
Leo los artículos escritos por el periodista cultural Ángel Fernández en la revista que él mismo dirige, Jot Down, denunciando la inconveniencia del Premio Aena de Narrativa, convocado con absurda precipitación y sin mediar ninguna necesidad que pudiera justificar tanto su conveniencia como el desmesurado gasto que conlleva, y me veo forzada a pensar en voz alta, yo también, sobre la idoneidad del insólito Premio y decirle, de paso, a Ángel que no puedo estar más de acuerdo con él y con el instintivo rechazo que manifiesta a ese “capitalismo de casino” (la expresión es de mi amiga Laura Freixas) que cifra en el dinero la valoración de algo, aunque sea un bien cultural como es un libro. La precipitación de la convocatoria se nota en todo, más allá del reconocimiento explícito que hizo su presidenta, Rosa Montero, alegando en sus declaraciones el poco tiempo que habían tenido los miembros del jurado para seleccionar a los cinco finalistas previstos en una primera ronda y propuestos al segundo jurado, el decisivo. Más allá de ese reconocimiento público de las prisas (¿por qué tanta prisa para algo que se pretende tan serio?) mi primera pregunta es: ¿por qué premiar una novela? ¿acaso la literatura no contempla más registros intelectuales y creativos que este? Si lo que se pretende, como se dice en las bases, es fomentar la lectura, habría que recordar a los urdidores del Premio que son muchas las disciplinas que permiten ser leídas y no necesariamente las novelas tienen que ser las más enriquecedoras, especialmente en las etapas formadoras de la vida. No hace falta citar a Josep Pla, quien tampoco lo veía el género más apropiado a la madurez. ¿Por qué no premiar el pensamiento crítico, la historia, la filología o la filosofía que tanta falta nos hacen? Sigamos con las preguntas. ¿Qué sentido tiene embolsarle a un escritor, o escritora, un millón de euros, compitiendo ostentosamente la robusta compañía que gestiona los aeropuertos españoles con la empresa privada —en este caso la editorial Planeta— que (imagino, supongo) viene haciendo un esfuerzo económico muy importante al dotar en su momento su conocido premio literario —los premios Planeta— de una cantidad astronómica, por encima de todos los galardones más (re)conocidos: los premios Nobel: unos 900.000€; el Pulitzer: unos 12.000€: el Goncourt: dotación simbólica de 10€; el premio FIL: unos 120.000€; los premios Princesa de Asturias: 50.000€; el premio Formentor 50.000€; los Premios Nacionales: 30.000€, es decir la misma cantidad que se llevarán cada uno de los cuatro finalistas del Aena, ¡qué absurdo!. Si de verdad se hubiera pretendido fomentar la lectura casi cualquier otra iniciativa resultaba más conveniente y adecuada: habilitar pequeños espacios de lectura en los aeropuertos, premiar a los clubes de lectura (que sí están haciendo una inmensa labor de pedagogía cultural en bibliotecas y librerías de toda España), reforzar los Premios Nacionales (en colaboración con el Ministerio de Cultura), ayudar a las publicaciones culturales que libran una batalla diaria en favor de los libros y la crítica literaria, proponer breves pasajes de libros en los largos corredores que atraviesan los aeropuertos… Qué sé yo. Lo que quiero decir es que esta nueva y presuntuosa convocatoria no aporta ningún contenido, ningún beneficio a la lectura, no hay una energía semántica que lo inspire, y en cambio sí ha venido a fomentar la rivalidad entre escritores y gestores culturales. Lo que ha aportado la desdichada iniciativa es un clima tenso al mundo literario, tensión que, obviamente, no hacía ninguna falta.
Y ¿acaso la diferencia económica entre los finalistas y el galardonado —30.000€ frente a un millón, es decir 33,33 veces más— va a corresponderse con la diferencia de mérito literario de las novelas que queden en juego? ¿De verdad la novela premiada será 33 veces mejor que las que hayan quedado finalistas? ¿No es todo esto un despropósito? El mundo de la cultura no necesita tensionarse más por una injerencia abusiva del poder económico, bastante tiene con habérselas con una administración hipertrofiada y un mercado disfuncional. Entonces, ¿Qué se ha pretendido en realidad con este premio? Porque, como digo, no creo que sea misión del Estado, ni de ninguna de sus compañías monopolistas, intervenir normativamente en aspectos que no le conciernen ni son de su competencia, señalando, como es el caso, cuál es el mejor libro publicado en un año cualquiera —pongamos 2025—, al tiempo que infligiendo una humillación innecesaria al resto de novelas publicadas. Pero si, de acuerdo con las bases, lo que se pretendía también era fomentar la escritura, no creo que ese fomento haya que hacerlo entre escritores profesionales, que bastante motivados están —tan motivados como precarizados—, sino entre los jóvenes y adolescentes —es decir, donde está nuestro futuro como sociedad— y entonces la propuesta tendría que ser muy otra. Algunos de vds. recordarán la extraordinaria eficacia y repercusión de aquellos concursos de redacción para escolares patrocinados por la Fundación Coca-Cola a partir de 1961. ¡Cuántas esperanzas e ilusiones no despertaron entre el gremio juvenil, cuántos no consideraron por primera vez la escritura como expresión de su propia creatividad y quedaron definitivamente seducidos por ella! Por último, si lo que se pretende (tercer objetivo de las bases) es promover la educación… El campo es tan amplio y son tantas las necesidades que tenemos ahora mismo que renuncio de antemano a dar una sola idea de todas las posibilidades que ofrece tan loable perspectiva.
Visto desde fuera da la impresión de que Aena abusa de los privilegios de ser un monopolio del Estado con fines que no están nada claros. Desde luego, la promoción de la lectura, de la escritura o de la educación no están entre ellos. Todo se centra en el prestigio del Premio convocado como único agente dinamizador: de la lectura, de la escritura y de la educación, y será tal el prestigio que se le supone al libro premiado que de inmediato se convertirá en un referente “nacional e internacional”, que, además, “fortalecerá la red de colaboración entre todos los agentes culturales”, “facilitará el acceso a un libro de calidad en los centros educativos” y, por último, “incrementará la visibilidad social de la creación literaria”. Pero si hay más gente escribiendo que comprando libros y leyéndolos. En todo caso, parece mucho peso para apoyarlo exclusivamente en la influencia de una sola obra, ¿no?.
Si lo que pretendía la compañía Aena era legitimarse a sí misma como una compañía con prestigio público e influencia o bien acudir a la llamada de la cultura, lo mejor que podía hacer era ganarse todo eso previamente. Porque si hablamos de prestigio, diría que nada más sutil y, al mismo tiempo, laborioso de conseguir que un reconocimiento duradero en algo concreto, sea la persona, la acción o la obra. El prestigio no se obtiene poniendo una cantidad excesiva de dinero sobre una mesa. Ya lo veían así los antiguos griegos, tan preocupados siempre por la posteridad de sí mismos. Basta con recordar a Heródoto cuando refiere una anécdota que sirve para ilustrar la dificultad del reconocimiento. La anécdota se sitúa en la víspera de la batalla de Salamina entre griegos y persas. El rey persa Jerjes, conocido como Jerjes el Grande, pregunta a unos desertores qué están haciendo los griegos y, al oír que están ocupados en los juegos olímpicos, quiere averiguar cuál es el premio de dichos juegos. Cuando los desertores responden que la disputada presa es una corona de olivo, el persa se echa a reír con ganas. Pero su sabio consejero Tritantecmes le hace ver el terrible riesgo de luchar contra hombres que no combaten por el provecho sino por el honor. La gran Rosa Lida de Malkiel escribió un libro extraordinario y todavía no superado sobre la idea de la fama en la Edad Media, recordando el vasto campo semántico al que pertenecen ambas palabras —prestigio, fama—: no se agota en ellas. Es un campo muy amplio y cargado de matices que permiten distinguir unas palabras de otras (reputación, honor, estima, autoridad, gloria, posteridad…). Sin duda el ansia de gloria es un móvil para la acción (aunque también puede paralizarla) y el espejismo del reconocimiento es tan grato al ser humano como necesario para la propia superación, tanto de personas como instituciones. Pero un concepto cruza todo ese delicado funcionamiento: el tiempo, clave en el asentamiento y consolidación de cualquier prestigio digno de ese nombre. La compañía Aena ha querido asociarse estrechamente al ejercicio de la literatura. Normal, es algo que viene de muy atrás y tiene mucho sentido. Pero… ¿Qué cuesta hacer las cosas bien?








Alguien tendría que enmarcar la comparación entre el Goncourt (10€) y el Premio Aena (1.000.000€) y colgarla en la puerta de cada aeropuerto español. Artículo necesario.
Gracias Anna por aportar sentido común.
No conocía La idea de la fama en la Edad Media castellana, ya mismo lo estoy buscando. No hay manera de leer un artículo en Jot Down y no encontrar una nueva lectura transversal en el camino.
Con respecto a la paletada del Premio Aena, ni me molesto en comentar.
Muy bien traída la historia de Herodoto sobre Persas, griegos y las olimpiadas, señora Caballé.
Lleva a pensar en lo absurdo de los premios en el mundo del arte. Quién corre más rápido o salta más lejos es fácilmente medible, pero ¿la mejor novela? Si además metemos dinero (y mucho) por medio, lo absurdo pasa a ser estupidez.
Además, en estos tiempos de desarrollo de la IA, ¿Se imaginan que hoy, en un laboratorio informático de California, un técnico que se aburre se enterase de que en España entregan 1 millón a la «mejor» novela y, por diversión más ambición, se dispusiera a diseñar un robot para fabricar con IA dicha ficción? ¿Imaginación demasiado calenturienta la mía? No sé.
¿Y si ese robot fuera capaz de averiguar las preferencias literarias de los miembros del jurado y con ellas dar los «promp» correctos? Lo que hace 5 años parecía imposible hoy lo es.
¿El autor? Citaría sin pensar mucho los nombres de 10 escritores/as españoles que por un 5% del premio y la fama de haber ganado se prestarían al fraude y pondrían su firma.
A lo que voy es a que, en estos tiempos, mezclar literatura con dinero (mucho, repito) es abrir la caja de las serpientes. Y hoy las serpientes son muy inteligentes (o no)
Me quedo con el Goncourt.
Que alguien con una relevancia intelectual indiscutible se atreva a cuestionar las pretensiones culturales de AENA es noticia. Caer en la trampa es lo obvio; especialmente para intelectuales de pacotilla. Anna Caballé permite que una bocanada de sinceridad y ética invada nuestros sentidos más atrofiados.
Un análisis impecable,propios de Anna Caballé