
He visto ñordos dibujados por mis hijos que vosotros nunca creeríais. Dibujos que nunca encajan con la estética de los dibujos-que-ha-hecho-un-niño de las películas, y que, cuando sí lo hacen, suelen parecerse más bien a los garabatos que anuncian la llegada del Anticristo, Cthulhu o de cualquier otro tipo de mal sobrenatural. Patrones sin aparente significado, o con todos los significados que se nos ocurran, que diría nuestro psicólogo infantil. Dibujitos que con la edad acaban relegados a los bordes de página durante llamadas por teléfono o esa libretilla de la que solo usas la primera página durante la asistencia a cualquier tipo de congreso que, por lo que sea, nos interesa menos que la extinta carta de ajuste.
Excluyendo a los artistas con formación y centrándonos en los que, cuando dibujamos, se diría que tenemos pies en vez de manos, este tipo de práctica distraída dice mucho de nuestro impulso creativo: no existe un plan marcado ni un destino a la vista (aunque sea muy a lo lejos), sino solo algo que nos empuja hacia adelante. Hasta aquí, la normalidad®. Pero, en algunos casos, ese impulso acaba siendo enorme, titánico, totalmente urgente e irrefrenable, dando lugar a creaciones frenéticas, oligofrénicas tanto en su construcción como en su intento (normalmente fallido) de interpretación, pero a la vez hipnóticas y fascinantes por todo lo que muestran. Y ni digamos por lo que ocultan.
A ese gesto radical, marginal, sin teoría detrás, Jean Dubuffet lo bautizó como art brut. Arte bruto o marginal (outsider art), aunque me van a permitir emplear el primero de los términos para tratar de aglutinar lo inaglutinable. El arte de los autodidactas, de los enfermos mentales, de los niños, de los que no han recibido formación artística de ningún tipo. El arte de quienes no pintan porque se lo han propuesto, sino porque, de algún modo, no tienen más remedio que hacerlo. Casi por imperativo biológico. Dibujos con palitos, letras deformes, figuras obsesivas repetidas hasta la extenuación. Obras que no pasan por academias, por concursos, por galerías (o no pasaban, o no deberían pasar, pero no abramos ahora ese melón). Un arte que aparece al margen, como un sarpullido que pica, y mucho, en la piel de este mundo cada vez más deshumanizado.
Resulta imposible no comparar (o contraponer, más bien) este tipo de arte con la naturaleza de la creación por parte de las inteligencias artificiales generativas. Porque si hay un arte que se define por ser pura expresión sin formación, pura urgencia sin cálculo, pura emoción sin razón o pura humanidad en su vertiente más primitiva, ese es el art brut. Y si hay una tecnología que funciona exactamente en dirección contraria, absorbiendo (robando, en muchos casos, aunque, de nuevo, ese es un melonazo demasiado grande como para tratar de abordarlo tangencialmente en este artículo) en cuestión de segundos toda la historia del arte, todos los estilos, técnicas y pinceladas realizadas hasta el momento actual, para digerirlo y cagarnos la enésima pieza del puzle, esa es la IA generativa.
El impulso que lleva al fracaso que lleva a lo humano
Quien haya visto ejemplos de eso del art brut sabe que es un estilo, o la ausencia del mismo, que no deja indiferente. Dubuffet lo consideraba una especie de cortocircuito contra la cultura establecida, porque aquello era imposible de categorizar si no era recurriendo, como torpemente estoy haciendo a lo largo de este texto, a vagas expresiones como «incatalogable». Lo que el artista francés vio en todas aquellas obras era una forma de autenticidad imposible de manufacturar. Los dibujos de Aloïse Corbaz, recluida en un hospital psiquiátrico suizo, o las construcciones de cemento de Ferdinand Cheval, un cartero que levantó durante décadas su propio palacio imposible en medio del campo francés, no podían confundirse con nada académico. Porque no lo eran. Había en ellos un exceso, una obstinación, una verdad demasiado extraña para encajar en los salones oficiales.
Esa verdad no provenía del dominio de la técnica, sino de su ausencia. El art brut no es arte ingenuo en el sentido amable de la palabra, ni tampoco amateurismo simpático. Aquí no hay nada de amabilidad, sino una violencia atávica que irrumpe sin pedir permiso. Es la escritura del analfabeto que, sin acabar de entender qué narices está haciendo, llena páginas con grafías deformadas que parecen jeroglíficos que desafían nuestra necesidad de encontrar significado a todo. Es el dibujo de quien nunca aprendió anatomía y, sin embargo, puebla cuadernos con cuerpos multiplicados, inhumanos, obsesivos. Amigos de la sobreinterpretación, aquí tenéis un nuevo y excitante juguete.
Ahora pensemos en cualquier tipo de IA generativa. Lo primero que hace una red neuronal de este tipo para crear lo que le pidamos (detalle nada baladí, ya que su arte no nace del impulso, sino de la orden precisa) es engullir millones de imágenes o textos. Identifica y aprende patrones. Reconoce estilos (y se pasa los derechos de autor por el forro computacional). Se comporta como el alumno más aplicado de todos los tiempos, aquel que ha leído todas las novelas, visto todos los cuadros, escuchado todas las canciones. Su virtud es precisamente la inversa de lo que decíamos: que nada de lo humano le es ajeno, que todo puede ser recombinado. Y parece mucha cosa, porque lo es, pero sus pies de barro están en que solo llega hasta ahí.
Lo que a Dubuffet le fascinaba de los artistas brut era su falta total de escuela. Lo que a la IA le da fuerza es haber pasado por todas las escuelas posibles al mismo tiempo. ¿Punto para la máquina? Bueno, depende.
Cálculo frente a urgencia
Hay un abismo entre el gesto de quien dibuja sin saber y el de la máquina que dibuja sabiéndolo todo. La cosa no va de técnica, sino de motivación. De impulso. De pulsión visceral. En el art brut, lo que aparece es una necesidad primaria, biológica: dibujar, escribir, crear sin intención de hacerlo bien ni demostrar nada. No hay cálculo de ningún tipo, porque todo nace de las entrañas.
Creamos porque necesitamos crear, y no hay razón que explique el resultado (o el proceso), porque no hay razón, a secas.
La IA, en cambio, lo tiene todo de cálculo y nada de imperativo vital porque no alberga vida en su interior. Y esa es, probablemente, la gran diferencia entre el humano y la máquina: que nuestro arte nace de nuestras experiencias vitales y, con ello, de todo lo que va en el pack: trascendencia, supervivencia, autodestrucción, nacer, crecer, reproducirse y morir. Que sí, que la IA puede tratar de imitar la urgencia o la aleatoriedad o, para qué seguir con circunloquios, el propio art brut, pero siempre lo hará a partir de datos que ya existen. Será el reflejo en el espejo deformado de un arte que no se mira ni apunta hacia ningún lado, ese arte que simplemente dispara. El motor de la máquina es la probabilidad, y para que haya probabilidad, tiene que haber un dato que la respalde. No es el temblor de una mano ansiosa, sino la estadística fría de un algoritmo. Y, sin embargo, paradójicamente, lo que produce suele parecernos correcto, incluso bello. Demasiado perfecto. Porque la IA no sabe fracasar ni hacer las cosas de forma imperfecta. Y el fracaso y la imperfección son, a menudo, la forma más humana de arte. (Ay, sí, ya lo sé, no volvamos a caer en el mismo bucle: la IA puede imitar tanto el fracaso como la imperfección, pero nunca deja de ser eso: el simulacro de algo real, no lo real en sí mismo). Por lo tanto, lo que hace poderoso al art brut no es su belleza, sino su resistencia a ser entendido bajo los parámetros habituales.
Es el garabato que se niega a convertirse en dibujo académico, la letra deformada que se resiste a ser ortografía. El arte que se resiste a ser arte. El patrón ausente. En ese fracaso hay algo irreductible, algo que la máquina no puede replicar porque su funcionamiento está basado precisamente en no permitirlo. Mí no entender, mí solo copiar.
Pedir a la IA que imite el art brut sería, por decirlo de alguna forma, como pedir al adulto que imite el dibujo de un niño. ¿Recuerdan lo que comentaba al inicio sobre los dibujos supuestamente hechos por niños de las películas, pero que en realidad han sido estudiados y practicados hasta la náusea por artistas con lustros de experiencia a sus espaldas? Pues eso mismo. Puede lograrse técnicamente, pero siempre habrá algo impostado, una ironía que delata el disfraz, un no me acaba de cuadrar. Y lo mismo sucede con la máquina: puede imitar la torpeza o la ignorancia, pero no puede dejar de saber.
Y ahí radica la esencia del art brut: en el arte de quienes nunca aprendieron, de quienes nunca quisieron ni pudieron aprender.
Un futuro de perfecta imperfección. En un mundo saturado de vídeos e imágenes generadas por el algoritmo, tal vez el gesto más radical vuelva a ser el más simple: el garabato espontáneo en el margen de una hoja. El arte nacido del impulso. No porque sea mejor ni más bello, sino porque es irreductible a la máquina. Porque no se apoya en bases de datos ni en estadísticas, sino en la urgencia vital de dejar una marca.
Necesitamos trascender y buscamos cualquier forma, por imperfecta que sea, para lograrlo. Dubuffet decía que el art brut era completamente puro, crudo, basado únicamente en sus propios impulsos. Arte, por lo tanto, en el que se manifiesta la única función de la invención. Esa frase cobra hoy una dimensión inesperada, porque, frente a la máquina que todo lo sabe, ese «basado únicamente en sus propios impulsos» se convierte en un recordatorio de lo que significa crear: tal vez no sepamos, pero hacemos igual.
En cierta forma, la paradoja es que lo más humano que podríamos hacer en la era de la IA sería olvidarnos de todo y volver a empezar. Dibujar sin técnica, escribir sin estilo, cantar hasta desgañitarse sin afinar ni una sola vez. Lanzarnos a ese futuro en que no se espera lo que nacerá de nuestras manos.
Porque ahí está la otra gran diferencia con la IA: que para ella todo es pasado y es incapaz de ver más allá del presente en el que nos ofrece sus resultados. No puede dar el salto hacia adelante que solo los momentos de ruptura con la tradición son capaces de hacer. El arte avanza no por lo que imita de su pasado, sino por esos instantes en que rompe con lo establecido.
El art brut no nace de la perfección, ni de infinitas bases de datos, ni de una potencia de cálculo asombrosa. Nace de la urgencia, de la precariedad, del fracaso. Del talento innato y de la práctica compulsiva, algo que la IA no tiene (ni tampoco la mayoría de quienes la usan, para qué engañarnos, ya que se diría que vieron la única forma de llegar a lo que no pudieron con sus propios recursos y aún lo venden como progreso y, a quien no comulga con sus ideas, como al neoludita de turno), porque solo lo imita. Con toda su potencia, quizá termine recordándonos precisamente eso: que lo único que no puede imitar es la torpeza auténtica, la ignorancia que insiste, la espiral torcida en el margen de un cuaderno. La belleza de la naturaleza en manos de nuestros artistas menos artistas. Porque sí, en un tiempo en el que la perfección sintética amenaza con saturar todas las pantallas (y nuestras mentes, ya de paso), quizá el gesto más radical sea seguir garabateando. Visto así, tampoco está tan mal hacerlo mal.








