Cine y TV

‘Roseanne’: a las penas, carcajadas

Roseanne. Imagen ABC.
Roseanne. Imagen: ABC.

¿No os pasa que cuando veis una película en la que sale alguien haciendo tartas u horneando magdalenas el viaje a la cocina a por algo dulce es casi automático? ¿Y no os entran ganas de echar un cigarrito, aun sin ser fumadores, cuando alguien le pega caladas intensas a un pitillo en alguna escena? Pues yo recuerdo perfectamente las ganas irrefrenables que me entraban de abrazar a mis padres cada vez que veía un capítulo de Roseanne. Me sobran los motivos para querer a mis progenitores, pero después de esa casi media hora de cariño a gritos, problemas crónicos y sarcasmo a paladas, la sensación de bendición y agradecimiento eterno hacia ellos subía a doscientos de golpe. Qué desastre de casa, qué gente tan desapegada, qué ristra de problemas con mala solución. Y qué grandeza de serie. Canela fina. O canela, a secas, porque finura ahí había poca, de ahí la gracia, precisamente. 

Abro paréntesis, por si quien lee esto tiene poca memoria o no la tiene fresca, para recordar que Roseanne era una serie tan magníficamente realista como doliente, en la que se reproducía la vida de una familia obrera con apuros económicos que vivía en Landford, Illinois. Un matrimonio, tres hijos y una tía formaban el equipo titular de esta historia, que se caracteriza por tener un argumento tan simple como las instrucciones de un tapón y un guion brillante y afilado como pocos. 

Me resulta del todo imposible hablar de una joya como Roseanne sin detenerme a comentar tres detalles que, en mi memoria, se han instalado como los rasgos distintivos de esta serie. Por eso, para empezar me gustaría proponer una reflexión colectiva sobre un tema que me angustiaba mucho: esa alimentación absolutamente desastrosa con vistas a la malnutrición que llevaban todos los miembros de la familia Conner y que consistía invariablemente en pizza, precocinados congelados y todo lo que Roseanne robaba del restaurante (que no era otra cosa que salami y botes industriales de ketchup y mayonesa). Aquello era la crónica de una trombosis anunciada, un welcome enfermedades coronarias temporada tras temporada, y lo era, además, de una forma tan desagradable que era imposible que se diera el comer por contagio del que hablaba al principio, porque nada de lo que salió nunca en pantalla tenía buena pinta como para levantarse a por algo de picar. Todo lo contrario. Tendría que contrastarlo con datos estadísticos serios y ahora no los llevo encima, pero estoy segura que el consumo de brócoli y col lombarda se disparaba tras la emisión de cada capítulo. 

Continúo con otra marca de la casa que más que una indicación de guion, siempre he pensado que era una característica personal de la protagonista: la costumbre de llamarse a voces cualquiera que fuera la distancia que separaba a unos de otros. Nada les importaba si lo que había que comunicar era privado, delicado o algo de lo más prosaico; e igual daba que el emisor estuviera entrando por la puerta y el receptor andase en el piso de arriba. La cuestión era bramarse con las amígdalas por fuera, y si podían hacerlo clavando algún puñalito que otro, mucho mejor. El nivel de decibelios de la familia se intuía desde los créditos de inicio, en los que siempre aparecían todos sentados alrededor de la mesa de la cocina (con pizza para cenar o mierdinchas de patata, claro) con una banda sonora tragicómica, tipo blues, que terminaba invariablemente con esa carcajada chirriante y nasal tan característica. 

La incorrección y el hiperrealismo eran también el uniforme que usaba el equipo Conner al completo a la hora de demostrarse afecto. Ahí no había abrazos, moralina de azúcar estilo los Brady ni ningún otro gesto de amor al uso, porque aquello era una guerra constante de chinas y pellizcos de monja. Con amor de fondo, que sí, que quererse se querían, pero sin sonrisas y raspando, con una acidez, una aspereza y un desapego extraordinariamente innova dores. Aquí había cariño del que convive con el realismo de los cupones de descuento, los adornos rotos y los aprietos económicos como plato fijo en el menú del día. Y ahí estaba la gracia, supongo, en esa acidez a la hora de quererse y dedicarse un cariño, en esa capacidad de reírse incluso de sus propias miserias. A las penas, carcajadas.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Un comentario

  1. La mejor serie de mi infancia, lástima que no haya una plataforma en España donde poder volver a verla o conseguir DVD de la serie en algún lado con Audio en español.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*