
La noche en Las Vegas no tiene fin, o al menos eso quieren hacerte creer. Es un lugar donde las luces nunca se apagan, donde el oxígeno bombeado por los ductos del casino te mantiene despierto mientras el tiempo se disuelve como un comprimido efervescente en agua. Allí, en medio de esa urdimbre de exceso y artificio, un joven llamado Ben Campbell, delgado como un malabarista y con un rostro que apenas sabe lo que significa una arruga, se encuentra en una mesa de blackjack. Tiene la cabeza llena de números y los bolsillos, al menos por ahora, vacíos. Pero todo eso está a punto de cambiar. O quizá no. Esa incertidumbre, ese filo entre lo que puede ser y lo que no, es lo que hace que la historia de esta película sea más que un simple cuento sobre jugadores de casino. Es un relato sobre el peso del ingenio humano frente al brillo opaco de la avaricia.
Ben no está solo. El joven, que podría pasar por un ratón de biblioteca en cualquier otro contexto, está rodeado por un grupo de elegidos, todos estudiantes del MIT, todos brillantes, todos rotos a su manera. Encabezando esta peculiar banda está Mickey Rosa, un profesor tan astuto como manipulador, interpretado por Kevin Spacey con esa mezcla de paternalismo y amenaza que domina tan bien. Mickey no enseña a ganar; enseña a mirar el juego como si fuera una ecuación donde cada carta es una variable y cada movimiento, una hipótesis. Pero bajo esa capa de matemáticas y estrategias late algo más siniestro, una especie de desesperación disfrazada de sabiduría.
Las cartas vuelan en la mesa como hojas arrastradas por el viento. El crupier, cuya cara parece tallada en hielo, reparte con un gesto que es mitad ceremonia y mitad sentencia. Ben, con la mirada fija en las cartas como si fueran jeroglíficos, cuenta mentalmente. Uno, dos, tres. La suma sube, baja, se ajusta. Está entrenado para esto, pero no deja de ser humano. Y los humanos son propensos al error. De hecho, es eso lo que los hace fascinantes. En cualquier otro lugar, un chico como él podría ser un estudiante más, alguien que saca notas perfectas y sueña con Harvard. Aquí, en cambio, es un gladiador con una toga de modestia y un cerebro que podría iluminar una ciudad pequeña.
Jill, la chica del grupo, juega su papel con maestría. Es más que una distracción; es un ancla emocional para Ben, aunque él no quiera admitirlo. Ella sonríe, hace comentarios aparentemente casuales, mueve las fichas con la gracia de alguien que no teme perderlas. Pero cada gesto suyo está calculado para mantener la ilusión. Al igual que Ben, está atrapada entre la inteligencia y el deseo, entre lo que sabe que debe hacer y lo que quiere lograr. En cierto modo, ella también está jugando su propia partida.
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A veces ocurren cosas que me erizan el vello en la nuca; este artículo consta como publicado en fecha 26-XI-2024, habiéndome pasado inadvertido hasta hace 10 minutos. Pero es que el pasado viernes, 30-XI-2024, buscando algo en las plataformas y por pura casualidad, di con este film del año 2008, del que apenas tenía idea. No voy a entrar en valoraciones sobre la película, solo puedo pensar en cuántas probabilidades había de que escogiera precisamente ésta y no otra, entre los centenares y centenares que se nos ofertan, ignorando que mientras la estaba viendo, ya Laura Linares había creado un artículo sobre ella en Jot Down. Hay ocasiones en las que noto escalofríos y no sé bien a qué son debidos…