
Poned atención:
Un corazón solitario
no es un corazón.
(Antonio Machado)
Imaginemos la escena. Un sueco estándar, con la compostura funeraria de Max von Sydow si es varón o la faz nívea e impasible de Liv Ullmann si es mujer, en un apartamento blanco como un quirófano. Abre una bolsa de dulces multicolores y, uno a uno, los va metiendo en la boca metódicamente. Traga y se relame, percibe un contrapunto de azúcares en el paladar, oye crujidos que le parecen música de cámara y decide, pobre, que aquello es un festín.
¿Festín? ¡Festín es otra cosa, criatura! Festín es la risa compartida que corrige los excesos del vino, la mano que parte el pan y en esa mínima ceremonia te reconoce, el brindis que no dice yo ni tú sino nosotros… Lo tuyo, en cambio, es frenesí de uno, placer blindado, mera gimnasia mandibular privada del abrazo colectivo que da cuerpo al placer.
El lördagsgodis, el sábado de chuches de la tradición sueca, es tan apasionante como pasar la tarde mirando una lavadora. De hecho, hacerlo todo a la vez no contraviene la observancia del rito, y seguramente haya quien coma golosinas mientras observa cómo gira el tambor. Sea como fuere, esta costumbre inofensiva, pequeño rito de indulgencia personal, encierra una lección amarga y profunda. Lo llamativo no está en el glucógeno, sino en la escenografía: la libertad reducida a una bolsa cerrada que no se comparte, que no se ofrece, que no invita al prójimo.
Además de un atracón de azúcar, el lördagsgodis es el reflejo de un tipo de libertad que, cual dulce que se derrite en la boca, nos deja con sensación de vacío. Individualismo convertido en un rito: dulce por fuera, amargo por dentro. ¿Será que la vida no está hecha para ser engullida en solitario y que, como dice el refrán, quien come solo se atraganta?
Frente a la bolsa opaca de la mercancía, el Mediterráneo pone la mesa; y es una mesa larga, de tablón robusto, con manteles que jamás han coqueteado con la blancura química de una tintorería. Los platos ruedan de izquierda a derecha con la misma docilidad con que se filtran los cuchicheos entre quienes, sin mirar, ya se reconocen. La hogaza, al partirse, ofrece ese crujido que anuncia tanto el reparto como la alianza, porque aquí el banquete no es una suma voraz de bocados o de golosinas deglutidas, sino una congregación de presencias. Y el vino parece adquirir un grado más de audacia, como si cada sorbo alentara otra verdad largamente rumiada. Se diría que aquí no se bebe para olvidar: antes que anestesiar la memoria, se busca afilarla, para que las palabras no tropiecen en la garganta. En esta aritmética secreta de la sobremesa, el dividendo se llama comunidad mientras que el resto, si queda, nunca se desecha.
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Estilo de vida mediterráneo frente al norte individualista y ascético cual película de Dreyer o Bergman. La película de siempre. Aquella película que nos endilgaba en los 80 él «contracultural» Luis Racionero.
Uno que es de la vieja Gallaecia está hasta sus mismísimas partes del rollo festeiro y demás bobadas al uso sobre la cultura mediterránea que en parte son culpables de que el Mediterráneo, el mar, se haya convertido en una cloaca para borrachos, cruceristas y lanzadores de piscina huidos del Mordor nórdico y en busca de la Comarca hobbit y exótica que nunca existió tan abajo, por mucho que la gente sea más morena.
¿Es que alguien presta atención a esta clase de estereotipos?
¿No leen, no escuchan, no ven , no sienten?
El agora no está en ningún territorio al norte o al sur, el sentido comunitario es universal desde lo individual. Lo demás son pavadas gastadas de tanto uso.
Yo como ciudadano atlántico, amigo de aquelarres priscilianistas, meigas, bardos, nieblas, aturuxos y demás cuestiones relacionados con la viaje cultura panceltica me río un rato ante tanto anacronismo y petardeo tópico.
Dieta mediterránea: pizza, hamburguesa, cruasán, bean &toast, cerveza a porrillo, etc.
Cultura mediterránea, capital Benidorm. Rusos y ucranianos bebiendo juntos, británicos y nazis germánicos también.