La Ley Chandler contra Aquaman

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Raymond Chandler. Imagen: dominio público.

Tras acumular todos los clichés del artista maldito (alcoholismo, problemas con las mujeres, depresión y una etapa como soldado) Raymond Chandler, nacido en Chicago y crecido en Londres, decidió volver a intentarlo con la escritura a principios de los años treinta cuando ya andaba bien afincado en la cuarentena. Un buen montón de inviernos atrás, el caballero ya había estrenado la pluma rubricando historias cortas y poemas que no acabaron de resultar demasiado convincentes. Pero en su segundo intentó decidió tomar una nueva ruta y saltar a la piscina del pulp mascado por revistas como Dime Detective, The Fortnightly Intruder, Black Mask o Detective Fiction Weekly. Una zambullida en las ficciones de crímenes gracias a la que pudo corroborar que se encontraba muy a gusto chapoteando entre aquellos mundos. En 1939 se atrevió con su primera historia larga, El sueño eterno, la primera novela de las siete que escribiría en vida (una octava inacabada se publicó treinta años después de su muerte, tras ser completada por Robert B. Parker), todas ellas protagonizadas por una leyenda de la ficción noir, Philip Marlowe. Un detective aficionado al alcohol, las mujeres, los cigarrillos Camel, el ajedrez y los problemas en general.

El pulp que lo parió.

La prosa que Chandler exhibía en sus páginas no tardó en ser admirada tanto por el público como por el resto de escritores contemporáneos. Philip Marlowe había nacido en la novela negra y se transformó en pilar primigenio del hardboiled, un subgénero creado cuando a la clásica historia de detectives se le ocurrió apretar los puños hasta que se le blanquearon los nudillos: relatos donde la norma era la violencia, los antihéroes, el cinismo a paladas y la corrupción. Es cierto que durante los años veinte Carroll John Daly y Dashiel Hammett ya habían comenzado a definir ese estilo, de nombre tan rotundo como un tiro a bocajarro, pero también que la firma de Chandler fue una de las más duchas e influyentes a la hora de perfeccionarlo. El cine noir le debe muchísimo a su obra, sus libros saltaron a la gran pantalla en diez ocasiones (también se adaptaron a la radio, a la televisión e incluso al mundo del videojuego) y el propio escritor se encargó de los guiones de películas como Perdición (escribiendo el texto junto a Billy Wilder), La dalia azul o Extraños en un tren de Alfred Hitchcock. En realidad, el autor detestaba el ecosistema que rodeaba al celuloide y no solo sentenció que «Hollywood tiene la misma personalidad que un vaso de papel», sino que a la hora de referirse a sus propias colaboraciones en la industria no se cortaba en aclarar «Si mis libros hubieran sido peores nunca me habrían invitado a ser parte de Hollywood. Y si hubiesen sido mejores nunca debería de haber ido».

El sueño eterno. Imagen: Warner Bros.

Lo más interesante de Chandler es su manera de entender, redefinir y posteriormente explicar el subgénero que había perfeccionado. O lo que es lo mismo, cómo su trabajo se ha convertido en un manual para escritores interesados en las razones que moldean una novela hardboiled y a los habitantes de la misma: Marlowe nació como una versión más afilada y oscura del great detective (el investigador impecable) que solía abundar en las novelas de misterio, y se forjó gracias a la manera en la que fue construido el universo en el que se movía. Chandler aborrecía cómo se fabricaban popularmente las historias de misterio, siguiendo punto por punto el estilo inglés: confinando la aventura en escenarios cerrados donde todos los participantes estaban a la vista, las pistas aparecían en el momento exacto y el investigador amateur resultaba ser más listo que la policía y que el asesino. Una estructura argumental que Chandler menospreciaba, considerándola propia de escritores vagos, y definía como un estilo donde el autor «tenía a Dios sentado en su regazo». Por eso mismo, a la hora de construir su propio mundo, Chandler decidió dinamitar las paredes de aquellas escenografías de estancias cerradas y colocar al (anti)héroe en un entorno que el autor (una persona desencantada que venía de pasarlas putas) conocía personalmente: las calles de una Los Ángeles hostil y moralmente ambigua, donde las clases bajas vivían desamparadas y las altas eran despiadadas. Aquel movimiento, aquella manera de dotar a la ficción de un tono realista para hacerla más opresiva y terrible, fue una genialidad.

A la hora de hablar sobre otros literatos famosos, Chandler demostró que tenía la lengua tan cargada de pólvora como sus relatos. El escritor fue capaz de ciscarse en las obras de Agatha Christie y Dorothy L. Sayers dictaminando que «los ingleses puede que no sean siempre los mejores escritores del mundo, pero indudablemente son los mejores siendo los más aburridos escritores del mundo», despreció a otra leyenda del noir como fue James M. Cain opinando que «cualquier cosa que toca huele a cabra. Representa todo lo que detesto en un escritor, un falso naif, un Marcel Proust vistiendo un mono grasiento, un chico sucio con un pedazo de tiza, una valla y nadie mirando», y desde su punto de vista Ernest Hemingway solo había parido una buena historia y el resto de su obra era «lo mismo con pantalones diferentes… o sin diferentes pantalones». Entre tantos esputos también tuvo algo de tiempo para alabar las virtudes de las páginas de Dashiel Hammet: «Él fue el escritor que devolvió el asesinato a la clase de personas que lo comenten con razones para hacerlo y no solo para proporcionar un cadáver. Y sus crímenes tienen lugar con los medios lógicos que uno tiene a mano y no con pistolas de duelo forjadas a mano, curare o un pez tropical».

Pero la herencia destacable del escritor no solo se reduce a novelas y puyas divertidas sobre otros autores, porque Chandler también tuvo el detallazo de dedicarle muchísimo tiempo a la tarea de educar a sus lectores en cómo concebir aventuras remojadas en el noir. Y lo hizo redactando numerosos artículos sobre la creación del género oscuro, ensayos como el famoso The Simple Art of Murder, construyendo con ellos una guía que repasaba los trucos más recomendables de su manual de escritor. Entre sus estrategias más destacables se encontraban postulados como Los diez mandamientos de Raymond Chandler para la novela de detectives o la muy recurrente Ley Chandler. Los primeros eran una serie de normas ideadas para crear una novela hardboiled pura. Y la segunda era un salvavidas, válido para cualquier género, con el que superar el clásico bloqueo creativo del escritor. Un flotador en forma de truquillo fácil que al ser utilizado con maña servía para fardar de ingenio, pero que cuando era manipulado por los escritores más torpes hacía que ocurriesen cosas como Aquaman.

Aquaman. Imagen: Warner Bros.

Los diez mandamientos de Raymond Chandler para la novela de detectives

Los diez mandamientos de Raymond Chandler enuncian lo que el autor consideraba un decálogo ideal a la hora de concebir una novela detectivesca. Y son los que siguen:

1. La situación y el desenlace deben tener unas motivaciones creíbles.

2. Los métodos para la ejecución del crimen y la resolución del mismo deben ser técnicamente plausibles.

3. Debe ser realista en sus personajes, escenario y atmósfera. Debe tratar sobre gente real en el mundo real.

4. Debe tener un valor narrativo sólido más allá del elemento de misterio. Es decir, la investigación en sí misma ha de ser una aventura que merezca la pena leer.

5. Debe ser lo suficientemente sencilla como para que se puede explicar con facilidad cuando llegue el momento.

6. Debe ser capaz de desconcertar a un lector razonablemente inteligente.

7. La solución ha de parecer inevitable una vez que se haya revelado.

8. No debe intentar hacerlo todo a la vez. Si se trata de un enigma que habita una atmosfera atractiva, fresca y razonable no puede ser al mismo tiempo una aventura violenta o un romance apasionado.

9. Debe castigar al criminal de un modo u otro, no necesariamente siguiendo el cumplimiento de la ley. Si el detective falla a la hora de resolver el crimen se deja un hilo suelto que solo provoca irritación en el lector.

10. Debe ser honesta con el lector.

Y hasta aquí, la lección de Chandler sobre cómo escribir una novela negra. Ahora vamos con su otra ley, que es la divertida.

La Ley Chandler

La Ley Chandler fue enunciada por el novelista de manera rápida y directa a modo de recomendación universal para cualquier escritor: «Cuando tengas dudas, haz que un hombre entre por la puerta con una pistola en la mano». Se trataba de una táctica que podría parecer absurdamente gratuita, pero que bien utilizada era capaz de demostrarse como todo lo contrario. Un recurso recomendado para todos aquellos escritores/guionistas/narradores que han llevado la historia hasta un callejón del que no saben cómo coño salir. La puesta en práctica es sencilla: en caso de titubeos ante la página en blanco, lo mejor para hacer avanzar la historia es que un elemento inesperado (generalmente en forma de amenaza) asalte sin compasión alguna la trama irrumpiendo en ella de manera repentina. Chandler ejemplificaba el asunto con un hombre empuñando un arma de fuego pero lo cierto es que es posible sustituir al anónimo armado por cualquier otra cosa que se le ocurra al autor, desde explosiones imprevistas hasta pollos de goma, pasando por ejércitos de la WWII, ninjas, accidentes de tráfico o canibalismo de felpa. Hay que apuntar que la Ley Chandler no tiene nada que ver con la pistola de Chéjov, pese a compartir artillería. Porque mientras Chéjov colgaba el arma (que tendría importancia más adelante) con disimulo en una pared del escenario durante los primeros actos, Chandler optaba por introducirla en la acción de golpe y por sus santos cojones. El primero buscaba resolver un problema con una herramienta insinuada de forma velada, el segundo perseguía que el argumento avanzase propinándole una buena patada.

La intención de La Ley Chandler es desatascar una situación de golpe, un diálogo que el propio autor no sabe a dónde conduce, una escena que no tiene final a la vista, un tedio que invade la acción o cualquier otra cosa que el creador haya iniciado pero no tenga claro cómo rematar. Como recurso es tremendamente fácil y gratuito, caminando cerca del Diabolus ex machina (la introducción repentina de un peligro inesperado), pero en manos hábiles puede convertirse en una jugada espléndida cuando el hombre y la pistola que se cuelan en la trama son capaces de no quedarse en anécdota, de generar preguntas interesantes y abrir nuevos caminos en el argumento. En otras ocasiones, la estrategia enunciada por el literato se utilizaba para despachar algo (una secuencia, un sketch, un chiste, un enfrentamiento) que nadie sabía cómo finalizar.

Numerosos creadores han utilizado consciente o inconscientemente esa ley que realmente ya existía muchísimo antes de ser enunciada. Stephen King reconoció que a la hora de escribir La danza de la muerte, una novela nominada al World Fantasy Award en el 79 y considerada entre lo mejor de su producción, sufrió un tremendo bloqueo del escritor que solo pudo solucionar invocando la Ley Chandler a base de bombas que se llevaban por delante a parte del reparto. Joss Whedon explicaba que el recurso habitual que tenían en la mesa de guionistas para añadir drama a algún capítulo de la serie Buffy, cazavampiros se basaba en el concepto «poner a Willow en apuros». Y también que en el caso de Firefly se utilizaba la variante «que alguien apunte con una pistola a Kylee». Jim Henson confesó que cuando no sabía cómo darle conclusión a un sketch protagonizado por sus marionetas optaba por hacer que algo explotase o que uno de los personajes se comiese al resto. Terry Gilliam ha comentado en numerosas ocasiones que durante la redacción del guion de Las aventuras del barón Munchausen, cuando se quedaba sin ideas para la trama, simplemente hacía explotar alguna cosa. Una confesión que en realidad parecía una herencia acarreada de los Monty Python, ese grupo cómico que cuando no tenía claro cómo cerrar un sketch se limitaban a arrojar una pesa sobre sus protagonistas, enviar a la policía para detener a los actores por lo tonto del gag o hacer que un hombre vistiendo armadura entrase en escena para golpear a alguien con un pollo de goma en la cabeza. Las cinco (espantosas) secuelas del libro Bill, el héroe galáctico se convertían en el peor ejemplo literario posible del uso de la Ley Chandler al utilizarla constantemente como el único recurso para que sucediesen cosas en la historia sin molestarse en dar explicaciones posteriores. En el mundo de los videojuegos, y especialmente en aquellos centrados en la acción pura, la Ley Chandler es el motor ideal para arrastrar hacia adelante al jugador: arrojarle en la cara situaciones extremas e inesperadas que superar.

Dos hombres y medio incluía un ejemplo consciente de mal uso de estas estrategias dentro de su propia ficción: Alan Harper (Jon Cryer ) se animaba a escribir una novela, pero al no superar sus bloqueos creativos y verse incapaz de hacer avanzar la historia acababa arrojando un meteorito sobre los protagonistas. En el mundo de Westworld, la Ley Chandler era el cimiento sobre el que se sostenía el parque de atracciones que daba título al show: un plató habitado por seres artificiales programados para generar narrativas violentas e inesperadas que entretuviesen y proporcionasen aventuras interesantes a los visitantes. Y durante la última temporada de la serie Cheers, una de las secuencias iniciales del show (aquellos pequeños actos precréditos en forma de gag no relacionado con el resto del episodio) se atrevió a reírse de la Ley Chandler: en pantalla, la fauna del bar estaba muerta de aburrimiento preguntándose qué hacer para matar el rato, hasta que Andy Schroeder (Derek McGrath) irrumpía en la escena vistiendo un cinturón de dinamita y solicitando en plan psicópata ver a Diane (Shelley Long). Cuando el hombre era informado de que la mujer ya no trabajaba en la cantina (Long, y por extensión su personaje, abandonó la serie seis años antes), Andy se limitaba a irse del lugar y el resto de los personajes a seguir preguntándose qué podían hacer para superar el tedio.

Cheers. Imagen: NBC.

Cada año se celebra a lo largo del mes de noviembre el National Novel Writing Month. Un evento que parte de una premisa genial: la de que la mayoría de la gente lleva una novela en su interior pero es demasiado vaga para llegar a plasmarla sobre un papel. La propuesta del National Novel Writing Month es tan sencilla como abrazar la incontinencia literaria y escribir dicha novela del tirón en el plazo de un mes, a lo loco, a caraperro, sin pararse a pensar demasiado. Los participantes en el concurso se ven obligados a redactar un tochazo de cincuenta mil palabras entre el 1 y el 30 de noviembre de cada año y el ganador (aquel que sea capaz de parir la pieza más notable) se lleva algo tan bonito, y poco remunerado, como un mensaje de felicitación y la satisfacción personal implícita. Pero lo mejor de todo son las recomendaciones que da la organización a los competidores en el evento: nada de pararse a pensárselo demasiado, nada de ser cautelosos y nada de revisar el texto. Simplemente escupir todo lo que a uno se le ocurra sin valorar las consecuencias porque lo más importante es que las palabras acaben llegando al papel. Para ello, los veteranos en la competición aconsejan recurrir a todos los trucos fáciles del oficio del escritor. Tretas entre las que, por supuesto, se encuentra la Ley Chandler, una estrategia que los habituales al evento definen de manera similar pero tirando de la cultura popular más entrañable: «Durante un bloqueo creativo y cuando todo lo demás falle, haz que un ejército de ninjas atraviese la pared y ataque a cualquiera».

Ponga un ninja en su vida. Imagen: Joey Gannon.

Aquaman

Aquaman es esa película durante cuya preproducción los mandamases de Warner se reunieron para decirse «O le metemos colorinchis y chistacos al universo DC o nos vamos a seguir comiendo los mocos con el agonías de Zack Snyder». Ese Cirque du Soleil dirigido por James Wan (responsable de Saw, Fast & Furious 7, Insidious o Expediente Warren: The Conjuring) donde todo vale. El equivalente a un Batman & Robin subacuático con un presupuesto que se mide en gritones y una exhibición de CGI que podría considerarse como una copiosa diarrea digital. Y también es una peli divertida, a su manera. Pero, sobre todo, la cinta protagonizada por Jason Momoa es una aventura donde la Ley Chandler en lugar de servir como salvavidas se utiliza como yate con el que navegar por el argumento: cada vez que en la película dos o más personajes mantienen una conversación importante, que los guionistas no saben cómo dar por finalizada, la cháchara se liquida a base de bombardear de manera literal la escena. Con un petardazo totalmente gratuito que aterriza en los morros de los personajes para arrojarlos por los aires, algo que no solo sucede una o dos veces, sino continuamente a lo largo del metraje. Aquaman es esa cinta que se llama Aquaman porque La Ley Chandler contra Aquaman sonaba muy poco comercial.

Aquaman. Imagen: Warner Bros.

Chandler y los malos escritores

En cierta ocasión una señora escribió a Raymond Chandler  solicitándole consejo para lograr que su hijo se convirtiese en un escritor de éxito. El padre de Philip Marlowe le remitió de vuelta a la mujer una misiva sincera y directa, muy hardboiled: «Estimada señora, mi experiencia a la hora de intentar ayudar a la gente a escribir ha sido limitada pero muy intensa. He hecho de todo, desde prestar dinero a los aspirantes a escritores hasta planear, reestructurar y reescribir las tramas que habían ideado. Y hasta ahora me he encontrado con que todo eso es una pérdida de tiempo. Las personas a las que Dios o la naturaleza han destinado a ser escritores siempre acaban encontrando sus propias respuestas, y aquellos que se ven obligados a preguntar son gente a la que es imposible ayudar. No son más que personas que quieren ser escritores». Como los guionistas de Aquaman, vamos.

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3 comentarios

  1. Josele

    Chandler nunca defrauda.

  2. fco_mig

    Y les funcionaba tan bien en «Aquaman» porque la regla de oro del cómic de superhéroes es «cuando no sepas qué hacer… ¡Que empiece una pelea!» ;)

  3. Inolvidable personaje. Creo que las mejores películas dedicadas al noir Chandleriano fueron la de Robert Mitchum personificando magistralmente a Phillips M. Siempre pensé que tendría que tener esa facha, hipócrita, melancolico, resignado. La otra sería Chinatown con un Jack Nicholson en sus mejores momentos. Y de trasfondo la corrupción, las pasiones. Si mal no recuerdo creo que en El largo sueño, Chandler, en pocas y geniales líneas describe la obstinación de continuar a vivir de un millonario con años de más y enfermo: lo esperaba en su silla de ruedas, dentro de su invernadero, rodeado de plantas grasas, con una humedad y temperatura sofocantes para el detective pero necesarias para su cliente. Gracias por los recuerdos.

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