Deportes

Golf obrero

Bobby Jones (n. 1902), golfista estadounidense y único jugador que ha logrado el «Grand Slam». Imagen: Corbis.
Bobby Jones (n. 1902), golfista estadounidense y único jugador que ha logrado el «Grand Slam». Imagen: Corbis.

El golf es uno de esos deportes tildados de actividad para pijos. Es normal, puesto que el cine ha perpetuado la imagen de señores con un polo monocolor y pantalón largo charlando de sus cosas y haciendo negocios entre hoyo y hoyo, caminando alegremente sobre una inmensa pradera de hierba y césped salpicada de árboles y de coquetas láminas de agua. La imagen de un campo de golf, con sus normas de cortesía, el cuidado primoroso de los detalles más nimios y la gente amable que se saluda con una leve sonrisa mientras se dirige sin prisa a tomarse un sándwich en la casa del club, no deja de ser ridículamente idílica. «Demasiado bueno para mí», diría el obrero del estereotipo.

Los estereotipos, como decía en otro artículo, son imprescindibles para funcionar en la vida, puesto que representan una media, el valor más sensato al que agarrarse hasta que se tenga nueva información. Pero una de las cosas buenas de leer es que, a través de esta actividad, se puede modificar la primera impresión de las cosas para acercarla a los hechos, lo que, a su vez, ayuda a formarse una idea más realista del mundo.

Lo cierto es que el golf tiene unos orígenes humildes, rurales, pastoriles; paisanos que se aburrían en las Tierras Altas de Escocia y que empezaron a dar golpes a lo que fuera con la empuñadura de su garrota. Luego vino lo de la bola, lo de intentar meterla en un hoyo y el refinamiento de convertir la versátil cachava en un palo solo para el juego. Después, decenas de reglas, normas y convenciones. Pero la esencia del deporte no ha cambiado. No deja de ser darle un buen golpe a una bola blanca de 42,67 mm de diámetro para meterla con el menor número posible de golpes en un hoyo lejano de 107,95 mm de diámetro y que permanezca dentro de él —esto último es una de las muchas sutilezas de las reglas—.

Empecé a jugar al golf en Irlanda, en mi etapa de estudiante Erasmus. Mucho antes, de niño, me había construido yo mismo un palo con una estaca de obra, tres clavos y un trozo plano de madera. Con eso era con lo que golpeaba una bola de tenis para meterla en un hoyo. Entre libro y libro, practiqué durante horas con éxito variable, pero no fue hasta que aterricé en la isla esmeralda que toqué un palo de verdad y vi deslizarse —con cierto asombro por la suavidad— una bola de golf por un green. El alquiler de los palos y la entrada al campo municipal costaban cinco libras para los estudiantes, así que mi amigo Steve y yo bajábamos al campo siempre que podíamos, lo cual era a menudo, porque en otros países el horario de los estudiantes universitarios es mucho más esponjoso que aquí.

Mi segunda sorpresa fue comprobar que el corte social de los paisanos del Ted McCarthy Municipal Golf Course estaba muy lejos del estereotipo. La mayoría eran, descubrí, obreros, policías, jubilados, administrativos que se pasaban el rato paseando por aquella pradera con sus amigos antes de regresar al verdadero deporte nacional, beber cerveza en el pub escuchando música tradicional. Llegaban por la tarde en un coche viejo y destartalado, sacaban su bolsa vieja y ajada con palos que se veían de batalla y se ponían a recorrer el campo charlando de sus cosas y apuntando en su tarjeta los golpes ajenos. Después de hacer su recorrido ceremonial, su rutina de paseo para mantenerse en forma, se tomaban su pinta de Guinness. Sí, también había algún grupo con aspecto de trabajar sentados, o de no hacerlo en absoluto, pero en aquel campo eran una minoría. Naturalmente, en Irlanda siempre ha habido clubes privados para quien no quiere mezclarse con sus empleados en las horas de ocio, pero es que en aquella época esos eran los únicos que había en España. El primer campo municipal de nuestro país, el de Pozoblanco, es de anteayer, de 1982, coetáneo del Mundial del Naranjito. El primero de Irlanda se fundó en 1899.

La gracia del juego del golf es que, en realidad, no hay contrincantes. No es una mímesis o una preparación para la guerra, como la mayoría de los deportes. El golf es otra cosa. Los rivales están ahí, pero en realidad no cuentan. No pueden hacer nada para empeorar tu juego. De eso ya te encargas tú. Si te llevas al campo tus problemas, es cosa tuya. Si te perturba que alguno de tus rivales llegue más lejos que tú en la salida e intentas darle más fuerte a la bola, el resultado suele ser un golpe tenso, desastroso. Si dejas que los cálculos sobre quién va ganando interfieran con el ajuste fino de tus músculos en la aproximación, ese es tu problema. Y si estás a cuatro metros de un green plano y no eres capaz de embocar no es por lo que haya hecho antes tu contrincante, sino porque no controlas tus nervios para ejecutar un movimiento extremadamente simple. Ahí tienes trabajo que hacer. Si el juego resulta tan difícil es porque luchas contra tu peor enemigo, tú mismo.

La técnica del golf no presenta muchas complicaciones, aunque hay que aprenderla. Tiene gestos antiintuitivos, pero como en todo deporte —nada más extraño que golpear una pelota de fútbol con el interior del pie en vez de con la puntera—. Un chip desde veinte metros es complicado de afinar sin que te cuenten cómo, y lo mismo el pitch para salvar un montículo, hay varias cosas que atender a un tiempo. Hay que aprender a controlarse, a cogerle el punto al putt cerca del hoyo, a continuar el movimiento pendular de este golpe de una forma natural, sin darle importancia ninguna al momento en que el palo golpea la pelota, que ha de limitarse a arrastrar la bola en su trayectoria.

¿Deporte para obreros? No es caro. Es cierto que es necesario apuntarse a un curso para que te den la licencia federativa, que no deja de ser un seguro de responsabilidad civil por si se te escapa la bola y das a alguien —algo que no solo duele y rompe cosas, sino que puede lesionar gravemente—. Pero estos cursos cuestan menos que un gimnasio o que la suscripción prémium a Spotify. Los hay hasta municipales. El equipo y las cuotas para salir a jugar una vez que te sacas la licencia tampoco son caros. Si eres del tipo trepa y crees que por codearte con gente rica te va a caer algo más que desdén, tienes excelentes clubes privados con cuotas diseñadas para disuadir a gente como tú, pero si lo único que quieres es disfrutar de una destreza que refinar en un ambiente campestre, los palos de aficionado son baratos y hay escuelas de golf y campos municipales en los que jugar por un precio muy razonable. Las páginas de segunda mano están llenas de ofertas de juegos de palos comprados en la crisis de la mediana edad, nada más acabar el curso de iniciación, y que acabaron arrinconados en el trastero. Y un buen palo es el regalo perfecto para la Navidad.

Para salir a jugar a un campo tienes que tener un nivel razonable. No por nada, sino para no estorbar al resto de jugadores. Esto se mide con el hándicap, la ventaja de golpes que te debería dar un jugador experto para estar igualados. Un hándicap de treinta y seis es algo asequible en un par de años si sigues un buen curso de una vez por semana. No es nada del otro mundo y, además, en la mayoría de los clubes te dejan salir a jugar aunque tu nivel sea lamentable, siempre que no molestes al resto con tus torpezas.

La distancia entre jugar al golf por diversión y ser un profesional es la misma en casi todos los deportes, infinita. Ningún jugador de tenis de fin de semana, de los que jugamos para mantenernos en forma, puede aspirar a ganarle un juego a un Djokovic borracho o drogado. En el golf, no tanto, pero casi. Quedar alguna vez bajo par en tu paseo con los amigos del sábado por la mañana en el campo municipal de golf y pasar el corte en Augusta son escenarios disjuntos. En el golf, la diferencia entre el éxito total y el fracaso absoluto se mide en milímetros y milinewtons, y en un mismo partido un fallo gordo en un hoyo te puede hacer pasar de ser un virtuoso y salir del campo hecho un brazo de mar, a un mediocre.

El ambiente es estupendo. Es un deporte que se practica al aire libre y en un sitio pensado para agradarte al mismo tiempo que te plantea un desafío. Salvo por los rayos —es una muy mala idea elevar un trozo de metal cuando hay una tormenta encima—, no pasa nada porque llueva. En Inglaterra solía ir a jugar con mis compañeros al Harborne Church Farm —otro sitio muy alejado del concepto pijo que se tiene de este deporte— y allí aprendí que en la costa atlántica hay que acostumbrarse a que el chirimiri no es ácido sulfúrico y no tiene por qué alterar los planes de ocio al aire libre. Y mucho menos una jornada de golf en un bonito club inglés.

El ambiente social en un campo es sereno, cortés y agradable, puesto que la idea es pasar un buen rato con amigos, no competir. Siempre hay alguno que chulea al marshal del campo con el argumento de que es socio viejo del club y que puede cruzar por donde quiera e ir al ritmo que considere, pero es que una no puede evitar cruzarse con cretinos que solo tienen dinero ni siquiera en Sotogrande o en el club de campo de Madrid. Lo normal es que la gente vaya a divertirse con el único afán de dar un paseo y meter la pelota en dieciocho hoyos diseñados para darte un baño de modestia. ¿Elitista? Igual que irse a leer a la Biblioteca Eugenio Trías del Retiro. Miles de personas pasan por ese parque cada día, pero solo a unas pocas les da por entrar a leer. Es cuestión de gustos.

En el golf, salir al campo a jugar es lo suyo, pero si te quieres ahorrar toda la parafernalia del club, una mañana entera sobre la hierba se te hace muy larga, o tienes poco tiempo, o amigos con otras inquietudes, siempre puedes irte tú solo a tirar bolas desde el range, la cancha de prácticas. Mucha gente se limita a hacer eso, lo cual no está mal siempre que se sepa golpear para no hacerse daño en la espalda. Sacar de la máquina un cubilete con veintiséis bolas por un euro y lanzarlas cada vez mejor con palos diferentes garantiza media hora de vibración mental al nivel de concentración de un maestro zen. Otro euro y tendrás una hora fuera del mundo, un espacio en el que luchas con tu cuerpo para que el movimiento sea suave y preciso sin perder la fuerza que le da el regreso del cuerpo tras la torsión a la que lo somete el movimiento. Todo tiene que estar en su sitio —el palo con el ángulo adecuado, el codo, los pies bien plantados y las rodillas ligeramente flexionadas—. La felicidad en la cancha se cifra en golpear bien con una madera del dos y que la bola salga disparada para elevarse segura siguiendo una parábola gloriosa, para perderse después recta más allá de la vista, a sus buenos doscientos metros de distancia. Eso es belleza.

Si tampoco te va eso de la acción, o no quieres gastarte ni un par de euros, siempre tienes las pantallas y tu sillón de orejas. Hay gente que no entiende el placer de ver un campeonato de golf por televisión. Pero hay pocas cosas más relajantes en la vida que —estando de Rodríguez— tomarse un buen desayuno o el aperitivo con un partido de fondo en el aparato. Ese sentarse a leer el periódico el domingo por la mañana en la espléndida soledad de tu salón mientras sigues de reojo un torneo de golf es algo a lo que una puede acostumbrarse fácilmente y que además contribuye mucho a incrementar el bienestar social.

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