
El undécimo episodio de la séptima temporada de Los Simpson fue emitido en el lejano diciembre de 1995, cuando la serie aún molaba, y contenía un muy recordado gag sobre cierto género de videojuego. En aquel capítulo navideño, Bart se obsesionaba con un nuevo cartucho de consola no apto para almas delicadas: Bonestorm, un trasunto de Mortal Kombat que Homer y Marge consideraban demasiado salvaje (y caro) para su vástago. Ante la negativa paterna de comprarlo, Bart trataba de alquilar el juego por su cuenta para catar en persona la ultraviolencia pixelada de Bonestorm. Pero en la tienda era informado de que, debido a la tremenda demanda, no existían copias disponibles. En su lugar, se le ofrecía la posibilidad de alquilar Lee Carvallo’s Putting Challenge, un nuevo juego de golf que los niños no tocaban ni con un puntero láser atado a un palo. Una oferta que Bart declinaba.

Finalmente, el chico sopesaría la idea de robar el cartucho al verse ante la oportunidad inesperada de arramblar con un Bonestorm de un expositor abierto en una tienda. En aquel momento, en la conciencia de Bart, unas versiones imaginarias de Sonic, Mario, Luigi y Donkey Kong se presentaban ejerciendo de diablillos éticos y azuzándole a mangar el cartucho. Al mismo tiempo, la imagen del buenazo de Lee Carvallo, el ficticio golfista de aquel juego presuntamente aburridísimo, se asomaba por la cabeza del pequeño Simpson para recomendarle las bondades de no incumplir la ley.
Finalmente, Bart se pasaba al lado salvaje de la vida y sisaba el videojuego, pero acababa siendo apresado por el vigilante de seguridad. El verdadero drama acontecía cuando la familia Simpson se enteraba del asunto, porque el niño era excluido de las celebraciones navideñas en el hogar mientras Marge se deprimía al descubrir que había educado a un delincuente. Al final del episodio todo se arreglaba, Bart se redimía y su madre le regalaba, a modo de presente navideño «el videojuego que todos los chicos quieren». Al abrir el paquete, el chaval descubría que el juego no era el ansiado Bonestorm, sino el Lee Carvallo’s Putting Challenge. Pero aquello era un detalle menor para el chico comparado con la satisfacción de haber recuperado el amor materno. Durante los créditos del capítulo, Bart se aventuraba a probar el juego de golf en su consola. Y sucedía esto:
La guasa alrededor del videojuego funcionaba a varios niveles. Por una parte, reflejaba ese asombroso superpoder de los padres de los noventa para ser capaces de entrar sin referencias en una tienda de videojuegos y comprar para sus hijos el mayor coñazo imaginable con la mejor de las intenciones. Por otra parte, hacía broma con la percepción de que el golf en el ocio digital era el entretenimiento más aburrido del mundo. Lo que nos interesa ahora es que a lo largo de la historia del ocio, y más allá del simulador para puristas, existe un numeroso grupo de desarrolladores de videojuegos que han utilizado el golf como vehículo, como mera excusa, para fabricar otro tipo de golf. Uno que se presenta mucho menos aburrido, y mucho más demencial.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Muy buen artículo. Propongo una segunda parte con la historia videojuegil del otro deporte que medio planeta considera el más aburrido: El beisbol.
Madre mía, vaya turra. El deporte más aburrido del mundo, (¿más que el waterpolo?), ha dado lugar al artículo más largo y atorrante de la gloriosa historia del periodismo de videojuegos. Dale a Tolstoy 900 páginas y no supera esto, jajaja! (Dicho sea desde el más absoluto respeto al firmante y a quienes les haya gustado)