
La injusticia
Los timbrazos del teléfono rompen la quietud de la sala de profesores, envuelta en la atmósfera cálida de un mediodía de finales de junio que se cuela por las alargadas y estrechas ventanas. Es así que suenan violentos y premonitorios, pues mientras me acerco a contestar siento el pálpito de la experiencia que me advierte que nada bueno auguran tras la entrega de notas de esa misma mañana. “La madre de Josep María pregunta por ti”, me dice la recepcionista. “Gracias”, respondo: mi pálpito se convierte en fatal presagio. Porque ya sé qué va a suceder a continuación.
Tras un breve intercambio de obligados y corteses saludos me hace saber con voz grave, pero tono correcto, los dos motivos en torno a los cuales gravitará nuestra conversación. El primero de ellos, preludio del segundo y objeto final de su llamada, es que es la primera vez que llama para quejarse: algo, hace hincapié, que jamás había hecho antes, cuando sus dos hijas mayores cursaban en el mismo colegio religioso concertado. El segundo, que no está en absoluto de acuerdo con el suspenso final de su hijo en la asignatura. Dejo pasar unos segundos por si quiere añadir algo más, como así ocurre cuando dice: “Y me parece una total injusticia”.
El hecho de que haya utilizado esta última y grave palabra para describir el motivo de su llamada telefónica me pone en guardia, pues de lo que se trata no es de sus dudas acerca de la nota final, y si es merecida o no, sino de trasladarme su convicción de que su hijo ha sufrido un atropello que debe ser enmendado. Comienzo pues a exponerle con calma el porqué del suspenso, basándome sólo en las notas académicas que a lo largo del curso han sido, obviamente, insuficientes, tal y como se han ido reflejando en las dos evaluaciones anteriores a la final. De pronto, unas voces juveniles acompañadas de los botes de un balón de baloncesto irrumpen lejos, y los ecos se van apagando poco a poco mientras se restaura el silencio en la sala de profesores. La voz de la madre de Josep María, el alumno agraviado por “mi suspenso”, vuelve a oírse nítida a otro lado del hilo telefónico. Y es entonces cuando, ajena a mis razonamientos, empieza a esgrimir un argumento que le parece irrefutable: su hijo se ha esforzado lo suficiente como para aprobar el curso.
En este nuevo giro de la conversación observo esperanzado una grieta en el muro defensivo que ha levantado entre ambos, pues me ha dado la clave con la que hacerle comprender la realidad final del asunto: el esfuerzo. Es así como evoco mentalmente la reflexión, que tomo prestada del filósofo y profesor Gregorio Luri, procedente del escritor norteamericano Christian Nestell. La hizo en 1962: “La luz del mundo proviene de dos fuentes: de la luz del sol y de la lámpara de los estudiantes”. Y la lámpara de Josep María apenas ha alumbrado en la asignatura durante el curso; si, acaso, en una recta final que se le ha quedado muy corta para conseguir el aprobado final.
Tras insistir en que las notas medias en los exámenes de Josep María a lo largo del curso no han llegado casi nunca al aprobado —lo que evidencia una evidente falta de estudio en casa— con el agravante, además, de una pésima ortografía que no ha llegado a mejorar. Añado que en clase se ha mostrado muchísimo más propenso a la distracción que a la mínima y necesaria concentración que exige la asignatura. No han sido pocas las veces que le tenía que llamar la atención de viva voz o, si se daba el caso, con la mirada, para que siguiera el hilo de la explicación teórica o de la corrección de los ejercicios. Ejercicios, por cierto, que realizaba en contadas ocasiones: o se los había dejado en casa, o no había tenido tiempo de acabarlos del todo… o, sencillamente, nos los había hecho. De modo que el esfuerzo de su parte no era tal.
El muro defensivo levantado por la madre, sin embargo, resiste a mis embates. Así, tras insistir de nuevo en que es la primera vez que se queja tras tener años atrás a sus dos hijas en el mismo centro, pone ahora el foco en lo que le parece un argumento irrefutable de mi mal proceder al no conceder el justo aprobado que reclama: la buena conducta de Josep Maria. Sonrío estupefacto ante lo que escucho, pues reconozco que me aterra y maravilla a partes iguales, como un niño que sabe lo peligroso que es el fuego, pero cae subyugado ante sus llameantes formas oscilando en sus hipnotizados ojos.
Josep María es un alumno educado que, más allá de sus continuos despistes y su desinterés, no da problemas conductuales en la clase y se muestra respetuoso tanto con el profesor como con la materia. Así es y así se lo hago saber a su madre. El problema, no obstante, es que esto no es razón suficiente para superar los mínimos académicos exigibles, tal y como ya le he venido comentando con anterioridad. En su indignación —sin embargo, contenida— no hay modo de convencerla ante la evidencia empírica: Josep María no ha logrado adquirir los conocimientos necesarios porque le ha faltado, sencillamente, estudio, mucho estudio. De hecho, la conversación entra en una fase final de delirium tremens cuando se sincera y con pesar me dice que el hecho de que su hijo suspenda la asignatura le va a generar una depresión, pues verá cómo el esfuerzo dedicado en el último tramo del curso no le ha servido para aprobar. Y eso, según ella, es algo que debo de tener muy en cuenta.
Vuelvo a sonreír, aunque esta vez lo hago cansado. Porque el motivo de la llamada de la madre de Josep María ya no me sorprende tanto como los argumentos aducidos para justificar la petición del aprobado de curso para su hijo. Que un profesor razone su nota a la familia que así lo requiera entra dentro de la lógica en el análisis del rendimiento del alumno. El problema aparece cuando por un exceso de celo, tanto o más dañino que por defecto de aquellas familias desinteresadas en la educación de sus hijos, se deriva en una contraproducente sobreprotección.
Es así como mientras oigo la voz de la madre de Josep María al otro lado del teléfono, me viene a la memoria el correo electrónico que me envió tiempo atrás un alumno cuando suspendió una evaluación de mi asignatura. En un párrafo más bien largo y con alguna que otra falta de ortografía, de léxico y de morfosintaxis, me hacía saber de modo reiterativo que su suspenso le decepcionaba, desilusionaba y le entristecía: una injusticia que yo había cometido a todas luces y que él no merecía, por lo demás. Ni que decir tiene que no le contesté. Y es que el enfoque obsesivo de los alumnos y de sus familias, debido a una malentendida modernidad educativa, de considerar que los escolares han venido a este mundo a triunfar y las piedras del camino estorban, ha dado como resultado que se les reconozca como madres o padres helicópteros, cuya “hiperparentalidad” impide que sus hijos crezcan de manera natural —todo crecimiento impone un aprendizaje— y autónoma.
Aprovecho un silencio al otro lado del hilo telefónico para contraargumentar que es bueno que el alumno sepa que sin esfuerzo no hay logro posible y que, por tanto, es saludable que viva esta situación como un motivo de reflexión en su desarrollo vital. Pero el absurdo domina por completo el resto de un diálogo cíclico que, como un gag de los hermanos Marx, avanza hacia ninguna parte. Al fin, acabamos como empezamos: con un breve intercambio de obligadas y corteses fórmulas de despedidas en las que me pongo a su disposición para cualquier otra cosa que necesite. Lo que, después del fracaso de su petición, sé que no va a precisar.
Cuelgo el teléfono y compruebo que han sido más de veinte minutos de conversación. “Yo no hubiera tenido la paciencia que has tenido”, es lo primero que me comenta Laia, una profesora que sentada a la mesa de la sala de profesores ha sido testigo muda de la larga escena. “Por supuesto que sí”, refuto con sinceridad. Hablamos de ello un poco, y en el intercambio de opiniones muestra su pesar matizado por una capa de enfado ante la situación de indefensión en la que se encuentra el profesorado actualmente. Cuando me despido, salgo del colegio al tráfico y al calor bochornoso de la calle, por lo que busco con cierta desesperación las zonas sombreadas que puedan ofrecerme un respiro antes de llegar al transporte público para volver a casa.
El careo
Me viene a buscar a la sala de profesores la jefa de estudios para pedirme que la acompañe a una de las salas de visitas, que también funciona como de trabajo interno cuando no está siendo utilizada a tal fin.
—¿Para qué?— pregunto extrañado.
—Para hablar con la tutora y con Manuel de lo que pasó ayer.
—Pero… ¿de qué tenemos que hablar?— vuelvo a preguntar, más extrañado aún.
—Bueno, aquí nos gusta que, cuando hay un conflicto, el alumno exprese su versión delante del profesor, el tutor y yo.
Mi primer impulso es decirle que no, que no tengo por qué someterme a este careo absurdo en el que se otorga poder al estudiante para poner en duda la palabra y la autoridad del profesor. Pero refreno mi lengua por la prudencia que me impone mi condición de sustituto. Así que me quedo mirándola unos segundos y chasqueó la lengua con hastío mientras muevo la cabeza contrariado y pienso “vaya mierda”. Porque lo que pasó ayer fue que Manuel, un alumno de segundo de bachillerato, intentó sustraerme las preguntas que tenía perfiladas para el inmediato examen programado con su grupo.
Resulta que habíamos estado trabajando en clase aspectos fundamentales del temario evaluable y que debían conocer lo mejor posible de cara a la selectividad, por lo que utilicé un borrador que contenía las cuestiones susceptibles de aparecer en el examen. El problema sobrevino cuando al acabar la clase yo me disponía a recoger mis papeles de la mesa del profesor. Un par o tres de estudiantes vinieron a que les resolviera unas dudas, cosa que, siendo quienes eran, y sobradamente conocida su falta de interés en la materia, me extrañó; y más todavía cuando advertí que sus preguntas no tenían mucho sentido y que lo que intentaban era captar mi atención. Ahí fue el momento en que intervino el sexto sentido que todo profesor adquiere con la experiencia debida y me di la vuelta con rapidez. Fue entonces cuando vi a Manuel que justo acababa de coger el papel que yo había estado utilizando durante la explicación de la clase y ya hacía amago de marcharse con él: “¿Qué haces?”, mi pregunta sonó grave, envuelta de un pesado manto de reproche. “Nada”, me contestó. “¿Cómo que nada?”, contraataqué, arrancándole en un movimiento preciso el borrador de la mano. Son tiempos de mascarilla, pero eso no impidió que por su mirada supiera que estaba sonriendo, mientras yo, muy cerca de él, le lanzaba una corta pero dura reprimenda cargada, además, de la sensación de saber violado mi espacio como profesor.
Cuando llegamos a la sala de visitas/trabajo interno, me encuentro sentados en torno a la mesa redonda a Manuel y a la tutora quien, de espaldas a la puerta, se gira para darme los buenos días. Entro en la estancia, pero no tomo asiento; la jefa de estudios también se queda de pie.
—Manuel niega que te robara ningún papel— comienza diciendo la tutora.
—Es verdad— corrobora el aludido, y continúa— Ya te dije que llevé mis apuntes a tu mesa y los dejé ahí para preguntarte. Pero como estabas hablando con Pere, Jaume y Albert, me giré para volver a mi asiento y al coger mis apuntes me llevé por error el tuyo.
—¿Qué dices tú, Javier?— inquiere la tutora.
Me acerco todavía más a la mesa hasta tocarla con mi cuerpo, semi inclinado hacia donde se encuentra Manuel.
—Pues digo que a ellas las podrás— y señalo tanto a la tutora como a la jefa de estudios con un ligero movimiento de cabeza—, pero tú y yo sabemos lo que pasó de verdad como ya te lo dije ayer. Que tú y tus compañeros os pusisteis de acuerdo para sustraerme lo que pensabais que serían las preguntas del examen y que cuando me di cuenta ya te estabas yendo de mi mesa con mis apuntes. El resto son milongas. Y no tengo nada más que decir —añado mirando a la tutora y a la jefa de estudios con seriedad—. Si me perdonáis, tengo que ir a clase.
Salgo al pasillo con la imagen congelada en la retina de Manuel sentado a la mesa, tranquilo, sereno, pues se sabe impune ante lo poco o nada que le puede suceder. Y lo que sucede, tal y como me confirma la tutora esa misma tarde, es, efectivamente, poco: la ausencia a mis clases lo que queda de trimestre (un par de semanas) y el suspenso del siguiente examen. Esto último ya había decidido hacerlo yo, pero ella lo recalca como si fuera un castigo ejemplar y me invita a tener en cuenta la situación familiar “compleja” de Manuel con la separación de sus padres.
Cuando al día siguiente refiero la resolución del conflicto en la sala de profesores con algunos compañeros de más confianza, no se extrañan. Suena el timbre y me quedo solo, pues tengo hora de guardia. Un par de bocinazos del tráfico de la mañana hacen que mire hacia la ventana. Y ahí se queda mi mirada.
Mis pensamientos derivan a cómo según qué profesores tienen por costumbre bajar un punto a quien pillen copiando de modo flagrante en un examen, bajo la argumentación de “es buen chico/a, ya le he dicho que no lo haga más”. Y también de aquellos otros que se sientan a su mesa cuando sus alumnos tienen examen y aprovechan para corregir pruebas o preparar otras clases. De vez en cuando alzan la vista para volver al momento a su tarea. Hay algún profesor que incluso mira hacia otra parte ante una situación comprometida, evitándose así el conflicto. Quizás sea esta actitud una manera de autoprotegerse ante la tensión que puede generarse en el aula, debido a la violencia verbal de aquellos alumnos que han desarrollado un gran talento para negar lo más obvio: que están copiando en un examen. Todas estas acciones, concluyo, se funden entre ellas y construyen una muralla basta, irregular e hiriente como el hierro oxidado en la superficie. Un óxido que se interpone entre el buen hacer del profesorado y unos estudiantes que, con la condescendencia de los equipos directivos y de las familias, han ido acumulando y exhibiendo un músculo contestatario a expensas del profesor y de su progresiva pérdida de autoridad en el aula.
Se abre la puerta de la sala de profesores y en el mismo momento en que entra Agustina, la profesora de inglés, mis reflexiones se esfuman, se funden con el humo de los coches al otro lado de la ventana. Elegantemente vestida, carga con un bolso repleto de exámenes corregidos que deja con un suspiro sobre la mesa. Le hago un par de bromas que le arrancan una sonrisa y empezamos a hablar de series de televisión.
La injuria
La directora me cita a la hora del patio en una de las salas de trabajo del centro escolar. Cuando entro, observo que no es muy grande y está amueblada con un estilo sencillo para cumplir con su objeto funcional. Nos sentamos uno frente al otro en una mesa de madera rectangular y ella me sonríe. Aunque sé que su sonrisa es sincera, un ligero nerviosismo recorre mi cuerpo, pues ignoro el motivo del encuentro. Algo que dura poco, no obstante, porque enseguida me refiere que unas familias —pocas, matiza— se han quejado en relación a una noticia que trabajamos recientemente en clase.
Permanezco callado mientras intento controlar el estupor que comienza a invadirme, transformándose de una primitiva forma difusa a algo más grande y descontrolado, como un potro salvaje que no cesa de removerse y patear al aire su enfado. La directora, con una deferencia hacia mi que no va a abandonar en toda la reunión, me pide confirmación sobre el meollo de la cuestión, esto es, que en la noticia comentada en clase aparecían las palabras “vulva” y “vagina”. Asiento expectante, pues tengo una tremenda curiosidad sobre lo que me espera. Es una situación en la que de nuevo mi autoridad de profesor va a quedar en entredicho.
Lo que viene a continuación es informarme de las quejas que han elevado unas familias —pocas, insiste— ante lo que consideran una lectura de clase, a su juicio improcedente, destinada a unos estudiantes de secundaria que con catorce años se han sentido ofendidos en su fuero interno por el uso de las dos palabras. Asiento de nuevo, pero ahora resignado ante lo que escucho tras el impacto inicial que me ha producido saber el motivo por el cual me ha convocado. Y, con el mismo tono cordial e incluso amistoso, pues su actitud me da pie a ello, la pongo al corriente de la actividad que nos ocupa.
Hemos visto la película Whiplash (2014) en la que se evidencia la relación tóxica entre uno de los más conocidos profesores de música de Nueva York y el alumno más aventajado de su clase que, con la finalidad de convertirse en el mejor batería, entra en una espiral de ambición y problemas emocionales que ponen en serio riesgo su salud mental e incluso su integridad física.
A partir de ahí, no sólo hemos trabajado la comprensión del filme, tratando el guion como si fuera un texto escrito, sino que lo hemos completado con diferentes lecturas. Porque como profesor de Lengua y literatura castellana concibo que el objetivo de la materia no es sólo formar a los alumnos en gramática, ortografía, sintaxis o léxico, sino fomentarles el necesario espíritu crítico ante el mundo que les rodea. Es la aspiración de todos los docentes. Mi asignatura, además, viene a ser la excusa perfecta para leer y comentar cualquier noticia aparecida en la prensa que lo permita, como es el caso, en esta actividad concreta, de referirse a los abusos psicológicos que se han dado o que pueden darse en clubs deportivos, por ejemplo. Unos hechos execrables de los que son ellos, los adolescentes, uno de los segmentos de la población que más los sufren. Y, como cualquier otro tema de importancia social, debe conocerse y reflexionar sobre él.
Respecto a las palabras en discordia, “vulva” y “vagina”, le detallo a la directora que aparecían en un artículo publicado tiempo atrás en una de las cabeceras de prensa escrita deportiva más importantes del país. Allí se denunciaban los tocamientos y otros abusos físicos por parte de entrenadores de gimnasia rítmica en relación a sus deportistas menores de edad. Es entonces cuando reconozco no entender dónde radica el problema, cuando, por otra parte, ambos términos son utilizados con toda normalidad en los cursos de primaria para explicar la sexualidad femenina y su diferencia con la masculina. Que en una situación de absoluta normalidad unas familias —pocas, concreto— pongan el grito en el cielo y obvien todo aquello turbio, sucio y peligroso que tienen sus hijos a un golpe de clic en sus móviles, me parece, en fin, tan desventurado como grotesco.
La directora ha seguido con atención mis explicaciones, asintiendo de vez en cuando, requiriendo algún dato concreto e incluso verbalizando su acuerdo conmigo. Pero… sí, en efecto, hay un pero. Y es que para evitar el mismo problema en un futuro, es decir, para evitar que unos pocos alumnos se sientan ofendidos ante lo que leen en clase y se quejen por boca de sus no menos ofendidos padres, prescinda de este tipo de noticias.
Se trata de una orden bien camuflada bajo la forma de un educado comentario final, acompañado de una sonrisa que en el caso de la directora del centro nunca pierde su singular franqueza. Manifiesto mi disconformidad ante sus palabras con un suspiro, pero decido no verbalizarla: soy consciente de su protectora comprensión, como así me lo ha demostrado a lo largo de nuestra conversación, pero es una comprensión que topa con su cargo de directora de un colegio que depende en gran medida de las matriculaciones que pagan las familias —incluidas aquellas pocas que han elevado su queja— para seguir subsistiendo. En resumen, el sentido empresarial del negocio ante todo. Rebatir su prioridad solo significaría alargar una situación cuyo desenlace sería, sencillamente, el mismo.
Mira la hora en su móvil y comprueba que el tiempo de patio está a punto de terminar. Coincide además que los dos tenemos clase en unos minutos, por lo que nos levantamos y salimos de la sala de trabajo charlando amigablemente de lo que haremos el próximo fin de semana: corregir, poner notas, preparar algún examen… nada especial. Nos despedimos al pie de una escalera, que yo debo subir y ella bajar, y compruebo que su sonrisa no ha perdido ni un ápice de naturalidad.
Mientras me dirijo a la sala de profesores a buscar el material que necesito para la próxima hora, pienso en esa sobreprotección que algunas familias ejercen sobre sus hijos y trasladan a los centros, porque acaba derivando en un nuevo elemento al que debe enfrentarse el profesorado: la creciente ansiedad del alumnado. Al parecer debemos preservarlo de todo aquello que hiera su frágil susceptibilidad, aunque vaya en detrimento de su formación intelectual y cognitiva y signifique inmiscuirse de lleno en la libertad del docente para enseñar del modo que le parezca más útil y conveniente. Cuando hace años leía horrorizado que en Estados Unidos muchos profesores eran agredidos o directamente expulsados de sus puestos de trabajo, sobre todo en ámbitos universitarios, por defender ideas contrarias al creacionismo o por herir la sensibilidad de algún estudiante al hablar de la evolución de las especies, me preguntaba ingenuamente cómo podía suceder esto hoy en día. De la misma manera que me pregunto ahora con la misma ingenuidad cómo unas familias pueden obstaculizar que sus hijos aprendan a usar las palabras correctamente, sin falsos aspavientos. Vulva, vagina, pene…
Entro en la sala de profesores, recojo el material que necesito, intercambio saludos con un par de colegas y salgo justo en el momento en que un pensamiento comienza a fraguarse en mi interior. Cuando empujo la puerta de la clase, ese pensamiento ya es una decisión.
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“Mi primer impulso es decirle que no, que no tengo porqué someterme a este careo absurdo en el que se otorga poder al estudiante”.
Este es un gazapo. He visto algunos más. Sería conveniente que los profesores no bajaran la guardia cuando publican un texto.
Corregido. ¡Muchas gracias!
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Fantástico texto. Hoy no se educa, se crean papanatas que los gobiernos de turno pastorearan convenientemente.
Un magnífico texto… que evidencia el rol que recibimos los profesores desde todos los puntos de vista. Algo ante lo que hay que empezar a plantearse plantarse ya de una vez y para todas, dar un golpe encima de la mesa, todos, como colectivo, y entonar un «hasta aquí hemos llegado».
Como estudiante que fui del secundario, cuando las hormonas de la personalidad mandan, reciba mi solidaridad; y mi admiración por este estupendo escrito en el cual se entreve un hombre que enseña con un lenguaje y convicciones claras. Todo lo mejor para usted.