La pasada edición de Barbitania, festival literario que se celebra en Barbastro, un festival construido desde el cuidado, con la elegancia propia del mundo de las ideas, tuvo por lema «la casa de la literatura». Bajo este paraguas, distintos escritores reflexionaron sobre las ramificaciones que este sustantivo (man)tiene en nuestro presente; cómo dialoga esta palabra con nuestra contemporaneidad desde la disciplina literaria. Qué es decir casa en el tiempo que acontece.
La casa se habita desde la exigencia de la geografía personal. Si no es así, no se habita. Quizá se posee o simplemente se transita. El habitar solicita entrega, presencia y honestidad. Requiere del ejercicio de lo íntimo y de la partitura de lo privado. Hay casas que encierran catástrofes, miedos y miserias; otras, sin embargo, se mantienen fieles a la densidad de los afectos para ser pilar en la biografía de quienes las habitan. Ser ese lugar al que siempre poder regresar, aunque sea en los márgenes de la imaginación.
La escritora nicaragüense Gioconda Belli ha sido uno de los nombres propios que han formado parte de la quinta edición de Barbitania, un nombre obligado por la naturaleza de los asuntos que la autora de El país de las mujeres (Seix Barral, 2010) aborda en su trayectoria y que guardan relación directa con el lema de esta edición. Belli, ya sea en su versión como novelista o como poeta, pone en el centro de su reflexión el cuerpo de la mujer como lugar tomado o conquistado, esa casa que toda mujer debe (saber) habitar —desde el eros— para poder ser mujer; una experiencia estética que le permite atravesar las fronteras del lugar en el que tradicionalmente nos han colocado y que asume una influencia directa entre identidad y cuerpo. Esta intención concede al cuerpo de la mujer una naturaleza política de carácter emancipador, con la que reflexiona sobre temas tan cruciales en la construcción de nuestra identidad como la maternidad, el sexo, el deseo o los espacios de poder.
Tu trayectoria siempre ha destacado por la construcción de un paisaje político gracias al ejercicio de lo íntimo que, en cierto modo, se presenta como conquista. Física y simbólica. Esta construcción, ¿nace de lo biográfico o surge como consecuencia de la producción literaria?
Fui animal político antes de ser escritora. Y, durante mucho tiempo, para mí fue más importante mi persona política que mi persona literaria. Me he acostumbrado a la persona literaria, pero realmente mi literatura y mi compromiso político nacieron juntos. Creo que el paisaje político me dio la fuerza y el lenguaje porque, además, ese paisaje político también tuvo que ver con mi definición como mujer. El ser mujer, el revelarme como mujer, cuando me atreví al compromiso político, fue la base de mi rebelión.
Mi rebelión empezó con el asumirme como mujer y luchar contra todo lo que me impedía hacer lo que yo quería como mujer. Entonces, en el paisaje político encontré un sentido de ser que trascendía mi yo y que me permitió integrar el nosotros en el yo. Y eso fue importantísimo para mí. Creo que de ahí parto: del sentimiento de nosotros, de querer salir y romper con toda esa estructura conceptual de lo que es ser mujer. Y, claro, al entrar en el paisaje político yo concebía la liberación, en primer lugar, como una liberación de mi propio ser mujer: de poder existir en el mundo a partir de mi cuerpo, a partir de mi función biológica, a partir de reivindicar mi propia sexualidad, mi ser como mujer.
Esto guarda relación con una frase muy hermosa que te he leído en distintas ocasiones: «Escribir como mujer es una acción política». Esto convierte la escritura en hogar, en la casa de la literatura. ¿Por qué escribir como mujer es una acción política?
Es que, si soy mujer, voy a escribir como mujer. O sea, poder hace poder. Tiene que ver con la personalidad de la persona más mutilada. Y es muy fácil, como mujer, escribir como hombre. No me gusta nada escribir personajes masculinos. Escribir como mujer, para mí, significa comunicar lo que significa ser mujer. Lo que pasa es que está tan contaminada la visión de la mujer… Si nosotras somos capaces de explicarnos desde el cuerpo, desde lo que sentimos, desde lo que no nos han dejado explicar. Aquellas mujeres que no pueden, que no se atreven, esas mujeres moderadas tienen que tener, en muchas ocasiones, máscaras y disfraces para poder seguir adelante, para tener un mundo propio. Aprenden a vivir con inseguridad.
Mencionas que tu rebelión empieza cuando te permites ser la mujer que quieres ser. Una mujer, por otro lado, en conversación con lo colectivo y lo plural. Esto es muy importante. No sé si tu condición de mujer latinoamericana también fue otra piel que tenías que trabajar.
Yo partí del poder. Me sentí muy poderosa como mujer desde muy joven. Y, más bien, mi posición tenía que ver con una rebeldía ante un mundo que no aceptara o quisiera disminuir el poder que yo sentía que tenía como mujer. Quería imponer la idea de que ser mujer es poderoso y que la mujer tiene una mirada y una posición en el mundo. Que cambiar el mundo tenía que ver también con eso: con encontrar un lugar adecuado para la mujer. Un lugar preferente para la mujer.
¿Crees que hemos conseguido ese lugar?
No. Todavía no. Nos falta todavía superar un montón de cosas: la inseguridad, la misma presión social para meterte en un rol en el que uno no quiere estar. Para mí la rebelión fue importantísima, porque yo no quería estar en un rol subordinado. Lo que hice con mi poesía, por ejemplo, fue celebrar todo lo que yo sentía que era fundamental en mi ser mujer: el poder femenino, el poder biológico, el poder empático, de la empatía, de la belleza, de la capacidad de concebir un mundo femenino. Hay que encontrar un lenguaje, relatos de poder, que nos lleven a ese lugar.
El feminismo siempre ha sido un movimiento político profundamente emancipador para la sociedad y para las mujeres. Tengo la sensación de que ahora estamos tan fracturadas, tan cansadas por las propias vidas, por tener que estar siempre posicionándonos dentro del feminismo, que hemos perdido de vista lo importante: el poder. Estamos perdiendo mucha fuerza en posicionarnos, en lugar de atender una agenda que nos permita acceder a esos espacios emancipatorios.
Sí, sí, sí. Estoy de acuerdo con vos. Creo que el problema del movimiento feminista es que es reivindicativo de ciertos aspectos, pero no de lo que podría ser la liberación, que, en realidad, para mí tiene que ver con la maternidad. O sea, para mí el gran impedimento que sufrimos las mujeres en general es, por un lado, la vocación maternal, el deseo de que tu cuerpo produzca la vida —que es lo más maravilloso del cuerpo femenino—, y, por otro lado, el hecho de que producir la vida es disminuirte, meterte en una situación donde tienes que escoger siempre entre tu maternidad y tu realización como persona. Y eso me parece una cosa tan aberrante, en cierta manera, porque las mujeres que tenemos el maravilloso don de reproducir la vida, de repente, sentís que la vida se convierte en una carga; que tu trabajo como mujer, como madre, te esclaviza y no es apreciado de la manera que debería ser apreciado, y que es una desventaja en vez de ser una cosa que la sociedad debería admirar, apreciar, recompensar en cierta manera.
Creo que esta visión, este modelo, es un obstáculo que hace que muchas mujeres no quieran hacerlo, porque estoy convencida de que, con la situación social que tenemos actualmente, no existe la posibilidad de conservar tu vida productiva, la potencia que tenés, si el mundo te obliga a hacerte cargo al cien por cien de lo que creas en tu cuerpo y no pone las condiciones para que tu ser mujer y tu familia no intervengan y no obstaculicen tu potencialidad y realización.
Pienso, con demasiada frecuencia, que la responsabilidad se desliza sobre la propia mujer. Como bien señalas, al final, la disyuntiva se reduce a ser madre o no serlo. La apuesta por no serlo se debe, en muchos casos, a cuestiones materiales, a la apuesta por una carrera profesional o por la producción intelectual. Celebro a cada mujer que decide no serlo por sí misma y me preocupa la renuncia de quien lo hace por lo material. Hay quien considera que esto es un conflicto sin solución posible —recordemos a Virginia Woolf, quien nos invitaba a no tener más hijos e hijas—. ¿Dónde está la solución a este conflicto para que la mujer que quiera ser madre no renuncie a la posibilidad de serlo?
Creo que la sociedad y el mundo laboral están organizados para hombres que tienen esposas, y eso no ha cambiado. O sea, nosotras hemos avanzado mucho, pero creo que, por ejemplo, hemos puesto más énfasis en el aborto que en las guarderías. Pienso que la guardería es fundamental y que el mundo laboral debería estar organizado para que puedas tener tus hijos. Yo tengo una novela que se llama El país de las mujeres…
Es mi favorita dentro de tu trayectoria. Una de las obras que más he recomendado en mi vida.
Es que el planteamiento de El país de las mujeres es revolucionario. Si tuviéramos dónde ir… Imagina, tenés un bebé y puedes ir a tu oficina con el bebé; tenés con quién dejarlo; que, además, estás reconocida salarialmente, es decir, tu condición de madre no te penaliza. Es un país posible. Claro que lo es. Siempre explico que ese libro no es utópico: es un mundo posible. Como la educación de los niños para que puedan ser padres y madres, nadie los enseña a eso. Y es importantísimo, fundamental. Es la responsabilidad más grande que tenemos y nadie nos enseña. Estudiamos un montón de cosas inútiles que se nos olvidan en el colegio; por qué no estudiar psicología infantil, cuidado de los niños. O sea, que te den algo para que no te sientas completamente desgraciada cuando tenés un hijo y no sabes qué hacer. Hacia dónde ir.
Y que, además, el mundo te ampare: que el país, la sociedad te ampare, y sea un ejercicio colectivo. Alguien dijo que «se necesita una aldea para criar a un niño». Creo en ello absolutamente. Imagina: eres madre y, en tu trabajo, te van a dar un año de licencia; de ahí vas a tener una guardería; cuando llegues a tu trabajo vas a poder dejar a tu hijo en la entrada con gente que lo va a cuidar superbién; que luego podés llegar a verlo a la hora de tomar café; que podés dar de mamar ahí… ¿Te imaginas que te lleven a decir: «Cristina, ¿ahorita te toca ir a dar de mamar?»?
Este asunto, relacionado con la responsabilidad y el interés común, nunca se aborda desde la crianza de los hijos e hijas.
Nosotras sabemos un montón de cosas porque nos toca; el instinto viene y te dice: tenés que hacer esto. Pero el padre también tiene ese instinto; lo que pasa es que no lo desarrolla. Los padres han de aprender a ser padres, deben ser educados en esto. Solo así se logra ampliar el campo de la crianza y se convierte en una cuestión común.
¿No crees que hay una generación de hombres que sí se ha puesto las pilas con la paternidad y la crianza?
Puede ser, creo que sí. Pero, fíjate, en los países nórdicos, donde tienen seis meses y todo ese capital social más avanzado, todavía el setenta por ciento de la responsabilidad es de la mujer. Eso no debería ser así. Y se puede cambiar. El problema es que lo tenés que cambiar desde la escuela, desde los chavales. Y esta filosofía no agarra. No interesa, claro.
¿Por qué no interesa?
Para que el poder siga en manos de los de siempre. Pero, y hagamos autocrítica, nosotras no lo hemos exigido, ¿me entendés?
¿No lo hemos exigido?
Hemos exigido que nos paguen lo mismo, el aborto. Pero no esa vinculación con la educación que permita que la responsabilidad sea de ellos, también.
Hemos puesto todo el esfuerzo en el control de la natalidad, pero no en el ejercicio de la maternidad.
Así es.
El cuerpo es algo fundamental tanto en tu trayectoria poética como en tu trayectoria narrativa. Profundizar en tu obra nos permite ver que tienes un telos, es decir, tu obra encierra una intención. Ese propósito te hace crear una serie de universos personales dentro de tu poesía y en tu narrativa en los que el cuerpo tiene un papel preponderante. Por ejemplo, cuando abordas la erotización en la vida de las mujeres. Hay una cosa deslumbrante que es todo el tratamiento que haces en torno a lo físico.
Sí, porque eso es una piedra angular de la humanidad, del sometimiento y de la opresión. Ahora estoy haciendo un trabajo donde estoy leyendo mucho sobre cómo se fue construyendo la misoginia y el lugar que ocupa el cuerpo en esta reacción contraria a la vida de las mujeres. Cómo se fue construyendo, a partir de la necesidad de los hombres, la idea en torno a la castidad. Eso empezó en la Iglesia. La Iglesia construyó una enemiga de la castidad: la mujer. Demonizaron el cuerpo de la mujer desde Eva. Si te pones a pensar que Eva era la que había perdido el paraíso terrenal desnuda, ofreciéndole la manzana al hombre… O sea, una cosa increíble. Y, a partir de ahí, convertir todo lo que es el placer, lo físico, la belleza, la sensualidad, en algo pecaminoso. Hasta el colmo de que te pongan el modelo femenino por excelencia: una virgen. Eso es una aberración impresionante de lo que es una mujer. Y entonces la mujer era enemiga, peligrosa. El cuerpo femenino es algo maravilloso. La capacidad de placer es extraordinaria. Tenemos que desplegarlo sin miedo. Porque da miedo. El paradigma es la virgen. El paradigma es la mujer decente que se tapa. Imagínate los musulmanes que obligan a las mujeres a andar tapadas para que no los tienten… Yo creo que hay toda una filosofía que viene de la religión —sobre todo misógina, insisto—, donde a las mujeres nos han relegado, en primer lugar, a una posición subordinada. Pero, para mí, lo más decisivo es cómo el cuerpo de la mujer y la sensualidad se convierten en una cosa peligrosa, pecaminosa. Volvamos a Eva. Si recordamos, desde niñas, si somos católicas, nos dicen que una mujer causó el fin del paraíso terrenal y que esa expulsión está íntimamente ligada con el empleo que Eva hace de su propio cuerpo.
Para mí, el cuerpo femenino es fuente de placer: he tenido placer en el amor, placer en los partos, placer en ser quien soy, en mi pelo, en mis manos, en mis pies. Creo que ser mujer es una maravilla y he osado ser mujer.
Cuando una empieza a procesar, se da cuenta de que, en la mitología popular, la mujer ideal —el nuevo puesto del paradigma— es virgen, como antes te contaba. Es decir, hay dos mujeres, dos paradigmas: Eva, sensual, que causó el fin del paraíso terrenal tentando a Adán; y la Virgen María, que es el ideal femenino: la modestia. La virginidad de María —que es un dogma de la Iglesia— dice que María fue virgen antes del parto, durante el parto y después del parto. Con lo cual es físicamente imposible. Sin embargo, esa insistencia en la virginidad tiene que ver con el miedo al cuerpo femenino.
Todo eso viene de una conformación mental que surgió desde el principio del cristianismo. Ahora bien, en el origen las mujeres tenían una gran participación en las instituciones eclesiásticas, participación que se ha ido mermando con el paso del tiempo: eran predicadoras, andaban con los apóstoles, tenían gran presencia. Poco a poco, las fueron apartando. Por ejemplo, las monjas del siglo XII, por ahí, eran jefas de su convento. Había varias jefas de convento, tenían una enorme libertad y se preparaban bien. Las obligaron a no salir. Después Bonifacio VIII promulgó una decretal donde mandó a las monjas a la clausura. No podían seguir yendo a bibliotecas, no podían salir. Eso era porque la mujer era peligrosa. Ese «la mujer peligrosa» es el eje de la misoginia y el cuerpo tiene todo que ver en esto, absolutamente todo. También cuando mandaron a los hombres a hacerse castos —el celibato—, los hombres estaban acostumbrados a tener sus cosas; los curas vivían con mujeres. Cuando les prohibieron a las mujeres, la manera en que lo procesaron fue convirtiendo a la mujer en un sujeto peligroso que les quitaba la castidad y amenazaba su santidad.
Tenemos que combatir eso. La biología es muy importante para la mujer —mucho más que para el hombre— porque está conectada con la reproducción. Que la parte reproductiva se haya convertido en un problema, que haya sido una ley para la dominación y para el desenvolvimiento… Que todavía tengamos desgarramientos, como mujeres modernas, entre la decisión de ser madres o seguir desarrollando tu potencial como ser humano; y sabes que, si vas a ser madre, vas a tener una carga lindísima, pero vas a tener que lidiar con eso y no vas a tener la ayuda del Estado. Tal como hablábamos antes, mi novela El país de las mujeres demuestra que sí sería posible combinar ambas cosas, que tendría que haber un sistema que impida que la biología de la mujer sea castigo y que el orden del mundo ayude con la crianza, que no penalice todavía más. El mundo laboral está pensado para hombres que tienen esposas. ¿Cómo sería ese otro mundo si lo convirtiéramos en el mundo que necesitamos para poder tener familia, tener hijos y además desarrollar nuestras capacidades y habilidades sin ese desgarramiento constante?
Aprovechando que estamos en el festival Barbitania, que hablamos sobre casas y hogares durante estos días, nuestro cuerpo es una casa, es refugio y hogar, pero no podemos habitar nuestro propio cuerpo sin los imperativos patriarcales. Es un campo de batalla permanente, desde el diálogo con el placer hasta la capacidad para seducir.
La seducción es un poder extraordinario.
Totalmente.
Una maravilla. Y, realmente, cuando lo vivís y te das cuenta, nosotras somos capaces de derretir a cualquier hombre. Tenemos un poder extraordinario… (risas).
¿Por eso ese miedo que deriva en misoginia?
Claro, efectivamente. Toda la mitología castradora, patriarcal y misógina que se ha creado en torno a la mujer viene del miedo de los hombres. Ellos ven la seducción como una dominación. En cambio, para nosotras adquiere otra naturaleza, más en conexión con nuestro cuerpo y sus placeres.
Efectivamente.
Las mujeres hemos entendido los porqués de nuestro sometimiento, los porqués de nuestra inseguridad, pero ellos no han hecho el trabajo de entender lo que significa para ellos mismos, como desventaja, el machismo, lo que se pierden. Y eso yo no sé quién lo va a hacer. Se trata de tomar conciencia colectiva.
¿Lograremos habitar El país de las mujeres?
Creo que sí, creo que es la salvación del mundo. Te lo digo sinceramente. Pienso que, si este mundo sigue siendo ese espíritu dominante, avasallador, vamos mal, y que las mujeres tenemos no solo la necesidad, sino el deber de cortar eso.











