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Cuando los dioses repartieron cabezas y otras catástrofes zoológicas: bestiario mitológico inverosímil

bestiario mitológico

La humanidad, en su afán por comprender el mundo, ha creado dioses, demonios, leyes morales y complejos algorítmicos estadísticos más tontos que un chorro de mierda a los que ha dado en llamar «inteligencia artificial». Pero si una quiere asomarse al abismo verdadero de sus pesadillas no hace falta más que abrir un compendio mitológico y buscar a los monstruos. Porque donde el alma humana se relaja no es en los cielos ni en los infiernos: es en la zoología delirante.

¿Cabeza en el pecho? Perfectamente plausible. ¿Un solo pie para cubrirte del sol? Por supuesto. ¿Un híbrido entre gallo, murciélago y dragón, nacido de un huevo de serpiente incubado por un gallo? Lo normal. No estamos ante criaturas ideadas para matar el rato: son las encarnaciones de nuestros terrores, complejos, traumas coloniales y, a veces, simples borracheras con una atenta audiencia a mano. Bienvenidos al desfile de lo imposible.

Blemia: el hombre sin cabeza que te mira con el pecho

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Los blemias, también llamados acéfalos, no es que no pensaran mucho: es que no tenían dónde. Se trata de seres humanos sin cabeza, cuyos ojos, nariz y boca están colocados directamente en el torso, como si alguien hubiera diseñado al primer maniquí con prisa.

Los romanos los adoraban, claro: no hay nada que excite tanto al imperialismo como un pueblo sin cabeza. Así que no tardaron en confundirlos con los blemios de verdad, una etnia nómada del actual Sudán. Porque ya se sabe: si en Roma oyes que hay una tribu en África, lo lógico es imaginar que son mutantes. Es antropología de la buena.

Esciápodo: el atleta del pie sombra

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Los esciápodos son esos tipos con una sola pierna —pero qué pierna—, y un pie tan descomunal que se tumban al sol y se cubren con él como si fuera una sombrilla de terraza. El nombre, skiapodes, lo dice todo: «los de los pies que dan sombra». Y si esto no parece suficientemente útil, también podías usarlos de parasol portátil en el desierto africano o asiático. Supuestamente vivían ahí, claro, porque los griegos no imaginaban monstruos en el ágora. Todo lo raro tenía que estar más allá de la última frontera conocida, preferiblemente en un sitio cálido y conquistable.

Por cierto, también se les llamaba monóscelos, que suena a enfermedad venérea, pero significa simplemente «de una sola pierna». Un nombre técnico para una criatura diseñada por el peor ilustrador de Marvel.

Catoblepas: la vaca deprimida que te mata si te mira

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Imagina una vaca. Ahora dale cabeza de jabalí, ponle una melena de pesadumbre existencial y haz que pese tanto que no pueda levantarla del suelo. Eso es el catoblepas. Si consigue alzarla —cosa que sucede más bien poco— puede matarte con la mirada. Así, sin previo aviso. Una especie de basilisco con ciática.

Plinio el Viejo, que era capaz de escribir tratados eternos sin levantar la vista de la copa, lo describía con la misma naturalidad con la que tú hablas de un perro. Decía que vivía en Etiopía, porque todos los bichos chungos vivían en Etiopía, y probablemente se inspiró en el búfalo negro africano. Es decir: el catoblepas podría haber sido un búfalo con mala prensa. O una excusa perfecta para no viajar más allá de Alejandría.

Hipocampo: el pony de mar con pedigree olímpico

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Antes de que la ciencia metiera la pata y los transformara en caballitos monísimos de agua para admirar en una pecera, los hipocampos eran animales respetables. Mitad caballo, mitad criatura marina, estos híbridos anfibios galopaban por las olas tirando del carro de Poseidón.

Homero los menciona. Pausanias también. Apolonio de Rodas, Virgilio… todos los grandes. El hipocampo era el tipo de monstruo que te dejaba con la duda de si estabas viendo un prodigio o una obra de ingeniería naval con ojos. Se le veía en monedas, en mosaicos, en sueños húmedos de mitógrafos clásicos. Porque si el caballo ya era noble, el caballo que nada era directamente aristocracia genética. Una criatura que podía pisarte la arena y salpicarte el alma.

Onocentauro: cuando el burro también quiso ser mitológico

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Vale, conoces al centauro: hombre por arriba, caballo por abajo. Lo sexi, lo salvaje, lo apolíneo en guerra contra lo dionisíaco. Pero claro, alguien tuvo que preguntar: ¿y si en vez de caballo… le ponemos un burro?

El resultado es el onocentauro: lo mismo que un centauro, pero menos glamuroso, más chillón y más orejudo. Lo bastante grotesco como para que Isaías lo mencione en la Biblia Septuaginta, porque, claro, un apocalipsis sin híbridos absurdos no tiene gracia.

El onocentauro es la prueba de que la mitología también tiene relleno, como los episodios de transición de una serie. No todo van a ser minotauros y sirenas: alguien tiene que poner la nota cutre en la fiesta, rebuznar entre dioses y terminar en una nota a pie de página.

Mantícora: el gourmet de carne humana

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Aquí nos ponemos serios. La mantícora es un monstruo de categoría: cuerpo de león, cola de escorpión y cabeza humana. Aunque lo de «humana» es generoso: más bien parecía un careto arrancado de una máscara funeraria de cera fundida, o un joven asesor de la ultraderecha patria a tenor de esta ilustración. Su origen es persa, su nombre significa «devorador de hombres» y su fama la llevó a ser emparentada con la Quimera y con la Esfinge.

Los griegos y los romanos la adoraban como quien venera una historia bien jugosa. Un monstruo que mezcla lo racional (el rostro humano) con lo salvaje (el resto del combo) y que de paso te envenena si le tocas la cola. Como muchas relaciones sentimentales.

Hecatónquiros: cien brazos para darte collejas

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En la mitología griega no bastaba con tener gigantes: había que superarse. Por eso existían los hecatónquiros, tres hermanos con cien brazos cada uno y cincuenta caras, como si alguien hubiera mezclado la Iliada con una carta de Lovecraft.

Se llamaban Briareo, Giges y Coto, aunque con tantos miembros cuesta saber si eran tres personas,  una cooperativa de palizas o una subsidiaria de los Matamoros, ahora que les dio por la cultura (jé). Su principal función mitológica era intimidar a los dioses, a los titanes, al lector y, probablemente, al ilustrador de turno. Los romanos los bautizaron como Centimani, que suena a grupo de prog rock italiano o a secta del siglo III.

Por supuesto, estaban marginados. Nadie quiere invitar a una criatura con cincuenta bocas a cenar. Pero en una pelea… eran el equivalente mitológico a una ametralladora con ansiedad.

Leucrota: la hiena políglota con cuello de Lego

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La leucrota es uno de esos animales que existen porque alguien necesitaba rellenar la sección de «fauna» en los manuscritos medievales. Su cuerpo es el de un perro, un lobo o un burro (según el día), su mandíbula es una única pieza —como si se la hubieran prestado los Playmobil—, y, por si fuera poco, ¡imita la voz humana! Un talento muy útil si eres un animal salvaje y quieres engañar a pastores con problemas de autoestima.

Ctesias, Plinio el Viejo y Estrabón escribieron sobre ella, lo cual quiere decir que ninguno la vio nunca, pero todos tenían mucho tiempo libre. Las hienas manchadas actuales se llaman Crocuta crocuta precisamente por este engendro. Así de profundo caló el bulo.

La leucrota es la versión mitológica del «yo tenía un primo que…». Un animal que no sabes si da miedo o risa, pero que merecía una serie solo para contar cómo aprendió a decir «socorro».

Ofiotauro: la serpiente con antojo de toro

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El ofiotauro era mitad toro, mitad serpiente. ¿Por qué? Porque alguien tenía que inventar una criatura que simbolizara la fuerza, la fertilidad y la incontinencia narrativa. Su único papel conocido es en los Fastos de Ovidio, donde se menciona que si quemabas sus entrañas ganabas poder para derrotar a los dioses. Lo cual, por supuesto, no ha impedido que nadie lo haya intentado jamás. ¿Dónde se compran unas vísceras de ofiotauro?

A falta de tradición literaria, al menos tenemos imagen: un precioso mosaico en el Yorkshire Museum, que nos recuerda que incluso los monstruos olvidados pueden acabar en una vitrina, siendo admirados por escolares aburridos y arqueólogos aficionados.

Cocatriz: gallo, dragón, modelo, cantante y actriz

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Y cerramos con una joya medieval: la cocatriz, también conocida como cocotriz, porque en algún momento alguien decidió que lo único que le faltaba al gallo era una cola de dragón y la mala hostia de un basilisco.

Tenía cabeza de gallo, cuerpo de serpiente (o dragón, según la fuente), alas de murciélago y bastante mala hostia. Su origen se remonta a un pasaje malinterpretado de Plinio el Viejo —cómo no— sobre cocodrilos y pájaros limpiadores de dientes. Porque si algo nos enseña la historia natural es que todo puede degenerar en mitología si lo mezclas con ignorancia y noches largas.

La cocatriz es el epítome del pánico medieval: una criatura que no tiene sentido ni lo necesita, porque está ahí para recordarte que vivir ya es un milagro, y que mejor no ir pisando huevos si no sabes quién los ha puesto.

Así que la próxima vez que alguien te diga que el ser humano es la cúspide de la creación, recuérdale que pasamos siglos imaginando bichos sin cabeza, caballos marinos, hienas parlantes y burros con torso de hombre. No para reírnos, sino para explicarnos el mundo. Porque al final, estos monstruos no viven en África, ni en Persia, ni en la imaginación de Plinio: viven en nosotros. Somos nosotros. Solo que con menos colas de dragón y más miedo a mirarnos al espejo sin mitología de por medio.

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