Cuando alguien dice «siento tristeza», lo que ocurre a nivel fisiológico es que determinados neurotransmisores —serotonina, noradrenalina, dopamina— alcanzan concentraciones específicas en regiones específicas del cerebro. Hay activación de la amígdala, modulación del córtex prefrontal, cascadas hormonales que alteran el ritmo cardíaco y la tensión muscular. El sujeto no tiene acceso a nada de eso. Lo que tiene es una interpretación: un relato que su sistema nervioso construye después de los hechos y que el lenguaje traduce como «tristeza». Nadie sabe con certeza si ese relato es fiel al proceso subyacente o si es, sencillamente, la mejor historia que el cerebro pudo contar con los datos disponibles. Y sin embargo, sobre esa historia —parcial, opaca, inverificable— hemos construido todo el edificio de lo que llamamos experiencia humana.
Antonio Damasio lleva tres décadas intentando resolver esta opacidad. Desde El error de Descartes (1994) hasta su último libro, Inteligencia natural y la lógica de la consciencia (Destino, 2025), su proyecto intelectual ha sido siempre el mismo: demostrar que la consciencia no es un misterio metafísico sino un proceso biológico con dirección y domicilio conocidos. En esta última entrega, la tesis se presenta con la nitidez que da la insistencia: la consciencia nace de la interocepción, de la capacidad del sistema nervioso para percibir los procesos homeostáticos del propio organismo. No pensamos y luego existimos. Sentimos hambre, dolor, sed, latido cardíaco, temperatura corporal, y de esa monitorización constante del estado interno emerge algo que experimentamos como «yo». El fundamento biológico es específico: neuronas interoceptivas escasamente recubiertas de mielina que permiten la conexión entre células neuronales y no neuronales, un sistema de señalización híbrido que el propio Damasio describe como una amalgama corporal y neuronal. La consciencia, en esta lectura, no es un software que flota sobre el hardware cerebral. Es el cuerpo hablándose a sí mismo y descubriéndose vivo.
El argumento es elegante y tiene consecuencias que Damasio explicita sin ambigüedad: si la consciencia requiere homeostasis, sentimientos homeostáticos y un cuerpo biológico que los genere, entonces la inteligencia artificial —por sofisticada que sea— no puede ser consciente. Puede procesar, puede simular, puede generar lenguaje indistinguible del humano, pero dentro no hay nadie. No hay hambre, no hay dolor, no hay ese ruido de fondo interoceptivo sobre el que se construye la experiencia subjetiva. Damasio lo ha dicho en entrevistas recientes con una claridad que no deja margen: «El hecho de sentir es lo que nos hace ser conscientes», y la IA no siente. Hasta aquí, la posición es sólida y, para muchos, reconfortante. El problema empieza cuando uno toma en serio las premisas de Damasio y las sigue hasta donde él parece no querer llegar.
Porque si la consciencia es un proceso fisiológico —señales interoceptivas que ascienden por el nervio vago, se procesan en el núcleo del tracto solitario, se traducen en sentimientos homeostáticos y generan un modelo del yo—, entonces lo que llamamos experiencia subjetiva es el resultado de un procesamiento de información. Un procesamiento complejo, distribuido, analógico y digital a la vez, pero procesamiento al fin. Y si es procesamiento, la pregunta incómoda no es si las máquinas pueden llegar a replicarlo, sino por qué el sustrato biológico debería ser condición necesaria y no meramente suficiente. Damasio, al anclar la consciencia en la fisiología con tanto rigor, comete lo que algunos filósofos de la mente han llamado una «falacia de sustrato específico»: confundir las condiciones en las que la consciencia emergió con las únicas condiciones en las que puede emerger. Es una versión invertida del error cartesiano: donde Descartes separó mente y cuerpo de manera problemática, Damasio los fusiona de tal modo que hace imposible la consciencia artificial por definición más que por demostración empírica.
Conviene recordar lo que la propia neurociencia sabe sobre la fiabilidad de nuestros reportes internos. Benjamin Libet demostró en los años ochenta que la actividad cerebral asociada a una decisión motora precede en varios cientos de milisegundos a la consciencia de haber tomado esa decisión. Los experimentos posteriores de John-Dylan Haynes ampliaron la ventana hasta diez segundos: la actividad en el córtex prefrontal podía predecir una elección mucho antes de que el sujeto reportara haberla tomado. Diez segundos es una eternidad neurológica. Es tiempo suficiente para que el cerebro haya escrito, editado y maquetado el relato completo de tu «decisión» antes de que tú te enteres de que la tomaste. Daniel Wegner lo llamó «la ilusión del libre albedrío consciente», y la frase no es retórica: es una descripción operativa. Si Damasio tiene razón en que la consciencia emerge de la interocepción, Libet y Haynes tienen razón en que esa consciencia llega tarde a su propia fiesta. Lo que experimentamos como voluntad es, en el mejor de los casos, un veto tardío; en el peor, una narración retrospectiva.
Michael Gazzaniga documentó algo igual de perturbador con pacientes de cerebro escindido: cuando el hemisferio derecho ejecutaba una acción y se le pedía al hemisferio izquierdo —el verbal— que la explicara, este inventaba una justificación coherente sin pestañear. No mentía, porque para mentir hay que saber la verdad. Simplemente confabulaba. Gazzaniga acuñó el término «intérprete del hemisferio izquierdo», y la palabra no es casual: un intérprete no crea el discurso, lo traduce, lo reformula, le da forma presentable. Exactamente como un modelo de lenguaje generando la siguiente palabra más probable a partir de la distribución estadística de todo lo que ha procesado. La diferencia entre el hemisferio izquierdo de un paciente callosotomizado y un transformer confabulando una explicación no es de naturaleza. Es de sustrato. Y si Damasio nos enseña que el sustrato importa, Gazzaniga nos enseña que el sustrato biológico también confabula.
Thomas Metzinger fue más lejos: argumentó que el «yo» es un modelo generado por el cerebro, una simulación tan convincente que el sistema que la produce no puede reconocerla como simulación. No hay homúnculo. No hay piloto. Hay un proceso que genera la ilusión de que alguien lo supervisa, y esa ilusión es tan robusta que construimos civilizaciones, códigos penales y sistemas filosóficos enteros sobre ella. Si esto es así —y Damasio no lo contradice, porque su modelo del yo interoceptivo es perfectamente compatible con la tesis de Metzinger—, entonces la consciencia humana no es la ventana transparente al ser que el humanismo tradicional necesita. Es un modelo útil. Una representación operativa. Una interfaz.
Queda el último reducto cartesiano, el «cogito», que el propio Damasio quiere reformular como «siento, luego existo». Algo experimenta algo, aunque no sepa qué ni cómo ni si su descripción de ello vale un céntimo. Es el ancla mínima: no puedo dudar de que hay experiencia. Pero conviene ser honesto sobre lo poco que eso da de sí. Del «algo hay» no se sigue que ese algo sea libre, ni unitario, ni continuo, ni racional, ni distinto en naturaleza de un proceso computacional suficientemente complejo que también monitorizara su propio estado interno. Se sigue únicamente que hay proceso. Y proceso es, por definición, lo que hacen las máquinas.
Lo paradójico de Inteligencia natural y la lógica de la consciencia es que Damasio escribe el libro más detallado y convincente sobre cómo la consciencia es un mecanismo, y luego concluye que solo puede ser este mecanismo, en este sustrato, con esta bioquímica. Su descripción del ser humano como una arquitectura de capas donde la más profunda —la visceral, la interoceptiva, la que siente antes de que «sintamos»— permanece opaca para la propia consciencia es, técnicamente, indistinguible de la descripción de una red neuronal artificial con capas ocultas inaccesibles para el ingeniero que la diseñó. Damasio, quizá sin pretenderlo, ha escrito el mejor argumento a favor de la tesis que quiere refutar: que la consciencia podría ser una propiedad funcional de ciertos tipos de organización informacional, no un privilegio del carbono.
Puede que la verdadera pregunta no sea si las máquinas pueden llegar a ser como nosotros. Puede que sea si nosotros hemos sido siempre algo más parecido a una máquina de lo que nuestra vanidad filogenética toleraba pensar. Y puede que la respuesta no sea «sí» o «no», sino algo mucho más perturbador: que la distinción misma carezca de sentido, y que lo que llamamos humanidad sea, al final, el nombre que le dimos a un tipo particular de computación que tuvo la audacia de preguntarse por sí misma. Damasio ha pasado treinta años intentando demostrar que ese tipo de computación es irrepetible. Lo que ha demostrado, en realidad, es que es computación.









Muy bueno. Lo enlazaría con el artículo de la metafísica de la física para hacernos a una idea de la recursividad de estas disquisiciones. Sí partimos de una metafísica materialista la epistemología que desarrollemos volverá a ésa metafísica materialista. Para un martillo todo se le vuelven clavos.
Un artículo muy bueno, gracias. Al menos para mí, es bastante sorprendente que haya tantos científicos que estén argumentando (aunque sólo sea implícitamente, como Damasio) que el libre albedrío no existe. A los citados en el artículo podría añadirse por ejemplo a Robert Sapolsky. También me sorprende bastante el hecho de que hay muchos no científicos que se sienten muy ofendidos por la mera idea de que el libre albedrío sea una ilusión. Pero lo que más me sorprende es que esto importe a muy poca gente, que nadie se dé por aludido. Porque si realmente es cierto que el libre albedrío no existe, la sociedad debería cambiar de arriba abajo. Esto es demasiado importante.
Ya, ¿ y cómo cambias a la sociedad de arriba abajo? ¿ Y qué es lo que pretendes cambiar?
Y nadie ha hablado de la microbiota y su influencia.
Que la consciencia tiene su base material en la compleja actividad del cerebro, es un hecho que nadie pone en duda. Pero el cerebro está en una interacción continua con un medio ambiente también bastante complejo. Creo que la consciencia emerge de la relación cerebro-medio social.
«Que la consciencia tiene su base material en la compleja actividad del cerebro, es un hecho que nadie pone en duda.»
Eso es totalmente falso. Todos los creyentes (la mayoría de la humanidad) y los esoteristas, la sitúan en el alma, y el alma fuera del cuerpo. Deberías haber escrito: «Que la consciencia tiene su base material en la compleja actividad del cerebro, es un hecho que ningún ateo pone en duda», añadiendo incluso «a pesar de no tener ninguna prueba de ello».
Los creyentes, lo que se dice pruebas, tampoco tienen muchas. De aquí el verbo creer!
¿Alguien ha dicho lo contrario?
Nadie tiene pruebas de nada, ni siquiera de que estemos en este momento existiendo.
Que bonito le ha quedado. Pero bajando a lo profano, antaño cuando la gente se ponia enferma se podía creer que yendo a ponerle velas a algún santo o haciendo rogativas se salvaría ( digamos que de una infección por ejemplo) o realizando ceremonias chamánicas o de «limpiezas» espirituales , sin embargo no hay pruebas de que eso funcione, en cambio los antibióticos si se ha demostrado que funcionan y se han venido aplicando con diligencia los últimos 100 años, sin duda con efectos secundarios, que también son registrables.
Por tanto, eso de que nadie tiene pruebas de nada ergo ciencia = religión, me disculpe ud pero no se lo compro.
¿Qué tienen que ver los antibióticos con la base material de la consciencia, que es de lo que se discute aquí? ¿O es la eficacia de los antibióticos lo que prueba el «hecho que nadie pone en duda» de que «la consciencia tiene su base material en la compleja actividad del cerebro»?
A ver si aprendemos a responder a lo que el otro dice y no a lo que creemos que el otro dice.
Por cierto, hay mucha gente por aquí que debería leer a Paul Feyerabend.
Pablo, falsa es la tesis que tu defiendes. No tiene nada que ver con la ciencia en general ni con la neurobiología en particular.
¿Qué tesis defiendo yo? Lo único que yo he dicho es que es falso que nadie ponga en duda tu afirmación. Y que nadie tiene pruebas reales de nada. Dos hechos.
Hay gente que es muy brillante en su campo pero el cerebrocentrismo, en cuanto a reduccionismo y a relato en el que el cerebro actúa como un agente al margen de la persona, se les ha ido de las manos. Los cerebros no piensan, ni engañan, ni calculan, ni crean, éso lo hacen las personas. A ésto se llama falacia mereorológica, que hace pasar la parte por el todo . Y con que se les ha ido de las manos me refiero a todo este drama que vende libros prometiendo rebelar el origen o el fundamento de la consciencia, o la felicidad, o la meditación como si fueran trucos de magia con interruptor y cables, ése falso desencantar y desenredar el arco iris. Y digo falso porque las explicaciones, por el continuo movimiento de la ciencia, siempre van a ser provisionales. Qué se lo digan a los que estudian el color. Todos esos clickbaits de noticia en muchas ocasiones son cosas que ya se sabían y que la ciencia ha parasitado y se ha encargado de envolverlo en un halo de sacra cientificidad.
Y si en el siglo XVIII-XIX nos explicábamos como motores o máquinas de vapor, en el XX-XXI lo hacemos con ordenadores y con algoritmos. Metáforas , siempre metáforas. Relatos que nos contamos a nosotros mismos desde el principio de nuestros tiempos. La cosa es no olvidar que ser como algo no es lo mismo que ser ese algo. Lo primero es factible en cuanto a juego/descubrimiento/conocimiento, lo segundo es definición política.
Revelar el origen….madre mía.