Sueño. La calma como tensa espera
Sueño con la calma de verano en la que las tardes se deslizan bajo el murmullo de las olas del mar. Empiezo a intuir lo que me espera detrás de esto.
Debajo de esta paz de los últimos días de vacaciones está el espanto de cómo puede todo empeorar. Está la proyección imaginaria de lo horrible que puede llegar a ser la vida, del daño que los seres humanos pueden llegar a infligirse.
La calma tiene ese silencio que advierte contra la esperanza. Muestra la injusticia que no se satisface, que crea fantasmas vagantes en busca de una reparación.
Por eso la relajación es tan temida, por eso nadie se relaja, aunque todos digan que lo hacen.
Mis imágenes son demasiado grandes, su color muy saturado, las figuras están demasiado cerca de mis ojos, de mi nariz, huelo matices repugnantes que me hacen respirar con dificultad. Los sonidos son repetitivos, asfixiantes.
Una nueva conciencia se abre paso, estoy despertando de un sueño sin relato, solo con la sensación del miedo por si este despertar solo fuera el verdadero acceso al peor de los sueños.
La insatisfacción del hablante
Cuando la palabra se convierte en discurso, sustituye a la acción y amputa su fuerza.
(Jesús Ibáñez. Más allá de la sociología)
El mito de la torre de Babel relata el riesgo que vieron los dioses cuando los seres humanos mostraron que eran capaces de construir un conocimiento conjunto y autogestionario.
Todo sentido de la vida es elaborado por las personas y las comunidades. La mera existencia no lo aporta previamente. El mundo camina permanentemente del caos al cosmos, con regresiones eventuales al caos. Es el lenguaje el que crea la realidad, como apuntó Marshall McLuhan1.
Sapere significa al mismo tiempo: saber y saborear, de ahí el relato de la manzana del árbol de la ciencia, que sintetiza las dos acepciones, ya que fue comida para disfrutar del conocimiento en ambos sentidos2.
La libertad de pensamiento se basa en esta capacidad de las comunidades para entenderse. Y ello implica armonización de la diversidad de opiniones. La adaptación tiene que ver con integrar polaridades y puntos de vista contrarios. Y para eso, es necesario que el hablante sepa a qué se refiere lo que cada palabra nombra.
Sin embargo, el hablante experimenta cierta insatisfacción cuando termina de emitir su mensaje3. Es como si cumpliera deseos, pero desplazara su sensación de goce para una siguiente ocasión. Como si la palabra no pudiera apresar totalmente la experiencia que la persona tiene del mundo. La sensación de felicidad no puede ser total cuando se pasa a nombrarla, la expresión de la experiencia humana siempre es incompleta. Parece que el sujeto tuviera que reservarse una porción para el futuro. Y aquí radica el deseo de seguir comunicando. El hablante aspira a que en esa próxima ocasión pueda expresar lo que desea con entera satisfacción. Fenómeno de insatisfacción que, aunque mejore con cada intento (se llama a esto, aprendizaje) se repetirá sucesiva y de modo más modulado.
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