La obra de Héctor Abad Faciolince (Medellín, Colombia, 1958) conoce un antes y un después de la publicación de El olvido que seremos (2006), la narración del asesinato de su padre en 1987. Si ya tuvo una buena circulación el libro, más aún la tuvo tras estrenarse la película basada en él y dirigida por Fernando Trueba (con guion de su hermano David). No obstante, Abad Faciolince tiene en su haber más novelas editadas (otras las abandonó por diversos motivos). La más reciente de ellas es Salvo mi corazón todo está bien (2022), cuyo protagonista es un sacerdote aquejado de una enfermedad cardiaca que se ve obligado a cambiar de domicilio y convivientes, replanteándose el tema de la familia y el sentido de su propia vida.
Quedamos en un hotel frente a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), adonde el escritor ha venido formando parte de la delegación española, pues tiene pasaporte español y vive parte del año en Madrid. No se detiene a pensar las respuestas, pero las va elaborando de forma morosa y honda, cerrando a menudo los ojos para sacar de su interior aquello que va removiendo la entrevista.
Usted es autor de una obra amplia, pero realmente buena parte de su obra, o casi toda, queda eclipsada por el ineludible El olvido que seremos. ¿Qué relación tienen con él el resto de sus libros? ¿Sienten estos otros libros celos por El olvido que seremos?
Es curioso, nadie había dicho la palabra «eclipsada». Me parece acertada. Como que un libro se interpone y todos los otros quedan en la sombra. Y sin embargo, ese libro que se interpuso hizo que todos los otros no quedaran en la sombra, llevó a que muchas personas leyeran también esos otros. Solo por curiosidad de qué más había escrito el tipo que escribió El olvido que seremos. Y creo que de todas maneras siguen eclipsados, siguen en la sombra, pero al menos encuentran algún lector que por pura curiosidad se asoma a esos libros.
Yo creo que he escrito todos mis libros, los anteriores a El olvido, que fueron varias novelas y libros de cuentos y algún ensayo, y los posteriores, con la misma pasión, con las mismas ganas de no hacerlo mal, de tratar de encontrar una historia que a los lectores les interese, los involucre de algún modo. Pero solo de vez en cuando eso pasa con tanta fuerza. ¿Por qué habrá ocurrido? No sé, tal vez por la materia tan íntima de El olvido que seremos, y tan dolorosa también.
Yo durante muchos años, cuando mis hijos eran muy pequeños, no quería referirme a los episodios más tristes de mi vida o al asesinato del abuelo de ellos. Yo eso quería ponerlo entre paréntesis. Quería educar a mis hijos en la alegría en la que me habían educado a mí, en la felicidad. Tal vez incluso en la mentira de que el mundo es bueno y va progresando y es bonito. Por eso escribía libros muy distintos, libros en los que la gente se reía más que nada, libros casi humorísticos. Y en cambio en El olvido la gente se reía algo, pero casi todos los lectores, las lectoras que se me acercan, me dicen que han llorado, que han llorado mucho.
Tal vez la gente piensa que el llanto es una cosa mucho más seria que la risa. Y yo no sé si yo lo pienso o no. Pero sí me doy cuenta de que cuando el arte se nutre de alguna tristeza, y no estoy hablando solo de la literatura o de la poesía, sino de la música, por ejemplo, o de la pintura, hay una extraña belleza ahí. Y es tal vez lo único que puede justificar la existencia en el mundo de las cosas trágicas y tristes: que de ellas, de todas maneras, se puede extraer alguna belleza.
Mahler, que perdió a alguno de sus hijos o a varios, escribe unas composiciones, compone unas sonatas para niños muertos, también de una extrema belleza. Entonces es raro que de lo triste salga tanta belleza y que también los lectores a veces vean belleza, sobre todo, en lo que es más trágico y triste. A lo mejor a eso se debe. Y entonces los otros libros no le tienen tantos celos a este otro porque son libros que se nutrieron más de la alegría, de las ganas de vivir y de las ganas de reírse. Y saben que el otro tiene más éxito, pero le tienen un poco de lástima porque se nutre de algo muy doloroso para llegar a eso. Yo creo que los otros libros preferirían, que ese fuera mi tono total y general y permanente. Como yo preferiría, no haber tenido que escribir ese libro, aunque haya sido el libro mío más leído.
Hay textos referidos a la figura del padre que muchas veces poseen un tono amargo, triste, casi desesperado. Por ejemplo, la Carta al padre de Kafka. Ese libro suyo, sin embargo, es una total reivindicación.
Sí. Yo le tengo mucha repulsión a la amargura, al resentimiento, al odio, a las ganas de vengarse. Creo que soy casi alérgico a eso. Nunca me saldría tratar de escribir así. A veces lo he hecho en algún artículo, he hecho algunas cosas escritas con rabia y como con ganas de hacer daño, pero eso casi nunca lo publico y no me deja nada contento. Creo que eso que tú encuentras ahí en ese libro es lo más auténtico que pueda haber en mí. El intento de alejarme y de evadir siempre toda amargura, todo resentimiento, y es algo que curiosamente yo creo que aprendí más de mi madre, que es una persona que tuvo una vida bastante dura; huérfana de padre, fue criada en circunstancias más bien difíciles, pero ella siempre fue una persona muy alegre y muy poco amargada con lo malo que le pudo haber pasado, incluso después de la muerte de su hija, del asesinato de su marido.
Ella siempre conservó, después de sufrir intensamente, una gran alegría y unas ganas de seguir viviendo, y lo que yo intento transmitir en los libros que he escrito es que eso es lo que triunfa siempre, es lo que debe triunfar, con cierta alegría y ciertas ganas de seguir viviendo. Porque si la vida no vale la pena, si la vida es siempre totalmente horrible y no tiene sentido, si uno lo afirma permanentemente, si eso es lo único que piensa, entonces el libro no sirve para nada. Es como el Cándido de Voltaire, que es un libro para demostrar que el mundo es horrible, que hay pestes, que hay violaciones, que hay guerras, que hay revoluciones, terremotos, autos de fe, cosas espantosas, deformaciones físicas, y sin embargo es un libro en el que uno todo el tiempo se está riendo un poco, y es un libro que termina diciendo que, a pesar de todo esto, hay que cultivar nuestro jardín.
En algunos casos es escribir, en otros no sé, en general los oficios, los oficios artísticos y culturales son muy gratos para poder… no sé, lo sentirás tú, si uno escribe un buen poema (casi nunca pasa), si a uno le dictan un buen poema aún en un momento de gran amargura, de tristeza, de despecho, de soledad, de lo que sea, si a uno le sale un buen poema, hay un gran consuelo en conseguir crear algo de belleza a partir de lo duro y de lo triste y de lo trágico.
Una rareza de El olvido que seremos es que ha apelado a muchísimos lectores en todas partes y les ha llegado muy hondo, pero además ha tenido muy buena repercusión crítica. Por ejemplo, un estupendo texto de Juan Villoro sobre el libro (él por otra parte escribió una reivindicación de su propio padre a posteriori, La figura del mundo). ¿Se siente identificado con lo que Villoro escribe de usted ahí?
Villoro es muy generoso y es un buen amigo. No sé si me siento identificado, no sé si él exagera, probablemente sí, pero lo que sí me siento es muy agradecido y, si no recuerdo mal, yo lo leí hace mucho tiempo cuando salió, él termina diciendo algo así como «Muerte, ¿dónde está tu victoria?». Y es bonito que él piense que en un libro pueda de algún modo derrotar a la muerte. No sé si identificado, pero muy agradecido sí.
En algún sitio cuenta usted el proceso de elaboración de El olvido, que le tomó muchos años. También descubrió cosas de su padre que no conocía. ¿Cómo se sintió, digamos que hurgando en la vida de su padre? Hay una gran diferencia, pero también algo en común con Conversación en La Catedral, es decir que la vida del padre se va reconstruyendo a partir de las cosas que van aflorando, pero en un sentido bien distinto. ¿Cómo se ve uno tocando esa fibra tan sensible?
Recuerdo que leí Conversación en La Catedral, creo que al final de mi adolescencia, cuando salió, no sé en qué año salió ya, y me impresionó mucho ese libro por dos motivos: por la técnica, porque Vargas Llosa es un gran conocedor de la técnica novelística, es un tipo tan disciplinado, de una mente tan ordenada, es una técnica muy impresionante; y por cómo se va descubriendo como la vida secreta de este padre que no es propiamente un padre ejemplar, el de Conversación en La Catedral. Y yo cuando lo leí, no sé, me impresionó mucho y me impresionó mucho también el descubrimiento central del que se habla en Conversación en La Catedral, como una característica horrible en su época, algo vergonzoso que se trata un poco despectivamente.
En mi caso, creo que es muy distinto, y esto se debe también a mi madre porque yo creo que con los hijos y los padres tenemos una relación distinta porque no es la amistad. En la amistad hay intimidad, hay mucha intimidad. Digamos que uno es amigo de alguien, bueno, salvo en ciertas amistades a la inglesa que excluyen toda intimidad, pero en las amistades más latinas, más nuestras, la intimidad está incluida. En cambio, la intimidad de nuestros padres, sobre todo su vida sexual, por ejemplo, es algo que a mí no me interesa, no me gusta pensar en eso, es siempre como molesto, como incestuoso, y el incesto es algo que… Creo que la prohibición del incesto no es cultural, que es una cosa que viene en nuestra biología y que es necesario prohibir el incesto para que la especie sea más sana y pueda sobrevivir. Entonces, esos aspectos de la vida íntima de los padres no nos interesan y no queremos averiguarlos.
Sin embargo, en El olvido que seremos yo me sentí obligado a hablar de todo, incluso de las cosas más íntimas. Y decía que es muy distinto a Conversación en La Catedral porque mi mamá, cuando yo les entregué el libro a mis hermanas y a ella antes de publicarlo, para que ellas me autorizaran que lo pusiera a los ojos de la gente, de los lectores, me di cuenta de que mi mamá sabía todos esos aspectos de la vida íntima de mi papá y que siempre los había pasado por alto como algo que no era de eso de lo que estaba hecho, de lo que estaba hecha la relación de ellos dos.
Y fue cuando ella me dijo: «Yo a tu papá lo quise completamente, tal como era él». Y eso fue todo lo que me dijo, reconociendo todo lo demás, toda, digamos, toda su vida. Ahí en los diarios [indica un ejemplar que reposa sobre la mesa] yo repito al principio algo que dice García Márquez sobre la vida privada, la vida íntima, la vida secreta. Hay partes de la vida secreta, sobre todo de la vida sexual de las personas, que está bien que permanezcan en esa secreta intimidad, porque digamos que es nuestro aspecto más animal. Compartirlo con otros es siempre incómodo e incomprensible.
Creo que es muy grave cuando el Estado intenta meterse o cuando la religión se mete. Realmente esa invasión de nuestra intimidad sexual por parte del Estado, de la Iglesia, de las religiones es detestable y es una de las causas más grandes de sufrimiento que hay en el mundo. Creo que la religión y el Estado, cuando se meten en esos terrenos, lo único que hacen es producir infelicidad en la tierra.
En los diarios usted, que los estaba escribiendo quizá para conjurar la situación de que no podía escribir ficción, de que abandona alguna obra, en los diarios sí se desnuda realmente contando relaciones extra… (iba a decir maritales, pero no estaba casado), fuera de la pareja. Cuenta muchas cosas que llaman la atención. Es verdad que se han publicado muchos años después, pero ¿qué pacto tenía con la sinceridad a la hora de escribir?
Bueno, los diarios íntimos, yo diría que son por definición un género póstumo, y así debería ser, porque en vida esas cosas no se deberían publicar. Yo los publiqué casi por desesperación y por obligación, y porque también pensé que a lo mejor después de muerto a mis hijos por curiosidad o por necesidad, o mi esposa… Si se llegara a pensar que después de muerto se puede, qué sé yo, sacar algún beneficio de papeles dejados por el muerto, me parecía que el ejercicio de hurgar en mis papeles hecho por mis hijos o hecho por mi mujer sería muy doloroso.
De algún modo les ahorré ese trabajo con la condición de que no iban a leer estos diarios, y ni mis hijos ni mi mujer los han leído. Saben que son muy íntimos, que se cuentan hay cosas muy duras y dolorosas; por ejemplo, de mi relación con la madre de mis hijos, pero en últimas yo pienso que habría sido peor si a ellos les hubiera tocado leerlo, editarlo, corregirlo, revisar la ortografía, la gramática de una frase donde yo estoy hablando de algo muy doloroso en la que le estoy haciendo un gran daño a su madre.
¿Por qué lo escribía? Porque para mí escribirlo era una forma de expiación, una forma de tratar de aclararme la mente y porque yo solamente entiendo lo que escribo, no lo que pienso. Solamente cuando lo estoy escribiendo termino por entenderlo. Digamos que, al hacerlo en vida, cumplo con un viejo precepto de mi papá, un precepto médico muy importante: que lo primero es no hacer daño. No quiero hacerles daño, sobre todo a los que más quiero.
Usted nació, y su padre murió, en la que era la ciudad más violenta de la tierra en aquel momento, Medellín. Eso se ve mucho en El olvido, en los diarios, en otras partes de su obra. También ha escrito sobre la violencia de Colombia en La oculta,
novela que es una especie de retrato del conjunto de Colombia. ¿Podemos hoy imaginar lo que era ese estado de absoluta peligrosidad y de violencia que había cuando era usted joven?
Bueno, digamos que yo tuve la suerte de vivir en Italia en los años peores de Colombia.
Es decir, yo me fui a Italia en el año 82, volví como en mayo del 87, ya después de haber estudiado en Italia, con mi hija que iba a cumplir un año, y luego matan a mi padre en agosto, y yo en diciembre me tengo que ir y vuelvo a Italia y me quedo hasta el 92. Y esos años, todos los ochenta y los primeros años noventa, fueron los peores años de violencia en Colombia. Todos mis amigos de allí, mis hermanas, mis colegas escritores, vivieron esos momentos en que uno no podía ni estar en la calle, ni salir, ni estar por ahí con los amigos.
En cambio, para mí fueron años muy felices en Italia. Tal vez fueron los años más felices de mi vida, porque yo estaba en un país muy bonito, lleno de amigos, con una universidad muy buena, y vivía una vida muy alegre con mi novia. Yo me fui con mi novia y con mi novia tuve hijos.
Ella era de origen italiano, ¿no?
Ella era italo-colombiana y vive todavía en Verona. Yo fui a Colombia, experimenté la violencia de la manera más directa y más próxima con el asesinato de mi papá. Pero yo era, no sé, como García Lorca ante la sangre: que no quiero verla, que no quiero verla.
En los años más duros crecí sabiendo las noticias de Colombia, pero un poco de espaldas a lo que allí pasaba. A mí no me tocó la explosión, la erupción del Nevado del Ruiz. Ahora en España ha habido la dana, donde murieron dos centenares de personas, pero allí quedó sepultada toda una ciudad, 30 000 muertos en la ciudad de Armero. Eso no me tocó. O la toma del Palacio de Justicia por los guerrilleros y luego la entrada de los tanques al sitio de la Corte Suprema de la Justicia de Colombia, también con cientos de muertos y desaparecidos, y el horror y los miles y miles de secuestros que hubo en Colombia en esos años y los miles de… y el exterminio de la UP, el partido de izquierda. Mi papá no era de ese partido, pero mi papá se oponía obviamente a ese exterminio.
Yo lo viví de lejos. Yo he sido más bien cobarde y no me gusta estar en el sitio donde pasan las cosas más horribles. Sin embargo, ahora estuve en Ucrania y casi me matan, y es como que sin querer esas cosas me toca vivirlas, pero sí, yo, digamos que en los años noventa cuando volví, todavía era una situación muy dura, y todavía lo es hoy en día, aunque en niveles cuantitativos mucho menores. Lo único que yo puedo decir es que he tratado de que mis hijos, cuando han vivido ahí, o mi hija, que sigue viviendo ahí, o mi familia, estén lo más protegidos posibles y lo más alejados que se pueda de todo riesgo y de toda violencia. De algún modo yo en Colombia vivo muy encerrado, vivo en un exilio interior sabiendo lo que pasa afuera, pero sin ganas de estar metido en el mundo de la sangre, del combate, del combate político. Yo estoy metido en otro mundo.
Pero ese mundo a veces se infiltra y lo busca a usted. Porque cuando vuelve muy inexplicablemente, en el 92, creo que fue, tenía una situación más o menos aceptable en Italia. Se va otra vez al centro de la locura que es Medellín y de hecho están a punto de asesinarlo cuando le roban a punta de pistola el auto de su hermana.
Sí, es verdad. Es muy rara la sensación de que te pongan una pistola en la sien. Esas cosas que pueden pasar en cualquier parte pero que en Medellín pasan mucho. Sí, yo me fui a Italia odiando a Colombia la segunda vez. Cuando ya mataron a mi padre dije: «Bueno, ya, yo con este país no quiero tener nada que ver. Este país asesina a sus mejores hombres, mató a mi papá, es un país salvaje. Yo me voy a Italia y me vuelvo italiano y se acabó. Y corto mi relación con este país de mierda». A mi papá le enfurecía cuando yo decía «país de mierda». Me regañaba, decía: «Este no es un país de mierda» y daba un golpe. «Este país nos lo ha dado todo, etc.» Lo cual también era verdad. Pero, bueno, no sé si después de que lo mataron hubiera aceptado mi calificativo a ese país.
Pero en Italia me di cuenta de que no podía ser italiano. Ahora vivo mucho tiempo en España. Tampoco puedo ser español aunque tenga pasaporte español. Uno es irremediablemente del país del que es y de donde hizo el bachillerato, de donde aprendió la lengua de su casa y de sus amigos. Uno es de ahí. De ahí es su acento. Yo no soy patriota, no pienso que sea mejor ser antioqueño que bogotano, o que sea mejor ser andaluz o catalán, o vasco que castellano, o italiano mejor que marroquí. Es un azar.
No tengo una relación muy íntima con mi origen. En eso soy más bien como judío. En cualquier país estoy más o menos desterrado, pero creo que es bueno tener muchos pasaportes y tener muchas patrias porque uno nunca sabe en qué momento sea mejor vivir en la selva amazónica que en el centro de París. Es muy raro, pero si hay una guerra grave entre Rusia y Europa pues es mejor estar en las montañas de Antioquia que en el centro de París. Yo tengo un buen amigo francés, Philippe Lançon, periodista que escribió en Libération, que una vez fue a Colombia y me hizo una entrevista así larga, como tú, y fuimos a La Inés, a la finca familiar donde se desarrollaba La oculta. Y hablamos de toda la situación colombiana tan dura, eso a principios del siglo este, como el 2008 o una cosa así, 2007.
Y Philippe, al final de esta entrevista larga, pues me dijo que me cuidara mucho, que ese país era muy duro, etc. Y él volvió a Francia al paraíso de la tranquilidad del primer mundo y de la Ilustración y de los museos y de la belleza. Él, aparte de trabajar en Libération también les hacía notas a Charlie Hebdo, y estaba en la sala de reuniones de Charlie Hebdo cuando entraron los terroristas, y a mí me llegó la noticia de que lo habían matado. Sin embargo, después resultó que él se hizo el muerto. No estaba muerto, le habían destrozado toda la cara, había perdido la mandíbula por completo, tenía tal hueco en la cabeza que los terroristas pensaban que estaba muerto. Él estaba vivo, pero se hizo el muerto, sobrevivió, y escribió un libro precioso que se llama Le Lambeau (El colgajo) sobre esta experiencia. Y cuenta además que llevaba una mochilita con un libro que había comprado en una librería que yo tenía en Medellín con unos amigos, y que de algún modo un gesto que él hizo con esa mochila y el libro que le iba a mostrar a su compañero fue lo que lo salvó.
Es como muy raro, ¿no? Yo me cuido mucho, yo evito toda violencia, pero uno nunca sabe. Hay un proverbio judío que dice: «Uno hace planes y Dios se muere de la risa». Uno cree que de verdad puede llevar su vida por donde quiere, y la vida está tan llena de casualidades…
Hemos hablado de Italia, de Colombia, pero usted vino a España en algunas ocasiones. Como escala a Italia, estuvo aquí, y luego más veces. ¿Por qué va a Madrid y no a Barcelona, donde quizá había más este ambiente latinoamericano, eco de escritores del Boom?
Bueno, yo fui a Madrid. Estuve, pasé por Barcelona, donde vivía un amigo. Mis hermanas y mi mamá vendieron el carro que tenía mi papá, que era un Mazda rojo, me acuerdo muy bien. En realidad de mi papá no había ninguna herencia, estaba el apartamento donde vivía mi mamá, un porcentaje de una finca del abuelo, que había que mantenerla según él dijo, nunca se podrá vender, y el carro. Me dijeron: «Te vamos a dar la plata del carro y con esto te vas, porque te tienes que ir».
Y eso era todo lo que yo tenía en mi equipaje, digamos, lo que valía un carro. Yo no sé cuánto valdría hoy, el equivalente, no sé, de siete mil euros, seis mil euros, algo así. Es decir, que podías vivir más o menos seis meses sin muchos gastos. Entonces en España yo no conocía a nadie, yo nunca había vivido en España, no sabía por dónde moverme para buscar, para encontrar un trabajo. Lo pregunté, lo dije, pero no había nada en Barcelona tampoco.
Era normal que mi país, donde más amigos tenía y donde yo había estudiado, fuese Italia. Entonces fue lo de irme a Italia y ahí iba a empezar a trabajar en una fábrica de zapatos. Cuando ya había aceptado ese trabajo me llamaron, una amiga me consiguió un trabajo como lector de español en Verona y, aunque era solo por tres meses y en la fábrica de zapatos me pagaban más, yo dije: «No, pero lo mío es como algo más humanístico y literario». Y me fui y luego me prorrogaron el contrato. Entonces me quedé en Italia. Pero no por planes, uno hace planes y Dios se muere de la risa ¿por qué? Porque así la vida lo va llevando a uno, sí. La frase de mi papá era «La vida sabe más que uno», y era como que uno no puede realmente dominar y planear perfectamente qué es lo que va a hacer.
Uno tiene planes y va dejando atrás un montón de yoes. Es la idea de Unamuno, que es muy bonita, la idea de los ex futuros, que son esos yoes que uno va dejando a lo largo de la vida. Por ejemplo, yo empecé a estudiar medicina; entonces, un ex futuro mío es el doctor Faciolince que pude ser; o pude haberme quedado en Italia haciendo una carrera académica porque empecé a publicar, y si me hubiera dedicado como se dedican los académicos, si hubiera yo escogido algún autor que me gustara del Siglo de Oro, Quevedo o Lope de Vega, o alguna parte, alguna cosa de Cervantes, habría podido hacer lentamente una carrera en la universidad italiana.
Un amigo mío, el mismo que me enseñó la idea de los ex futuros y me regaló ese ensayo, se encontró una vez conmigo. Él es asturiano. En Italia cuando nos encontramos yo no había publicado los libros que leímos, era un escritor más bien secreto y desconocido, y él me veía como lo que somos todos: siempre un escritor que lee muy poca gente. Una vez tiene suerte con un libro de repente, pero en general los escritores son gente a los que nadie lee, y yo era eso, y él me dijo: «Hombre, es que si te hubieras quedado en Italia ahora serías catedrático». Y es verdad, a lo mejor sí, pero ese ex futuro mío, catedrático… En ese momento como que dije, ah sí, tal vez mi vida sería más fácil y más tranquila si yo me hubiera quedado siendo catedrático.
Ganarme la vida en ese momento en Colombia era muy difícil. Tenía una librería de viejo, que quebró. Trabajaba en una revista universitaria como editor y me pagaban muy mal, como salía cada tres meses me pagaban cada tres meses, y de pronto yo al primer mes me gastaba el sueldo y después, bueno… En fin, entonces el ex futuro catedrático era una cosa más apetecible, y después a partir de lo más triste y más doloroso de mi vida puedo empezar a vivir de los libros, curiosamente; no tengo ya que trabajar aquí y allá.
Durante un tiempo también tuvo que ganar algún dinero con la traducción.
La traducción la pagan pésimamente. Y si hubiera seguido en eso, ahora me estaría reemplazando la inteligencia artificial. Estaría jodido.
Más allá del dinero un tanto menguado que le proporcionó la traducción, ¿cómo la ve y qué le aportó como escritor? Usted dice en sus diarios que le está quitando el tiempo, pero que de algún modo también le ayuda a escribir mejor.
Sí. Es que yo creo que la traducción es la lectura más cuidadosa que puedes hacer de grandes escritores, al hacer esa lectura tan cuidadosa y al transcribirla con los recursos de tu lengua, que son otros que los recursos de la lengua de partida. Traducir no solamente es cambiar palabras, no es pasar estas palabras de acá, estas palabras de allá. Por eso la inteligencia artificial traduce muy mal los poemas, y nunca creo que lo vaya a hacer bien durante un siglo más. Con la traducción uno realmente aprende. Yo aprendí mucho, creo. No quiere decir esto que sea capaz de imitarlos en su gran calidad, pero aprendí cosas de Natalia Ginzburg, de Italo Calvino, de Umberto Eco, de Leonardo Sciascia y de muchos otros. Aprendí mucho. Uno piensa que está perdiendo el tiempo traduciéndolos, y no.
Ahora te mencionaba Cándido de Voltaire, un libro que a mí siempre me encantó. Yo no sé francés, no sé hablar francés, pero puedo leerlo más o menos. Pues también lo traduje, hace unos cinco años, simplemente como una manera de leerlo muy bien. Yo lo quería leer en francés palabra por palabra e ir viendo todo lo que no entendía con ediciones críticas, con traducciones a otras lenguas que conocía mejor. Creo que pude hacer una lectura absolutamente minuciosa y cuidadosa, y que aprendí mucho también. La hice cuando no necesitaba dinero ni me iban a pagar por esa traducción. La hice para la pequeña editorial que tengo con mi mujer, y obviamente gratis, pero traduciendo uno aprende mucho.
Siempre que estoy bloqueado, y eso me pasa muy a menudo, al menos para no sentirme inútil yo me pongo a traducir. En la pandemia, igualmente, traduje muchos cuentos infantiles y también para adultos de Kipling, y hace un par de años traduje una novela muy larga de una escritora estadounidense, Rebecca Goldstein, que desgraciadamente es solo conocida aquí, sobre todo, por ser la esposa de Steven Pinker, un gran divulgador y lingüista. Ella tiene novelas muy buenas. En un bloqueo que tuve, traduje esa novela.
En mi juventud traduje para ganarme la vida, no muy bien, pero algo me pagaban. Y ahora como para recordar que es un oficio muy bonito, para aprender. También he traducido poesía, me gusta traducir poesía porque es muy difícil, porque aprendes de poetas en otras lenguas. Yo creo que en la poesía, incluso la poesía en lengua española, tienes que estarla traduciendo todo el tiempo, traduciendo las imágenes y las metáforas a una lengua distinta que no es solo el español. Leer poesía un poco es traducir un lenguaje interior.
Es otro idioma la poesía.
Las pocas veces que he hecho algún taller de escritura o curso de literatura yo les he dicho a los estudiantes que lo mejor que puede hacer uno para escribir prosa, aunque ellos quieran escribir novelas y cuentos, que es lo que casi todos quieren escribir, porque se quieren ganar la vida escribiendo y como poeta es muy difícil, les digo que lo mejor es leer poesía. Para un prosista no hay nada mejor que sumergirse en la poesía para entender la verdadera potencia, riqueza y capacidad expresiva que tiene el idioma. Yo aprendo más de los poetas que de cualquiera. Otra manera de desbloquearme, cuando no me sale la escritura, es leer poesía. Es casi mágico. Yo me pongo a leer un buen poeta y de repente vuelven las palabras que había perdido.
Pero usted mismo es poeta también.
No, yo no soy poeta. A mí a veces me pasa que escribo un poema, que me llega el poema pero siempre con mucha vergüenza y sabiendo muy bien que no soy capaz de ser un buen poeta. Pero que me encanta. Es, digamos, el género que yo más respeto, que más leo, probablemente del que tengo más libros en mi biblioteca. La parte más grande que hay está en el comedor, y es de poesía.
Pero ha publicado en Pre-Textos en una excelente de colección con un prólogo de Andrés Trapiello, y escribe muy bien. El problema es que la poesía es algo involuntario que no tiene que ver con que tú te apliques. Tú aplicadamente haces un ensayo o una novela, pero un poema no, un poema llega cuando le da la gana.
Por eso ustedes tienen tanta fama de vagos, porque están ahí esperando ¿y qué están haciendo? Pues esperando a ver si me llega un poema, y tiene que ser así, emborrachándome a ver si me llega un poema, o qué más hacemos. O si no, matándose.
Yo tengo mucho miedo a la poesía porque el amigo con el que me inicié en la literatura, Daniel Echevarría, se pegó un tiro. Yo dije: si yo sigo de poeta, acabo suicidándome como Daniel. Y en serio, le tengo mucho miedo. El mundo está plagado de malos poetas. Ser mal poeta es facilísimo, pero ser un buen poeta es dificilísimo. Entonces es una ficción, muy duro, porque el poeta tiene que estar captando algo del mundo que nadie más capta. ¿Y dónde está? No se sabe cómo le llega.
Quizá también hay una dificultad añadida al hallarse en una tradición con grandes poetas, porque Colombia tiene enormes poetas como Darío Jaramillo o Piedad Bonnett, que acaba de ganar en España el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.
Sí, son buenos amigos. Juan Manuel Roca es un gran poeta, Gómez Jattin fue un gran poeta, Silva era un gran poeta, León de Greiff era un gran poeta. Tenemos muy buenos poetas. Yo los he leído con mucha pasión y con mucho respeto y con la certidumbre de que de vez en cuando se me ocurre un poema. Yo por eso también cargo siempre esto [señala un cuaderno negro] porque a veces, caminando… Ahora me vine caminando desde un hotel, alguna frase llega de vez en cuando. O mira, fíjate…
Un poema, no me diga.
Estaba leyendo una biografía de Natalia Ginzburg, a la que mencioné antes. En la biografía cuentan cómo a su marido Leone Ginzburg, por judío, lo secuestran los fascistas en Roma, se lo llevan a la cárcel donde están también los nazis, lo torturan y en medio de las torturas muere. Y ella escribe un poema sobre la tortura y muerte de su marido. Entonces, ya que no se me ocurren poemas me puse a traducir ese poema de Natalia Ginzburg que yo no conocía, que es durísimo, y que en la biografía que yo estaba leyendo estaba traducido, pero no me gustó la traducción.
Entonces busqué el original italiano y dije, bueno, yo no soy poeta, pero como he leído tanta poesía creo reconocer la poesía en mi lengua. Entonces traté de poner en español lo que había leído de Natalia Ginzburg. Lo voy a corregir. Son tres páginas [lo lee].
Ahora que está recitando, es muy interesante la historia del poema que está tras el título de El olvido. Usted lo explicó de una forma muy concienzuda en un texto que se recogió con otros ensayos. Ahí hay una especie de pesquisa. Porque habla con uno y con otro, hay una primera versión de la que luego se desdice, pero finalmente… ¿Ha encontrado algo más, o ya da por definitiva esa versión que publicó?
Bueno, ahí yo publiqué esto de un poema en el bolsillo. Es que parece una historia de Borges, porque asesinan a un hombre y le encuentran en el bolsillo un soneto
firmado por unas iniciales y nadie sabe de quién es ese soneto, aunque parece de Borges, porque las iniciales son J.L.B.
Y el estilo es de Borges, sí.
Luego se publica, pero sale un poeta muy raro, Harold Alvarado Tenorio, que afirma que él había escrito ese poema, pero dice que lo había escrito en 1993 y a mi papá lo mataron en el 87 y él llevaba el poema en el bolsillo. Entonces yo le pregunto: «¿Cómo es posible que mi papá llevara en el bolsillo en el 87 un poema que tú escribiste en el 93?». Y él me dijo: «No, pues entonces tu papá llevaba en el bolsillo el poema antes de que yo lo escribiera». Es un puro cuento de Borges.
Los cuentos fantásticos son maravillosos como cuentos, pero en la realidad esas cosas no existen. Yo me obsesioné con esa historia y me dediqué a buscarla y yo creo que, después de que la publiqué, digamos lo único que me pasó fue que conocí en Andalucía a María Kodama, y al final de un almuerzo estaba ella con una amiga, y yo le dije: «Mire, le quiero contar esta historia…». Le había intentado mandar el libro, pero ella siempre había reaccionado muy mal. Me oyó pacientemente la historia y al final me dijo: «No, su historia es muy bonita, lo que quiera, pero Borges no entregaba por ahí poemas como si fueran una cosa que no tuviera importancia». En cambio, yo creo que sí lo hacía. Ella lo negó –tengo una foto con ella llevándola yo en su silla de ruedas por Málaga– y no la pude convencer. En últimas, lo que Borges decía es que no tiene mucha importancia quién es el lector y quién es el redactor de un poema; que es un azar que él fuera el redactor y tú el lector, dice en algún prólogo.
Ese soneto se publica junto a otros más en alguna revista, alguna plaquette. Tiene una larga historia. Es muy paradójico y casi también borgeano el hecho de que al rechazar María Kodama la autoría de Borges, entonces el soneto se puede reproducir libremente, porque no paga derechos.
[Risas.] Eso es lo bueno, esa plaquette la hacían unos estudiantes de Mendoza. Y tenían una colección que se llamaba Poesía Anónima. Siempre publicaban poemas sin el nombre del autor, esa era su colección: Anónimos. Pero por primera vez y única vez en su colección ponen el nombre del autor: Jorge Luis Borges. Entonces hay todo un juego entre la poesía anónima, la poesía que está en la calle, la poesía que no es de nadie, lo que decía yo creo que Machado… No sé cuál de los dos Machado decía que lo mejor que puede pasar cuando uno escribe coplas andaluzas, saetas o estas cosas es que las oigas repetidas por el pueblo como si fueran anónimas.
Usted salió en las noticias hace unos meses cuando el suceso de Ucrania, que debió de ser traumático. ¿Puede contar brevemente lo que ocurrió estando allí en Ucrania?
Como te dije antes yo me cuido, a mí no me gusta estar en situaciones de riesgo ni nada. Yo fui a Ucrania porque habían publicado El olvido que seremos en ucraniano justo antes de la pandemia. Por ese motivo no pude ir a presentarlo. Lo habían publicado dos jóvenes ucranianas que acababan de fundar una editorial, y después también me invitaron, y llegó la guerra, y tampoco pude ir a presentarlo. Y el año pasado, en junio del 23, finalmente iba a haber, a pesar de la guerra, una feria del libro en Kiev. «Te queremos invitar, ven entonces». Yo dije, bueno, si ellas son capaces de vivir ahí en Kiev y no les da miedo yo no tengo derecho a decir «Me da miedo y no voy».
Entonces fui, fui porque me daba vergüenza no ir. Fui para no quedar como el más cobarde y miedoso del mundo. Es un viaje bonito e interesante, porque llegas a Polonia, coges un tren enorme, larguísimo, azul, y viajas toda la noche por Ucrania y al amanecer llegas a la capital, Kiev. Y ese era el plan, solo que se unió un amigo mío que había fundado un movimiento que se llama Aguanta Ucrania. Cuando supo que yo iba, dijo, ah, yo también voy contigo y presentamos allá el movimiento Aguanta Ucrania, Bien. Y era también en la feria del libro de Kiev, y lo presentamos con varios escritores ucranianos, con el PEN. Y estaban ahí a mi amigo Sergio Jaramillo, ex comisionado de paz de Colombia, el que había firmado la paz con la guerrilla de las FARC, un tipo él sí muy valiente, y una periodista de guerra colombiana, Catalina Gómez, que estaba cubriendo la guerra ahí en Ucrania y había ido al frente y a todas partes.
Después de este acto, a ellos se les metió que como en Kiev no pasaba nada teníamos que ir realmente a conocer los sitios por donde la guerra sí ocurría o por donde la guerra había pasado, para ser testigos y comentar. Yo dije: «No, no voy a hacer eso,
no quiero ir allá, yo tengo dos hijos». Ni Sergio ni Catalina tienen hijos, pero Sergio es un experto en negociación y empezó bla bla bla y esto y lo otro, y yo que no puedo, además pierdo mi billete de avión, 600 euros voy a perder, eso me cuesta cambiar la fecha, pierdo mi billete de tren para volver por la noche. A todo encontró la solución, o me daban la plata para el billete, y Catalina dijo: «Si te da miedo, no vamos, cancelamos el viaje al oriente de Ucrania».
Y entonces ¿voy a ser yo el único cobarde, el aguafiestas, el que no quiere ir? Pues vamos, y les escribo a mis hijos al chat familiar. «Voy a ir un poquito hacia el sur, no se asusten, voy a postergar un poquito el viaje, dos diítas más, pero vamos a ir al sur porque nos quieren mostrar…» «¿A dónde? ¿a Odessa?», me pregunta mi hijo. «No, no exactamente a Odessa». Y Victoria Melina tampoco iba a ir, ella se iba para una beca en París de un año a escribir un libro que ya estaba terminando sobre los crímenes de guerra rusos en Ucrania, sobre las mujeres que miran la guerra, Diario de guerra o algo así se llama. Y en el último momento ella dijo: «Ah, pues sí que me voy para París, pero me parecería muy bueno ir a despedirme del Donbás, porque ahí he hecho muchas de mis investigaciones. Va, voy con ustedes».
Fue la noche anterior de que saliéramos. Y nos fuimos, ahí sí vimos de verdad los desastres goyescos de la guerra. Nunca me sentí en peligro, estaba todo como bien, y el último día, ya para darle las gracias a Victoria, ella dijo que le gustaba mucho una pizzería en Kramatorsk, una ciudad que queda a unos 20 kilómetros del frente de guerra, que al empezar la guerra tenía 300.000 habitantes y ahora tiene apenas 80.000. En fin, una ciudad medio destruida, y fuimos a esa pizzería. Ya era el último acto, había toque de queda, había ley seca, ya nos estábamos despidiendo, ya mañana volvemos a Kiev y después a Polonia y a la seguridad de España. Y, bueno, sencillamente estábamos ahí.
Habíamos pedido solo las bebidas, yo fui al baño como buen prostático, volví y,
en fin, al volver del baño, también porque yo quería, cambié de puesto. Estábamos en la terraza en un sofá como este, pero blanco y de plástico. Yo me senté ahí, aquí se sentó Sergio y a mi lado se sentó Victoria Amelina, la escritora ucraniana, y aquí se sentó Catalina. Entonces, al volver del baño yo me puse ahí para oír mejor (aquí tengo un audífono que me pusieron también después de Ucrania), y Victoria se movió a mi lugar, Catalina se movió aquí al lado de Victoria. Y cuando íbamos a brindar, para darle las gracias a Victoria, impactó un misil. Caímos al suelo, quedé todo manchado de sangre mezclada con tierra. Parecía una cosa negra, pegotuda, y Victoria quedó herida de muerte y no la pudieron salvar. Tres días después falleció.
¿Fue un impacto de metralla?
Sí, como metralla que podía haberme dado a mí también, a ti. Es un azar, yo sé que es un azar aunque mis hermanas digan que es la Providencia. Bueno, mis hermanas en realidad son animistas. Creen que mi papá y mi mamá, los muertos de la familia, nos protegen. Entonces ellas creen que mi mamá me salvó la vida. Otros piensan que es el destino, que no era tu día, y punto. Yo pienso que fue el azar.
Y le regañaron su mujer y sus hijos.
Mucho peor que eso. Fue lo más horrible para mí y es de lo que estoy escribiendo:
un poco sobre Ucrania y sobre esta experiencia. Yo ahí tenía sesenta y cinco años. A los sesenta y cinco años años mataron a mi papá por una causa justa. Entonces, que a mí me hubieran matado por una causa justa, defender a Ucrania, no porque yo sea un activista sino por casualidad, por ser incapaz de decir que no… Porque fue lo que me dijeron mis hijos: «¿Es que no te das cuenta de que si te hubieran matado en Ucrania», dijo mi hija Dani, «nosotros hubiéramos quedado tan locos y tan rayados para toda la vida como tú y como mis tías?» (como mis hermanas). Y mi hijo me dijo: «Fue un acto muy egoísta, qué me hubieras dicho tú si yo te digo que voy a Ucrania y después estando en Kiev te digo que además voy a ir cerca del frente, qué me hubieras dicho tú».
Y no hubiera conocido a mis nietos, porque van a nacer mis primeros nietos ahora, me hubiera perdido eso. Y para mi hija tener hijos y que no esté su padre y tan cerca de la muerte con el nacimiento…
¿Tuvo algún momento de premonición, cuando iba aceptando como a regañadientes que tenía que ir?
No tenía ganas, no tenía ganas de exponerme, pero no, digamos que lo único fue en un campo de entrenamiento para soldados que llegan al frente: nos hicieron una demostración de tiro, obuses que les tiran a tanques, pero eran tanques de mentira, de papel. Esas explosiones me parecían horribles, fue como lo único que yo me sentí…
Ahí murieron dentro del restaurante doce personas. Ah, otra cosa: mi hija va a tener mellizos. Murieron dos gemelas allá adentro, y a mí me obsesionaron esas gemelas frente a su padre, comiendo con su padre. Murieron las gemelas y el padre sobrevivió. El hecho de sobrevivir es muy raro. Estoy muy feliz de haber sobrevivido, pero esta mujer tiene exactamente la misma edad de mi hija. Muy joven. Nació en el año de Chernóbil. Mi hija nació en el año de Chernóbil, en el 86. Entonces, todo era, todo es como para enloquecerte,
No le queda más remedio que escribirlo para exorcizarlo.
Este año ha sido muy duro, no era capaz de escribir, no era capaz de hacer nada. Y empecé a escribir una novela, y la novela era un disparate; entonces vi que tiene que ser un libro de no ficción, como una crónica. Es una crónica, una crónica y un ensayo, un poco sobre Ucrania y sobre esta mujer. Ahora viniendo para para acá, del hotel, paré y escribí algo que tal vez es lo que lo que yo quiero hacer en últimas, que es como esto [lee de su cuaderno]: «Hay un viejo precepto que todos conocemos, muy sabio y sencillo, que dice que no les debemos hacer a los otros lo que no queremos que nos hagan: «No le hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti». Lo curioso es que, aunque es bastante lógico, no siempre nos aconsejan hacer a otro lo que quisieras que te hicieran a ti».
Entonces, si a mí me hubieran matado cerca del frente de guerra en Ucrania, si me hubieran matado a mí frente a una escritora, Victoria Amelina, a mí creo que me hubiera gustado que ella después de mi muerte se interesara algo en mi vida. Yo a ella no la había leído. Que leyera algo de lo que yo había escrito y, en su imaginación o a partir de lo que había leído, escribiera algo sobre ese viejo escritor colombiano muerto frente a ella. Digamos que a mí como muerto (el muerto no piensa, pero pensándome como si un muerto pudiera pensar) me hubiera gustado que esta escritora escribiera algo sobre mí. Entonces yo quiero escribir algo sobre ella, aunque no era amigo de ella, pero me he vuelto amigo de ella después de su muerte.












Excelente entrevista. En ella Héctor Abad habla del misterio del soneto encontrado en el bolsillo de su padre asesinado. Parece imposible que un soneto tan perfecto y tan borgiano no sea de Borges. Pero, por otro lado, es muy difícil explicar por qué Borges no lo hubiera firmado y sobre todo cómo llegó al lugar donde fue encontrado. O que un imitador genial de Borges lo hubiera escrito y se lo hubiera mandado al padre de H.A.F. atribuyéndoselo al amigo Jorge Luis.
En cualquier caso, el soneto debería haberse citado en la entrevista, por lo menos en nota:
«Aquí. Hoy
Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.
J.L.B.»