Editorial

¡Es el estado del bienestar, estúpido! Ma_Wukong y la tentación del modelo chino

100china
Estudiantes chinos celebran el centenario del Partido Comunista frente a un corazón gigante con la hoz y el martillo en el centro, durante un acto oficial en Pekín organizado por la Liga de Jóvenes Comunistas y los Pequeños Pioneros, el 1 de julio de 2021. Imagen obtenida en Reddit.

Desde hace unos meses sigo con curiosidad, más bien con una mezcla de escepticismo y fascinación, a un personaje que se hace llamar Ma_Wukon en X. Se presenta como arquitecto, diseñador de interiores y español —aunque uno sospecha que lo último empieza a resultarle un tanto embarazoso— y vive en China, país del que habla con la devoción de un neoconverso. Tiene más de 115.000 seguidores, lo que hoy, en ciertas parroquias digitales, basta para ejercer de profeta. Su biografía en la red social no deja lugar a dudas: «El desarrollismo chino es mi pastor, nada me falta». No es ironía. O, si lo es, está envuelta en una fe tan robusta que ya no distingue entre lo literal y lo performativo. Ma_Wukon compara, predica y, cuando se siente generoso, ofrece recetas. China, dice, es el modelo. España, el error. El primero representa la eficiencia, el orden, el futuro. El segundo, la burocracia, los impuestos, el laberinto. No hay matices. Solo un antagonismo casi místico.

Entre sus temas predilectos está el nivel de vida. Asegura que, aunque los españoles ingresen más en teoría, los chinos viven mejor en la práctica. Lo prueba —asegura— el porcentaje de propietarios: entre el 90 y el 95% de los chinos tienen vivienda en propiedad, mientras que, en España, los jóvenes luchan por independizarse o firmar una hipoteca sin hipotecarse el alma. Según su visión, España ha enterrado la movilidad social bajo capas de rigidez institucional, mientras que en China aún hay escalera y hay movimiento. Su crítica más visceral se reserva para el sistema fiscal español, que describe como un infierno en el que autónomos, emprendedores y cualquiera que intente prosperar sin estar enchufado sufre tormentos dignos de Dante. China, en cambio, baja impuestos, reduce cuotas, mantiene un IVA casi simbólico (3%, frente al 21% español) y, sobre todo, no obstaculiza: impulsa. Los chinos que prueban suerte en España, según él, terminan huyendo de vuelta porque allí —dice— «son más ricos, viven mejor y tienen más futuro». Uno podría discutir el matiz, pero la frase es rotunda.

Tampoco se salva el PIB. Ma_Wukon considera que es un espejismo contable, una ilusión óptica generada por la reventa de productos chinos. España no produce: reetiqueta. Y, al hacerlo, pierde lo que importa —industria, diseño, conocimiento— y se convierte en una economía de escaparate, reluciente por fuera, hueca por dentro. La seguridad es otra de sus banderas. Según él, en China no hay robos. Literalmente: no hay. Los turistas chinos que visitan Europa reciben advertencias como si entraran en terreno comanche. España, desde esta óptica, no es país para pasear desprevenido. China, en cambio, ofrece orden y paz, como una Suiza sin relojes pero con trenes bala. Y luego está la política. Aquí, Ma_Wukon se desmelena. Elogia sin tapujos al Partido Comunista Chino, al que atribuye pragmatismo, eficacia, sensibilidad social y un raro talento para combinar valores «de derechas» e «izquierdas» sin pedir permiso ni disculpas. Baja presión fiscal, fomento de la familia tradicional, reducción histórica de la pobreza, meritocracia. Todo en el mismo paquete. En su visión, eso funciona. porque allí —insiste— las cosas no se debaten: se hacen. Los resultados importan más que las etiquetas.

Uno no sabe si seguirlo por afinidad o por contraste, pero lo cierto es que Ma_Wukon escribe con una certeza que recuerda a los tiempos en que tener razón era más importante que parecer razonable. Algo que, en estos días, casi se agradece. Sin embargo ¿resiste su evangelización un análisis serio? Vamos a ello.

Crónica de dos quirófanos

Para el admirador del Rey Mono, el hospital chino es un prodigio: limpio, eficiente, sin sindicatos ni celadores que protesten por el aire acondicionado. La idea de sentarse en una sala de espera durante tres horas le resulta marciana. En China, dice, eso no pasa. Hay colas, sí, pero la gente no se queja. Paga, pasa, sale. Un sistema binario, rápido, sin sentimentalismos. Lo curioso es que no idealiza. O dice que no. Admite que los copagos son altos, que una operación puede costar una fortuna si uno no tiene el seguro correcto, que hay hospitales que parecen centros comerciales y otros que parecen carpinterías. Pero eso, según su lógica, es el precio de la eficiencia. Mejor pagar y curarse que esperar gratis a que te llamen por megafonía con el nombre equivocado. Ma_Wukon no necesita que lo convenzan. Él ya ha elegido. Cree en el desarrollismo como otros creen en la Virgen de Fátima. Cree en los trenes que llegan a la hora, en las grúas que no descansan, en el cemento como promesa de redención. Desde su cuenta en X predica que China es el futuro, incluso en materia sanitaria. Pero basta rascar un poco la superficie para que aparezcan los datos, fríos como el mármol, y entonces el relato se tuerce.

España, sin necesidad de fuegos artificiales, ostenta una esperanza de vida que ronda los 83 años. En China, pese al empuje, se queda en 77,3. La mortalidad infantil aquí es de 2,6 por cada mil nacidos vivos. En China, el doble: 5,4. Y la materna, todavía más elocuente: 3 frente a 16,9 por cada 100.000. Son cifras que no caben en un tuit, pero que resumen décadas de políticas públicas, huelgas, presupuestos, reformas fallidas y aciertos discretos. La cobertura sanitaria en España alcanza al 100 % de la población. Universal de verdad. En China, ronda el 96,6 %, lo que suena bien, hasta que uno recuerda que ese 3,4 % equivale a decenas de millones de personas. En cuanto a recursos, la diferencia es llamativa: España tiene 4,5 médicos por cada mil habitantes; China, apenas 1,9. El gasto sanitario también muestra la divergencia: el 10,7 % del PIB español se dedica a mantener viva la sanidad pública. En China, apenas el 7,1 %.

Y lo más relevante, quizás, no son las macroestadísticas, sino los matices: en España, uno puede vivir en Teruel, en Lugo o en Almería y tener acceso decente a un centro de salud, con médico, con consulta, con recetas. En China, vivir en Shanghái o en una aldea de Gansu marca la diferencia entre una revisión rutinaria y una caminata de kilómetros hasta la clínica más cercana, si la hay. Allí, el acceso en zonas rurales es precario. Aquí, razonablemente bueno. La financiación también habla. España mantiene un sistema mayoritariamente público, sostenido por impuestos, que permite a cualquiera sentarse en una consulta sin preocuparse por la tarjeta de crédito. En China, el sistema es mixto, con importantes copagos que, para muchas familias, pueden significar un endeudamiento o, peor aún, no ir al médico.

Y sin embargo, ahí está Ma_Wukon, proclamando desde su púlpito digital que el futuro ya ha llegado y tiene forma de quirófano chino: reluciente, eficiente, silencioso como una máquina bien aceitada, sin sindicatos que interrumpan el flujo ni enfermeras que se tomen la libertad de preguntar cómo te sientes. En su evangelio de acero inoxidable y copago asumido con resignación confuciana, la enfermedad no es más que un trámite logístico, un error de la biología que se corrige con precisión quirúrgica y un número de cuenta corriente. Cree, con la fe de los conversos, que lo importante es que el sistema funcione rápido, que no haya protestas, que nadie se demore en explicar, que todo sea limpio, vertical y sin digresiones emocionales. Pero la sanidad —la real, la que huele a betadine y a miedo— no se rige por esa lógica de eficiencia colonial. No está hecha solo de bisturís y robots, sino de incertidumbre, de cuerpos que envejecen y no encajan en gráficos, de madres que esperan fuera con una bolsa de ropa limpia, de profesionales que se equivocan, pero te llaman por la tarde para rectificar, de consultas donde se escuchan frases como «¿cómo está tu hija?» o «esto no es nada, pero vamos a mirarlo igual». El sistema español, por maltrecho que esté, aún conserva esa capacidad escandalosamente anacrónica de tratar a los pacientes como personas, no como clientes. No es perfecto, ni veloz, ni ejemplar en todas sus cifras, pero guarda un pacto tácito con la fragilidad humana: no te vamos a dejar solo cuando duela.

China podrá tener más camas por metro cuadrado en sus hospitales urbanos, pero en muchos pueblos escasean hasta los termómetros. Aquí, con todas nuestras quejas y colapsos, aún existe la posibilidad de enfermar sin miedo al coste. Y esa posibilidad, ese derecho que se ejerce en bata y con dignidad, es lo que distingue a un país que se mira al espejo y ve un Estado, no un centro de negocios con estetoscopios. Por mucho que grite el Rey Mono, aún no ha nacido una app que reemplace a una médica que te llama por tu nombre y recuerda que te dolía el pecho desde hace semanas.

El dato mata al relato

Indicador España (2021-2023) China (2019-2021)
Esperanza de vida ~83 años 77,3 años
Mortalidad infantil (x1.000 NV) 2,6 5,4
Mortalidad materna (x100.000 NV) 3 16,9
Cobertura sanitaria 100% 96,6%
Gasto sanitario (% del PIB) 10,7% 7,1%
Médicos por cada 1.000 habitantes 4,5 1,9
Citas médicas/consultas per cápita 7,5 (dato no disponible actual)
Financiamiento Mayoritariamente público Mixto, importante copago
Acceso en zonas rurales Generalmente bueno Precario en muchas áreas

Educación: el precio del índice Shanghái

A los ojos de Ma_Wukon, el sistema educativo chino es otro prodigio: alumnos que recitan a Confucio de memoria, adolescentes que estudian 14 horas al día, padres que convierten el comedor en una sucursal de la biblioteca. Cree que la excelencia está en las cifras del informe PISA, que el rendimiento se mide por el número de decimales que puedes calcular sin calculadora. Y sí, en matemáticas y ciencias, los estudiantes chinos arrasan. Pero el índice Shanghái no da abrazos ni enseña a pensar en voz alta. No mide la ansiedad, ni la tasa de suicidios adolescentes, ni cuántos niños lloran antes de entrar a clase.

En España, por contraste, el sistema parece un experimento escandinavo a medio gas: menos presión, más charla, recreos largos y una notable capacidad para producir adolescentes que saben detectar una falacia argumentativa pero no la raíz cuadrada de 729. Pero detrás de ese aparente relajo hay una estructura sólida: educación gratuita y obligatoria hasta los 16 años, ciclos formativos de calidad, acceso universitario razonable y un gasto público por alumno que ronda los 7.900 euros al año. La ratio alumnos/profesor es una de las más bajas de Europa, con 11 por docente, y la tasa de alfabetización supera el 98 %. La educación pública cubre a todo el país, de Galicia a Canarias, sin necesidad de exámenes de entrada ni sobornos para tener un pupitre. En China, en cambio, el acceso está condicionado a la geografía, al código postal, a la familia. Como en sanidad, tampoco es lo mismo crecer en Pekín que en Guizhou.

Hay algo que no sale en los rankings ni en los gráficos de barras: el temblor en las manos de un adolescente antes del Gaokao. La respiración entrecortada. Las noches sin dormir. El vacío que se instala cuando todo tu valor depende de una nota. En China, la excelencia se construye con cadáveres invisibles: estudiantes agotados, cuerpos que no terminan de crecer, mentes que se agrietan antes de los veinte. La presión académica no es una figura retórica: es una red en la ventana del dormitorio por si alguien decide saltar. Es una habitación sin relojes, sin risa, sin error. Según un informe de 2014, el 93 % de los suicidios en escuelas secundarias están relacionados con el estrés del Gaokao. Noventa y tres. No es un número: es una profecía cumplida. Mientras en algunas escuelas españolas los alumnos debaten sobre cine o hacen cooperativa con hortalizas, en muchas chinas se entrenan para no romperse. Estudian hasta 16 horas diarias, con la cabeza baja y los ojos rojos. Llaman a eso mérito. Llaman a eso futuro. Pero no hay mérito en crecer sin ternura. No hay porvenir en una juventud desfondada. Ma_Wukon, desde su torre digital, dice que eso es disciplina. Pero uno se pregunta si no será más bien un sacrificio ritual, una especie de ofrenda al dios del progreso, que exige cada año millones de horas de infancia quemadas en el altar de la estadística.

El precio de esa excelencia impuesta no se paga en yuanes, sino en silencio. Un silencio que se cuela entre pupitres alineados, que tiñe de gris las mochilas cargadas de libros, que se instala en el pecho de millones de estudiantes que aprenden antes a memorizar que a decir «me duele». Desde 2020, los estudios se acumulan como expedientes olvidados en un despacho ministerial. En un estudio de 2023 en Sichuan, el 38,4 % de los estudiantes de secundaria y bachillerato sufrían síntomas depresivos y el 32,7 % padecían ansiedad, directamente asociados a la presión académica y a los estragos del confinamiento. Más de 60.000 adolescentes, encuestados con frialdad estadística, confirmaron que el descenso en sus notas —un simple desliz en la curva perfecta— bastaba para convertirse en factor de riesgo psicológico. Una revisión sistemática de 2024 en The Lancet Regional Health analizó 77 estudios y encontró siempre lo mismo: estrés, ansiedad, y un sistema que olvida que los niños también se rompen. En Scientific Reports, un análisis de más de 36.000 universitarios mostró que uno de cada diez estaba en alto riesgo de depresión. Uno de cada cuatro, de ansiedad. No por vivir mal, sino por vivir compitiendo. El fenómeno de la neijuan, esa espiral de competencia sin escape, ha dejado de ser una etiqueta en redes para convertirse en diagnóstico clínico. En ese mismo artículo, se describe cómo esa competición constante —para no quedarse atrás, para ser mejor que el de al lado, para colarse en la universidad correcta, en la vida correcta— sigue devorando autoestima y generando una angustia muda, casi estructural. Y aún hay más: una meta-análisis de 2024 publicada en ScienceDirect, con casi medio millón de casos, sitúa la prevalencia de síntomas depresivos en adolescentes chinos en un 24,2 % tras 2020. Una cuarta parte. Cada vez más, los informes apuntan que la salud mental de la infancia y la adolescencia en China no es un daño colateral, sino una consecuencia lógica. En 2024, The Lancet fue tajante: los trastornos mentales ya figuran entre las principales causas de discapacidad en menores. No por azar. Por diseño. En un país donde las expectativas familiares pesan más que las mochilas, y donde fallar en un examen equivale a decepcionar un linaje, la salud mental se sacrifica como si fuera un lujo. Ma_Wukon lo llama cultura del esfuerzo. Nosotros, desde aquí, podríamos empezar a llamarlo por su nombre: devastación emocional sistemática.

Ma_Wukon celebra la meritocracia con devoción industrial. Pero confunde excelencia con sacrificio, y confunde rendimiento con educación. No ve —o no quiere ver— que el sistema español, por todos sus defectos, ha optado por algo más complejo: educar para la vida, no para el examen. Y mientras él venera a los genios del ábaco, aquí seguimos enseñando a los niños que vale más una pregunta bien hecha que una respuesta automática. En China, la escuela es un trampolín. En España, todavía intenta ser una infancia. Aunque no siempre lo consiga, aunque tropiece con el abandono escolar, con las pruebas internacionales y con el BOE, aún enseña a convivir, a razonar, a respirar.

La gran diferencia no es de resultados, sino de propósito: China educa para competir. España, con suerte, aún educa para vivir.

Estructura general

Nivel China España
Preescolar/Infantil 3-6 años, no obligatorio ni gratuito 0-6 años, el segundo ciclo (3-6) gratuito, no obligatorio
Primaria 6-12 años, obligatoria y gratuita 6-12 años, obligatoria y gratuita
Secundaria obligatoria 12-15 años, obligatoria y gratuita (primer ciclo) 12-16 años, obligatoria y gratuita (ESO)
Secundaria post-obligatoria 15-18 años, no obligatoria ni gratuita (acceso por examen), modalidad académica o técnica 16-18 años (Bachillerato o FP), gratuita en la pública, no obligatoria
Superior Acceso mediante el Gaokao, muy competitivo, no gratuita Acceso por nota de bachillerato + EBAU, tasas asequibles pero no gratuitas
Carácter Exigencia, alto nivel de competitividad, orientación al examen Orientación al desarrollo integral, menor presión académica

Datos y magnitudes

Indicador China España
Alumnado total >260 millones 8,3 millones no universitarios
Universidades ~4.500 ~84 (públicas + privadas)
Tasa alfabetización 94%-97% >98%
Tasa bruta matrícula educación superior 53,8% >72% en FP o universidad
Gasto público en educación (%PIB) 4%-4,1% 5,2% (2024)
Gasto público anual por alumno (2021) (dato no disponible fiable) 7.899€ (media)
Ratio alumnos/profesor ~16:1 (estimado) 11,3:1 en primaria y secundaria
Resultados PISA (2018/2019) Destacan en matemáticas y ciencias España en la media OCDE

Libertad: lo que no se mide en PIB

A Ma_Wukon no le interesa mucho la libertad. O al menos no esa libertad que huele a plaza pública, a pancarta mal escrita, a periodista preguntón o a fiscalía independiente. Para él, como para tantos que han cambiado el ideal de ciudadanía por el de consumidor satisfecho, lo importante es que el tren llegue a tiempo, el hospital tenga mármol y el funcionario sonría al sellar el papel. Todo lo demás, sospecha, es ruido occidental. Cree que lo verdaderamente valioso es la eficiencia, y que quien pide libertad es, en el fondo, un ocioso sin méritos. Pero mientras tuitea desde una cuenta aún no censurada, ignora —o finge ignorar— que lo que hace sería directamente imposible si viviera en China como ciudadano común y no como expatriado ornamental.

En la China que él admira no hay libertad de prensa: hay boletines. No hay opinión: hay línea editorial. No hay matices: hay directrices. Los medios están bajo control estatal, los periodistas independientes son acallados —cuando no encarcelados— y las redes sociales viven amputadas por una censura que no duerme. Plataformas como Twitter, Facebook o Google están prohibidas; los algoritmos del Partido Comunista Chino trabajan a tiempo completo para borrar, reeducar o señalar cualquier desviación del discurso oficial. Hasta un meme puede ser subversivo si no pasa el filtro correcto. La vigilancia digital no es un recurso técnico: es una arquitectura de poder. En las provincias, los sistemas de puntuación social y reconocimiento facial convierten la privacidad en una leyenda urbana.

En España, con todos sus defectos y todos sus retrocesos, se puede protestar sin desaparecer, escribir sin autocensura, fundar un periódico, montar un sindicato o salir a la calle con una pancarta que diga «este gobierno es un desastre» sin acabar en una comisaría sin ventanas. Los límites existen, sí, pero están sujetos a jueces, a prensa libre, a tribunales europeos, a parlamentos y a que alguien, en algún lugar, pueda decir “esto no está bien” sin ser purgado. Aquí se puede rezar a quien uno quiera, besar a quien le dé la gana, y fundar un partido político aunque saque cero escaños. Eso, para muchos, no es eficiencia. Es democracia.

Pero en el relato de nuestro neoliberal comunista, la democracia es una pérdida de tiempo. Una cadena de obstáculos que impide construir un puente en tres semanas o desalojar a los okupas en cinco días. Prefiere un sistema que lo trate como engranaje eficaz antes que como ciudadano incómodo. Le fascina el orden, aunque sea a costa de la obediencia. Le entusiasma el silencio, aunque venga de la mordaza. Y mientras celebra las virtudes del autoritarismo higiénico, olvida que en China se puede perder la libertad por un post, por una reunión de tres personas o por tener la religión equivocada. Que aún hay campos de reeducación, detenciones arbitrarias y censura institucionalizada. Que la justicia es una prolongación del poder y no su contrapeso. Que los uigures, los tibetanos, los disidentes o los defensores de derechos humanos no son detalles estadísticos, sino personas atrapadas en un régimen que ha convertido la libertad en una amenaza nacional.

En España, por suerte, la libertad aún no se ha convertido en lujo. Es un derecho. Uno imperfecto, sí, con límites, contradicciones y gobiernos que a veces aprietan demasiado. Pero un derecho al fin y al cabo. Uno que permite, entre otras cosas, que alguien como Ma_Wukon diga lo que dice, escriba lo que escribe, y se declare feliz de vivir bajo un sistema que, de ser consecuente, lo habría callado hace tiempo. Y ahí está la paradoja final: quienes más idealizan la obediencia ajena suelen hacerlo desde la seguridad de una libertad que no han tenido que conquistar.

Comparativa de libertades civiles: vivir en China o vivir en España

Tipo de libertad China España
Expresión y prensa Severamente restringida, con censura estatal y represión de críticas Garantizada constitucionalmente, amplia pluralidad de medios y crítica al gobierno
Asociación y reunión Fuertemente limitada; protestas y asociaciones independientes suelen ser reprimidas Amplia libertad de asociación, manifestación y creación de partidos u ONG
Religiosa Control estatal estricto, represión a minorías y sinización de comunidades Total libertad religiosa, múltiples confesiones pueden coexistir públicamente
Movimiento y privacidad Control de vigilancia masivo, movilidad interna supervisada; escasa privacidad Libertad de circulación, derecho a la privacidad y protección de datos personales
Judicial/derechos procesales Bajo nivel de protección judicial, frecuentes detenciones arbitrarias Derechos y garantías judiciales sólidos y tutela efectiva
Sistema político Autoritario, el Partido Comunista tiene control total Democracia parlamentaria, pluralismo político

Y así, mientras Ma_Wukon sigue tuiteando desde su balcón digital, convencido de que el hormigón, la disciplina y los algoritmos bien domesticados bastan para construir una sociedad ejemplar, uno no puede evitar mirar alrededor, con cierto cansancio pero también con algo parecido a la ternura. Aquí no tenemos trenes supersónicos ni hospitales con jardines zen, ni adolescentes que canten las tablas de multiplicar mientras sueñan con una beca en Tsinghua. Tenemos otras cosas: un profesor que deja la puerta abierta en invierno para que entre el sol, una médica que se salta el protocolo para decirle a un padre que su hija va bien, un periodista que escribe sin pedir permiso. Nada de eso puntúa alto en rankings internacionales, pero sostiene lo que de verdad importa. Porque al final, lo esencial no es si el modelo chino funciona, sino qué precio exige. La eficiencia que idolatra Ma_Wukon viene con redes en las ventanas, listas negras en los buscadores y un silencio que no cura. Aquí, en cambio, seguimos protestando, equivocándonos, perdiendo el tren, sí, pero también hablando, tocándonos, escribiendo, y saliendo a la calle cuando hace falta. No será el paraíso, pero al menos no hay que pedir perdón por ser libre. Y eso, en los tiempos que corren, es ya casi una revolución.

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15 comentarios

  1. Hola.

    Gracias por el artículo, me ha hecho replantearme las cosas. Yo tenía una visión de China bastante cercana a la de Ma_Wokun (no sé si lo conozco, pero es igual, en los últimos años he escuchado entrevistas a personas que defienden una visión semejante). Y puede que haya pecado de eso de ver siempre más verde el prado vecino.

    A veces está bien que nos recuerden lo bueno que tenemos, que es mucho. Aunque los ejemplos son matizables, y se podría discutir largamente sobre dónde está en intermedio óptimo (en especial, en la educación hay una polaridad enorme entre ambos sistemas, y ambos fallan, uno por exceso y otro por defecto), el artículo me ha gustado mucho.

    Un saludo.

  2. Carpurianoasdingo

    Hay varias opciones al leer tu artículo.
    1. Que no lees absolutamente todo lo que escribe este señor gallego devoto de China. Pues obvias todas sus críticas a nuestra oligarquia española, europea, nuestra politica exterior, nuestra carencia de Soberanía y demás detalles (constante en su twEet) no solo aceradas, sino acertadas.
    2. Que a estas edades y en estos tiempos (2025) seguir argumentado…que lo importante son » significantes vacios2 a l modod e Democracia, Derechos Humanos y libertad es entre naif o cínico. La ciudadania queire queremos lentejas, realidad material de uan vida » digna» y el sistema occidental YA NO OFRECE ESO.
    Es realmente cínico seguir justificando el sistema capitalista liberal en base a nuestra «capacidad de elección» pese a sus errores.. constamtes (?)
    Quizás cuando superemos la BORRACHERA DE OCCIDENTALISMO, podamos ver más allá.
    Y ya cuando sacas el tema Tibet/ Xingiang es para reirse…ni un Sorosiano!!

    • La ciudadania queire queremos lentejas, realidad material de uan vida » digna» y el sistema occidental YA NO OFRECE ESO.
      Pues del mismo artículo se extrae que aquí tienes la realidad material de poder ir a la sanidad pública mientras decenas de millones de chinos no tienen eso. La sanidad pública UNIVERSAL es una realidad material, como lo es una educación que no fomente el suicidio. A mí un maglev no me soluciona nada, ni un puente peatonal lleno de luces que conecta dos zonas de la ciudad pensadas para el tráfico rodado y que sólo servirán para llenar las redes sociales de falso progreso. A mí ir al médico y no tener que pagar, son unas buenas lentejas, desde luego mil veces mejores que no tener ni esa opción, aunque en China eso sea una minoría (una minoría que en un país como ese supone la población de muchos estados europeos).

      Váyase a China, Arabia Saudí o a Emiratos y disfrute del falso progreso de un poco de cemento.

    • Hay que tener cuidado con este tipo de discursos. Que cosas como la democracia y los RRHH se conviertan en significantes vacíos es el problema y la solución no es descartarlos, sino que los ciudadanos sean conscientes de que es necesario y útil darles valor y realidad de nuevo (yo así lo creo al menos), y actuar en consecuencia. Y que no existe una dicotomía entre dichos valores y “las lentejas” y quien nos quiera vender esa ida, ojo cuidao.

      Por otro lado, es algo parecido a lo que ocurrió en los años 30 del siglo pasado, cuando las opciones autoritarias parecían a ojos de muchos las más aptas y eficaces para gestionar un país, que los trenes llegasen puntuales, y que hubiese lentejas para todos; más eficientes y menos complicadas que las engorrosas y cortoplacistas democracias con sus debates y negociaciones sin fin. Y ya vemos cómo acabaron. No se tome esto como una comparación directa entre la situación china y aquellos regímenes: lo traigo a colación sobre todo por el peligro del desencanto con la democracia tal como la entendemos aquí, con todos sus defectos. Ten cuidado con lo que deseas… no sea que se convierta en realidad.

      Además de todo eso, los modelos de sociedad no son en muchos casos transplantables por las buenas de unas sociedades ni de unas culturas, y trayectorias históricas, a otras. Ni, desde luego, hay modelo que carezca de contradicciones entre sus valores y su realidad, ni de errores y ventajas; pero para conocer y valorarlas bien hay que vivir dentro de ellos, y en según qué posición social, que es algo que los “expats” olvidan con frecuencia a la hora de las comparaciones. Se trata de arreglar el nuestro, no de importar el de otros a las bravas para comprobar, con alto coste a buen seguro, que la pieza no encaja.

  3. Los españoles siempre vemos en los otros lo mejor, como si lo de fuera viniera bendecido y lo nuestro fuera de segunda mano. Gracias por el artículo.

  4. Si, pero robots que bailan, ejércitos de drones que forman figuras en el cielo, ciudades que por la noche parece de día de la cantidad de luces encendidas que hay… ¿todas esas cosas tan valiosas qué?

  5. China es un paraíso pero los chinos hacen cada vez menos hijos. Y los jóvenes diplomados huyen cada día más de él para instalarse en Occidente (conozco a alguien que trabaja en Montreal en una asociación que los acoge y cada vez que hablo con él me dice que cada día hay más). Lo que busca la mayoría de ellos en Occidente es crear empresas libres (ninguno ha olvidado lo que le sucedió a Jack Ma, el creador de Alibaba, por haber criticado públicamente el sistema bancario chino, bajo control total del Partido Comunista y creador de graves problemas financieros cuyas consecuencias están comenzando a verse en la economía china – problemas previsibles y lógicos pues el liberalismo económico es incompatible con el comunismo ideológico).

    Otra cosa: en China no existen viviendas en propiedad. Quien compra piso compra su propiedad durante 99 años; luego, pasa al estado.

  6. Sin conocer al sujeto al que se dirige el artículo, estaba leyendo con bastante interés hasta que llegué al párrafo donde se dejaba entrever cierta alabanza al modelo educativo español. Ese tipo de bromas de mal gusto deberían dejar de hacerse.

  7. El Sr. Ma_Wukong si existe, es gallego, se llama Martín y es gallego. Ha aparecido incontables veces físicamente en fotos y videos en X desde la época de twitter. Tendría que tener a medio Holywood detrás para que fuera un invento. El hacer esa afirmación hace que se vea más claramente el sesgo que le domina.

  8. Pingback: Comparativa crítica entre los modelos sociales de China y España a través de la mirada de Ma_Wukon - Hemeroteca KillBait

  9. Maravilloso artículo, gracias.

  10. Para guardarlo, gracias.

  11. El problema de China es la pirámide de Maslow (https://es.wikipedia.org/wiki/Pir%C3%A1mide_de_Maslow). No puede tener éxito y no tener éxito a la vez. Si no tiene éxito, si no es capaz de proporcionar a sus ciudadanos un nivel de vida aceptable, entonces es un fracaso. Pero si tiene éxito y lo consigue el problema es que la pirámide de Maslow salta al siguiente nivel: alguien que tiene hambre y vive en la calle lo que quiere es comida, y cuando tiene comida quiere un techo sobre su cabeza, pero cuando tiene esas dos cosas pasa a querer otras.

    En Occidente estamos perdiendo calidad de vida, lo que hace que la gente con problemas para llegar a fin de mes, o que no puede permitirse un alquiler – ni digamos ya una compra – haya descendido un par de escalones en la pirámide y, consecuentemente, se haya vuelto más partidario de cualquier opción política radical que le prometa que le va a salvar el culo. Pero si el modelo chino tiene éxito el problema es que una vez la mayoría de los chinos tengan trabajo, comida en la mesa y una casa donde vivir nos movemos hacia los pisos altos de la pirámide, demandando libertad… y ahí es donde China hace aguas. Llegar a la cima es fácil, lo difícil es mantenerse ahí. China ha pasado en pocas décadas de país tercermundista a segunda (¿primera?) potencia mundial, pero aunque los chinos de mi misma edad o más mayores puedan apreciar inmensamente el progreso y mantener la boca cerrada, las generaciones ya nacidas en una China poderosa no lo van a hacer.

  12. Dedicarle tantas palabras a un tío que vive en China y cuyo avatar es un dibujo de un gato es bastante duro.

    Sólo voy a decir que el occidentrismo del que tanto presumimos nos está devorando, si no nos ha devorado ya. Lo de -dentrismo ha sido hasta atinado: no salimos a mirar hacia fuera.

    Presumir de datos cuando en todos los baremos importantes (poder adquisitivo, posibilidad de emancipación, seguridad, sanidad, transporte, educación, etc) vamos hacia abajo es un poco tramposo. La foto fija no es mala, pero el movimiento nos retrata.

    En fin, con análisis con este es bastante normal que Óscar Puente pueda ser ministro y dedicarse el día a tuitear sin siquiera sudar.

  13. Me gustaría saber de dónde salen las cifras de la ratio profesor/alumno en España, porque me dedico a la docencia y con suerte tienes 20 en clase. Tengamos en cuenta que la ratio tope es de 25 alumnos, a partir de ahí hay apoyos.
    He de reconocer que he hecho una búsqueda rápida en Google y me devuelve datos similares a los indicados en el artículo. Pero, insisto, la realidad del aula en centros públicos es muy distinta.

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