
El bibliófilo italiano. Massimo De Caro tenía una pequeña tienda de antigüedades en Orvieto y estaba fascinado por Galileo. Todo lo que vendía, lo que conseguía ahorrar, estaba destinado a procurarse las primeras ediciones de los escritos del astrónomo que, al descubrir las tres lunas de Júpiter, intuyó y demostró que no es que todo bailara alrededor de nuestro planeta, sino que nuestro planeta no era más que otra piedra bailando en el vacío. De Caro se hizo amigo de alguien con mano en el Vaticano y, vete a saber cómo, consiguió un ventajoso trueque: a cambio de no sé qué documentos, obtuvo varias primeras ediciones de Galileo. Empujado por la codicia del completista —rama de la bibliofilia en que militan aquellos que no pueden dormir si no logran todas y cada una de las piezas que produjo un autor—, se las arregló para conseguir la obra magna de su autor predilecto: el Sidereus Nuncius, libro con grabados en los que Galileo describía las fases lunares. El ejemplar de la Biblioteca Nacional en Madrid se eximía de esos grabados, pero en una carta consultada por Massimo De Caro, Galileo le decía a alguien a quien le enviaba dos ejemplares de su libro que uno iba sin grabados porque parte de la edición carecía de ellos. Así que, ¿por qué no suponer que Galileo tenía un ejemplar sin grabados en el que había inscrito su nombre y había poblado los huecos destinados a los grabados con acuarelas a partir de las cuales los grabados se realizaron? La cronología de los hechos la ha realizado el malo de la película —que, naturalmente, como corresponde a la paradoja de los grandes impostores, es el justo, el estudioso, el sabihondo, el antipático, un profesor especialista en Galileo que, para que se vea lo secundario, por más que necesario, de su papel, ni me acuerdo de cómo se llama—, y me he propuesto no buscar ningún dato en la red para redactar esto siguiendo la consigna, que he seguido siempre sin saber que era suya, de Salvador de Madariaga, que decía que las citas hay que darlas de memoria, que si consultas un libro para verificar una cita entonces solo estás copiando, y que lo que de verdad llevas en la memoria es una fórmula que variará siempre la fuente exacta donde la tomaste para saciar una sed, y serle infiel a esa fórmula para volver a la fuente es una traición que vuelve mera mecanografía lo que te ha estado acompañando de verdad.
El tal profesor fue el que hizo que sonaran las alarmas que acabarían por detener a Massimo De Caro. Pero, naturalmente, él llega al final del relato para convertir en relato la sucesión de hechos, para desvelar un sentido, para magnificar, cerrándola, una historia. De Caro hizo amistad con un librero argentino, supo que en la Argentina la impresión de falsificaciones era más barata y posible que en Italia, compró un ejemplar robado (no se sabe si encargó él mismo el robo) del Sidereus Nuncius. Una cuchilla de afeitar convenientemente agazapada en un estuche de gafas le sirvió a un ladrón uruguayo para sisarle a la Biblioteca Nacional, en época de Rosa Regás, que tuvo que dimitir ante el escándalo, unas cuantas cartografías de Ptolomeo y un ejemplar íntegro del Sidereus Nuncius, en sustitución del cual, entre las guardas, dejó meras fotocopias. Ese ejemplar robado acaba en manos de Massimo De Caro a cambio de unos cien mil dólares. Siguiendo el ejemplo del robo de La Gioconda —cuando la robaron, caso en que se vieron involucrados Apollinaire y Picasso, hasta cinco compradores fueron estafados haciéndoles pensar que adquirían el cuadro de Leonardo da Vinci: o sea, el negocio no estaba en vender el original, que quedó bajo el colchón del ladrón, sino en encargar a un buen copista reproducciones que pudieran pasar por el original para mercarlos como originales— aquí el plural carece de sentido, ya lo sé. Así pues, ya propietario de una primera edición del Sidereus Nuncius de Galileo, se dijo Massimo De Caro, y a sabiendas los coleccionistas de todo el mundo de que habían robado uno en la Biblioteca Nacional de Madrid, ¿por qué no hacer réplicas? Y, una vez puestos en faena, ¿por qué no mejorar el librito, por qué no hacerlo verdaderamente incomparable? Aunque más tarde, cuando lo capturaran, dijese ante el juez que desde el principio se lo propuso como una broma, como una manera de tomarle el pelo a los fetichistas del libro, está claro que es complicado aceptar que alguien se toma tantísimas molestias para producir un artefacto tan admirable como la edición única que produjo Massimo De Caro.
Fabricó papel que los especialistas fecharan en el XVII, buscó una imprenta que manualmente compuso el libro con los mismos caracteres del original, encargó a un artista las acuarelas que irían en los huecos de los grabados y, en la portada del libro, un caligrafista experto deslizó la firma de Galileo Galilei. Solo había un problema: la encuadernación. De Caro tenía un pergamino del XVII, pero era demasiado ancho para encuadernar el breve Sidereus, así que le adjuntó otra obra de Galileo y viajó de la Argentina a su Italia natal, porque desconfiaba de los encuadernadores argentinos. Una vez realizada la encuadernación, ya tenía De Caro un libro inigualable: el ejemplar del Sidereus Nuncius en el que Galileo pintó las acuarelas que sirvieron para hacer los grabados de la edición común —que, naturalmente, no tienen nada de comunes—. Contactó con el más célebre de los marchantes de libros raros de Nueva York, un tal Lan, que programó una cita con ellos: un libro así no se puede enviar por DHL. De Caro acudió a Nueva York, mostró el ejemplar del Sidereus que había fabricado —la tinta de las acuarelas la había envejecido metiéndolas en el horno de su cocina; a 120 grados, cada minuto equivale a un siglo, cuenta entre risas en un documental en el que se defiende diciendo que él nunca jamás dijo que aquello fuera una falsificación: lo vendía como un libro muy curioso del que no podía decir si se trataba en efecto de un ejemplar que perteneció a Galileo; decía que, en el fondo, solo quería mofarse un poco de los especialistas y los multimillonarios a los que les había dado por el coleccionismo de tesoros antiguos (a los millonarios de Silicon Valley, en efecto, les había dado por coleccionar piezas de museo de la historia del libro y, después de que Bill Gates pagara treinta millones de dólares por un Leonardo da Vinci, estaban encareciendo mucho el mercado pagando cifras astronómicas por libros que antes se conseguían por la mitad de lo que pagaban)—. Uno de los más evidentes afanes de los falsificadores es tomarle el pelo a los sabios: un erudito de la talla de Adolfo de Castro lo intentó pariendo un capítulo de Cervantes que trató de hacer pasar por inédito sin conseguirlo; el abate Marchena colocó un capítulo escrito por él en una edición del Satyricon. En ninguno de esos había responsabilidades penales, era asunto que había de dirimirse en las instancias intelectuales, y en ambos los falsificadores fueron convenientemente desmentidos, así que no era mala táctica agarrarse a la historia de las tomaduras de pelo intelectuales, porque se inscribía uno en una noble tradición, si bien el juez que acabaría juzgando el caso no opinaba lo mismo que De Caro, entre otras cosas porque aquí había de por medio un robo en una Biblioteca Nacional, el cobro de trescientos mil dólares, miles de dólares gastados en especialistas, vuelos, etcétera.
El marchante picó, no sin la colaboración de unos cuantos especialistas. El principal es un estudioso alemán al que Lan llamó cuando estaba de vacaciones en los fiordos. Le dijo que no creía probable la existencia de un libro así, pero, en cualquier caso, cuando regresase a Berlín se sacaría un vuelo a Nueva York para verlo: vuelos y más vuelos en pos de un libro. El estudioso alemán, al ver el Sidereus por el que Lan estaba dispuesto a pagar trescientos mil dólares, no encontró pegas en el ejemplar: le parecía absolutamente imposible que nadie se tomara la molestia de producir una falsificación tan extraordinaria, porque la producción de la falsificación acababa produciendo una factura muy superior a lo que se podría obtener por el libro —lo que el falsificador podría obtener por el libro, claro; Lan esperaba multiplicar lo que iba a pagar por diez, como mínimo—. Para conseguir colocar una falsificación en el mercado, la primera regla es ponerle un precio de objeto auténtico: nadie te va a comprar un Picasso falso si lo vendes a quinientos euros, porque ya desde el precio estará cantando su falsedad. En el mundo de la pintura se entiende que haya falsificadores, porque la producción de un cuadro falso de un artista moderno no es demasiado cara, pero en el mundo de la bibliofilia no tiene mucho sentido —por las dificultades y costes que lleva aparejados— tratar de producir una falsificación de una primera edición del Quijote o una obra de Kepler o Lavoisier. No conforme con la opinión del estudioso alemán —del que lamento no haber retenido el apellido, porque de todos los personajes de esta historia es el que más sentía que el libro fuese una falsificación; se veía que le nubló el juicio, además de la destreza de los falsificadores, su necesidad de tener en las manos el ejemplar que perteneció a Galileo y donde dibujó las acuarelas con las fases lunares—, no conforme con su juicio, decía, el marchante buscó otras opiniones en Oxford, Harvard y no sé dónde más: todas coincidieron, el libro pasó por laboratorios y lupas, y la sentencia parecía firme: sí, era auténtico, aquel era el Sidereus Nuncius impreso en el XVII; sí, la firma era de Galileo; sí, la tinta de las acuarelas tenía cuatrocientos años. Lan pagó a De Caro los trescientos mil dólares y se quedó con el ejemplar antes de que le llovieran ofertas de Silicon Valley: sabía que debía disfrutarlo unos años, que en esos años no iba a perder valor, sino a multiplicarlo; en cualquier caso, le gustaba ser durante algún tiempo la única persona del planeta con un ejemplar que fue de Galileo en su colección.
El estudioso alemán publicó un denso tomo sobre aquella copia del Sidereus Nuncius. En el tomo colaboraban todos los que habían dado su visto bueno al ejemplar de Lan y valoraban el insólito volumen en unos diez millones de dólares. Y ese estudio —que, obviamente, solo compraron unas docenas de especialistas y departamentos universitarios— fue el que llamó la atención de Nick Wilding, de la Universidad de Georgia (vaya, me acabo de acordar de su nombre). Su especialidad eran los libros del Renacimiento, no tanto Galileo como las artes de edición. Se dio cuenta de que una de las acuarelas estaba mal colocada, cometiendo un error de composición que era muy difícil que hubiera cometido Galileo: la explicación era sencilla, al dibujar el círculo de la luna —con ayuda de un vaso puesto boca abajo, contaría riéndose De Caro— y darle sombra, para que el artista encargado de hacerlo no cometiera el desliz de extender la tinta de alguna de las lunas ya iluminadas, adoptó una posición que equivoca el orden de las fases lunares, rompiendo el orden preciso que debían haber tenido. Eso era muy poco, en realidad; hasta Galileo pudo cometer ese error, pero levantó el resquemor de Lan y de los autores del tomo consagrado a su copia. El estudioso alemán no quiso entrar en controversias con Wilding, quería sencillamente que desapareciera. Pero Wilding no iba a desaparecer. Empezó a interesarse por la figura del vendedor del ejemplar, descubrió que en París una casa de subastas había tenido a la venta, y no había vendido, un ejemplar del Sidereus Nuncius que era sin lugar a dudas el ejemplar que le robaron a la Biblioteca Nacional de Madrid, arrojó las suficientes sospechas sobre De Caro —que a esas horas había sido nombrado director de la fabulosa Biblioteca Girolami de Nápoles— como para que Lan decidiese gastarse un dineral en la prueba definitiva: la del carbono 14. Y ahí se volvieron las cosas contra De Caro, y el estudioso alemán tuvo que pedir cita con el psiquiatra: la prueba del carbono 14 descubrió unos hilitos de algodón en el papel del libro, lo que era un evidente anacronismo, quizá el único fallo que De Caro había cometido en la fabricación de un papel que había conseguido copiar la marca de agua del original. El libro era una falsificación. Una falsificación prodigiosa: no cabía duda. Una falsificación que mejoraba el original de Galileo: puede que sí. Pero una falsificación, al fin y al cabo.
Para mejorar las cosas, la policía napolitana atendió alguna denuncia contra De Caro y descubrió que, en sus pocos meses como director de la Biblioteca Girolami, habían desaparecido primeras ediciones de Kepler, Galileo y otros grandes del Renacimiento. Para defenderse, De Caro dijo que los había vendido para conseguir fondos y dotar a la biblioteca de más libros e infraestructuras. Al parecer, en el primer día de trabajo ordenó a los guardias de seguridad que apagaran las cámaras por la noche porque era un dispendio que no podían permitirse, pero uno de los guardias no obedeció, y las imágenes grabadas mostraban un camión que llegaba a la biblioteca y cargaba unas cuantas cajas de libros. De Caro fue arrestado y, al parecer, según se cuenta, solo sus magníficas relaciones con la camorra —en la que, como se sabe, hay espléndidos bibliófilos— le han permitido que la condena carcelaria se transformase en retención domiciliaria.
La mera comparación de las etopeyas del bueno —Wilding— y el malo —De Caro— se salda con victoria por simpatía del último: entrado en carnes, sonriente a todas horas, impidiendo que salga la carcajada ante algunas preguntas y conformándose con una sonrisa forzada de pillo que sabe que le han pillado, cae bien, a pesar de haber saqueado fondos de la biblioteca que se le confió, a pesar de haber sido capaz de meterse en negocio tan arriesgado como el de colocar una edición de Galileo que aparentemente procedía de la biblioteca personal del sabio. Seguramente lo primero pesa más que lo segundo, quiero decir, que si no supiéramos lo primero —su afición al saqueo de lo público— aun le perdonaríamos lo segundo, o lo tendríamos por un audaz infortunado que no esperaba que su némesis estuviese en Georgia. El historiador Wilding es delgado y pálido, seco, incapaz de sonreír: sus conocimientos y su intuición dirigidas a desvelar una mentira nos parecen un derroche; mejor estaría inventando medicamentos o ingeniando aparatos, nos decimos, qué más te daba a ti que el simpático De Caro se saliese con la suya en una jugada maestra en la que el único fin digno hubiera sido que, a su muerte, se descubriese un documento en que explicase minuciosamente la falsificación —porque estaba claro que De Caro, antes o después, iba a cantar: nadie se mete en una empresa semejante para no reivindicar ante el futuro la autoría de una hazaña—. Aunque, visto así, Wilding no es más que un colaborador necesario (no sería ni siquiera inverosímil, ya puestos, que el propio De Caro le dijese todos los pasos que tenía que dar para descubrirle, una especie de Judas que sabe el papel que le ha tocado en la historia y lo acepta porque, como se dice en la Sevilla en la que escribo, «sin Judas no hubiéramos tenido Semana Santa»).









