
Martín Varsavsky tiene razón. No es habitual que un empresario y divulgador de su perfil se muestre tan claro al reconocer que la figura de Donald Trump, tan caricaturizada como bufonesca, obedece a razones mucho más profundas que las de un simple populismo grotesco. Como señala Varsavsky, detrás del payaso se esconde la seriedad de un país que se resiste a perder la partida frente a un adversario mayúsculo: China. En este punto, nada que objetar. Pero conviene ampliar la perspectiva porque la cuestión no es solo que el trumpismo sea una reacción frente a la amenaza china, sino que lo que está en juego es la redefinición del capitalismo mismo. Y ahí, la mirada de Martín se queda corta.
El modelo que ha construido China desde las reformas de Deng Xiaoping y que tanto promocionan quienes ven en él una alternativa al debilitado estado del bienestar occidental no es una mera copia autoritaria del liberalismo occidental: es un capitalismo totalitario, un sistema que ha logrado integrar el control político absoluto del Partido Comunista con una economía de mercado dinámicamente adaptativa. No hablamos de una hibridación a medias, sino de un engranaje singular, distinto tanto del capitalismo liberal como del comunismo clásico. China ha demostrado que se puede mantener una dictadura de partido único y, a la vez, liderar sectores de innovación como la inteligencia artificial, las telecomunicaciones 5G, la biotecnología o la transición energética.
En Occidente hemos tardado en darnos cuenta de que esa aparente contradicción es, en realidad, una fórmula de poder. Que el autoritarismo no solo no frena la innovación, sino que puede dirigirla con una eficacia despiadada hacia los objetivos que dicta el Estado. Que el libre mercado no es la única vía para generar riqueza, y que bajo un control férreo puede convertirse en una herramienta de ingeniería política. Y, sobre todo, hemos tardado en reconocer que el pacto social chino, basado en obediencia a cambio de prosperidad, está resultando más estable que el nuestro, erosionado por el incremento de la desigualdad y con las promesas que traía la meritocracia convertidas en utopía.
La eficiencia del modelo chino, basado en la disciplina y en unos planes quinquenales que funcionan como brújula y látigo, reside en su capacidad para proyectar el futuro con la frialdad de un ingeniero que dibuja un puente de acero. Mientras en las democracias liberales el cortoplacismo electoral impone la lógica del parche y la concesión al votante, en China se trazan objetivos a largo plazo, se canalizan recursos hacia sectores estratégicos y se acepta, sin discusión, el sacrificio inmediato en nombre de la recompensa futura. Ese horizonte planificado convierte la innovación en tarea colectiva, sujeta a un guion que no admite improvisaciones, pero que garantiza resultados: infraestructuras que brotan en tiempo récord, conglomerados tecnológicos capaces de desafiar a Silicon Valley y una transición energética diseñada como una operación militar.
Pero no es solo cuestión de economía: es también cuestión de corrupción. Aquí radica otra diferencia crucial con otros totalitarismos históricos. El capitalismo totalitario chino ha desplegado un sistema de control interno que mantiene a raya el nepotismo en niveles insospechados para un país de su tamaño. Xi Jinping ha consolidado su poder bajo el lema de la lucha contra la corrupción, y aunque no está exento de instrumentalización política, el hecho es que el enriquecimiento obsceno de unas pocas familias no ha sido el motor de la maquinaria. La élite china se enriquece, sí, pero bajo la premisa de que su prosperidad está subordinada a la del Estado. En otras palabras: no se trata de un totalitarismo para llenar los bolsillos de unos pocos oligarcas, como en Rusia, sino de un sistema donde el beneficio privado nunca puede estar por encima de la continuidad del régimen.
Estados Unidos, en cambio, observa esta maquinaria con creciente preocupación. De ahí que, como apunta Varsavsky, se permita a Trump —o a figuras similares— actuar de maneras que hace dos décadas hubieran parecido inconcebibles. La imposición de aranceles, el repliegue proteccionista, el desprecio a los consensos multilaterales: todas esas medidas, que en un contexto normal parecerían improvisadas o incluso ridículas, cobran sentido como respuesta desesperada ante un adversario que juega con otras reglas. Trump es el síntoma, no la enfermedad: su estilo payasesco sirve para justificar ante la opinión pública que Estados Unidos está dispuesto a romper con el manual del capitalismo liberal clásico. Ahora bien, ahí es donde el paralelismo se rompe. Porque Estados Unidos carece de un elemento esencial que le permita imitar con éxito a China: un Estado fuerte que garantice bienestar colectivo. El capitalismo chino se legitima no en la democracia, sino en los resultados. El contrato social tácito es simple: obediencia a cambio de prosperidad. Mientras la renta per cápita crezca y la movilidad social se mantenga, la ausencia de libertades políticas resulta, para millones de chinos, un precio asumible. Pero en Estados Unidos, donde la sanidad sigue siendo inaccesible para millones y la educación superior genera deudas impagables, cualquier giro hacia un capitalismo más autoritario corre el riesgo de agudizar brutalmente la fractura social. La brecha entre ricos y pobres, ya enorme, podría convertirse en un abismo.
Roger Senserrich describe con crudeza un panorama sombrío en su país de acogida. En su reciente columna «Cruzando el umbral» explica que la constitución americana puede albergar una dictadura, basta con que las instituciones se rindan. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido en estos años. El impeachment abortado, el Supremo reinterpretando la ley para blindar a un presidente que alentó un golpe de Estado, la concesión de una inmunidad casi absoluta al jefe del Ejecutivo: no son episodios aislados, sino los jalones de una deriva lenta hacia un régimen semi autoritario. Como escribe Senserrich, hablar hoy en esos términos no es alarmismo, es describir la realidad. Ese es el terreno sobre el que Trump prospera. No actúa en el vacío, sino en un sistema que mantiene los rituales democráticos al tiempo que erosiona sus cimientos. Mientras China perfecciona un capitalismo totalitario que se legitima en los resultados, Estados Unidos parece ensayar su propia versión degradada: una democracia que conserva las formas, pero que tolera abusos de poder sistemáticos y normaliza la arbitrariedad del líder.
Hay que destacar que en Estados Unidos la desigualdad no es un problema más: es el agujero en la quilla. El uno por ciento más rico acapara un tercio de la riqueza y la clase media se va deshaciendo como un terrón en el café, mientras en las afueras crecen descampados sociales que ya nadie mira. Si a eso se le suma un proteccionismo de pancarta, tipo Trump, sin la menor intención de reforzar el gasto público, lo que sale no se parece en nada a la máquina disciplinada de Pekín: es un capitalismo de camarilla, más injusto y más frágil, incapaz de alimentar su propio mercado interno y condenado a la bronca eterna. En resumen: pueden imitar el gesto chino, pero no la musculatura que lo sostiene. En este contexto, la figura de Trump se comprende mejor como catalizador que como causa. El expresidente no inventa el malestar estadounidense, sino que lo canaliza en clave nacionalista. Su retórica contra Pekín, su desprecio por la globalización, su obsesión con la industria manufacturera, todo responde a la percepción de que el sueño americano se está desmoronando mientras China consolida un sueño alternativo, menos libre pero más eficaz. Y, sin embargo, incluso si Trump o sus herederos políticos logran imponer políticas más intervencionistas, el déficit estructural de Estados Unidos seguirá siendo la ausencia de un Estado de bienestar robusto. Ahí radica la gran paradoja: la patria del capitalismo liberal podría terminar imitándolo en su versión totalitaria, pero sin los mecanismos que lo hacen sostenible.
Conviene detenerse un momento en esta cuestión del bienestar, porque ahí se juega la verdadera batalla de modelos. El capitalismo chino ha logrado mantener tasas de crecimiento altas no solo por la inversión en infraestructura y tecnología, sino porque ha acompañado ese proceso de una mejora sustancial en los niveles de vida: pensiones rurales, ampliación del acceso sanitario, urbanización acelerada que convierte campesinos en consumidores. La redistribución no es equitativa, pero existe y es palpable. Frente a ello, Estados Unidos vive un proceso inverso: la financiarización de la economía, la desindustrialización y la erosión de servicios públicos han reducido la calidad de vida de amplias capas sociales. El trumpismo promete devolver empleos, pero no promete —ni puede prometer— un sistema de seguridad social que sostenga esas vidas.
Por eso, la discusión no debería centrarse solo en la eficacia económica del modelo chino frente al liberal. La verdadera cuestión es política: ¿qué tipo de capitalismo puede sostener un contrato social legítimo en el siglo XXI? China ofrece una respuesta inquietante: un capitalismo sin democracia, pero con resultados visibles para las mayorías. Estados Unidos, atrapado en su idolatría al individuo y su desconfianza hacia lo público, corre el riesgo de quedarse en un capitalismo sin democracia y sin bienestar, la peor de las combinaciones posibles. La lección para Occidente es amarga. El capitalismo liberal, tal como se entendió tras la Segunda Guerra Mundial, con un equilibrio entre mercado y Estado, con un pacto social que garantizaba movilidad y seguridad, está acabado. La alternativa no es solo más liberalismo, como quisieran los ortodoxos, ni más autoritarismo, como temen los progresistas. La alternativa, hoy por hoy, la encarna China con su capitalismo totalitario, disciplinado y planificado. Y esa alternativa resulta inquietantemente eficiente.
La tentación, claro, es copiarlo. Pero copiar sin entender puede ser letal. Estados Unidos, con Trump como mascarada, intenta hacerlo a su manera: reforzando muros, castigando importaciones, imponiendo sanciones, debilitando organismos internacionales. Nada de eso sustituye al elemento esencial: un Estado que funcione como garante colectivo. China controla el nepotismo y la corrupción porque sabe que su legitimidad depende de ofrecer crecimiento a todos, no solo a una élite. Estados Unidos, en cambio, se ha resignado a que sus élites concentren la riqueza mientras el resto malvive. De ahí que cualquier trasplante del modelo chino al suelo estadounidense corra el riesgo de generar más desigualdad, más resentimiento y, paradójicamente, menos competitividad.
Como indicábamos al comenzar este artículo, Martín Varsavsky tiene razón en que Trump no es un accidente, sino una respuesta. Pero la cuestión es más honda: lo que está en disputa no es solo el liderazgo global entre dos potencias, sino la propia naturaleza del capitalismo en el siglo XXI. Y ahí, guste o no, China lleva ventaja.








Creo que poca gente eninde el tema de las universidades norteamericanas. En realidad se trata de un tema de elitismo: si quieres estar en las mejores, porque eres ambicioso y quieres tener uno de los mejores puestos, entonces son muy caras. Si quieres estudiar economía y contabilidas, o una ingeniería, porque quieres ser un tío normal, entonces no hay deuda que valga. Se trata de la ruta que desee seguir cada cual. Los ambiciosos corren riesgos, pero el resto no. Y es lógico.
En EEUU hay 4599 Universidades, un total de más de catorce millones de estudiantes.
Si insistimos en fojarnos en las más caras y más señaladas, estamos jugando al todo o nada, que no deja de ser una ruleta rusa.
Hay también universidades a un precio muy asequible. De hecho, entre 4600 hay de todo. el precio MEDIO de una universidad americana ronda los 25.000$. Lo d ela deuda estudiantil es un hecho, pero no lo generalicemo, me parece a mí.
No sabía que Varsavsky hubiera acabado de columnista de The Objective (sic), pero no me sorprende, tampoco me sorprende la facilidad con la que “liberales” de su calaña ahora abrazan con entusiasmo a un personaje autoritario e intervencionista como Trump.
El fanboy Varsavsky da una lista de los triunfos de Trump en conseguir inversiones y relocalizaciones, pero de momento muchas de ellas son solo humo y está por ver si se realizarán. Al principio, justo después de Brexit, sus proponentes se burlaban con desprecio de que los vaticinios negativos no se habían cumplido, pero por supuesto las consecuencias tardan años en manifestarse y es ahora cuando UK está hundida en una grave crisis. A lo mejor EE UU es una excepción y su músculo económico e intelectual es tal que puede sobrevivir a que un necio ignorante lo gobierne a su antojo acompañado de una caterva de aduladores sin cualificaciones, pero es razonable pensar que no va a ser así.
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En 2011 coincidí en México con Lu Yongxiang, presidente de la CAS (Academia China de las Ciencias). Me dijo que en China se estaba librando una «peculiar batalla» entre el capitalismo y el socialismo, y que él confiaba en la victoria del socialismo. No lo vi claro entonces y sigo sin verlo; pero creo que algo muy «peculiar» está pasando en China, y que el futuro de la humanidad depende en buena medida de ello. Y, dicho sea de paso, «capitalismo totalitario» es un pleonasmo.
Trump es la prueba de que EEUU ya ha perdido.
Aunque tenga razón, Martín Varsavsky es un cuñado premium, ultraliberal y devoto del sionismo. Un mal bicho que incluso reprocha los límites de velocidad de Noruega porque «reflejan el carácter acomodaticio de su sociedad, en detrimento del riesgo».
Que haya acabado de columnista en un panfleto subvencionado como The Ojete no es una casualidad.
Habría mucho que decir sobre el artículo, pero para qué entrar en discusiones interminables.
China está probando ya que el comunismo es incompatible con el capitalismo. Los jóvenes se van del país en cuanto pueden, los que vienen a occidente a estudiar se quedan aquí una vez sus estudios acabados (conozco a varios que lo han hecho). Hay un rechazo muy claro de las nuevas generaciones por el sistema que sus padres aceptaron. Lo que menos soportan de su país es tener que sacrificarlo todo al trabajo, y ello en un clima tan archicompetitivo como rígido y carente de libertad. La diferencia entre ellos y sus padres se llama internet, «lugar» en el que se puede ver fácilmente que hay sistemas económicos y políticos en los que se vive mucho mejor que en el chino.
Otra cosa: un ex-espía del KGB muy conocido aquí en Francia, suele decir que las cifras positivas de Rusia o China hay que dividirlas por 10; y las negativas multiplicarlas por la misma cifra. A mí me sorprende mucho la manera que tiene la gente en occidente de tragarse toda la propaganda rusa o china sin discutir nunca sus afirmaciones, cosa muy fácil de hacer si se desea hacerlo. Un ejemplo: en China hay desde hace años una crisis financiera colosal que Pekin no logra resolver (véanse las deudas gigantescas de las regiones), agravada por una corrupción en la economía imposible de jugular (en China con dinero se consigue todo). Todo ello explica por qué hay cada día más sinólogos que piensan que Xi Jinping tiene los días contados.
Xulio Ríos: ‘EEUU puede admitir una China modernizada pero no una China soberana que no se someta a sus redes de dependencia’
https://nuevarevolucion.es/xulio-rios-eeuu-puede-admitir-una-china-modernizada-pero-no-una-china-soberana-que-no-se-someta-a-sus-redes-de-dependencia/
A mí, ignorante en estos asuntos como en tantos otros, me ha parecido una editorial muy interesante, enhorabuena.
Sin duda un debate muy interesante que va a continuar los próximos años y décadas. El capitalismo autoritario chino ha demostrado ser muy eficaz, contando también con la inestimable ayuda de las empresas occidentales que fabricando en China han estado transfiriendo tecnología durante los últimos 30 años. Ya ni siquiera son necesarias y China es líder en ciencia y tecnología.
Es demasiado tarde y ni Europa ni USA con o sin Trump van a poder hacer nada para evitar que se convierta en la gran potencia mundial en los próximos años. El modelo no es exportable a occidente porque unos ciudadanos aborregados en el estado del bienestar nunca aceptarían arrimar el hombro, perder derechos y beneficios para ser competitivos a nivel internacional como país. Tenemos un ejemplo en el sistema de pensiones. Sabemos que es insostenible y que es un lastre para el país a medio plazo pero no se va a tocar porque cualquier gobierno que insinúe una bajada de prestaciones va a perder las elecciones. Esa es la debilidad de las democracias liberales; los gobiernos tienen un horizonte de 4 años y están atados de manos para tomar decisiones impopulares necesarias para políticas de país a largo plazo.
Así que sí, los chinos trabajan duro para que en el futuro sus hijos vengan como turistas ricos al parque temático Europa y sean atendidos en los restaurantes por nuestros hijos como camareros.
Cada vez que Varsavsky habla, la inteligencia media del planeta baja. Es a la inteligencia lo que el agua al fuego.