
El sexo, como la historia, se escribe con fluidos y se corrige con sangre. A veces con la de otros. Y como en toda narrativa oficial, lo que se calla acaba teniendo más peso que lo que se cuenta. Pocas prácticas condensan con tanta precisión los malentendidos del deseo, la moral y la medicina como el sexo anal: condenado por la doctrina, fetichizado por el porno, silenciado por los manuales de educación sexual y, sin embargo, más practicado de lo que muchas estadísticas se atreven a admitir.
Basta con observar cómo reaparece cíclicamente en los medios: no como una forma legítima de placer, sino como un riesgo, una amenaza o una estadística alarmante. Esta semana le ha tocado a una investigación de la Universidad de Boston, que ha vuelto a poner sobre la mesa un dato tan viejo como incómodo: que el sexo anal sin protección sigue siendo, a pesar de todo lo que sabemos, una de las vías de transmisión de ITS más eficaces. Y que quienes lo practican —sobre todo las mujeres heterosexuales— siguen haciéndolo sin apenas información ni herramientas específicas.
¿Y por qué? Porque seguimos tratando el sexo como una coreografía de lo normativo: genital, heterosexual, secuencial, higiénico y consensualmente correcto. Todo lo que se salga de ahí es sombra, tabú, o práctica desviada. Y como todo lo que vive en los márgenes, se deja sin mapa, sin red y sin lengua. La penetración anal, en ese contexto, no es solo una práctica: es una grieta en el relato. Una fisura por donde se cuela lo que no se quiere ver.
El culo como campo de batalla
No es nuevo que el sexo se debata en los márgenes de lo moral, lo médico y lo mediático. Pero hay épocas en las que esos márgenes se agrietan, y por la rendija se cuela el pánico higienista, la mojigatería posmoderna y el espectáculo de lo íntimo transformado en emergencia pública. El sexo anal, ese sospechoso habitual de todas las cruzadas sanitarias, ha vuelto al centro de la escena. Y no por sus encantos, sino por sus riesgos.
El British Medical Journal, en uno de esos estudios que parecen redactados por una inteligencia artificial con formación victoriana, ha advertido —con alarma serena y vocación pedagógica— de los múltiples peligros asociados al sexo anal sin protección. Laceraciones, infecciones, hemorragias, disfunción esfinteriana, transmisión de ITS. La lista es larga, técnica y con sabor a prospecto farmacéutico. Y lo cierto es que tienen razón. El recto no es una cavidad diseñada para el frenesí. Pero también lo es que la garganta no fue pensada para el deep throat, y aquí estamos.
El problema no es la advertencia médica. El problema es la mirada que la acompaña. Porque tras cada párrafo clínico se adivina el gesto inquisidor, ese que no diagnostica tanto como fiscaliza. Y lo hace con una fijación antigua: esa idea de que hay prácticas sexuales que, más que placenteras, son imprudentes. Que el sexo anal pertenece al repertorio de lo desviado, lo excéntrico, lo excesivo. Que hay un umbral que separa la fantasía de la irresponsabilidad, y que quienes lo cruzan deben asumir su cuota de culpa médica.
Pero el sexo, como la política, no se reduce a protocolos. Se trata de deseo, de cuerpo, de agencia. Y el culo —ese eterno apéndice simbólico— concentra todos los tabúes de una civilización que aún no ha decidido si el placer debe educarse o penalizarse.
Manual de instrucciones para el deseo
La medicina, cuando habla de sexo, no suele hacerlo desde el deseo sino desde el daño. No le interesa cómo se goza, sino cuánto se sangra. Y esa lógica, profundamente biopolítica, convierte el cuerpo en un terreno de gestión del riesgo antes que en un espacio de exploración. El recto se vuelve entonces una zona de alto voltaje, no por el placer que alberga sino por la estadística que lo acecha. Y el discurso sanitario —tan necesario en muchos sentidos— acaba rozando el sermón moral con bata blanca.
Yo, que también he leído los informes, entiendo los peligros. Nadie quiere acabar en urgencias con una hemorragia rectal ni protagonizar el nuevo caso clínico de la unidad de digestivo. Pero lo que me incomoda no es el dato, sino el subtexto. Esa pedagogía que disfraza su incomodidad bajo el ropaje del cuidado. Esa forma de decir: «sí, puedes hacerlo… pero mejor no». O aún peor: «hazlo, pero luego no te quejes».
Y mientras tanto, en el otro extremo del ring, la pornografía. Ese archivo infinito de cuerpos insensibles, lubricados, dilatados, entrenados para el rendimiento sin consecuencias. La fábrica de fantasías que convierte en norma lo que debería ser una excepción pactada. Allí no hay desgarros, ni sangrados, ni infecciones. Solo penetraciones imposibles, placer automático y un ritmo que en la vida real solo se alcanza con metanfetamina y desprecio por la fisiología.
Entre el discurso médico y el relato porno queda la vida. Ese territorio confuso donde las personas —con sus culos concretos, sus miedos, su curiosidad y su deseo— buscan formas de tocarse que no estén escritas en ninguna guía. Y ahí, justo ahí, es donde deberían empezar las conversaciones reales sobre el sexo anal. No en los quirófanos ni en las cabinas de rodaje, sino en los dormitorios y en las charlas que aún hoy siguen plagadas de eufemismos, risitas y silencios incómodos.
La carne ajena como teatro
El problema no es solo lo que no se dice, sino lo que sí se dice —y sobre todo, cómo se dice—. En las campañas sanitarias sobre sexualidad, el cuerpo se presenta siempre como territorio de responsabilidad y autocuidado, pero bajo una cartografía profundamente moralizada. Todo lo que no sea coito vaginal monógamo y reglado aparece como zona de sombra, si no de sospecha. El sexo anal, incluso cuando se menciona, lo hace siempre a ras de advertencia o de estigma, nunca como una práctica que forma parte de la experiencia humana, con sus riesgos y sus placeres, como cualquier otra.
Es ahí donde el tabú se vuelve política pública. Porque no hay ignorancia inocente cuando hablamos de prevención: hay elección. Y la elección ha sido sistemática. Se prefiere el silencio a la complejidad, la vaguedad a la precisión, la metáfora a la pedagogía explícita. El resultado es una población que practica —y desea— lo que nunca se le ha explicado bien, expuesta a lesiones, infecciones, negligencias médicas o vergüenza acumulada. Como si la salud fuera compatible con la omisión.
Entre la biopolítica y el porno
El cuerpo humano —esa obviedad de carne, vísceras y lubricantes— sigue estando bajo vigilancia, aunque ya no lo palpen monjas ni lo registren censores franquistas. Hoy, quienes imponen los límites no llevan hábito, sino PowerPoint. No castigan con regla de madera, sino con eufemismo. En las aulas se enseña a poner un condón, a veces, si hay presupuesto y voluntad política, pero nadie pronuncia la palabra «ano» sin que tiemble una ceja del inspector de turno. No se puede mostrar una vulva en un libro de texto, pero se puede pagar por ver cómo la penetran desde cuatro ángulos y con luz frontal.
La paradoja es grotesca: el mismo sistema que censura lo explícito en educación lo aplaude en streaming. El porno, ese archivo desproporcionado de gestualidad genital, funciona como educación sexual de facto, en ausencia de algo mejor. No porque enseñe —no lo hace—, sino porque está disponible. Porque está ahí. Porque entra antes que cualquier campaña, cualquier charla, cualquier carpeta con logos institucionales.
Y si el porno ha convertido el sexo anal en coreografía acrobática —con limpieza industrial, lubricación infinita y ausencia total de consecuencias—, la escuela y la salud pública han hecho lo contrario: silenciarlo. Como si ese silencio lo volviera menos practicado, menos deseado, menos problemático. Como si lo que no se nombra, no doliera. Como si no fuera en esos silencios donde más fácilmente anidan el dolor, la vergüenza y la infección.
El resultado es un doble estándar digno de distopía: el sexo anal es tabú en la prevención, pero estrella en la pantalla. Nadie se atreve a decir en voz alta que puede doler, desgarrar, sangrar o infectar, salvo cuando ya es tarde. Y mientras tanto, se acumulan las lesiones, se normaliza el riesgo, y se impone una pedagogía pornográfica que no educa, pero sí forma —a golpe de clic y sin filtro ético— las expectativas de millones de cuerpos.
La herida queer
La historia del sexo anal es también la historia de su estigmatización, marcada a fuego por la homofobia institucional. Durante siglos, ha sido penalizado no solo como práctica, sino como identidad. En muchos países aún lo es. El mero hecho de nombrarlo evoca —en el imaginario conservador— la figura del hombre gay, del cuerpo disidente, del deseo que desafía la norma genital y reproductiva. Esa asociación automática entre sexo anal y homosexualidad ha servido para justificar leyes, insultos, palizas, diagnósticos psiquiátricos y condenas morales. Y aún hoy, persiste como subtexto en los discursos que lo nombran con repulsión, lo caricaturizan en el humor o lo omiten en los protocolos de salud pública.
El estigma no es solo cultural: es clínico. Durante años, las estadísticas sobre ITS en hombres que tienen sexo con hombres (HSH) han sido usadas como excusa para reforzar la culpabilización y no para mejorar la prevención. Se habla del ano como zona de riesgo, pero nunca como zona de placer legítimo. Se alerta sobre sus peligros, pero rara vez se enseña a explorarlo de forma segura. Y mientras tanto, se reproduce una pedagogía del castigo: quien lo practica debe atenerse a las consecuencias, porque su deseo —ese deseo otro, sucio, excesivo— nunca será inocente.
Sexo, dolor y política
Nada más político que un ano. Nada más vigilado, oculto, deseado, penalizado, caricaturizado. El sexo anal no es solo una práctica, sino una frontera ideológica: delimita lo aceptable, lo decente, lo masculino, lo seguro, lo educativo, lo nombrable. Se representa sin cesar en la pornografía —con una insistencia tan mecánica que ni siquiera se detiene a fingir placer— y al mismo tiempo se borra de los programas de salud pública como si el recto fuera un territorio cuya anatomía es facultad exclusiva del deseo, no de la medicina.
En ese limbo simbólico, hablar de los riesgos del sexo anal sigue siendo más difícil que practicarlo. No porque los estudios falten, sino porque la conversación social, cultural y pedagógica sigue secuestrada por una mezcla de moral decimonónica y corrección postporno. Decir que una práctica sexual produce daño no se considera una advertencia sanitaria, sino una amenaza al discurso emancipador. Y eso nos condena, una vez más, a elegir entre dos ficciones: el puritanismo o la celebración acrítica.
Pero entre el daño y el deseo hay un cuerpo. Un cuerpo que sangra, que se irrita, que se rompe, que se calla. Un cuerpo que necesita información veraz, contextos seguros, educación sin eufemismos ni moralina. Un cuerpo que no es territorio de nadie salvo de quien lo habita. Y si la política quiere dejar de hacerle daño, lo primero que tiene que hacer es dejar de mentir sobre él.








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Todo un artículo (construido sobre una lógica delirante) para explicarnos que los hechos no son importantes, que lo importante es su interpretación moral o política. Si los científicos dicen que el sexo anal produce laceraciones, infecciones, hemorragias, disfunción esfinteriana y (sin protección) transmisión de ITS, no es porque sea verdad sino porque todos los científicos son de formación victoriana o del Opus Dei. Si los hechos coinciden con la moral más arcaica, los hechos sólo pueden ser falsos.
La autora escribe: «lo que me incomoda no es el dato, sino el subtexto.» O sea que el subtexto prima sobre el dato. Si el subtexto es moralmente reaccionario, el dato es obligatoriamente falso. Para ella la sodomía no es un hecho que se puede estudiar científicamente, es decir de manera neutra, sino únicamente un acto moral y político («Nada más político que un ano»).
No sé si Érica Martín es madre. Pero si es el caso o si un día llega a serlo la imagino recomendando la sodomía a sus hijos adolescentes y explicándoles que los científicos que le ponen reparos no son más que higienistas histéricos o meapilas asustadizos. Y que hay que practicarla por la simple razón de que quienes no la practican son necesariamente de derechas.
excelente artículo
¿Pretende la autora aportar algo de pedagogía entre tantas quejas y argumentos repetidos hasta la saciedad en el propio artículo?
Quizás en el próximo escrito.
Me recuerda el artículo a cuando me castigaban en el cole con hacer una redacción de cuatro páginas …
Informen bien del daño al esfínter, que las consecuencias son graves.
Esto del ano es un tema muy peliagudo. Es la zona más íntima y resguardada de nuestras anatomías y por eso, cuando consigo que una mujer me lo ofrezca olvidando el pudor para que haga con él lo que desee, es para mí la cumbre del éxtasis.
Pensar que ese orificio por el que sale lo que sale es al mismo tiempo una fuente de frenesí, es algo que me enloquece. A veces, cuando sentado en el metro o bus tengo delante de mí a una mujer de bandera, pienso en si estará con su ojete en perfecto estado de revista o no. Con algunas, no me importaría arriesgarme a comprobarlo.
Ohhh!!! que comentario tan enriquecedor. Barracuda piensa, escondido tras su alias, que sus intimidades las debe compartir; es impúdico, grosero y desvergonzado y cobarde, lástima que no publique sus babosadas con su nombre real para que sus próximos sepan la clase de depredador que tienen cerca.
¿Depredador por qué? Me ha parecido que disfrutaba de los anos femeninos que se le ofrecían libremente. A mí me pasa como a él pero con los hombres, también me los miro en el metro pensando lo mismo sobre sus culos y penes. ¿Tú qué eres, un cura o una monja haciéndose pasar por un tío?
Sinceramente leer el artículo y algunos comentarios, me provocaron: cansancio y risas…el primero pudo decirlo en pocas palabras, explicar los riesgos y darle énfasis al placer que se logra con practicarlo: que parece que la autora lo sabe. Y, el segundo, risas, por lo que piensan, tal vez, sientan y lo expresan de la forma más descarada. Para mí, el recto tiene una función; a veces se puede enfermar, le salen hemorroides que son muy dolorosas y no creo quienes las sufran practiquen el sexo anal. No es parte de nuestro cuerpo que tenga algún atractivo; pero bueno quienes lo encuentran así, felices entre las protuberancias de los glúteos… entre cuatro paredes.
Creo que Mel Gibson dijo que debéría haber un tatuaje en el ano: EXIT ONLY.