Política y Economía

Bailad, bailad, malditos. Guía apresurada sobre la necesidad, social y económica de un Ministerio de Cultura

Casa de las Siete Chimeneas, sede del Ministerio de Cultura. (CC)
Casa de las Siete Chimeneas, sede del Ministerio de Cultura. (CC)

Pensaba en este escrito continuar y completar lo que apuntaba en este artículo de hace pocas semanas sobre las políticas culturales municipales y en este otro sobre los retos que asumió el ministro Iceta cuando se hizo cargo de la cartera de Cultura.

Pero justo cuando estaba empezando a escribir estas líneas, uno de los candidatos a la presidencia del Gobierno, el conservador Alberto Núñez Feijóo, anunció en una entrevista televisiva que si se hace con la presidencia del país piensa fusionar los ministerios de Educación, Universidades y Cultura en una única cartera. Al menos se agradece la sinceridad, al menos ya sabemos el orden de prioridades de las políticas culturales para él y su partido, entre otras cosas porque su partido ya lo ha ejecutado cada vez que ha asumido el gobierno. A los pocos días de esta entrevista en un acto donde presentaba su programa cultural el mismo Feijóo anunció que en su gobierno la Cultura tendría rango ministerial y se sentaría en el consejo de ministros. Algunos medios han dado por sentado que se mantendrá el actual Ministerio de Cultura y Deportes aunque en ningún momento del acto se confirme tal suposición e incluso al final del mismo vuelve a vincular Educación con Cultura. Sin entrar en el programa cultural presentado en el acto, donde solo se habló de generalidades y ni siquiera se mencionó, pese a contar con el voto del propio Partido Popular, el estatuto del artista, uno de los grandes retos de la próxima legislatura, creo que pese al anuncio del rango ministerial para la Cultura, el riesgo de perder un ministerio propio o de quedar supeditada a una materia de mayor peso político y económico (como lo es la Educación) sigue latente.

Por todo ello, voy a trazar algunas ideas sobre la importancia de la cultura en España, aunque solo sea por desahogo, a modo preventivo y porque ya de camino servirá para repasar algunos aspectos básicos de las políticas culturales a nivel estatal y de las razones de su importancia. 

El sector cultural tiene tendencia a quejarse de la ausencia de la cultura en el debate político, sobre todo en los procesos electorales. Alguno podrá pensar que viendo cómo ha entrado en esta precampaña quizás sería mejor que siguiera siendo ignorada. Creo que no, que es mejor estar aunque sea de esta forma castrante. El debate es siempre oportunidad para comunicar, repensar y reivindicar, aun a riesgo de ser atacado y perjudicado. El silencio en estos casos tiende a ser una mezcla de miedo y conformismo, incluso cuando tan poca cosa hay que perder, no olvidemos que la cultura sigue en nuestro país infradotada económicamente, sobre todo en comparación con nuestro entorno europeo. 

A España la representa mucho mejor su cultura que sus banderas. Esta frase, cierta e imponente, debería estar grabada a sangre y fuego en los programas electorales que con urgencia y sin alevosía se van a redactar, se estarán redactando o incluso puede que ya lo estén, para las elecciones nacionales del próximo y caluroso 23 de julio.

España es su cultura y lo es a efecto de imagen —interior y exterior—, de desarrollo social, de memoria propia y también en su economía. Subrayo lo económico porque rara vez se puede encontrar un sector con tanto peso en el PIB del país y en su tasa de empleo y que sufra de una mala imagen de «mantenido», «ideologizado» y «subvencionado» como la que se proyecta sobre cultura patria desde ciertos sectores mediáticos y políticos.

Si empezamos por el euro, la economía que genera nuestra cultura funciona en varios sentidos. Por un lado es una industria no deslocalizable (ya hemos visto la lealtad de empresas constructoras y automovilísticas, que curiosamente son las que más fondos públicos suelen recibir, multiplicando por mucho los que reciben las empresas y entidades culturales). Es un sector que genera una importante cantidad de ingresos de divisas, principalmente a través de venta de derechos y pago a artistas que trabajan para otros países (el caso del cómic patrio es de estudio en este sentido, con más de un centenar de autores trabajando desde España para otros mercados). La cultura patria genera una imagen de país atractiva que a su vez influye en el sector turístico y en el prestigio internacional del país, lo que también ayuda a la atracción de inversiones. Además, pese a las malas e interesadas lenguas, se trata de un sector que no copa tanta inversión pública como se suele creer. Como se ha comentado más arriba, hay sectores con un no mucho mayor peso en el PIB que reciben porcentualmente mucho más dinero público, e insisto, mostrando en ocasiones muy poca lealtad al país, además de ser mucho más opacos sobre su peso real en la economía nacional. Aquí van algunos datos, la cultura supone aproximadamente el 3.2% del PIB nacional, la todopoderosa construcción, el 4.7%. El Estado tiene previsto gastar en infraestructuras en 2023 un total de 46 205 millones de euros. El presupuesto del Ministerio de Cultura es de 1803 millones. ¿De cuanto sería el porcentaje que la cultura aporta al PIB del país si, por ejemplo, dobláramos la inversión? Si hacemos una simple regla de tres nos daría un porcentaje del 6.4%, 1.7 puntos más de lo que supone el sector de la construcción, con una inversión pública de 3600 millones de los culturetas frente a los 46000 de las grúas. No pretendo hacer pasar estos datos por una predicción exacta, pero creo que pueden servir para poner los puntos sobre las íes en lo que a la infrainversión que la cultura española sufre. No se entiendan estos datos como una crítica a la inversión en infraestructuras, de hecho la propia cultura se beneficia de las mismas, lo que pretendo es destacar que en lo económico nos estamos pegando un tiro en el pie del desarrollo del país si no le damos la importancia que tiene (no ya que merece) a un sector estratégico como es este, al que algunos quieren dejar sin ministerio. 

El argumento del supuesto ahorro es totalmente falaz. La reducción presupuestaria real será exactamente la diferencia de sueldo entre un ministro y un secretario de Estado y una parte mínima de su equipo. Porque la eliminación del ministerio no conlleva reducción de la plantilla, ni vender sedes ministeriales ni reducir direcciones generales, ni programas, ni subvenciones. Creo que resulta evidente que el mínimo ahorro que supondría la eliminación de esta cartera ministerial no justifica ni de lejos la supresión de la misma y lo todo lo negativo que ello supone.

¿Cómo creen que se defienden mejor los intereses del sector cultural español en una reunión de los ministros de Cultura de la Unión Europea? ¿Con un ministro o con un secretario de Estado? ¿Y en Iberoamérica, uno de los mayores mercados culturales del mundo donde nuestro país tiene una posición privilegiada gracias al idioma? ¿Y el paso internacional del español se defiende mejor sin cartera propia?

Imaginen cómo debe ser gestionar desde una secretaría de Estado lo que queda, que no es poco, de aplicación del Estatuto del Artista (aprobado por unanimidad en el Congreso) con un Ministerio de Hacienda enfrente que ni tiene en su naturaleza facilitar la reducción de ingresos de cuotas de autónomos o de IRPF ni entiende mínimamente bien las especificidades legales, administrativas y económicas de la cultura y sus empresarios y trabajadores.

Sin ministerio también será mucho más difícil que se haga hueco en el Consejo de Ministros la tramitación de una ley de cultura estatal, siguiendo el camino ya recorrido por algunas comunidades como Navarra y que en el llamativo caso de Andalucía llegó al parlamento por iniciativa popular liderada por todo el sector cultural andaluz pero que fue rechazada (no ya la ley, sino su tramitación y debate) con los votos el PP, Ciudadanos y Vox. Permítanme insistir en que España es su cultura antes que sus banderas.

También tendrá complicado ocupar algunos minutos en el citado Consejo de Ministros la reforma de la ley Patrocinio (la actual es mejor ni leerla) o la del Patrimonio o cualquier norma o decreto cultural que se considere necesario lanzar al debate parlamentario.

A mi entender, el principal problema de la gestión cultural en nuestro país son los desbarajustes administrativos provocados por la ley Montoro y por la actual ley de contratos del sector público (en el primer artículo que enlazo en este artículo me explayo sobre ello). Si ni siquiera se valora la cultura para que tenga un ministerio propio, dudo mucho que se vaya a entablar la endiablada batalla legal y administrativa necesaria para solventar esta espada de Damocles y si se plantea, sin un ministro al frente es tarea imposible. 

¿Creen que una secretaria de Estado va a tener el mismo presupuesto que un ministerio? ¿Creen que se va a poder defender la inversión en cultura con cierta autoridad sin sentarse en el Consejo de Ministros? ¿Creen que ese posible secretario o secretaria de Estado va a tener acceso cuando sea necesario a la presidencia del Gobierno?

Desde la perspectiva económica, de gestión de los recursos públicos, del desarrollo social y educativo del país, del interés de empresas y trabajadores, de la imagen exterior de España, desde ninguno de estos prismas y de otros muchos, no se entiende el beneficio de eliminar el Ministerio de Cultura. Será que no lo tiene. Hasta el ABC lo señala en esta editorial.

Y si no tiene a ojos vista ningún beneficio la eliminación de la cartera cultural del gobierno de nuestro país, ¿a qué viene esa obcecación gobierno conservador tras gobierno conservador? Me atrevo a aventurar que entienden que por un lado en campaña da más rédito decir que se elimina el (un) ministerio para reducir gastos, que votos quita el dejar a la cultura fuera del Consejo de Ministros. Y por otro lado, siguen con el (falso) mantra de que la cultura es de izquierdas. Se olvidan de gente como Vargas Llosa y de muchos otros creadores conservadores, y sobre todo se olvidan de algo básico, es que la cultura no puede ser una cosa u otra, de izquierda o de derechas. O tiene cabida en ella todas las ideologías o dejará de ser cultura y será otra cosa, ya sea publicidad, propaganda, ocio o quién sabe qué, pero nunca Cultura. Esa visión reduccionista lo único que deja en evidencia son los prejuicios y una dosis no pequeña de ignorancia e incultura. Sergio del Molino lo dice muy claro en este artículo.

Se me quedan fuera de este escrito el Plan de Fomento de la Lectura para los años 2021-2024, los entresijos de la futura reforma de la Ley de Patrimonio, los pasos por venir en la aplicación del Estatuto del Artista, las reformas a la ley del cine. Se queda fuera también el análisis de las propuestas culturales en los programas electorales (que por otra parte y debido a la premura de la convocatoria aún no han salido). Sirva de muestra que el actual alcalde de Sevilla, José Luis Sanz, se presentó (y ganó) las elecciones sin propuestas culturales salvo una vaguedad sobre el patrimonio y de hecho, para más INRI, acaba de eliminar la figura de la dirección general de Cultura del organigrama del ayuntamiento. También me dejo fuera las propuestas de descentralización de las políticas del ministerio, los avances pendientes en la normalización del cómic dentro de las políticas estatales y los retos de otros medios artísticos como las escénicas o las artes visuales, además de otra media docena de asuntos. Pero creo que es necesario subrayar, poner en negrita y en mayúsculas la base sin la cual difícilmente se podrán llevar a cabo las políticas culturales que el país, no ya el sector, necesita para poder seguir desarrollándose y no perder comba ni social, ni cultural ni económica con el resto de países de nuestro entorno. 

Sin un Ministerio de Cultura seremos un país más pobre, así de simple. 

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