
Buffy Summers (Sarah Michelle Gellar) es una joven que se traslada con su madre a la localidad de Sunnydale, con la particularidad de que allí se sitúa la boca del infierno y está infestada de vampiros y demonios, y de que Buffy es la actual representante de una línea de elegidas para proteger a la humanidad. En el instituto traba amistad con un par de adolescentes —y más tarde algunos otros, autodenominándose «Scooby Gang»— que la ayudarán en su misión: Willow (Alyson Hannigan) —«la mejor amiga»— y Xander (Nicholas Brendon) —«el gracioso»—. Además, Buffy recibirá las enseñanzas de Rupert Giles (Anthony Stewart Head), su «vigilante», miembro de un grupo secreto que entrena a las elegidas a lo largo de la historia. Los enemigos de Buffy irán desde torpones vampiros hasta monstruos bastante asquerosos, pasando por grupos paramilitares, peligrosísimos nerds o dioses narcisistas. Si bien la visión de algunos capítulos dispersos puede sugerir que es una serie de pijos adolescentes, patadas voladoras y efectos especiales baratos —pero efectivos—, la revisión completa y ordenada de sus siete temporadas certifica la construcción de un universo excepcionalmente rico en lo que a creación de personajes y representación de pasiones y relaciones humanas se refiere, por no mencionar su agudísimo sentido del humor.
El creador de la serie, Joss Whedon —que después dirigiría las dos primeras películas de Los Vengadores— bebió con avidez de los cómics Marvel y trasladó a la pantalla la angustia existencial de Spider-Man encarnada en la figura de Buffy, siempre luchando por reconciliar su vida de adolescente con la misión que pesa sobre ella como una losa. Por otra parte, su grupo de allegados recordará a los X-Men por la presencia de esa figura protectora que es Giles, casi un profesor Xavier y, especialmente, por el arco argumental en el que Willow, aprendiz de bruja, se emborracha de poder y se transforma en una versión mágica de Fénix/Fénix Oscura, que protagonizó una de las sagas más recordadas de los mutantes. Una vez concluidas las siete temporadas televisivas, la serie continuó oficialmente en los cómics.
Todos estos elementos se desarrollan dando lugar a un bildungsroman, un relato de crecimiento y realización personal en el que los monstruos de ficción son una metáfora del infierno de emociones que es la adolescencia, de modo que no es casualidad que uno de los grandes villanos sea el director del instituto. Como esqueleto de las distintas tramas se encuentra el argumento principal de que a Buffy se le niega siempre la felicidad —perfectamente resumido en su relación con Angel (David Boreanaz), personaje que después contaría con serie propia—, pero Whedon y sus guionistas son tan hábiles como para no hacer que todo el peso recaiga sobre la protagonista aunque, en el fondo, todo nos hable de ella. Así, Willow representa la inseguridad que Buffy no se permite exteriorizar, y el ciclo de crecimiento de aquella será también el de esta. Otro tanto sucede con el despreocupado y tontorrón Xander, que, como Odín, perderá un ojo pero a cambió adquirirá sensatez y sabiduría. Mucho más complejo es el caso de Spike (James Marsters), un vampiro amoral y sanguinario que termina, tras enamorarse de Buffy, convirtiéndose en aliado de los héroes. La relación entre Buffy y Spike es especular, ya que son totalmente opuestos en sus principios éticos pero ambos albergan, como si de un mandala de yin y yang se tratase, la semilla del otro: del mismo modo que en el interior de Spike hay algo bueno, hay algo oscuro, feroz y primitivo en el interior de Buffy (recordemos que en su versión original es «the vampire slayer»). Solo gracias a su relación con Spike, tormentosa y sexual, podrá hacer frente a su propio lado oscuro, y solo conseguirá vencerlo cuando integre todas las partes de su totalidad, encarnadas en su grupo de amigos.
De Whedon se dijo que es un gran creador de personajes femeninos. Buffy nace, según su creador, como antítesis de la monada rubia que siempre muere la primera en las películas de terror, y a lo largo de la serie los personajes femeninos serán mayoría y con personalidades complejas y diferenciadas. Tampoco se priva Whedon de introducir, con toda naturalidad, evidentes metáforas LGTBIQ+ en una serie en principio dirigida a adolescentes (recordemos que eran otros tiempos), y los capítulos finales son una representación literal del empoderamiento femenino luchando —ahora sí, metafóricamente— contra el heteropatriarcado, encarnado por el vampiro primigenio. Tal vez por todo esto la serie nos guste tanto a los chicos.
Por último, es ineludible mencionar ciertos capítulos que, por su originalidad y excelente ejecución, son hitos de la televisión: «Passion» —donde Angel comete un infame asesinato—, el casi mudo y terrorífico «Hush», el escalofriante «The Body», o el famoso episodio musical «Once More, with Feeling», que cada año se proyecta en pantalla grande en la San Diego Comic Con, el festival de cómic más grande de Estados Unidos, y es coreado por una multitudinaria audiencia.








Recuerdo que me las primeras temporadas me parecieron bastante aburridas. La cosa cambió con la introducción de Spike.
Un vampiro al que en un momento dado le ponen un chip para que no pueda atacar a humanos y chuparles la sangre (toca alimentarse de animales) y para más inri se enamora de una cazavampiros…
Imposible no cogerle cariño. Cosica.
Era oír la canción (temarraco!) y salir corriendo al salón a ver Buffy.