponerse ropa extremadamente provocativa y pasárselo bien. Hasta hubo revistas de moda que acudieron a estos locales a fotografiar el ambiente, como hacen ahora los fotógrafos de street style.

Sobre el documental The Decline of Western Civilization, que como es sabido en su segunda entrega estuvo dedicado al hair rock, es descojonante que el chaval con el pelo teñido un lado de negro y otro de blanco alquilara una limusina para ir al estreno. Luego, cuando vio la sarta de chorradas que soltó y todo el mundo se partió de risa, ya no debió parecerle tan glamuroso. También para llorar de risa es imaginarse la fiesta de después de la proyección. Arrastraba tantas drogas la escena que la policía vigiló a los invitados con helicópteros, lo que hizo que se despeinasen todos y se desatase un caos capilar. Ojalá alguien lleve eso a una película. Por cierto, que el chico del pelo negro y blanco ahora está en la cárcel por estafa, y el resto de los que salen cerca andan. Dan charlas después de poner el documental. Me encantaría ver qué tienen que añadir a semejante nada. Quien lo haya visto recordará que las declaraciones de los fans y músicos sin contrato discográfico de que el éxito significa todo para ellos y que o serán estrellas o se suicidarán no tenían mucho calibre intelectual.

Después, la decadencia es digna de leerse. Cada sello tenía ya decenas de grupos prácticamente iguales. Las canciones con la misma fórmula y la estética con el pañuelo en la cabeza ya les hacía casi indistinguibles unos de otros. Algunos ejecutivos de las discográficas juran que no sabían quién era quién. Los nombres también eran permutaciones de una serie de palabras. Ahí me da pena Kip Winger. Un tío que venía del rock progresivo, que se metió en esto por la pasta, como todos, y que aprovechaba que era guapo y tenía bien poblado el pecho para enseñarlo continuamente. Pues él fue la primera víctima. Primero, cuando Lars Ulrich salió en el clip de «Nothing Else Matters» tirando dardos a su foto. Un gesto despreciable, pero luego te pones Some Kind of Monster y se consuma la venganza. Lo que no se esperaba nadie es que quien dejase en uno de los mayores ridículos de la historia del rock a Metallica fuesen Metallica. Segundo, porque el personaje más pringao de Beavies and Butthead iba con una camiseta de Winger. Encima, en un capítulo le colgaban de un árbol por los calzoncillos. Winger estaban de gira cuando se emitió y tuvieron que cancelarla, pasaron de un día para otro a vender cero entradas en las siguientes fechas planeadas.

Hasta que llegó la bomba de neutrones. Su nombre, Nevermind, de Nirvana. Entonces se puso en marcha la misma rueda. Los sellos ahora estaban locos por otros Nirvana. Soltaron el lastre del hair metal como quien se deshace de las sobras del pescado. Los grupos pasaron a no vender prácticamente nada y de tocar en estadios se encontraron en pequeños clubes. Todo en cuestión de meses. Encima, estuvieron proscritos. Nadie quería haber tenido nada que ver con eso. Como en los 80, cuando se rompían las fotos en las que uno salía con patas de campana, ahora se rompían las fotos con elásticos y pelos crepados. Hay que tener en cuenta que muchos grupos de los 90, de Pantera a Alice in Chains, tenían su pasado maquillados y con laca.

No obstante, aunque el final fue abrupto y brutal, antes ya había dado bastantes muestras de agotamiento. Los aforos ya iban declinando antes de que apareciera Kurt Cobain. El editor de Guitar World, Brad Tolinski, tiene un diagnóstico demoledor sobre la vacuidad de la guitarra en la burbuja de las vertientes populares del metal:

Lo interesante, triste o extraño de la guitarra shred es que, durante muchos años, el rock and roll estuvo basado en la idea de que era una profunda forma de expresión personal enraizada en el trauma de la experiencia de los negros. Y se suponía que los solos eran una suerte de grito angustiado; eso es lo que Eric Clapton y todos los guitarristas de la Invasión Británica trataron de replicar. Pero no creo que los chavales estadounidenses pudieran sentirse identificados con eso ni por asomo (…) Así que ¿en qué se convirtió la guitarra? En una especie de extensión de lo que les gustaba a los chicos en el instituto: en un deporte. O tal vez porque los guitarristas no solían ser tan extrovertidos como los cantantes, se convirtió en algo parecido a hacer bien los deberes o lograr el sueño americano en algo que, si te esforzabas lo suficiente, podía reportarte fama y fortuna., Podías ser el mejor, el más brillante y tener la sonrisa más deslumbrante.

El mismo Phil Collen de Def Leppard dice en estas páginas que Kurt Cobain hizo más por la guitarra que muchos de los guitarristas onanistas que surgieron al calor de la oleada del hair metal. Sin embargo, grupos como White Lion se separaron días antes de la aparición del disco del bebé y el dólar —menuda profecía autocumplida que el chaval luego les haya demandado—. El gran problema fue que las giras que se metieron todos estos grupos en la segunda mitad de los 80 fueron extenuantes. Acabaron neuróticos, deprimidos, agotados y, los que tenían problemas con las adicciones, enganchados perdidos a su sustancia favorita. El remate final pudo ser el concierto de Poison en los MTV Awards de 1993 en los que anunciaron una canción, pero se confundieron y tocaron otra y a CC, ciego perdido, se le desconectó la guitarra y acabaron peleándose. Un fin de fiesta perfecto, como en Nochevieja a las seis de la tarde del día 1. Para mí, es perfecto. No podía ser menos.

Pese a todo, la historia así contada, como hace este libro, es un huracán. Merece sobre todo la pena porque nadie se toma demasiado en serio a sí mismo y no hay rencores por haberse pasado de moda. No denuncian conspiraciones del gobierno, como se hace en España. Solo dejan clara una cosa que también es bastante significativa. Ahora, dos o tres décadas después, muchos han vuelto a la carretera y, obviamente, ya no llenan estadios ni pabellones deportivos, pero ganan básicamente lo mismo que antes, porque ahora no les sangran los beneficios las discográficas que los exprimieron para escupirlos cuando llegó la siguiente moda. Ese retrato en perspectiva del negocio musical tiene tela. En lo que no indaga ninguno es en algo que, para mí, es bastante evidente. Donde más vendieron estos grupos fue entre adolescentes, para ellos estaban diseñados y solo ellos podían idolatrar un producto así. Cuando se hicieron mayores, y eso pasa en un lustro, renegaron, como suelen hacer los veinteañeros, especialmente en Estados Unidos.

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6 Comentarios

  1. Muy divertido e instructivo. Los lectores de Popular 1 talluditos fuimos contemporáneos a todo esto y lo conocemos de sobra pero si sirve a alguien a acercarse a este género pues bienvenido sea. No es lo que más me gusta del rock duro; tiene obras incontestables pero no la profundidad de catálogo del heavy metal o el hard rock más clásico, como el autor reconoce.

    Los más grandes de todo esto – Guns and Roses – hicieron sleazy angelino dos discos, los enormes Illusions ya son otra cosa. Se les suele agrupar por el look – de ahí lo de hair metal – pero grupos como Dokken, Great White o Cinderella hacían música muy diferente de Poison, Ratt, Pretty Boy Floyd o LA Guns. Estos últimos serían puro sleazy angelino y los anteriores muy buen hard rock con más sustancia con el look que se llevaba para triunfar.

  2. Me lo pasé en grande leyendo el libro, un pasapáginas de la leche. Me duró un par de días, pero si te pones a ello te lo ventilas la misma tarde que lo compras. Reconozco que al verlo en la librería dudé bastante, la mayoría de esos grupos me parecen pésimos. Vi que el prólogo era del cantante de Slipknot y me dije “Bueno, si este se ha involucrado, no será tan malo”, y me lo agencié. Descojonantes y a la vez penosas las salidas de tiesto de Sebastian Bach de Skid row, que firmaron el que me parece el segundo mejor disco de música hard-rock macarra de la historia, después del insuperable “Appetite” de Guns n’ roses, el gran “Slave to the grind”. Después de leer el libro repasé algunos vídeos de Poison, Winger, Ratt, Warrant…por si me había perdido algo. Pues no, me siguen sin gustar un carajo. Pero oye, el libro es una joyita. No os lo perdáis, aunque no os chiflen esos grupos.

    • Sí, había muchos grupos flojos en el sleazy/hair metal y sobre todo pocos discos completos sin relleno y temas flojos, pero ¿ Slipknot como muestra de buena música ? El nu metal es horroroso – en mi opinión por supuesto – lo mejor de todo ese rock chándal de los 90 ni de lejos se acerca a lo del montón de todo lo anterior ya sea grunge, sleazy, heavy metal , rock 70’s…

      • No me gusta nada el nü-metal. Tampoco mucho Slipknot, a los que no metería en ese saco. Creo que fueron mucho más allá que esos grupos y a nivel técnico creo que eran muy superiores. Corey Taylor me parece un cantante muy versátil. Escucha a Stone sour, su otro grupo, mucho más melódico y comercial y lo comprobarás. Prueba con canciones como “Absolute zero” o “Inhale” y verás que el tío canta muy bien, además de ser un gran frontman en directo.

  3. A mi me pasó algo parecido a lo que relatas al principio del articulo. Por cuestiones de edad empece a escuchar rock ya entrados los 90’s y después de creerme muy duro escuchando Metallica, slayer, death ángel, overkill o pantera, a la vez que otras como AC/DC, GN´R, Barricada…Comencé a escuchar bandas de los 80’s y 70’s porque nunca me gustó el sonido 90´s. Ni el nu metal, ni el metal o rock industrial, ni el grunge aunque tenia un pase… Pues me dió por eso, discos ochentenos de KISS,Motley crue,warrant,poison…y no me arrepiento. Me parece increíble que a alguien le pudiera gustar Oasis o Radiohead, pero el mundo de los gustos es complejo…

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