
Esta breve nota es una exclamación, un exabrupto, que me permito expresar antes de volver a mis típicas reacciones periódicas algo más ordenadas y respetuosas.
En defensa de la imagen internacional de EE UU —tan afectada ésta por la trayectoria de Joe Biden y ahora por el comportamiento de su actual Presidente— entiendo que solamente se puede decir que, con carácter general y universal y salvo excepciones señaladas, los veredictos electorales suelen responder no tanto a la adhesión a un candidato más convincente sino al hartazgo de los ciudadanos con la gestión del saliente (en este último caso el «memorable» Joe Biden, que el Salvador perdone).
De otra forma sería muy difícil entender cómo el pueblo estadounidense ha podido elegir y por un amplio margen, a Donald Trump, el incesante generador, ya en estos recientes meses iniciales de su segundo mandato, de una serie ininterrumpida de torpezas, desmanes y actos que, considerados cada uno de ellos individualmente, son ostensiblemente contrarios a los intereses más altos de su país.
La frecuencia y el «crescendo» de sus singulares desafueros dan la impresión de ser parte de una carrera —en la que compite con sí mismo— en pos de la incesante mayoración de cada uno de estos sucesivos despropósitos.
En el caso de las relaciones internacionales, este hombre se va superando a ritmo semanal.
Es efectivamente un fenómeno hasta ahora no visto (lo escribo desde mi posición de ciudadano de un país perteneciente a la esfera occidental, que es obvio lidera y —se supone— protege, EE UU).
Pero debo reconocer que encontrándome ya, durante el pasado mes de agosto, en la tesitura de decirme y repetirme: «veamos cuál es la próxima genialidad que se le ocurre», he leído aquello que estimo que (por lo menos hasta ahora) constituye la culminación de su capacidad de perjudicar a Occidente sin olvidar perjudicarse a sí mismo al propio tiempo.
Lo leí y no lo podía creer: ¡aranceles del 50% a India! Sí, así es. Y es una estridencia tan innecesaria como trascendente, de gravedad mayor.
La cuestión no es solamente que, como ya se ha comprobado urbi et orbe, la geopolítica no digiere bien que se juegue con el futuro de los pueblos como si se tratara de la compra de una alfombra en el Gran Bazar de Estambul.
El tema pertinente es que la calidad de las relaciones EE UU-India es de hecho más importante para el primero de éstos que para el segundo, que quien tiene más interés objetivo en ganarse al otro es EE UU (en el supuesto de que el adversario mundial principal de EE UU sea China).
Y todo ello se ha debido a la incontinencia trumpiana cuando se trata de castigar a un incumbente, el cual en este caso sigue —y seguirá— adquiriendo hidrocarburos a Rusia (siendo esa la verdadera razón del castigo a India, no las balanzas comerciales). Él actúa como si fuera parte de la escena de una macro-pelea en un bar, filmada para un «western».
Imagino que sus perdonadores —tanto los convencidos como los fidelizados— dirán que un arancel se puede modificar en cualquier momento.
Otros podrían decir, esta vez con algún sentido, desde un plano más elevado, filosófico, que un mundo tan desencaminado como el occidental al término de 2024 necesitaba del ingreso de ese «elefante en cacharrería» para desencadenar una catarsis y provocar así el surgimiento y advenimiento de un nuevo paradigma menos deprimente.
El problema no es la tarifa en sí, sino el mero hecho de habérsela planteado, humillándola, a una potencia que tiene muchos problemas sí, pero que es muy grande. Y esto Trump lo ha jugado así frente a un país con el que EE UU tiene un pasado lleno de agravios mutuos, y hacia el cual se debería desplegar toda la capacidad de atracción «soft» estadounidense.
Esto es especialmente contraproducente en esta era en la que China y Rusia están en convergencia creciente, y además Trump lo ha hecho, en plena fase histórica en la que el núcleo duro de la economía y el epicentro de la geo-estrategia mundiales se han desplazado del Atlántico al Indo-Pacífico.
Para colmo la diáspora india en EE UU, numéricamente descomunal, no se distingue solamente por su laboriosidad y fuerte integración en el «melting pot», sino por su coherencia cultural comunitaria y por su solidaridad de espíritu con quien entiende ser su madre patria. Y por si esto fuera poco —cuando se habla de la trascendencia de los agravios— se da el caso de que el enjambre tecno-soberano de Silicón Valley se encuentra al 95% dirigido por personas nacidas en India.
Nos encontramos ante un caso (que se convertirá probablemente en «clásico») de ese tipo de miopía estratégica reservado a las dictaduras y las autocracias, pero recientemente detectado también en las cúspides de determinadas democracias supuestamente liberales.
Lo de la reunión que tuvo lugar en Pekín no es mucho más que liturgia (sino-bizantina) pero coincidente en fechas. Más que probablemente la presencia de Modi allí no se habría producido sin ese ademán sajón del 50%.







