Sociedad

El turista 1 999 999 (Guiri él, guiri tú, guiri yo)

Guiri él, guiri tú, guiri yo
Un turista toma una selfi frente a la cola de acceso al museo del Louvre en París, 2019. Fotografía: Alain Jocard / Getty.

Allí al fondo, en el horizonte, al final de esta calle de la Barceloneta, se observa el mar azul (como casi siempre) rompiendo el cielo. Debajo, un subrayado mal hecho, una línea rosa fosforescente en movimiento. No es el atardecer, ni un fenómeno paranormal. Tampoco es la aurora boreal más visible en la península desde el 38. Son los pechos incandescentes de los cientos de turistas descamisados que componen el opening, a modo de emblema, de la «temporada guiri».

Putos guiris

¿Los guiris? Los guiris huelen a pis de dos días, a Malibú con piña, a cloro, a Inditex barato, a fútbol, siempre fútbol, a borrachera en el Ryanair, a borrachera en el crucero. A borrachera. Huelen a sangre y sexo (¿consentido? Eso espero), a humedad de bar ya vacío a las ocho de la mañana, a pota. A cenita a las cinco de la tarde. A lágrimas frescas. También huelen a vaso de tubo de cubata, a pajita aún de plástico —qué anacrónico—, a camisa hawaiana, a jubilación en Alicante. A jarra de un litro de sangría y paella con chorizo. Suenan a ¡QUÉ FIII-FAAA ESPANIA! Y a la Macarena; a inglés, a ruso y a alemán. A francés (pero sobre todo a inglés, a ruso y a alemán). A freno de bicicleta o siseo de patinete o fricción de Segway. A paraguas de free tour y a bullicio de piso turístico. A denuncia por hurto también. Pero, sin duda, a entrecejo ajeno fruncido, a chasquido de lengua despreciativo y a un categórico: «¡Putos guiris!».

Guiristinos y suecas

La acepción de guiri como ‘turista extranjero’ fue incorporada por la RAE en los años ochenta del siglo pasado. En las dos décadas anteriores, Manuel Fraga inauguraba el Spain is different!, se abría al turismo de sol y playa y plantaba la semilla de la corriente urbanística que Erik Harley, en su proyecto Oficina Periferia, denomina como pormishuevismo: «arquitectura especulativa, corrupta, gentrificadora y salsichera». 

Probablemente en esos años sesenta y setenta ya comenzase a escucharse guiri en las playas españolas como sinónimo de liberal —porque proviene de ‘guiristino’, cristino en vasco, que era como se denominaba a los liberales pro-María Cristina durante las guerras carlistas—. Porque las europeas que nos visitaban eran de costumbres mucho más abiertas que las mujeres de la España franquista. Aunque otra teoría defiende que guiri es por ‘guirigay’, o sea, por el jaleo que montaban ya entonces y porque nadie entendía palabra de lo que decía toda esa gente rubia.

Yo pensaba que había expresiones protoguiris, como «hacerse la sueca». Sin embargo, José María Iribarren explica, en El porqué de los dichos, que lo de sueco viene de soccus, que significa ‘zueco’, y de zueco, ‘zoquete’. Pero, para mí, sueca venía de ‘Suecia’ y «hacerse la sueca» evocaba —más allá de los ornamentos que la creatividad que cada mente quiera agregar— a la turista, mujer, nórdica, tan alta como desubicada. Probablemente, rubia y joven, que no se entera absolutamente de nada (o de lo que no quiere). Que entra por la salida en el metro y sale por la entrada (aunque eso a las provincianas también nos pasa). La encarnación de la extranjera que retrata Ramón J. Sender en Las tesis de Nancy, donde una estadounidense se muda a España para hacer una tesis doctoral sobre el folklore, y su vida es una cómica anécdota constante, producto del choque cultural. Esta novela, entre acosos sexuales varios y fragilidad intelectual —y con un tono infantilizador, todo sea dicho—, refleja muy bien el etnocentrismo guiri: «Ayer no hubo clase y dedicamos la mañana a recorrer el barrio de Santa Cruz en Sevilla. Es encantador, aunque llega a cansar un poco tanta imitación del estilo californiano, con sus rejas y patios».

Es la paradoja de la soberbia de los turistas que buscan experiencias únicas a la vez que desprecian el patrimonio centenario. Quieren descubrir lo auténtico, pero, como describe Antipersona en el prólogo de Jodidos turistas, «les venden espectáculos de flamenco que no llegan a tristes sevillanas y les hacen creer que una paletilla es jamón de bellota», es decir, acaban por abrazar el cartón piedra. ¡Y encantados! 

Tanto el término guiri como su homónimo americano gringo denotan al otro de forma despectiva pero respetable. Es decir, aunque algo peyorativas, son palabras que no surgen del racismo o la xenofobia, sino del desprecio (un desprecio light) a una posición en el mundo —grosera e invasiva— de poder simbólico y socioeconómico.

Wannabes

Lo curioso de esto es que todos somos guiris cuando visitamos otros lugares (o tenemos el potencial de serlo, en serio, no os subestiméis). Aquellos que dicen que cuando recorren el mundo no son turistas sino viajeros encarnan la fragilidad del digno, apestan a culpa y a neocolonialismo. Porque luego, en sus libros, se deshacen en el exotismo: describen los increíbles aromas, las curiosas tradiciones, las peculiares comidas, las singulares danzas, las particulares vestimentas. El tribunal de la adjetivación declara al acusado: ¡culpable! Los adjetivos siempre nos delatan.

El viajero ansía comulgar con la autenticidad: «Una experiencia turística auténtica incluye no solo vincular un marcador a una vista, sino participar en un ritual colectivo. La persona puede representar su percepción y decirse a sí mismo o a un amigo: “Es más hermoso de lo que había imaginado”», apunta Dean MacCannell en El turista: una nueva teoría de la clase ociosa. Lo divertido es que, para un guiri, lo auténtico puede ser un pastiche. 

A mí, que soy rubia y blanca como una venda elástica crepé y vivo en Barcelona, entre marzo y octubre, me hablan en inglés. Me ofrecen paela y marihuana (bueno, esto último a todo el mundo). A veces contesto: «Nou, cenkiu» con acento español como broma interna. Otras con un «no, gracias». («¡Anda, si habla español!»). Hasta en la propia ciudad que habito soy la putaguiri de alguien. 

Fuera, por supuesto, también. En 2019, en El Salvador, todos los niños llevaban mochilas transparentes que dejaban ver los objetos personales. Me parecían preciosas. Me recordaban a una riñonera que compré en un mercadillo de Berlín pero a lo grande. Miré precios, estuve a punto de comprarla y un día me decidí a preguntarle a un chaval por el fenómeno: «Oye, y estas mochilas tan chulas que lleváis ¿por qué las tiene todo el mundo?, ¿se han puesto de moda?». 

Me respondió que los obligaban a llevarlas en el colegio para comprobar que nadie portase armas. Nunca me he sentido más europea. 

Keep calm y salta desde un balcón

La materialización más llamativa y aparatosa del turismo guiri (cuando se encuentra con el turismo de borrachera) es el balconing: jóvenes que trepan o se descuelgan de los balcones de su hotel o apartamento, que superan la valla de la terraza —¡ay, qué vértigo!— y, acompañados de una algarabía animosa, se precipitan hacia la piscina desde un primero, o un segundo, o un tercero, o un cuarto, o…

El balconing se lee como una muestra más de las muchas —muchísimas— faltas de respeto que performan losputosguiris. Pero, más allá de eso, como apunta en «Turismo industrial y consumo de lugares exóticos» el fanzine de crítica lugareña Malpaís: «Viajar se ha convertido en esa mezcla bastarda de necesidad, derecho y premio que nos promete “cargar las pilas” y “desconectar” de la sofocante cotidianidad». La malinterpretación de esta filosofía capitalista («el capitalismo es capaz incluso de rentabilizar la conciencia de que el mundo que ha creado es difícilmente soportable», añaden) alcanza su máximo grado cuando esa desconexión que se busca desafía las leyes de la gravedad. La posibilidad de morir se diluye, es esa energía joven de estar de pie en el descapotable de unos desconocidos con el cabello al viento, las sustancias en la sangre y la seguridad de que todo va a estar bien. Parece que, cuanto más vivo se siente uno, más conductas suicidas se tienen. 

«Siento que no puedo permitirme aflojar, / porque los compañeros de trabajo me menospreciarían. / Dirían que no tengo fuerza de voluntad. / Y me vería a mí mismo como un perdedor. / Agotamiento, agotamiento…», canta y lamenta el ejecutivo agresivo desde su tumbona en «Canción del agotamiento. Canción del adicto al trabajo (1)» en la ópera Sun & Sea, de Rugilė Barzdžiukaitė, Vaiva Grainytė y Lina Lapelytė. Rodeado de otros veraneantes con sus bañadores coloridos, sus helados derretidos y sus accesorios playeros boicotea esta idea de vacaciones como plácido off cerebral y se aferra a la sobrecarga de trabajo y a la cultura del esfuerzo. 

¿Dónde está Elvis?

Cuando una economía gira en torno al turismo masivo y este se detiene, quedan paisajes extraños. 

Esa masificación y esos macroturismos, de los que habla Mar Padilla en su serie en Altaïr Magazine, tuvieron su contraste durante la pandemia. Porque tanto ocupan y molestan los guiris cuando están, como se hace grande su ausencia. El vacío que generan en una zona macroturística cuando no están es aterrador. Porque, si a los vecinos los echó el turismo, pero el turismo no puede viajar…

Alojarse en Menorca en la zona de Los Delfines en el verano de 2020 fue como ver fotografías de Martin Parr cuyos protagonistas han sido recortados. Continúa la estética, sí: los carteles del 2019 de los shows de variedades, el imitador de Elvis, los asientos con estampados flúor-tropicales del Jimmy Hill, la cartelería hortera de los hoteles, las tiendas de souvenirs. Pero sin las actuaciones, sin el imitador, sin quien se siente en el cojín ochentero, ni pida un batido asqueroso (que nadie nunca ha tomado en España) y con todas las cámaras acuáticas desechables caducadas. 

Esto no pretende ser una defensa del turismo de masas, por supuesto, pero el continente —infraestructura kitsch— sin el contenido —gente guiri— se hace muy, muy extraño. Porque, ¿qué sería de Cefalú sin un chico inglés cantando a voz en grito el himno del West Ham («Fortune’s always hiding. I looked everywhere. I’ve been blowing bubbles, pretty bubbles in the air. United!, United!») como Jack con Portia en la segunda temporada de The White Lotus? (Es broma, sería un lugar mejor). 

En abril, los medios catalanes informaban de que el barrio de Vallcarca en Barcelona había amanecido con indicaciones que marcaban «Park Güell» y unas flechas que en realidad dirigían al Tibidabo. Me imagino al ejército rosáceo despechugado, campo a través, con las piernas llenas de arañazos, la frente goteando, exhaustos al alcanzar por fin Collserola y pensando al ver la montaña rusa: «Joder, ¡qué bonito es el modernismo!».

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6 Comentarios

  1. Errefejota

    Escribir sobre guiris y no mencionar a Benidorm es como creer que la cerveza sin alcohol es cerveza y no meado de cabra. No hay combinación más armónica, tanto que en la zona guiri no hay ningún Mercadona, como si fuera un país extranjero (Guirilandia). Tenemos un festival Elvis que se celebra en el Benidorm Palace, cómo no. Puedes ver a un señor que rinde homenaje a Georges Michael o a Freddie Mercury rodeado de hijos de la Gran Bretaña bebiendo pintas a un euro y medio. No me imagino mayor armonía puesto que (y esto es lo mejor) los guiris no se mezclan con los indígenas. Se ignoran mutuamente. Un mundo perfecto.

  2. El final con lo del Parc Güell me ha encantado!

  3. Pingback: Tapa o no tapa, esa es la cuestión - Jot Down Cultural Magazine

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