
Pocos autores han gozado en vida de una popularidad tan grande como Charles Dickens. Era tal su fama y tantos los que trataron de calcar su estilo que no tardó en acuñarse el término «dickensiano». Con los años el adjetivo se ha ido dando de sí hasta abarcar significados de lo más diverso. Una novela dickensiana puede ser aquella que retrata las desigualdades sociales o la pobreza de una época, una que tiene cierta tendencia al melodrama, o a la verborrea (se creía, erróneamente, que Dickens cobraba por palabras), o incluso una que cuenta una historia navideña. Dadas las connotaciones, a veces negativas, del término, Matthew Sherrill se preguntaba en The Paris Review cómo era posible que siguiera utilizándose como halago en las fajas de algunos libros. El ejemplo más reciente era El jilguero, de Donna Tartt, la prueba, según Stephen King, de que «la novela dickensiana, expansiva y llena de peripecias, estaba viva y en buena forma». Sherrill llegó a la conclusión de que de una novela así se espera que contenga múltiples personajes y subtramas, pero también que recompense con creces la atención y el tiempo que el lector le dedica durante cientos y cientos de páginas. En otras palabras, se espera que ofrezca esos placeres inherentes a la narrativa que los lectores del siglo XIX conocieron y han ido pasando a un segundo plano.
Eso es lo que promete, y eso es lo que ofrece, Demon Copperhead, la novela con la que Barbara Kingsolver ganó el Premio Pulitzer en 2023 ex aequo con Fortuna, de Hernán Díaz. Decía Nabokov que el mundo de Dickens es una democracia donde hasta el personaje más secundario, más efímero, tiene derecho a vivir y a evolucionar. No es fácil crear una multitud de personajes y hacer que se mantengan vivos en la mente del lector durante tantas páginas. Kingsolver demuestra esa rara virtud y la misma mirada compasiva que el escritor inglés. La trama de la novela y los nombres de muchos personajes, incluido el protagonista, aluden a David Copperfield. Ahora bien, la forma de escribir de Kingsolver, la voz de Demon, una voz que cuenta su historia con «las lagunas propias de un joven noqueado por la marihuana», y el sentido del humor con el que narra la tragedia de muchas familias en la Norteamérica actual son únicos.
Demon Copperhead cuenta las peripecias de un huérfano que trata de abrirse camino en la vida pese a todas las dificultades que le salen al paso. ¿Tiene sentido trasplantar una trama propiamente decimonónica a la Norteamérica pobre del siglo XXI? La respuesta parece darla la propia Kingsolver en el epígrafe que abre la novela, una cita de David Copperfield: «Resulta vano recordar el pasado, a menos que ejerza alguna influencia sobre el presente». Por desgracia, lo que Dickens contó, y al parecer padeció en primera persona, no ha desaparecido del todo. Las casas de acogida, la pobreza estructural, la explotación infantil, siguen existiendo en muchas partes del mundo. De hecho, en la región donde transcurre Demon Copperhead, el condado de Lee (Virginia), el 40 % de los menores son criados por un adulto que no es su padre biológico. Hay toda una generación de huérfanos en la región a causa de la crisis de los opioides que asola Estados Unidos, bien porque sus progenitores están en la cárcel, bien porque están desintoxicándose o porque han muerto de sobredosis. Estos chavales son la cara menos visible de un problema que ha adquirido un carácter epidémico.
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Los Estados Unidos unidos por su decadencia. Hay que leerlo.
Gracias, Rebeca.
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