Sociedad

La otra cara de Ciudad de México

La otra cara de Ciudad de México

12:30 P. M. 22ºC. No corre brisa. Jueves, aunque en realidad podría ser cualquier día. Es una calle ancha, recta y sucia. A la izquierda, coches, a la derecha, el mercado. El polvo que se acumula en el aire impide observar la geografía que coteja el tianguis (mercado no oficial) y que deja un cielo siempre gris. Me pregunto si de existir otras condiciones podrían verse el cerro de la Estrella, o el de Chapultepec, o el volcán Guadalupe. Cláxones y empujones válidos y más cláxones. También megáfonos: «michelada, michelada, michelada». Los ácaros copan el aire y el suelo. Y donde parece no caber ni un alfiler más, Alicia consigue abrirnos paso sin proferir muecas ni soplidos. 

Como lo ajeno requiere de cierta traducción para volverse legible, camino junto a Alicia (cincuenta y seis años) y Alfonso (sesenta), los dos chilangos. Aquí, en el Mercado de la Merced, en el extremo oriente del centro histórico de la Ciudad de México, sobre el lago de Texcoco, de agua ya extinta, no hay Wal Marts, ni OXXOS, ni turistas, ni cajeros donde sacar efectivo; pero cada día ciento veinte mil chilangos se acercan de otros lugares de la capital, sobre todo del norte, con los bolsillos de pesos para salir con carnes, pescados, verduras y frutas y otras misceláneas que, chinas o no, obligan a uno a estar al día. Chamarras Ralph Loren, zapatillas Addiddas, bragas Calvin Blein, y CD’s pirata de Shakira y Luis Miguel. O a viajar a la época precolombina, como la señora chaparra que vende guajes sin suerte, guajes que ella misma talla a mano y que dice sirven para mantener el agua fresca. Aunque su precio es más elevado que el de las cantimploras que se venden tres puestos más adelante, habla sobre ellos con una fe renovada, mientras los acaricia, e insiste, como lo hará con los clientes que llegarán después, en que no hay utensilio igual para mantener la temperatura. Y es que vender un producto es también inventarlo y hacer creer que lo que ya ha sido sustituido sigue siendo todavía imprescindible.

Los movimientos de Alicia son pequeños pero eficaces y de una pericia callejera que deduzco le ha dado su trabajo de uberista. De hecho, así la conocí hará unos meses, en su uber, y ella me llevó hasta Alfonso. Alfonso es un hombre que reencarna una bestialidad sofisticada, es un cínico al que nada sorprende ni asusta. Un anarquista del que no me queda claro de qué ha trabajado, ni de qué trabaja. Alicia y Alfonso son pareja desde hace unos meses. Él la llama «mis ojitos»; ella, en la intimidad, «señor Blavatsky».

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8 comentarios

  1. Increíble! Mucho mejor que si hubiera estado!

  2. Me apetece una enchilada.

  3. Que arte tienes. Bravo!

  4. Muy bien escrito! Me he sentido envuelta por los olores y las sensaciones de CDMX aún sin haber estado nunca allí.

  5. Qué maravilla

  6. Me encantó el relato. Viví en Ciudad de México en los recordados ochentas … y alguna vez fui por el mercado de La Merced, un microcosmos dentro de la gran urbe. Felicidades.

  7. Pingback: Jot Down News #42 2023 - Jot Down Cultural Magazine

  8. Juan Carlos Ortega Prado

    «—Siempre está así. Lo mejor es llegar en metro —me cuenta Alicia, que nadie mejor que ella lo sabe—. El aparcamiento es complicado. Los tianguis han ocupado las aceras —y añade: algunos locatarios descargan las mercancías en calles lejanas y pagan a los diableros para que las traigan hasta acá.»
    Confíen más en sus lectores, caray. Ningún chilango, ¡y menos de La Merced!, diría «aparcamiento» o «aceras». Y qué falta hacía poner «acá» en cursivas… No traduzcan el castellano al castellano. El español de México es tan español como el castizo, y seguro estoy que los españoles pueden entenderlo sin traducírselo.

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