Libros

Quizás lleve razón

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Un par de días antes de que cerrara la Feria del Libro de Ocasión me dispuse a recorrerla, como cada año, a la búsqueda de algo que me pudiera interesar. No soy bibliófila ni coleccionista y tengo la casa llena de libros, así que solo me guía el placer del contacto con viejas ediciones que siempre tienen una historia detrás, como bien saben Andrés Trapiello o Juan Manuel Bonet, bibliófilos de referencia. Compré un mapa inglés de la Península Ibérica de 1845 y una novela, Contrapunto, editada por Edhasa, cuyas primeras páginas leí hace muchos años. Recordaba el interés con que las había leído porque el comienzo es muy bueno: una mujer, embarazada y abatida, le pide a su marido que no salga a cenar, que se quede con ella, mientras él, respondiéndole que no va a tardar mucho, sabe que lo hará porque piensa reunirse con la mujer a la que desea por encima de cualquier altruismo sentimental. ¿Por qué no seguí entonces con la lectura? No lo recuerdo, el caso es que, ya con la novela en la mano, sentí muchas ganas de llegar a casa y seguir leyendo lo que había empezado tanto tiempo atrás. Recuperé a Huxley y me asombré ante su técnica narrativa al abordar una historia con tantos personajes, todos ellos descritos con el matiz del contrapunto psicológico, casi musical: son lo que sea que fueren —fuertes, cínicos, superficiales, atractivos, inteligentes— pero nunca lo son del todo, quiero decir que los caracteres están muy matizados, debidamente debilitados para evitar el trazo grueso y arquetípico a lo García Márquez. Llevaba unas cien páginas cuando de pronto me acordé de haber recibido el último libro de Juan Pedro Quiñonero, De la Europa de las libertades a la Europa de las extremas derechas. Memorias del decano de la prensa europea en París, unos días atrás. Dejé Contrapunto a un lado y fui a comprobarlo. Hojeé el libro y… lo cierto es que ya no pude abandonar a Quiñonero hasta la última página, tan atrapada como el propio autor en su intenso recorrido por la cultura y la política europea de los últimos cincuenta años. Todo el énfasis, sin embargo, está en la vida española. ¿Hacia dónde vamos como ciudadanos de una nación en disputa? Y la misma pregunta vale dirigida al pasado: ¿de qué historia venimos?

El título del libro es largo y significativo y viene a completar uno anterior, Retrato del artista en el destierro (Ediciones Cort, 2003). Ambos responden al estilo característico de su autor, donde las escanciadas referencias autobiográficas se alternan con la preocupación que resulta apreciable en toda su obra y es la reflexión sobre el papel que puede y debe jugar la cultura en la marcha de una sociedad (en disputa), reflexión abordada en su caso no teóricamente sino a partir de las aportaciones concretas y dilectas del autor: del Collar de la paloma del andalusíe Ibn Haszm a las novelas de Juan Benet, pasando por Quevedo, Baroja, Azorín, Américo Castro, Rosa Chacel, Josep Pla, Antonio Machado, Mercè Rodoreda y tantos autores y obras como desfilan por sus páginas en un diálogo seminal y maravilloso. La cultura, sin embargo, en opinión de Quiñonero, no sirvió, ni sirve en el presente, para mitigar los males de la patria: sobre todo el mal del cainismo, una pulsión saturnal y excluyente del Otro que explica, en su opinión, la extrañeza moral que sienten y han sentido tantos españoles en relación a su patria. De hecho Quiñonero es autor de una trilogía ubicada en un espacio literario al que llamó Caína, habitado por una fauna de pesadilla —gobernantes, empresarios, héroes descarriados…—. Recordemos que en el primer volumen de la trilogía, La locura de Lázaro, se abordaba la biografía apócrifa de CJC (en su novela llamada Celia Jiruña Carón), el escritor pícaro que acabaría perdiéndose a sí mismo.

Nunca me gustó la literatura picaresca y tampoco he compartido el protagonismo central que se le ha dado siempre en nuestra historiografía literaria. Nunca pude reír las gracias de Lázaro, pequeño sinvergüenza, cuando se afana en coger más uvas de las que le corresponden del racimo que cuelga de las manos de su primer amo, un ciego más listo que el hambre y por supuesto que el joven lazarillo. El ciego dará al aprendiz de pícaro la lección más importante que este último va a recibir en la cínica escuela de vida en la que irá creciendo: si callas la tropelía que ves, es porque también tú estás cometiendo alguna. El rasgo principal del pícaro, una aportación genuinamente española a la cultura universal (al menos así se ha estudiado siempre), es su deseo de medrar sirviéndose de la astucia y del fingimiento. Feroz individualista, el pícaro huye del esfuerzo, del trabajo y de la honestidad centrando su supervivencia en los límites de la permisividad legal. Es decir, rozando la delincuencia, pero sin entrar de lleno en ella porque su objetivo siempre es salir adelante burlando a la verdad, no enfrentándose a ella. Resumiendo, no es que sea una enseñanza moralmente instructiva, si pensamos en los centenares de miles de estudiantes que han tomado la literatura picaresca como se les explicó, como una muestra brillante y significativa del ingenio hispánico. Y para Quiñonero, rehaciendo una reflexión que sostenía Rosa Chacel (y antes Américo Castro), con la risueña figura del pícaro, jaleada hasta la fatiga por nuestra crítica, se asienta en la cultura española una matriz ética y estética que, procedente del mundo del hampa, no hallará un contrapunto moral eficaz, corroyendo así nuestra vida espiritual y aceptando el cinismo como norma de conducta “inteligente” frente a la estúpida ingenuidad de quien defiende que las normas están para cumplirlas. La figura más acabada de esta retorcida catadura moral es Quevedo, autor de uno de los personajes más siniestros de la literatura, el dómine Cabra, y a quien Quiñonero ve como la culminación de la desertificación moral de España; pero tampoco Góngora, el que escribe la letrilla … ya saben: Ande yo caliente y ríase la gente, se libra de esa filosofía de andar por casa sin más horizonte que el beneficio personal. Porque Cervantes solo conseguiría mostrar, a través del Quijote fundamentalmente, el carácter desalmado de sus contemporáneos, pero en su novela no hay un personaje que se alce como contrapunto ético al dominante reino de la picaresca y la burla del prójimo. Lázaro de Tormes triunfa, satisfecho de sí mismo y convencido de su inteligencia, llevando a las últimas consecuencias su doble moral (ande yo caliente …), la que le permite que la mano derecha conviva con la izquierda a pesar de que con una oculta lo que con otra muestra. Por el contrario, Alonso Quijano, el hombre maduro y leído, vive imbuido de los fenecidos ideales de la caballería —honor, deber, lealtad y cortesía— y decide salir al mundo para defenderlos. Sin embargo, fracasará una y otra vez, sus ideales serán motivo de burlas sangrantes y morirá con la lúcida conciencia de su error. Se me dirá que el pícaro es un arquetipo literario, lo que no significa que sea un ejemplo a seguir, pero lo cierto es que los arquetipos, como los conceptos y las actitudes, solo adquieren su pleno sentido si disponen de contrarios que permitan el contrapunto iluminador y necesario. Lo que quiero decir es que hay ejemplos, iconos, figuras, juicios, razones que son útiles para fomentar un determinado aliento ético y otros que precisamente lo destruyen. El ejemplo históricamente reciente de Juan Carlos I como el gobernante que buscó su propio enriquecimiento personal sin reparar en el cargo que ocupaba y en el daño que le podía ocasionar a una monarquía recién instaurada me hizo pensar, en su momento, hasta qué punto no éramos todos responsables de lo sucedido. Tanto es así que la conducta de su yerno Iñaki Urdangarín, que tanto escandalizó en su momento, cobró con el tiempo, es decir en el marco de la corrupción juancarlista, una nueva dimensión, mucho más comprensible, si se me permite decirlo así. El que fuera un magnífico jugador de balonmano se acomodó —como Lázaro con las uvas— a la praxis picaresca que debía imperar en la Casa Real hasta la llegada de Felipe VI. Haz lo que vieres, podría decirse que eso es lo que pudo pasar con Urdangarín y con tantos cortesanos que rodearon al monarca en una perfecta simbiosis colectiva de arribismo social y enriquecimiento ilegítimo. Un haz lo que vieres que en Cataluña tuvo durante el gobierno de Jordi Pujol su propia adaptación al contexto político catalán. También el ex president hizo su pequeña confesión, forzado, como Juan Carlos I, por las presiones a su alrededor, y que de hecho sirvió para comprender la avidez y la falta de escrúpulos que se ocultaban tras tanto ardor patriótico. ¿Quién ama a la nación? ¿Quién presume de ello, quién ostenta su representación sin pensar a qué le obliga el cargo o a quiénes debe proteger amparado por la fortaleza que le da la democracia?

“La tragedia del español víctima de las cuadrillas de asnos que gobiernan el solar patrio, desde tiempo inmemorial, me persigue desde la infancia”, leemos en las memorias más recientes del gran periodista murciano. Un comentario que forma parte del drama íntimo del autor: en 1939 sus padres fueron detenidos y encarcelados, culpables del supuesto delito de haber fundado en Totana (Murcia), su pueblo natal, una escuela racionalista llamada Francisco Ferrer Guardia y la cooperativa Democracia y Cultura. Su padre, sindicalista de la CNT, fue condenado a muerte, la pena fue conmutada a veinte años de prisión gracias a la intervención decidida del párroco de Totana, y acabó saliendo en 1945 (con el final de la segunda guerra mundial Franco quiso dar muestras de liberalismo procediendo a liberaciones anticipadas de presos). De modo que sus padres pudieron casarse y el autor nacería al año siguiente, fruto de aquella unión; pero el daño moral infringido, la evidencia de un conflicto cainita al cual la victoria franquista no quiso poner fin (pudiendo hacerlo), alargándolo cruelmente, pesaría en muchas conciencias impidiendo un asentamiento firme de la sociedad española en unos valores comunes y solidarios. Quiñonero habla de enfermedad cívica, Galdós hablaba de caquexia moral en sus Episodios nacionales y Ganivet de abulia o de falta de voluntad para recomponerse. Los términos han sido muchos, pero la vida política actual habla por sí misma.

Sin duda Quiñonero es una voz incómoda en nuestro panorama intelectual. En De la inexistencia de España (Tecnos, 1998) sostenía todo aquello que no queremos oír porque duele. Y como digo lleva muchos años reflexionando sobre lo qué puede significar ser español, lo viene pensando desde París donde ejerció primero de cronista del periódico Informaciones (1977) y en ABC desde 1983, de modo que ha visto pasar por la escena francesa a los gobernantes españoles, cada uno con sus propios objetivos, sus equipos de trabajo e idiosincrasia personal. Carga a sus espaldas con centenares de ruedas de prensa, centenares de entrevistas y reportajes sobre la política española, de modo que la primera mitad del volumen resume esta experiencia, que luego se abre asimismo a la difícil realidad francesa actual y a ex cursus histórico-literarios que no solo son una delicia sino también el sello de la casa. El periodista hace un rápido repaso a los presidentes españoles y se duele de la ligereza de muchas de sus actuaciones, desde Adolfo Suárez a Pedro Sánchez. Y repasa anécdotas que preferiríamos seguir ignorando: el retraso de una hora de José María Aznar en la Fundación Konrad Adenauer, sin disculparse por el retraso, y tomando la palabra a continuación y ante la aristocracia del conservadurismo europeo en un tono franco y brusco que chirrió inmediatamente en la sala; lo insustancial que llegó a ser la ocurrencia de la Alianza de las Civilizaciones de Rodríguez Zapatero o el dislate de sus declaraciones en Nueva York cuando en 2008 aseguraba que el sistema financiero español era el más sólido del mundo; la soberbia demostrada por Felipe González en unas declaraciones al propio Quiñonero en la toma de posesión de François Mitterand diciéndole, ante la pregunta de una posible unión de la izquierda en España, que los únicos comunistas que le interesaban eran los muertos.

El periodista va exponiendo su íntimo desencanto hacia la palabra pública, cada vez más huera y desalmada. Sin olvidarse de los gobernantes franceses: es durísimo con Mitterand, pero también con Chirac, Giscard, Sarkozy, Hollande… buscando, en definitiva, explicaciones al desarraigo y la violencia que han estallado en los últimos años en los centenares de guetos suburbanos diseminados por toda Francia y en los que el Estado lleva años invirtiendo miles de millones de francos y euros para paliar la pobreza y favorecer la integración. ¿Qué ha pasado? ¿Se podía evitar? La respuesta del autor es afirmativa: bastaba con ver de verdad lo que estaba ocurriendo.

Quizá lleva razón Jordi Amat cuando, en el prólogo a la cuarta edición de De la inexistencia de España, decía que no había para el libro —y es aplicable asimismo a sus recientes memorias— un momento más idóneo que el nuestro. “Quizá lleva razón Quiñonero y el nuestro sea un tiempo de desertización cívica que demanda una repoblación espiritual. Para Quiñonero la única resistencia posible es recordar de dónde venimos y así reconciliarnos con ese pasado olvidado y con nosotros mismos. Lo sintió con Josep Pla. Lo sigue pensando como la forma más alta de compromiso”. Y, en efecto, él en sus más recientes memorias sigue pensando en ese compromiso. Los humanos nos hacemos lo que llegamos a ser, o no ser, con el paso del tiempo, persiguiendo las sombras de lo que amamos. A través de la palabra, en el solar vacío de la historia, debemos ser capaces de construir una casa en la que otros puedan vivir y reconocerla también como suya. Es una obra que requiere de muchas manos, cada uno aportando sus propios materiales, lo que tiene a disposición. Y entonces la casa crece, llega la luz a ella (la casa encendida de Luis Rosales) y ese bien común, edificado con la ayuda de tantas manos, debería ser capaz de contener la epifanía de la vida, es decir ser un cobijo moral y reconfortante ante la intemperie tan humana también de la vida. Quizá tenga razón Quiñonero y haya llegado el momento de reconstruir esa casa común, de dar con una nueva forma de conciencia histórica y cívica utilizando los muros decaídos de la vieja patria como primer sostén.

En todo caso, no hay que decirle al autor que la Historia de España es una asignatura prácticamente desaparecida de los planes de estudio. No hay que decirle más de lo que ya sabe. En cuanto a Huxley… imposible volver a él ahora mismo; imposible regresar sin transición al mundo de conversaciones refinadas de Contrapunto. Habrá que esperar, como pasa con todo.

Juan Pedro Quiñonero es autor de De la Europa de las libertades a la Europa de las extremas derechas. Memorias del decano de la prensa europea en París ( Guillermo Escolar, 2025). Es autor, así mismo, de Proust y la revolución (1972). Ruinas (1973). Memorial de un fracaso (1974). Baroja: surrealismo, terror y transgresión (1974). Escritos de VN (1978). La gran mutación. España y Europa ante el siglo XXI (1979). De la inexistencia de España (1998). El misterio de Ítaca (2000). Anales del alba (2000). Retrato del artista en el destierro (2004). El caballero, la muñeca y el tesoro (2005). Ramón Gaya y el destino de la pintura (2005). La trilogía de Caína (La locura de Lázaro, 2006, Una primavera atroz, 2007 y La dama del lago, 2015). El taller de la gracia (2009), La serie Una temporada en el Infierno (De que mal morirá, Tú que puedes, No hubo remedio, Disparate ridículo, Duelo a garrotazos, Volaverunt, 2015-2015), Baroja y yo (2019), El cine comienza con Goya (2020).

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2 comentarios

  1. José Luis Lloret

    Infligido.

  2. Gran artículo sobre un excelente escritor muy ignorado – no sé por qué (quizás porque dice verdades como puños que no gustan a nadie – verdades que quizás sólo vean bien quienes viven en el extranjero).

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