
En nuestra parte del mundo, la máquina más perfecta en que se pudo pensar hasta la llegada de Copérnico y Galileo fue el universo geocéntrico, cerrado en lo alto por la cáscara del cielo empíreo y en el interior del cual se sucedían, de mayor a menor, las esferas concéntricas del Cielo Estrellado o Firmamento (Stellatum), Saturno, Júpiter, Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la Luna, formadas por un solo elemento, el éter o quintaesencia. Todas ellas giraban en torno a la tierra, con movimientos eternos e inmutables («en proporción conforme tan iguales», como los definió Fray Luis) mediante los cuales regulaban los ciclos recurrentes de la naturaleza, vale decir de la región infralunar sometida a la discordia interminable entre los otros cuatro elementos (fuego, aire, agua y tierra).
Aquel inmenso carrusel o reloj cósmico, siempre iluminado por la luz solar y donde resonaba «la no perecedera/ música que es de todas la primera» (otra vez Fray Luis), o sea, la armonía de las esferas que, al girar, producían los arquetipos de las siete notas de la escala, era una máquina con alma o, mejor dicho, con almas, una por planeta. En la Grecia arcaica fueron los siete titanes; ya en la clásica, siete dioses olímpicos y, entre los hebreos prejudíos, los siete elhoim simbolizados por los siete brazos de la menorah, el candelabro del Templo de Salomón.
Estos siete espíritus primordiales, titanes, dioses o elhoim, no desaparecieron después de que triunfara el cristianismo: se limitaron a transformarse en inteligencias angélicas, ángeles de los planetas, arcontes o gobernadores de la Creación por delegación del Dios Uno y Trino. Cada uno de ellos, como un hámster en la rueda de su jaula, hacía rotar la esfera que le había sido encomendada, imitando al arconte de la esfera inmediatamente superior a la suya, y así hasta llegar al arconte de la esfera empírea, a la que imprimía una intensísima celeridad que se confundía con la quietud de Dios, el Motor Inmóvil, de cuya visión inmediata aquel gozaba. A este último arconte, algunas sectas gnósticas le llamaban Metatrón (contracción hebrea del griego meta ton thronón: «junto al Trono», por considerarlo el más cercano a la Merkabá o Carro/Trono de Yahvé).
La inmensa máquina del universo, el perpetuum mobile, funcionaba a expensas del amor inagotable y mimético de los ángeles planetarios, el Amor que, como decía Dante, «mueve el sol y las otras estrellas». Los ángeles tenían el deber de cuidar de toda la Creación y de todas las criaturas, pero, muy en particular, del Hombre, obra maestra de Dios, que lo había creado a su imagen y semejanza.
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Vi Noah por curiosidad, porque a un guionista le pusieron encima de la mesa el encargo de hacer una película de Noé y quise ver como salió del paso. El resultado es una mezcla, pero con loa al final a la familia y lo patriarcal sin comillas.
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