
Resulta imposible agenciarle autoría a la idea de que la patria es una ficción, de tantos que lo han dejado por escrito y otros muchos anónimos que lo han pensado y sentido. Nosotros hemos tenido la oportunidad de escuchar una experiencia ambivalente de dicha concepción de boca de Hernán Díaz: la dificultad de sentirse arraigado a un lugar de nacimiento (Buenos Aires, 1973) que no ofrece respuestas ante la pregunta de quién es uno, y la ficción como raigambre con la ciudad y la lengua de elección para ser en el mundo (Nueva York). Así que empezaremos diciendo que Hernán Díaz es ciudadano de la ficción, en el vasto sentido del término, con todos sus estratos superpuestos, justo en ese lugar céntrico donde, a veces, anida la verdad. Tal familiaridad es la única explicación que encontramos a la claridad con la que transita esos mitos fundacionales que, durante siglos, habían permanecido estancados, abandonados en la aceptación sin interrogantes. Díaz les limpia las capas y capas de polvo hasta presentárnoslos en sus novelas, cuentos y ensayos como algo nuevo, para luego señalar la pátina de lo clásico, el rastro que dejan tras de sí el origen de las cosas. Cuando miramos, ya estamos dentro de esa habitación compartida, en la que las preguntas surgen en torrente, donde está permitido no tener una respuesta para cada cosa. Quizá porque haya tantas como personas reflexionando sobre ello; quizá porque no exista todavía ninguna. De seguro, porque lo realmente importante es el asombro, ese que dicen fue el pistoletazo de salida de la filosofía.
Charlamos con Hernán Díaz aprovechando su paso por España, en una mañana de viernes a medio camino entre los últimos coletazos del invierno y el despunte de la primavera, sintiendo que el clima (el tiempo, como lo nombramos cotidianamente los hispanohablantes) nos acompaña en nuestro tránsito discursivo desde el pasado más remoto hasta la frontera evanescente del futuro. Durante una hora y cuarto cohabitamos el espacio de la ficción con él al hablar sobre los hechos que dan estructura a su biografía y, sobre todo, a sus obras. Aunque acaso esto último sea una redundancia. Preferimos que sean ustedes quienes saquen las conclusiones. Pasen y pónganse cómodos, que están en su casa.
Para Borges, la ilustración en una lata de bizcochos fue la puerta de acceso a la idea del infinito. ¿Recuerdas cuál fue tu detonante para decir «quiero ser escritor»?
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