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La ley Finagle contra la ley de Murphy

Murphy

La ley Finagle es una de esas normas que, a menudo de manera inconsciente, moldean las historias de ficción en todas sus variantes. Está presente tanto en las fábulas antiguas como en los relatos clásicos, las novelas, las películas y los videojuegos. Es un precepto que, en el fondo, marca el devenir de cualquier relato narrado. A lo largo del tiempo, la ley Finagle ha sido enunciada de diversas maneras por diferentes autores, pero puede resumirse con la sentencia que reza lo siguiente:

«La perversidad del universo siempre tiende hacia un máximo»

Aunque lo cierto es que ese no es el enunciado original de la ley Finagle, sino una suerte de corolario bastante célebre de la formulación primigenia. Una variante que no es mala idea utilizar, pero no únicamente porque suene molona, o porque sea un guiño al papel de la entropía en el Segundo principio de la termodinámica. Sino porque la ley Finagle se había presentado en sociedad con un texto que recuerda demasiado en el imaginario colectivo a otra cosa. Y es que, en un principio, la ley Finagle se definía así:

«Cualquier cosa que pueda salir mal, saldrá mal. En el peor momento posible»

Y sí, eso sonaba exactamente igual que aquella otra ley obsesionada con las tostadas untadas de mantequilla. La del bueno de Murphy.

El mono, el cohete y la mantequilla

La ley de Murphy, al contrario que la ley Finagle, es universalmente recordada y su acepción más popular la reconocería hasta quienes residen en lo más hondo de una cueva: «Si algo puede salir mal, saldrá mal». Obviamente, dicha afirmación tiene poco de certeza amparada por estudios científicos y mucho de coña asentada en el derrotismo extremo de quien lleva una semana de mierda a la altura del martes al mediodía. Lo interesante es que ni ese tal Murphy era una figura ficticia, ni estaba de broma cuando acomodó cátedra. En realidad, el tío hablaba muy en serio, y ni siquiera imaginaba que sus preceptos fueran a convertirse en religión, y en material de comedia.

Existían, eso sí, numerosos precedentes a las enseñanzas de Murphy, algo muy poco sorprendente teniendo en cuenta que el pesimismo es uno de los rasgos estrella del ser humano. Augustus De Morgan, el estudioso británico que afianzó el concepto de inducción matemática y formuló las leyes de Morgan, un par de reglas de lógica proposicional, escribió en 1866 un texto titulado Suplemento al presupuesto de las paradojas donde afirmaba que los experimentos prácticos demuestran cómo «cualquier cosa que pueda suceder, sucederá si hacemos las pruebas suficientes». Diez años después, el ingeniero y armador Alfred Holt explicó, durante una reunión con técnicos del ramo, su costumbre de pasarse por el forro escrotal los estudios científicos que le prometían seguridad marítima porque «cualquier cosa que pueda salir mal en el mar generalmente sale mal tarde o temprano». En 1908 el mago inglés Nevil Maskelyne redactó un artículo, titulado «El arte en la magia», para el folletín interno de The Magic Circle, una venerable sociedad mágica británica. En dicho texto, Maskelyne se dirigía a quienes pretendían subirse a un escenario agitando varitas sobre una chistera para alertar de que el conejo no siempre asomaba el hocico: «Es una experiencia común a todas las personas el descubrir que en cualquier ocasión especial, como la ejecución de un truco de magia ante el público, todo aquello que pueda salir mal saldrá mal».

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Izquierda: August De Morgan allá por 1860. Centro: retrato de Alfred Holt realizado por Robert Edward Morrison en alguna fecha anterior al 1903. Derecha: Fotografía de Nevil Maskelyne tomada en Londres entre 1844 y 1846.

Con tanta gente clamando que el día siempre pintará mal aunque uno sea cojo del pie izquierdo, es difícil localizar la semilla exacta de la ley de Murphy. Pero no al hombre que le cedió, sin querer, su nombre: Edward Aloysius Murphy Jr., un piloto del ejército e ingeniero aeroespacial norteamericano. Tras participar en la Segunda Guerra Mundial, batallando en numerosas contiendas y trepando hasta el rango de comandante, Murphy aterrizó en 1947 en el AFIT (Air Force Institute of Technology) y se sacó un graduado que le permitió ejercer como oficial de investigación y desarrollo en la base de la Fuerza Aérea Wright-Patterson en Ohio. El lugar donde, con la ayuda de varios cohetes y al menos un mono, se gestaría su leyenda.

A finales de los años cuarenta, el capitán de la Fuerza aérea John Stapp ejercía como director del proyecto de investigación MX981. Una ensalada de siglas bajo las que se agrupaban varios experimentos, realizados en diferentes bases aéreas del país, destinados a comprobar cómo de bien soporta el cuerpo humano la fuerza g durante las desaceleraciones más bruscas. Dichas pruebas se llevaban a cabo ensamblando una silla a un cohete sobre raíles, sentando en el invento a un crash test dummy, a algún pobre mono (el animal) o al mismísimo Stapp (la persona) y sometiendo a esas cobayas a diversos acelerones y frenazos gordos con el objetivo de comprobar qué cara ponían y, sobre todo, si no se desmontaban demasiado durante la carrera. Ocurría que entre el equipo de ingenieros encargados de aquellos artilugios en Ohio se encontraba nuestro Murphy. De hecho, él fue la persona que tuvo la ocurrencia de colocar galgas extensiométricas en los cinturones de seguridad de la silla cohete de Stapp para medir con exactitud los valores de cada test. 

La ley de Murphy nació oficialmente a mediados de 1949 en uno de aquellos experimentos. Tras amarrar a un chimpancé al cohete para someterle al turbo a lo Fast & Furious, y a la posterior frenada brusca, el equipo descubrió que los extensiómetros no registraron ningún valor, porque alguien había instalado los cables del revés. Como era labor de Murphy revisar todo el tinglado antes de cada prueba, algo que en aquel caso concreto no había hecho porque el señor andaba de morros, el resto de compañeros le exigió explicaciones por la falta de profesionalidad. Y Murphy optó por pasarle la pelota a otro vilmente: señaló a su asistente y dijo «Si este tío tiene alguna posibilidad de cometer un error, lo hará». Según uno de los ingenieros presentes, George E. Nichols, desde aquel momento todo el equipo del proyecto comenzó a burlarse de Murphy a sus espaldas acuñando la ley de Murphy. Un lema que aseguraba «Si algo puede salir mal, saldrá mal» y que había sido bautizado en honor al compañero más amigo de escurrir el bulto.

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John Stapp cabalgando con un par su cohete experimental sobre raíles en la californiana base Edwards de la Fuerza Aérea. Imagen: dominio público.

Sin embargo, existe otra versión de este relato de orígenes. Porque el hijo de Murphy, un caballero llamado Robert Murphy, siempre ha asegurado que Nichols se inventó todo aquello y que su padre no solo era muy competente, sino también el inventor consciente de la ley, enunciándola como algo similar a esto: «Si existe más de una manera de realizar un trabajo y una de ellas supone que todo acabe en desastre, esa es la que alguien llevará a cabo». Sea como fuere, la ley de Murphy se convirtió en un chiste privado en el interior de aquellos laboratorios aeronáuticos. Hasta que alguien la sacó a pasear en sociedad. Y ese alguien fue John Stapp.

Ocurría que Stapp además de jefazo del proyecto MX981, era un ávido coleccionista de aforismos, leyes ingeniosas y refranes, que anotaba diligentemente en sus libretas cuando los consideraba ocurrentes y divertidos. El hombre incluso formuló su propio precepto, la ley Stapp, una coña que dice así: «La aptitud universal para la ineptitud hace que cualquier logro humano pueda considerarse un milagro increíble». Stapp también contagió su hobby a los equipos de investigadores, lo que explica que aquellos le dedicasen a Murphy una norma a modo de guasa, e incluso autopublicó un libro en los noventa recopilando las reglas más simpáticas con las que se había encontrado en su carrera: For your moments of inertia: from levity to gravity: a treatise celebrating your right to laugh. Por todo lo anterior, no resulta raro entender por qué Stapp aireó públicamente la existencia de la ley de Murphy durante una rueda de prensa: al ser preguntado sobre cómo era posible que en sus experimentos, potencialmente muy peligrosos, nunca hubiese heridos, Stapp contestó que ellos «siempre tenían en cuenta la ley de Murphy». Y procedió a explicar en qué consistía aquel mandamiento sagrado con el que prevenir riesgos laborales. Tras la conferencia, y durante varios años, aquella ley sería citada en un puñado de publicaciones, pero no fue capaz de asentarse realmente entre la cultura popular de la calle.

A finales de 1974, en las páginas de Barron’s, un longevo magazine norteamericano sobre economía y sus mercados bamboleantes, el periodista financiero Alan Abelson se atrevió a ensamblar un contraataque a la ley de Murphy. Para ello, ideó por su cuenta y riesgo una nueva norma bautizada con el juego de palabras más perezoso del mundo: «la ley de Yhprum» (nótese el nombre invertido). En ella, Abelson sentenciaba que «Cualquier cosa que debería salir mal, no saldrá mal». Un enfoque en apariencia optimista que realmente no tenía espíritu humorístico o irónico, porque se trataba de un mero recurso del redactor para desestimar los augurios sobre una supuesta crisis económica apocalíptica. Según Abelson, predecir una recesión financiera no significaba que aquella fuese a tener lugar, y la ley de Yhprum era su modo de deslegitimar a los profetas y gurús del mercado. Años más tarde, Richard Zeckhauser, un profesor de economía política de la universidad de Harvard, revisitó la norma para enunciarla del siguiente modo: «En ocasiones, algo que no debería funcionar sale bien a pesar de todo». Entretanto, la enseñanza de Yhprum se convirtió en un contrapunto positivo cuya versión simplificada defendía «Si algo puede salir bien, saldrá bien».

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Matthew McConaughey en Interstellar. Imagen: Warner bros pictures.

La verdadera fama del legado de Murphy brotó cuando el escritor Arthur Bloch publicó en 1977 el libro humorístico La ley de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal… o la tostada siempre se cae por el lado de la mantequilla. Un best seller que además de presentar cierta versión de la fórmula de Murphy también la acompañaba con numerosas páginas desglosando variantes de la norma y corolarios cómicos. Tras el éxito del texto, la ley se popularizó a lo bestia a lo largo de las décadas posteriores, empapando todo tipo de productos y siendo mentada en series como Sobrenatural y Better Call Saul o películas como Caza al asesino y Los pitufos 2. En Anatomía de Grey, la doctora Meredith Grey (Ellen Pompeo) citaba la fórmula de Murphy tras explicar que era fruto del fracaso de varios experimentos aeronáuticos con cohetes. En Disney, los creadores de Phibeas y Ferb idearon una serie de dibujos animados titulada La ley de Milo Murphy protagonizada por un descendiente de Edward Murphy, que padecía una mala suerte constante. En Interstellar, el astronauta Cooper (Matthew McConaughey) aclaraba que «La ley de Murphy no significa que vaya a pasar algo malo, sino que si algo puede pasar, pasará».

Lo curioso es que en dicha cinta Cooper no andaba nada desencaminado, porque casi todo el mundo, Arthur Bloch incluido, no parecía haber pillado el verdadero sentido de aquella célebre regla de vida. Y es que la ley de Murphy no nació como consecuencia del humor irónico. Según Robert Murphy, la fórmula de su padre no era la coña simpática popularizada por el libro superventas y sus numerosas secuelas, sino un dictamen bastante serio sobre lo importante que es tener todas las posibilidades en cuenta. Según George E. Nichols, el asunto fue una broma interna, para ridiculizar el ego de Edward Murphy, que se les había ido de las manos. Y según Edward Murphy, resultaba desalentador observar cómo todo el mundo entendía la ley de manera equivocada, reduciéndola a esa variante que sentencia «Si algo puede salir mal, saldrá mal». Una visión que no consideraba representativa de lo que él había tratado de decir. Y no dejaba de ser gracioso: la ley de Murphy primigenia había sido víctima de la ley de Murphy al ser interpretada por todos erróneamente. O quizás sería más acertado apuntar que la ley de Murphy había sido víctima de la ley Finagle.

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La ley de Milo Murphy. Imagen: Disney.

La ficción, la ciencia ficción y la perversidad cósmica

La ley Finagle, también conocida como ley de los negativos dinámicos de Finagle, es la que realmente afirma «Si algo puede salir mal, saldrá mal». Eso sí, en su caso dicha amenaza es elevada hasta niveles cósmicos, asumiendo que será el universo al completo el encargado de confabular para que las cosas siempre sucedan de la peor manera posible. Algunos opinan que esta norma funciona como un corolario a la ley de Murphy. Otros piensan que es esencialmente lo mismo que aquella y no entienden el hecho de que vaya por libre. Pero para muchos escritores, la Finagle es algo totalmente diferenciado del principio de Murphy o, si acaso, una mutación del mismo. Es lo que la gente cree que era la ley de Murphy por culpa de aquel libro tan famoso. 

La ley Finagle también camina cerca de la norma del «50-50-90». O esa simpática afirmación donde se dicta que cualquier cosa que tenga un cincuenta por ciento de posibilidades de acabar mal, resultará en desastre el noventa por ciento de las veces. Y si suena fantasioso, es porque básicamente lo es: en el caso Finagle todo funciona menos como una lección de vida y más como un consejo para darle alegría a las ficciones.

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John W. Campbell Jr. editor de Astounding science fiction.

El término «Ley Finagle» fue utilizado por primera vez en los años cuarenta por John W. Campbell Jr., celebrado escritor y comandante de la afamada revista Astounding Science Fiction, en una de las editoriales que él mismo firmaba en el magazine. A lo largo de las posteriores tres décadas, Campbell continuó haciendo uso del concepto en sus textos, aunque, pese a sus esfuerzos, ese pesimista principio no caló demasiado entre los lectores aquel momento. Habría que señalar que, en este caso, la regla no se bautizó en honor a una persona real. Porque nunca existió alguien llamado Finagle al que echarle la culpa de esto, sino que dicho nombre fue, por lo visto, una invención de Campbell utilizando lo que parecía un juego de palabras: en inglés el verbo «to finagle» equivale a «fingir», y palabras similares como «fainaigue» y «feneague» significan algo así como «engañar».

La persona que popularizaría con bastante más éxito la ley Finagle fue el prolífico autor de ciencia ficción Larry Niven, responsable de la saga Mundoanillo y de una montaña de decenas de novelas más. Niven no solo acostumbraba a mencionar la norma en sus relatos, sino que incluso se atrevió a convertirla en gag: en su libro Protector, publicado en 1973, presentó a una comunidad de mineros de asteroides devotos de una religión donde se rendía pleitesía al dios Finagle… y a su profeta Murphy. Un chiste simpático cuyo testigo fue recogido por el escritor Christopher Stasheff en las novelas The warlock unlocked (1983) y Saint Vidicon to the rescue (2005), dos historias por donde asomaba la cabeza una orden de monjes que también utilizaban las doctrinas de Murphy y Finagle como faros vitales. En tierras menos fantásticas y más tecnológicas, los hackers del mundo real, esa tropa donde militan muchos aficionados a la ciencia ficción, abrazaron la enseñanza Finagle y comenzaron a utilizarla con frecuencia en determinados escenarios. Especialmente en aquellos campos relacionados con la programación defensiva, donde la ley sobre la perversidad general del universo era utilizada como una máxima omnipresente.

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La portada de Protector, el libro que en internet alguien definió como «Prometheus pero con más vegetales» junto a una estampa de Larry Niven paseando con la mochila por la universidad de Standford.

El otro terreno en donde Finagle reina de manera absoluta es el de la narrativa. Porque su ley funciona como base de todas las aventuras conocidas de manera evidente: sin conflicto, sin peligro, sin un dominó de desgracias abalanzándose sobre los héroes, no existiría emoción o tensión alguna en el relato. Los autores y autoras ni siquiera necesitan forzarse a utilizar la ley Finagle, como ocurre con la pistola de Chéjov o la ley Chandler, porque, en este caso, brota de manera orgánica. Y es que la norma Finagle no es tanto un mecanismo a tener en cuenta como una certeza. Si Doc construye una máquina del tiempo, lo que ocurrirá a continuación no será una inofensiva excursión por el mañana para comprobar cómo todo el mundo se vuelve gilipollas, sino una conga de infortunios que sacudirán todas las líneas temporales posibles, hasta crear el futuro más dantesco imaginable. Si un muchimillonario inaugura un zoológico habitado por dinosaurios reales, tarde o temprano las atracciones comenzarán a merendarse a los visitantes. Si Mario logra alcanzar la meta, tras superar decenas de peligros rebotando sobre las cabezas de un ejército de champiñones encabronados, descubrirá que la princesa está en otro castillo. Fargo, fue ensamblada por los hermanos Coen como una colección non-stop de calamidades. Indiana Jones, Tintín o la Sandra Bullock de Gravity se convierten en héroes para el espectador tras ser sometidos a adversidades en cadena. En un capítulo de Star trek, el capitán Kirk se dirigía a Spock citando una variante de la ley Finagle para hacerse un Edward Murphy y escurrir responsabilidades explicando que la culpa no era suya, sino de alguna otra persona. El universo siempre va a confabular contra los buenos, sobre todo cuando eso suponga que las cosas sean mucho más interesantes. 

La de Murphy lleva décadas siendo malinterpretada. La ley de Finagle lleva años siendo infravalorada. Si algo puede salir mal, saldrá mal.

La tostada

Sorprendentemente, la afirmación de que las tostadas tienden a aterrizar sobre la cara untada con mantequilla ha sido objeto de bastantes atenciones desde un punto de vista científico. En 1991,el programa Q. E. D. de la cadena británica BBC llevó a cabo una serie de pruebas arrojando tostadas al aire. Y determinó que las rebanadas de pan se estampaban contra el piso por el lado de la mantequilla en la mitad de los lanzamientos, tal y como predecían los estudios de probabilidad. En 1994, un investigador llamado Colin Morgan publicó un artículo en el New scientist magazine asegurando que, tras pruebas y cálculos, había descubierto por qué la tostada solía aterrizar boca abajo: según Morgan, la altura media de las mesas de desayuno impedía que cualquier pan de molde arrojado desde ellas fuese capaz de dar un giro completo en el aire, provocando que la manteca besara el suelo antes de hacer el 360°.

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Detalle del estudio científico «A closer look at tumbling toast» llevado a cabo por M. E. Bacon, George Heald, y Matt James en el Thiel college de Pensilvania para comprobar como gira la miga al brincar desde la mesa.

A mediados de los noventa, el físico británico Robert Matthews adquirió cierta fama mediática al estampar en el European journal of physics un estudio teórico propio, lleno de números y fórmulas matemáticas, demostrando que, tal como concluyeron otros, la altura desde la que se arrojaba el Bimbo era muy determinante en la posición al tomar tierra de la miga. Una sesuda investigación que sería premiada con un Ig Nobel, esos galardones satíricos donde se celebran los estudios científicos más absurdos, triviales y descacharrantes de cada año. Y que despertaría el interés de medio planeta: «De repente comenzaron a llamarme televisiones de todas partes, desde Australia a Brasil, solicitando vídeos de tostadas cayendo por el lado de la mantequilla en mi cocina», explicaba el hombre. 

Pero Matthews no se contentó con todo esto y, a principios del año 2000, llevó a cabo un nuevo sondeo, patrocinado por una marca de mantequilla, destinado a poner en práctica sus cálculos teóricos. Para ello, contó con la colaboración de más de mil alumnos de diferentes colegios británicos, niños y niñas muy entregados a perder clase desparramando tostadas por el suelo en nombre de la ciencia. Tras efectuar más de veinte mil mediciones de tostadas ahostiadas, Matthews determinó que la altura era un factor muy importante y que las rebanadas golpeaban el parqué por el lado de la mantequilla un sesenta por ciento de las veces. Como buen pesimista confeso, Matthews se mostró muy contento al confirmar que la desgracia tenía las de ganar. Pero lo mejor de todo este delirante estudio fue la brillante sugerencia de una niña de siete años llamada Hannah para combatir la maldición de Murphy: «Untar de mantequilla también el otro lado».

Murphy
Cazadores de mitos. Imagen: Discovery channel.

Un puñado de años más tarde, la serie Cazadores de mitos dedicaría una de sus secciones a comprobar la frecuencia con la que el pan caía boca abajo. Concluyendo que existía un cincuenta por ciento de posibilidades de que aquello ocurriera, como ya anunciaron sus predecesores. 

Lo fascinante es que cien años antes de Murphy, de Campbell, de Bloch, de aquella lúcida Hannah de siete años, de los estudios científicos de cálculos enrevesados y de los cazadores de mitos, existió alguien que fue capaz de predecir toda esa extraña obsesión por la desgracia aplicada a la rebanada de pan del desayuno. Y esa persona fue James Payn, aquel literato inglés que, en el muy lejano 1884, alumbró un pequeño poema en honor a las tostadas que siempre se caen por el lado de la mantequilla:

I never had a slice of bread,
Particularly large and wide,
That did not fall upon the floor,
And always on the buttered side!

 

Murphy
James Payn en 1890. Imagen: dominio público.

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